Carta desde Europa
Las elecciones alemanas

AfD parece estar cerca de tomar el poder, pero la verdad es que nadie pactará con ellos. Están tan excluidos del gobierno como lo está el Partido de Izquierda (Die Linke).

Alternative für Deutschland
Militantes de Alternative für Deutschland. Imagen de thebureauinvestigates.com
Wolfgang Streeck

Director emérito del Max Planck Institute for the Study of Societies.

Todos sus artículos en El Salto.


publicado
2017-10-18 06:34:00

La noticia del mes son las elecciones alemanas del pasado 24 de septiembre y, en particular, el ascenso de un nuevo partido llamado AfD (Alternative für Deutschland). Consiguió el 12,6% de los votos, superando el 10% esperado. No mucho, pensará más de uno, pero la prensa, tanto en Alemania como fuera de ella, está histérica. "Hitler en el Parlamento" fue el diagnóstico sumario para lo que se declaró como la inauguración de una nueva era de la política alemana y europea. Pero si bien AfD es, en realidad, un conjunto de ególatras oportunistas (el partido ya ha empezado a romperse en facciones nada más celebrarse las elecciones), además de desagradable e incluso repugnante, no es fascista. Un partido fascista, como todo el mundo sabe, trae consigo una organización paramilitar que golpea a los oponentes y a toda clase de indeseables; tiene vínculos secretos con el ejército y la policía; dispone de líderes carismáticos todopoderosos; disfruta del apoyo material del segmento reaccionario de la burguesía y cuenta con ideólogos extraídos de la elite o cuasi elite intelectual del país. Nada de ello ocurre en este caso y nada remotamente parecido parece que vaya a suceder en el futuro inmediato.

Leyendo la prensa alemana e internacional, AfD parece estar sorprendentemente cerca de tomar el poder. Pero la verdad es que nadie pactará con ellos. Están tan excluidos del gobierno como lo está el Partido de Izquierda (Die Linke). AfD será uno de los tres partidos de la oposición, siendo el mayor de ellos el SPD, receptor de algo más del 20% de los votos, que ha cosechado el peor resultado de su historia. Aquí se produce un efecto de eco: el alarmismo en Alemania vuelve en forma de incluso más alarmismo en el extranjero, lo cual justifica otra ronda de alarmismo doméstico.

¿Qué explica el éxito de AfD? En Alemania del Este, la antigua República Democrática Alemana, donde la renta per cápita es el 73% de la registrada en Alemania Occidental (y lo ha sido durante muchos años), obtuvo más del 20% de los votos y es ahora el segundo mayor partido de la región, tras los democristianos (AfD y Linke, los dos proscritos del sistema de partidos alemán, recibieron en total el 40% de los votos en el Este). En algunas regiones de la antigua Alemania Occidental, donde AfD es tan fuerte como en el Este, sus votantes son antiguos partidarios del SPD; aquí el problema no son tanto las promesas rotas como la desindustrialización y la desigualdad creciente que la acompaña.

Pero no es sólo la pobreza lo que impulsa a los votantes de AfD; si fuera así, Die Linke debería también haberse beneficiado. Una buena parte del voto a AfD proviene de zonas relativamente prósperas del país en las que los medios culturales tradicionales están todavía esencialmente intactos, como Baviera o Baden-Württemberg. Aquí, como en la antigua RDA, la rápida “modernización” de la sociedad alemana se siente como algo particularmente perturbador y los partidos del centro, y con ellos Die Linke, son percibidos como fuerzas motrices de un cambio social que causa una inseguridad elevada y creciente, tanto económica como cultural.

Tal inseguridad se siente hoy en todas partes de Europa, y los partidos nacionalistas, que buscan protección en instituciones nacionales donde las internacionales no tienen nada que ofrecer aparte de "reformas estructurales", son ahora una presencia habitual en la política europea, siendo AfD el equivalente alemán de, entre otros, los Verdaderos Finlandeses, la Liga Norte, el UKIP y los Demócratas de Suecia. La izquierda, generalmente, no ha logrado comprender que la resistencia tradicionalista a la modernización no es siempre reaccionaria, sino que puede estar defendiendo formas comunales de solidaridad sin las que un orden social menos dirigido por el mercado será difícil de construir. La modernización que erosiona la solidaridad está hoy asociada a la internacionalización y al aumento de una gobernanza internacional y supranacional alejada de la influencia electoral. En Alemania, en concreto, ninguna de estas preocupaciones fueron jamás asumidas por los partidos establecidos, que se hallaban demasiado contaminados históricamente y se mostraban ansiosos por ser considerados como modernizadores internacionalistas, que llevaban el país a una nueva "Europa" supranacional. A los votantes que se preguntaban cosas como: "¿Realmente queremos tener fronteras abiertas?" o "¿Es realmente necesario centralizar aun más el gobierno?", se les decía que estaban ayudando a AfD e incitando su propaganda.

Esto resultó contraproducente, especialmente después de la 'crisis de los refugiados' de 2015, en la que Merkel perdió credibilidad ante muchos de sus defensores 'conservadores' (¡el voto de la CDU bajó más de ocho puntos porcentuales en las elecciones de septiembre!). Una parte cada vez más importante de los votantes se había tomado en serio lo que el gobierno y los medios de comunicación de masas les habían dicho, concretamente que sus preocupaciones eran las preocupaciones de AfD. Además, al observar a AfD pueden haber pensado que si este era todo el fascismo, el fascismo no podía ser tan malo como se dice. Si bien Merkel había orquestado magistralmente la entrada de AfD en la lista negra política y social, al final pagó un alto precio por ello, ya que la expulsion de AfD del arco constitucional alemán resultó ser un factor clave de su éxito electoral.

¿Qué ocurrirá ahora? El SPD ha decidido no continuar la Gran Coalición. Su viejo grupo dirigente, sin embargo, derrotado en tres elecciones consecutivas, puede esperar la invitación de Merkel para formar gobierno, si fracasan sus conversaciones con los Liberales, los Verdes y, crucialmente, la CSU. Formar un gobierno con estos socios será extremadamente difícil y puede exigir mucho tiempo. Dentro de un año, la CSU debe defender su mayoría absoluta en su estado de origen, Baviera. Habiendo perdido diez puntos porcentuales en las elecciones federales del pasado septiembre, ello puede resultar difícil. El fracaso no es una opción en este caso, ya que puede forzar al partido a retirarse tanto del gobierno federal como, de hecho, de su federación con la CDU. Un año después Merkel tendrá que supervisar la transición para la elección de su sucesor o sucesora. Tras el desastroso resultado cosechado en estas elecciones, su partido no la nominará para un quinto mandato. No será posible mucha actividad de gobierno durante los años próximos, especialmente en 'Europa', ya que Merkel será pronto una dirigente a punto de abandonar su cargo. Pero, por supuesto, nada es menos seguro en la política contemporánea que las predicciones.

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