Cine
Cine de terror tras el 11S: tortura, demonios y apocalipsis en la tierra de la (in)seguridad

Dos libros, El imperio del mal y Noche sobre América, analizan las pesadillas cinematográficas de una era de atentados e invasiones de países extranjeros, con un crack financiero de invitado indeseado.

La película 'Hostel', de Eli Roth, estrenada en 2005
La película 'Hostel', de Eli Roth, mezcló en 2005 el odio a lo estadounidense, las torturas y el uso de vidas humanas como objetos de consumo.
@ignasifranch

publicado
2017-09-13 08:30

El cine estadounidense ha sido analizado repetidamente en relación con la realidad que sucedió al derrumbamiento del World Trade Center neoyorquino. Dos ensayistas han coincidido en abordar esta producción fílmica centrándose en el cine de terror, en lugar de tratar el thriller antiterrorista o la acción militar derivada de las invasiones de Irak y Afganistán.

El crítico e historiador cinematográfico Antonio José Navarro (American gothic) publicó el año pasado El imperio del miedo (Valdemar), donde explora “la representación de un trauma, porque los atentados de 2001 tuvieron un impacto psicológico y simbólico muy grande”. El investigador Luis Pérez Ochando analiza en Noche sobre América (Universitat de València) una muestra de 600 películas, mediante una metodología que se nutre de autores de raíz marxista como Louis Althusser o Frederic Jameson.

Ambos libros tienen aspectos complementarios, sintonías y disensiones. Sin cerrarse a dimensionar elementos de transgresión y crítica, Pérez Ochando parece más atento a detectar las dinámicas de reproducción de los discursos dominantes. Navarro quizá tiende a reivindicar más fuertemente que “la cultura popular, además de ser una expresión de las ideas del poder, es también un espacio de contestación, reflexión y cuestionamiento de las normas”.

En el prólogo de Noche sobre América, Juan Miguel Company menciona una catársis que proporciona habitualmente el cine de miedo: la eliminación del monstruo. Peréz Ochando la considera una dinámica básica del terror: la normalidad es interrumpida por algo o alguien cuya desaparición comportará el reestablecimiento del statu quo. En el periodo que ha estudiado, el ensayista ha visto “una especial tendencia a la desesperanza, películas bastante nihilistas donde no suele ser posible ese catártico reestablecimiento del orden. A menudo no hay ningún lugar donde volver, a menos que sea una fantasía”.

Según Navarro, el contexto de atentados, invasiones de países extranjeros y crack hipotecario “arrastra hacia una visión muy pesimista del mundo y de la vida. Por definición, el cine de terror hurga en nuestro lado oscuro. Y este sale a la luz cuando suceden hechos excepcionales que poden a prueba las convicciones sobre las cuales hemos fundamentado nuestro mundo”.

El terror y el mal, entrelazados

Los horrores 'pop' de este siglo comenzaron con un cierto estallido, notablemente perdurable, del cine con muertos vivientes. Pero los Estadous Unidos del momento tienen muchos monstruos que matar y muchos demonios que exorcizar, tanto propios como ajenos. Apenas unos días después del ataque contra el World Trade Center de Nueva York, el presidente George W. Bush utilizó por primera vez en público la expresión "guerra global contra el terror". Pocos meses después, su política exterior pasaría por señalar un “eje del mal” que hermanaba a Irak, Irán y Corea del Norte.

Las herramientas contra el terrorismo pasaban por una concepción extraordinariamente flexible del concepto de 'mal necesario'. Los Estados Unidos recurrían a las torturas individuales y a la aberración a gran escala que es la guerra preventiva. Por el camino, el pisoteo de derechos civiles nacionales e internacionales propulsó las críticas a la escalada bélica neoconservadora.

Pérez Ochando no ha extraído conclusiones cuantitativas sobre si predominan las miradas críticas al relato securitario, o si es más habitual la autocomplacencia en el ejercicio de la violencia como mecanismo de protección. Pero sí cree que puede producirse un cierto espejismo al analizar el periodo: “Cuando uno ve las películas que han tenido más eco y mejor recepción por parte de la crítica, te encuentras propuestas afiladas como El ejército de los muertos. Cuando abres el abanico a una producción mucho más seriada, en cambio, puedes ver tendencias conservadoras fuertes”.

El torturador torturado, ante el espejo

Como muchos críticos, Pérez Ochando vincula la 'guerra contra el terror' con el torture porn, una etiqueta acuñada a raiz de la repercusion de obras violentas y algo variopintas como Saw, Turistas o Wolf Creek. Según el investigador, “son años en que llegas a ver a juristas defiendo la tortura en ciertas situaciones. La necesidad de maltratar para proteger también aparece en una serie de seguimiento masivo como 24. Y algunos realizadores convierten la tortura en el centro significativo de las películas, en un fenómeno ritualizado”.

