Coordinador de Clima y Medio Ambiente en El Salto. @pablorcebo.bsky.social, pablo.rivas@elsaltodiario.com
El mensaje aparece recurrentemente año tras año, podíamos decir que ya es cíclico. En esencia, si le quitamos los extras habituales en forma de parafernalia antiecologista, es este: en España se destruyen presas, lo cual perjudica a la agricultura de regadío y hace peligrar el consumo, especialmente en las épocas —esas sí son cíclicas, cada vez más— de sequía. Y, claro, si se puede aprovechar para colar algún bulo negacionista o alguna media verdad adulterada que critique alguna política medioambiental —además de la mentirijilla que es en sí la idea principal—, mejor que mejor.
En 2023 la cosa fue bastante viral. De hecho se fue un poquito de madre. Cierto líder de cierto partido ultraderechista, fan de esparcir hechos no ciertos por el mundo —además de auténticas brutalidades—, dijo que el Gobierno había “destruido parte de la riqueza de España dinamitando presas en mitad de una sequía”. Aquello —spoiler— era una mentira como una catedral que soltó en pleno debate en RTVE para las elecciones generales de 2023.
En 2024 el tema volvió, con muy poco respeto por cierto por las 238 personas fallecidas y sus familiares y amigos, con la dana. El personaje en cuestión ligó la tragedia con la “criminal voladura de presas” supuestamente llevada a cabo por otro de sus habituales blancos: las políticas ambientales de la Unión Europea, en este caso, la Directiva Marco de Agua.
En la temporada 2025 la cosa siguió, espoleada por la triste oleada de incendios. Esta vez el argumento fue que, si se derriban presas, faltará agua para apagarlos. Hay que decir que, como la cosa no tenía demasiado sentido, en esta edición el circo tuvo menos mambo mediático y se ciñó a los canales en redes sociales más ultras de entre los ultras. Lugares de gente que rebosa alegría y desparpajo.
Por último, en 2026 tenemos, de momento, una polémica por el derribo de un pequeño azud en el río Cega (Segovia), avivada por el citado partido que seguro que imagináis. Aunque puede haber caso por un tema patrimonial —no está clara su antigüedad y podría tener varios siglos—, alegan —ojo— “grave daño al medio ambiente” y llaman a la barrera denunciada “presa”, aunque tuviese 1,7 metros de altura. Así, llegamos por fin al quid de la cuestión: no, eso no es una presa, es un azud. Y, como cuenta Pao Fernández Garrido, responsable sénior de gestión de fondos del Open Rivers Programme, “en España, y en el resto de Europa, el 99% de las demoliciones son azudes, no son presas”.
Esta ingeniera, especializada en eliminación de barreras fluviales, conoce bien el problema. La fundación para la que trabaja desde hace dos años está especializada en financiar proyectos de restauración y renaturalización de ríos en Europa, pero además Pao fue una de las fundadoras de Dam Removal Europe, organización que aboga por la eliminación de barreras fluviales, donde trabajó durante una década.
Un azud es una pequeña barrera en un río por la que rebosa el cauce —al contrario que ocurre en las presas, que desaguan por las compuertas o los aliviaderos— y que no sirve para el abastecimiento de agua, sino para alimentar una toma o derivar agua a una acequia, entre otros posibles usos. Los azudes, generalmente, no tienen más de cinco metros de altura mientras que las presas, que pueden llegar a medir más de 300 metros, generan embalses para el almacenamiento de grandes cantidades de agua, ya sea para riego, uso hidroeléctrico o abastecimiento. En cualquier caso, como incide Pao, al no tener capacidad de almacenaje “los azudes no tienen ninguna capacidad de protección contra inundaciones”.
El informe anual Dam Removal Progress 2025 de la organización homónima señala que en España se eliminaron 109 barreras en 2025 —un 11% más que el año anterior, todas ellas azudes— de un total de 603 en Europa. Son datos muy por encima de las 101 que fueron demolidas en 2020, una cifra que no ha hecho más que crecer desde entonces, ayudada por la Directiva Marco de Agua y su transposición legal en los paíse s de la UE.
Las presas —que no azudes— derribadas durante décadas en España apenas se cuentan con los dedos de las manos. Se eliminan porque “están obsoletas, o ya no son económicamente rentables, o están abandonadas y colmatadas —llenas— de sedimentos, a veces tóxicos”, cuenta Pao. Este último fue el caso de la presa de Robledo de Chavela, en la Comunidad de Madrid, de 22,7 metros y derribada en 2014. Además de presentar problemas de seguridad, estaba sin uso ni función desde 1990, y presas así son “un verdadero peligro para la seguridad civil”, remarca Pao. Y aquí la ingeniera es contundente: “Es una irresponsabilidad no derribar presas que están abandonadas. De hecho, es ilegal en nuestro país abandonar infraestructuras en el río, ya que el propietario debe demolerlas si ya no las va a utilizar”. Al respecto, Pao recuerda que “tenemos miles presas y azudes, y decenas de miles en Europa, que no pasan ninguna inspección y no están siendo mantenidas y reparadas”. Es por ello que, insiste, “demoler un azud o una presa no es un capricho, es una necesidad”.
Y ese es el segundo quid de la cuestión. Lo que se derriban son azudes (y alguna presa) obsoletos. Sin uso. Una realidad muy lejana del mensaje que algunos intentan colar en beneficio de nadie más que de ellos. Y no son pocas. El proyecto Amber (Adaptative Management of Barriers in European Rivers) estimaba en 1,2 millones las barreras fluviales existentes en 36 países de Europa, de las cuales al menos 156.000 están abandonadas u obsoletas. “En España hay inventariadas oficialmente 29.882 barreras, pero se sabe con certeza que en realidad hay al menos más de 171.000”, añade Pao. Hay un largo camino por recorrer para mejorar los ríos antes de siquiera plantearnos el debate sobre las barreras en uso. Poner obstáculos a lo que se está haciendo es, como poco, irresponsable. Y queda mucho por hacer: el Reglamento Europeo de Restauración de la Naturaleza, aprobado el año pasado, adoptado el año pasado, tiene el objetivo de la mejora de la conectividad hidráulica en al menos 25.000 kilómetros de ríos europeos para 2030, lo que supone la eliminación de miles de barreras.
A pesar de que, como apunta Pao, “la desinformación y los bulos que se han propagado estos últimos tres o cuatro años han hecho mucho daño y no estamos avanzando como deberíamos”, España, con Francia, es líder en este tipo de proyectos. Y sería un lugar mucho mejor si, como en Finlandia, todas las formaciones políticas apoyasen la demolición de barreras obsoletas. Hoy, en la península Ibérica, hay cientos de lugares donde los ríos vuelven a correr, vivos, y donde especies autóctonas han vuelto a colonizar sus antiguos hábitats. Y no, como remarca Pao, no vamos al ritmo que deberíamos. Y sí, a menudo las actuaciones son en la parte alta de las cuencas, y tarde o temprano la práctica totalidad de los ríos cuentan con una barrera que corta el paso de agua, peces, sedimentos y todo tipo de vida. Pero esta sección se llama Camino al Paraíso porque en ella nos centramos en lo positivo, y es un hecho que el número de obstáculos fluviales mengua. Así que celebrémoslo.
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