Cárceles
Media vida para escapar del infierno de la cárcel. La lucha de Santi Cobos por vivir en libertad

Santi Cobos Fernández tiene 51 años y ha pasado más de la mitad de su vida en la cárcel. Entró en un reformatorio con 13 años y a los 16 pisó la cárcel por primera vez. Hasta 2029 no recuperará la libertad definitiva. La vida de Cobos es una película tan profunda del sistema penitenciario, la lucha colectiva y su propia victoria personal que sirvió como inspiración para el personaje de ‘Malamadre’ en la película Celda 211.

Santi Cobos
Retrato de Santi Cobos. Imagen de Dos por Dos

publicado
2019-12-20 06:29

Santi Cobos Fernández tiene 51 años. Ha pasado 26 de ellos condenado a vivir bajo llave, hace siete que está en en libertad condicional y no recuperará la libertad definitiva hasta 2029. Pasó 17 años en las galerías FIES, “una prisión dentro de la misma prisión”, según sus propias palabras. La vida de Cobos es una escalofriante crónica del sistema penitenciario democrático. Pero también es la historia de una lucha colectiva. Y el testimonio de una victoria personal: Cobos es una persona que no ha perdido la capacidad de ser libre pese a haber haber pasado toda una vida entre barrotes.

Nació en León en un entorno empobrecido. Antes de que él naciera, sus padres se movían con un carro de feria en feria: “La gente los rechazaba y la Guardia Civil los perseguía porque no iban a misa o no tenían residencia fija”, explica. Para cuando nació, el carro había dado paso a los autos de choque. En verano hacían dinero de pueblo en pueblo, y pasaban el invierno en León capital.

Su primera experiencia privado de libertad se remonta a los 13 años, cuando entró en el reformatorio para dos años: “Me escapaba en cuanto podía. Estaba en manos del juzgado de menores y los educadores tenían las manos libres para abusar de nosotros”. Al salir del reformatorio comenzó a vivir por su cuenta. Era la década de los 80: “Me buscaba vida, como muchos otros. Había mucha necesidad en aquella época”. A los 16  años fue encarcelado por primera vez durante quince días, y después pasó un año preso, siempre por pequeños robos. En 1989, con 20 años, comenzó a cumplir seis años de condena en la cárcel de León, “a consecuencia de una disputa familiar”.

Rebeldía e instinto de libertad

Cobos era por aquel entonces una de esas personas que se rebelan ante las injusticias, más por instinto que por una actitud politizada consciente. Tanto contra los “abusos continuos” de la cárcel, como él los denuncia, como por “cuestiones de patio”: “Ver que le iban a robar las zapatillas a un joven recién llegado… yo no valía para dejar pasar esas cosas sin hacer nada”. Su instinto de libertad no era menos intenso: “Los muros me ahogaban, desde el principio pensé en la fuga”. Cobos ingresó en prisión por seis años, pero una vez dentro, acumuló penas por cerca de 70 años.

“Era un mundo muy violento, sangriento. Para hacer una reivindicación 15 personas a la vez nos hacíamos cortes en los brazos o nos metíamos misiles [objetos punzantes] en el estómago”

A principios de los 90, las fugas o las luchas y motines reivindicando derechos fundamentales eran más frecuentes en las cárceles. El contexto no era nada amable, tampoco lo eran las luchas: “Era un mundo muy violento, sangriento. Para hacer una reivindicación 15 personas a la vez nos hacíamos cortes en los brazos o nos metíamos misiles [objetos punzantes] en el estómago”. En una ocasión, Cobos hizo eso último con el objetivo de que la sacasen al hospital e intentar huir desde allí. “Me sacaron y conseguí escapar corriendo, pero la sangre que había perdido me dejó tan débil que cuando había bajado dos plantas del hospital perdí el conocimiento”.

Cobos enumera una docena de intentos de fuga, “a las que hay que sumar los interrumpidos en mitad de los preparativos”, añade. Participó en los motines de las cárceles de Valladolid y Zamora. En ambos casos los prisioneros secuestraron a los funcionarios. La mayoría de las veces los motines eran, en origen, intentos de evasión, que se convertían en motines al no conseguir su objetivo principal. A medida que acumulaba intentos, más difícil resultaba la fuga: “Al principio intentaba hacer escapadas limpias, saltar el muro y ya está. A medida que me ponían más candados tenía que arriesgar más, con mayor desesperación”. En ese contexto sitúa Cobos lo ocurrido en 1995. Él y el preso Juan Redondo escribieron cartas amenazantes a un juez para que les sacaran al juzgado para ser juzgados y luego huir de allí. Consiguieron llegar al juzgado, pero no huir. Comenzó un tiroteo, los presos mataron a un policía, Cobos recibió un disparo en la cabeza y Redondo perdió un pulmón por otro disparo. Para entonces, Cobos llevaba tres años viviendo en el infierno de FIES.