Navarro afirma que estas películas “plantean muchas preguntas sobre qué significa ser americano en un mundo como este, sobre el destino al que conduce ese excepcionalismo estadounidense que se siente por encima del bien y del mal”.

En algunas de estas obras puede verse una crítica posible de la mercantilización de las vidas y los cuerpos, en algunos casos muy contradictorias (véase la saga Saw).

Hostel llegaría a las pantallas poco más de un año después que saliesen a la luz pública las infames fotografías tomadas en la cárcel iraquí de Abu Ghraib. Los militares estadounidenses rasos cometían actos atroces, pero altísimos cargos de la administración Bush-Cheney habían dado su visto bueno a unas “técnicas de interrogación mejoradas” que incluían la asfixia fingida.

La mala práctica no era individual sino estructural, y por ello resulta oportuno un recordatorio de Navarro: el miedo al terrorismo late en el torture porn, pero “el deseo de los estadounidenses de vivir seguros a cualquier precio también engrasa su receptividad, su goce, ante tales propuestas”. Al final del relato, además, se solía proponer un turbio juego de identificación: el torturado se convertía en torturador.

De dioses, demonios y exorcismos

Tanto Navarro como Pérez Ochando detectan un auge del cine de posesiones y exorcismos en la primera década de este siglo. Nace entrelazado con las ficciones, más o menos veraces, de una política gubernamental con tintes de cruzada cristiana opuesta a la yihad violenta propugnada por los fundamentalismos islámicos.

El autor de El imperio del mal vincula esta moda al éxito comercial de El exorcismo de Emily Rose, pero también destaca “la aceptación que han recibido estas películas por parte del público. Es algo que se puede vincular con la religiosidad desmedida de algunos sectores. También me parece destacable la recurrente figura del sacerdote como un guerrero santo que nos protege”.

Navarro también menciona un factor que favorece la creación de pesadillas de religiosidad: los discursos que ha satanizado constantemente a los terroristas de confesión islámica, desfigurándolos y quitándoles su humanidad. En este último aspecto, La reliquia del mal es una producción independiente que incorpora una matización interesante: el antagonista es un demonio oriental, pero este es liberado por la violencia invasora del ejército estadounidense.

Pérez Ochando, por su parte, afirma que el cine comercial fue mostrando una progresiva preocupación “por el creciente peso del fundamentalismo religioso en el discurso político nacional. Y eso es un foco posible de ideas, porque da miedo tener vecinos que odian a muerte a los homosexuales, a los ateos o a las feministas”.

Como muestras representativas de estos miedos fílmicos a la ultraderecha cristiana, destaca Red state (“un filme con sus defectos, pero que critica de manera muy consciente un fundamentalismo cristiano armado hasta los dientes”) y Zombies of mass destruction o La niebla (“en ambas obras, los repliegues hacia dentro de comunidades amenazadas por zombis o monstruos son capitalizados por los sectores más fanáticos”).

¿Los viejos rockeros fueron más contestarios?
La crítica terrorífica a los Estados Unidos posteriores a los atentados del 11-S tomó múltiples formas. Curiosamente, algunos de los títulos más comentados fueron obra de cineastas veteranos. George A. Romero firmó La tierra de los muertos vivientes, donde rompía con los pactos interclasistas contra amenazas exteriores: en el filme, los protagonistas quizá tenían más puntos en común con los zombis que con un pequeño reducto de plutócratas bunkerizados. Joe Dante (Gremlins) dirigió El ejército de los muertos, un ataque virulento al expansionismo bélico de la administración Bush-Cheney. Y John Carpenter, que ya lanzó sus dardos contra el reaganismo con Están vivos, ofreció una monster movie de ataque al antiabortismo como Pro-vida.

¿Prestamos más atención a estos filmes por la trayectoria previa de sus responsables, o la formación previa al neoliberalismo de estos autores facilitó que lanzasen cargas de mayor profundidad? Según el crítico Antonio José Navarro, “hay un poco de todo. Pero es cierto que, a causa de su ubicación generacional, tienen una postura política y creativa mucho más áspera que realizadores jóvenes que han vivido en un mundo que no tenía nada que ver con el de ellos. Puedo entender que James Wan, que es un cineasta muy interesante, no tenga una visión tan comprometida”.

