Bruce LaBruce, cuando la ley es lo mismo que el deseo reprimido

¿Cómo es exactamente el cine que propone Bruce Labruce?

Bruce Labruce
Fotograma del filme Otto el Zombi, de Bruce LaBruce

publicado
2017-06-12 15:44:00

Cuando se trata de Bruce LaBruce, cualquier palabra queda corta para el acto de transgresión que supone el visionado de su cine. Su filmografía está permeada de deseo y tabúes de todo tipo (sexuales, sociales, políticos…). Muestra discursos que de otra manera no serían visibilizados y denuncia cualquier tipo de categorización. Está más allá de cualquier etiqueta porque su cine es inclasificable (no es ni porno, ni cine de arte, ni serie B, ni cine erótico, ni mucho menos gore pero es todas esas cosas a la vez), algo a lo que pretenden acercarse los jóvenes cineastas Gaspar Noe y Xavier Dolan con bastante éxito.

Entonces, ¿qué hace exactamente Bruce LaBruce? Contrariamente a lo que se pueda pensar, no es el sexo por el sexo ya que no hay ningún problema en hablar de sexualidad porque no resulta escandalosa ni políticamente incorrecta.

De lo que trata la filmografía de LaBruce es de la creación real de nuevas posibilidades de placer que no se habían imaginado con anterioridad. Si se considera, por ejemplo, la construcción tradicional de la sexualidad, vemos ésta ceñida a los placeres físicos o placeres de la carne, lo que limita nuestra comprensión del cuerpo y de los placeres.

Para LaBruce, el arte está en saber cuál es el secreto del deseo que nos mueve y qué tipo de relaciones pueden realizarse, multiplicarse, ampliarse o crearse. Esa actitud genera una forma de comunidad distinta porque “¿cómo es posible para los hombres/mujeres/transexuales/x/z/y/n… estar juntos, vivir juntos, compartir sus tiempos, sus comidas, sus habitaciones, sus libertades, sus penas, su saber, sus confidencias? ¿Qué es eso de estar ‘al desnudo’, fuera de las relaciones institucionales, de familia, de profesión, de camaradería obligada?”.

Bruce LaBruce quiere mostrar que la sexualidad forma parte de nuestras conductas. Forma parte de la libertad de la que gozamos en este mundo. La sexualidad es algo que nosotros mismos creamos —es nuestra propia creación, tanto más cuanto que no es el descubrimiento de un aspecto secreto denuestro deseo—. Debemos comprender que con nuestros deseos, y a través de ellos, se instauran nuevas formas de relaciones, nuevas formas de amor y nuevas formas de creación. El sexo no es una fatalidad, es una posibilidad de acceder a una vida creadora, como dice Michel Foucault.

Sin embargo, hay una tensión latente en toda la obra de LaBruce con transgredir determinada normatividad, como si hubiera una serie de leyes invisibles –quizá a esa invisibilidad podamos llamarla “moral”– que rigiera las conductas en cuanto a la sexualidad humana y que nos impide esa creación a la que tanto Foucault como LaBruce invitan.

Esa forma de sexualidad que no está anclada únicamente en el cuerpo y que tampoco se ancla ni se conforma con la heteronormatividad ni la homonormatividad… Ninguna forma de sexualidad arraigada le parece lo suficientemente transgresora, porque precisamente se trata siempre de reinventarla con el cuerpo y de generar un discurso que el capitalismo todavía no ha establecido.

Como bien podemos ver en sus películas –y dicho sea de paso también en la literatura de Sade y Sacher-Masoch–, no hay sexualidad sin contrato (que a su vez genera una ley, es decir, una forma “normal” y “normativa” de actuar). En ese sentido podemos afirmar que la ley es lo mismo que el deseo reprimido.

Bruce LaBruce genera un discurso distópico a partir de las imágenes donde hay vísceras, sangre, gente teniendo sexo y, sobre todo, un contralenguaje muy explícito. El razonamiento mismo de esa normalidad es violencia y en ese mismo sentido, política.

LaBruce se pregunta si se pueden crear nuevos valores y nuevas formas de vida a través de una forma distinta de sensibilidad que pasa por la sexualidad. Cambiar la sociedad desde una nueva forma de concebir lo sensible que nos permita salir de la alienación en la que, como zombies, no podemos contemplar lo que nos rodea ni generar ningún tipo de novedad no prevista por el sistema.

Así, en Otto, la revolución ocurre frente al revolucionario pero no la percibe porque no sólo es una revolución política sino también afectiva –como en Gerontophilia–. El protagonista es un muerto entre los vivos y su devenir zombie se explica porque su novio le rompió el corazón y se encuentra literalmente muerto entre los vivos. LaBruce le da a la muerte una posibilidad política denunciando el instrumentalismo y, al mismo tiempo, desnaturaliza la muerte porque no se puede regresar de ella (y no se puede morir más de una vez).

Otto finalmente deja la ciudad, la comunidad política, por discriminación porque la ciudad actual no respeta a la muerte ni a los muertos. Vivimos en una sociedad enferma y “una persona que funciona con normalidad en una sociedad enferma, está enfermo”, piensa LaBruce. Así, la revolución es la creación involuntaria de una percepción que implica una acción incomunicable y que sólo será comprendida una vez sucedida, dando lugar a una comunidad por venir.

Bruce LaBruce hace cine de autor donde lo queer se refiere a las múltiples formas del deseo haciendo olvidar al cuerpo de las marcas políticas y normalidades establecidas y estipuladas por el poder.

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