FIES: el infierno institucionalizado

Los Ficheros Internos de Seguimiento Especial [FIES] fueron creados en 1991 por el gobierno de Felipe González. Había cinco tipos de FIES, dependiendo del tipo de delito imputado. Cobos fue introducido en FIES 1 después del motín de Zamora: “Eligieron a 50 o 60 presos sociales a quienes nos consideraban un cáncer: fugistas, rebeldes, promotores de motines, presos que denunciaban mediante escritos continuamente, presos con cierta capacidad de liderazgo …”.

El régimen FIES ha sido definido muchas veces como una cárcel dentro de la cárcel. Construyeron galerías aisladas de unas pocas celdas en varias cárceles seleccionadas, estableciendo condiciones de vida que ni siquiera el propio reglamento penitenciario permitía: “Celdas individuales, con doble puerta y todo mecanizado,entonces era una novedad. Un buzo de obrero como única vestimenta, ningún objeto personal, una chapa con agujeros del tamaño de los cigarrillos como ventana. Aislamiento total y una hora de patio, cuando te sacaban. Salíamos solos al patio, con las manos esposadas y bajo la constante amenaza de los funcionarios. Sin visitas bis a bis. El correo controlado, podía escribir tan solo una carta por semana de una única hoja, pequeña y escrita en mayúsculas. La mayoría de las cartas que me escribían ni siquiera me llegaban”.

Santi Cobos en Topas
Prisión de Topas (Salamanca), septiembre de 2007. Presos sociales y políticos después del juego de pelota entre módulos. De izquierda a derecha: Victor Peco, Asier Otxoa, Jon Crespo, J.R. Mtz. de Lafuente (Txoritxu) y Santi Cobos. Foto de Asier Otxoak.

Torturas y suicidios en manos de la “mafia”

A Cobos se le endurece la mirada al recordar las humillaciones y los malos tratos de los funcionarios. Constituían el pan de cada día, según sus palabras: “Desde el primer momento: ‘te vamos a matar hijo de puta’, nos animaban a ahorcarnos … O la del colchón: venían por la noche y te quitaban el colchón, a la hora siguiente te volvían a despertar para dártelo, otra hora y vuelta a quitártelo, volvían y entonces: ‘no quiero el maldito colchón, para vosotros’, y entonces paliza. Cada vez que se abría la puerta con miedo de recibir una paliza, tres o cuatro veces de cada cinco era así. La psicosis era el estado natural de las cosas”.

“El elixir del suicidio era atractivo como vía de escape, todos lo tuvimos en la cabeza en algún momento”, confiesa Cobos. Varios presos se suicidaron. En algún caso, la frontera entre el suicidio y el asesinato se difumina: “Moi [Moisés Caamánez, muerto en la cárcel de Villanubla (Valladolid) en julio de 1994. N. de E.] cuando los carceleros le abrieron la puerta se ahorcó delante de ellos. ¿Y qué hizo esa gente? Salieron corriendo, en busca de un cuchillo para cortar las sábanas dijeron, y regresaron a los quince minutos. Claro, Moi ya estaba muerto”. Ernesto Barrot [muerto también en la cárcel de Villanubla en marzo de 1993. N. de E.] y Cobos eran amigos íntimos: “Se ahorcó con unas sábanas de los barrotes de la ventana, en Valladolid. Estaba colgado, pero con las sábanas no se podía ver que tenía las piernas en el aire. Los funcionarios ataron dos o tres palos de escoba y empujaron el cuerpo por el otro lado de la puerta. Claro, sabían lo que nos estaban haciendo, y a la vez nos tenían mucho miedo por ello. Al final entraron con escudos y porras gritando como locos. Estuvieron un rato golpeando el cadáver hasta que ya se dieron cuenta de que estaba muerto”. En esos momentos Cobos estaba en una de las celdas contiguas, a unos pocos metros de distancia, escuchando e imaginando lo que ocurría. Por un momento se impone el silencio en la conversación. “Yo defino aquella época como un secuestro. No te sentías un preso, sino secuestrado por una mafia”, redondea Cobos.

Otros presos que estaban en FIES perdieron la cabeza. Algunos intencionadamente, dice Cobos: “Era otra forma de escapar al infierno”

Otros presos que estaban en FIES perdieron la cabeza. Algunos intencionadamente, dice Cobos: “Era otra forma de escapar al infierno”. Cobos es la excepción: sobrevivió y fue capaz de construir una nueva vida en la calle.