 


En los búnkeres del hogar y la familia

Otra situación arquetípica del cine de terror contemporáneo es el atrincheramiento en el hogar o en la unidad familiar. Este horror agorafóbico, que percibe el mundo como un lugar de amenazas, parece haberse consolidado como una tendencia relevante en el género.

Podemos hallar exponentes tan recientes como Llega de noche, porque el derrumbamiento del World Trade Center neoyorquino puede quedar lejos, pero permanece la sensación de inseguridad.

Los gobiernos sucesivos de George W. Bush y Barack Obama dibujaron el mundo como un campo de batalla, escenario de un conflicto sin fin contra la amenaza abstracta del terrorismo. En paralelo, el neoliberalismo antisocial nos sumerge en un mundo hobessiano, marcado por una competencia despiadada en todas las esferas de la vida. Según este discurso desolador, de desconfianza absoluta en el otro, en todos los otros, el hogar se convierte en el único refugio.

Pérez Ochando señala que se ha producido una vuelta “al ideal de familia nuclear de los cincuenta, a los roles de género muy marcados, que ya se dio cuando Reagan llegó al poder. La familia se concible como una isla de seguridad. No hay intentos de crear una respuesta colectiva, sino que tienes que refugiarte en tu casa porque el mundo exterior es muy peligroso. Y si te marchas a Europa o Latinoamérica, te hacen picadillo como sucedía en Hostel o Turistas”.

Lo familiar como reducto de seguridad violado es la base del thriller de invasión doméstica. Los intrusos de carne y hueso comparecen en Los extraños, La noche de las bestias y tantos otros títulos. El terror sobrenatural con demonios y fantasmas operando en el hogar supone otra variante todavia de moda. El autor de Noche sobre América destaca "estas películas de casas encantadas, donde tu casa ya no es tuya, como símbolos posibles de la crisis económica. En las narraciones donde tienen lugar posesiones diabólicas añadidas, ni siquiera tu cuerpo te pertenece". Pérez Ochando dimensiona algunos aspectos de Arrástrame al infierno: “No solo menciona los desahucios, sino que define críticamente a la protagonista y su ambición por ascender”.

El fin de (casi) todo

Algunas ficciones trasladan ese repligue al hogar y la familia a un contexto postapocalíptico. En opinión de Navarro, “las películas de zombis han reflejado la fragilidad de nuestra sociedad, que sus cimientos legales, morales, sociales, pueden verse alterados de la noche a la mañana por la aparición de un virus que nadie puede controlar”.

En un momento de su libro, Pérez Ochando cita a Frederic Jameson, que recordaba un ensayo sobre la obra del escritor J. G. Ballard en los siguientes términos: “Alguien dijo una vez que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Según Ochando, “muchas ficciones apocalípticas o postapocalípticas evidencian la incapacidad para imaginar alternativas. Vemos un mundo que está podrido, que parece que no puede degenerar más. Y sentimos un anhelo de verlo destruído que forma parte del atractivo del cine catastrofista, pero a la vez sentimos miedo de que se acabe porque no sabemos imaginar otra organización social. Creemos que las cosas son como son y no pueden ser de otra manera”.

Fuera del cine de terror, o ampliando la etiqueta para abrazar la crónica de la gestión del crack financiero, el desenlace de Malas noticias escenificaba las limitades posibilidades de respuesta a la crisis. Los reguladores del sector bancario se resignaban a prestar centenares de miles de millones a las entidades, sin poder influir en el uso de esos fondos para no caer en 'socialismos'.

El discurso del mercado sin cortapisas está fuertemente arraigado en el imaginario colectivo. Quizá por ello es bastante más fácil encontrar filmes contrarios a la beligerancia militar neoconservadora, y más difícil hallar cuestionamientos firmes del sistema de pensamiento neoliberal.

“El cine estadounidense lleva siendo neoliberal muchos años”, recuerda Pérez Ochando, quien sí destaca los mensajes de la obra de George Romero, el rey del cine de zombis, dentro de un contexto “donde no abundan las propuestas que son contestatarias de una manera consistente, sino los destellos críticos”.

Al fin y al cabo, como recuerda el autor de Noche sobre América, “no estamos ante películas hechas para abordar una determinada realidad, sino ante filmes de entretenimiento que a veces introducen temas de manera contradictoria”.

En este sentido, Navarro recupera la reflexión que hizo el crítico Robin Wood sobre el cine de los años 70 y los discursos incoherentes: “En una misma película podían incluirse discursos completamente antagónicos, unos más progresistas y ácido y otros que reafirmaban el orden o lo hacía más digerible. En todo caso, creo que la industria del cine americano es muy compleja, que está atravesada por numerosas corrientes ideológicas. Eso es lo que hace tan contradictoria y tan viva”.

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