Odiar para sobrevivir

Preguntamos a Cobos cómo pudo sobreponerse a todo aquello. Responde directo, sin dobleces: “Tenías que convertirte en un animal para sobrevivir, renunciar a tu propia humanidad. Odio como pura pulsión: odio a los funcionarios, a la cárcel, a la dirección, al juez de vigilancia que ni siquiera se preocupaba, a los medios de comunicación que nos criminalizaban, a toda la sociedad. No fueron días en aquellas condiciones, sino años. Mientras te está ocurriendo no eres consciente. Le pierdes el respeto a todo porque te lo han robado todo, tu frescura, tu humanidad”. Estuvo 17 años clasificado como FIES, no todos en condiciones tan brutales. Al mismo tiempo, cuenta, mantuvo no pocos sentimientos y principios básicos: “La lucha más importante en la cárcel es no perderlos, no convertirte en lo que ellos quieren, en un producto penitenciario”.

Los presos de las galerías FIES no tenían ni un espejo en el que mirarse. Cobos recuerda la vez en que se vio de nuevo ante el espejo después de dos o tres años: “Vi a una persona que no era yo. Me trajo imágenes de mi infancia, de mi familia... Empecé a llorar como un crío. Fue un momento muy triste”. Otro preso FIES histórico, Patxi Zamoro, dejó escrita una vivencia muy similar en su memorable libro A ambos lados del muro.

Santi Cobos en 2003
Santi Cobos en una imagen tomada en 2003, como portero del equipo de fútbol en la prisión de Topas, en Salamanca. Foto de la familia de Santi Cobos.

Del infierno al purgatorio

Al cabo de unos años comenzaron a mejorar las condiciones de las galerías de FIES. Muy poco a poco, y como consecuencia de la lucha. Cobos sostiene que la lucha fue interna y casi individual durante los primeros años. Por un lado, porque los presos estaban aislados. Por otro lado, porque el PSOE estaba en el gobierno y a muchos les resultaba imposible creer sus relatos: “Había una gran negación a lo que denunciábamos”. Con el tiempo, sin embargo, la lucha salió fuera de los muros: “Algunas asociaciones iniciaron campañas de denuncia y movilización, algún preso que salió empezó a contar lo que estaba pasando, los presos políticos vascos nos ayudaron con escritos de denuncia... al final tuvieron que ir suavizando algunas condiciones”.

Los sindicatos de funcionarios se opusieron inicialmente a cualquier mejora. Posteriormente varios carceleros iniciaron un proceso de acercamiento, hablando personalmente con algunos de los presos.“Querían ver qué estado de ánimo teníamos, cómo estábamos de la cabeza... Nos hicieron mucho daño, teníamos mucho odio y sabían que era difícil desactivarlo”. Sustituyeron a algunos de los carceleros más odiados y sacaron a algunos presos de las galerías FIES a módulos ordinarios de primer grado. “Después de unos años así, a algunos de nosotros nos plantearon la posibilidad de hacer una transición hacia un régimen penitenciario ordinario”.

Cobos pasó a segundo grado en 2007. El joven que ingresó por un periodo de seis años llevaba casi 20 años encarcelado para entonces, y las sentencias acumuladas en prisión subían su condena hasta casi los 70 años. “Estaba condenado a una cadena perpetua oculta”, recuerda. No estaba dispuesto a aceptarlo. Comunicó a la prisión que iniciaría huelgas de hambre y otros tipos de protesta en caso de que la situación no se encauzara. Al mismo tiempo, los abogados le dijeron que había posibilidades de cambiar la situación. Que algunas personas de la dirección del poder judicial y del sistema penitenciario no veían con buenos ojos lo que se estaba haciendo con ellos, y que si Cobos respondía adecuadamente se podrían dar pasos, muy poco a poco. El educador de la cárcel también le animó y le ayudó mucho. “Vamos, que al final me comieron la cabeza y me fui olvidando del muro”, dice entre risas.

El insaciable rencor de los funcionarios

Cobos obtuvo su primer permiso de salida en la prisión de Topas, en Salamanca. Era el año 2008. Permiso de día, con la obligación de volver a dormir a la cárcel. “Fue raro: estaba en la Plaza Mayor de Salamanca con el educador y una monja, me bastaba con echarme a correr... Se me pasó por la cabeza de todo”, recuerda con una sonrisa traviesa. Resistió a la tentación porque se había comprometido con muchas personas, y algunas de ellas habían arriesgado su trabajo. “Fue un punto de inflexión”.

Algunos funcionarios no estaban dispuestos a dar a Cobos la menor oportunidad. Denunciaron en la prensa que, con su salida de aquel día, Salamanca y los pueblos vecinos estuvieron “en peligro”. Se propagó la alarma y el asunto llegó a la directora de la prisión. “Me vino la directora con otras personas. ‘Mira, Santi, lo hemos intentado, pero no voy a correr más riesgos’, me dijo”. El proceso tuvo un parón.

Un año más tarde, la situación de Cobos se agravó aún más. Alguien mató a un preso en el patio de la cárcel, y otro preso denunció a Cobos como responsable. Durante el procedimiento judicial en su contra, el abogado de Cobos presionó al denunciante en torno a ciertas contradicciones de su testimonio. El preso reconoció entonces que los funcionarios le habían dicho que denunciara a Cobos. “Después de eso pedí el traslado a la cárcel de Nanclares, al ver que no tenía nada que hacer en Topas”.

Le aceptaron el traslado y, con la ayuda de varias asociaciones de Gasteiz, volvió a conseguir permisos de salida. Pasados unos meses, sin embargo, se le comunicó que sería trasladado a León, lo que implicaría la suspensión del proceso. Pero entonces consiguió trabajo en una librería de de Gasteiz, parando así el traslado. No sin un último intento de algunos funcionarios de Nanclares: “Hablaron con la responsable de la librería para meterle miedo: a ver si sabía a quién había contratado, lo peligroso que era...”. No consiguieron intimidar a la mujer.

“Desarmarse” para vivir en la calle

Cobos obtuvo finalmente la libertad condicional en 2012. Le preguntamos si le dio miedo salir: “Claro que sí”. La cárcel es un mundo con códigos propios a los que los presos adaptan su carácter. Al salir todo se tambalea. “La cárcel saca lo peor de ti con sangre y odio. A la calle sales armado, con las armas que has desarrollado para sobrevivir y defenderte dentro. Un arsenal que no vale fuera pero que tienes incrustado en el alma. La cuestión es si eres capaz de desarmarte una vez en la calle”.

Con mucho esfuerzo y poco a poco, Cobos fue desarmándose. Recibió el apoyo y el reconocimiento de varias personas, también vio que había más gente que sufría en la calle, empatizó con los dolores de su familia y de los familiares de los presos... “Todo eso me ayudó. Pero es una excepción”. Confiesa entre risas que también agradeció el odio a la policía más generalizado que hay en Euskal Herria, y el menor estigma de quienes han estado presos. “Encontrarte con gente que tiene la misma visión de la Guardia Civil o los malos tratos, que te expresan con una mirada ‘no tienes que explicarte, te creo’... Chapeau”.

La espada de Damocles sobre el cuello... pero libre.

Cobos lleva siete años en libertad condicional, y le quedan otros diez hasta recuperar la libertad total. Desde el 2012 ha viajado mucho por el Estado español en la furgoneta que tiene preparada para dormir. Se acerca a menudo a León, donde tiene familia, pero dice que socialmente su lugar de referencia es Gasteiz: “Es donde conozco gente, le tengo cariño a Gasteiz”. Al preguntarle si se siente libre, destaca que estando en libertad condicional cualquier tontería le puede generar un serio problema. “La espada de Damocles siempre está ahí, a veces me siento preso”. En la cárcel de Zaballa ha aparecido muerto otro preso, el quinto en lo que va de año, y al escuchar noticias como esas le parece que aún tiene medio cuerpo en la cárcel.

A pesar de todo, se le nota feliz. “Miro atrás y me sale la sonrisa. Verme en espacios abiertos, poder materializar los deseos: lo haré o no, pero saber que si me apetece puedo atravesar esa puerta o tomarme una cerveza, eso es la libertad. Por encima de todos los condicionamientos, me siento libre”.

argia
El reportaje Nola atera bizirik espetxeko infernutik ha sido publicado originalmente en euskera en Argia. 

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4 Comentarios
#45023 16:25 23/12/2019

Buena suerte, Santi Cobos. Te la mereces

Responder
1
0
#44962 15:42 20/12/2019

La cárcel, como institución rehabilitadora, muestra en este artículo toda su miseria con la tortura por sistema en aquellos colectivos que resultan ser "conflictivos".
El Derecho a la fuga, debería estar integrado en la Legislación Española, dado, toda persona privada de libertad, está en Derecho Natural de Ser Libre, aún haya cometido un delito grave, la fuga no debe agravar la pena por la que fuese encarcelado/a.
Por frecuencia; siempre padecen estos tratos las personas más pobres y con menos recursos económicos. Hasta en prisión existen las Clases.

Responder
3
0
#44985 18:56 21/12/2019

Te quiero santi

Responder
1
0
#44959 14:48 20/12/2019

Ójala encuentres tu camino....
Buena suerte

Responder
4
1

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