Crisis climática
La multimillonaria industria de los “servicios climáticos” está alterando el acceso a los datos sobre el cambio climático

¿Beneficiará el aumento de los servicios climáticos privados —en los que las empresas venden datos adaptados a los clientes— a la sociedad en su conjunto o sólo a aquellos que pueden permitirse el lujo de pagar?

Shell Australia
Instalación de gas natural flotante de shell en Australia.
Traducción: Pilar Gurriarán

publicado
2019-09-11 06:10

¿Cómo evitamos un futuro en el que los mejores datos para salvar vidas y propiedades de la destrucción climática sólo estén disponibles para aquellos que puedan permitírselo?

Esta es la pregunta que se hacen algunos observadores y críticos de los “servicios climáticos”. El rápido crecimiento de este campo en los últimos años marca un cambio profundo en la forma en que nuestra sociedad crea y utiliza la ciencia. En lugar de centrarse ampliamente en los impactos regionales, nacionales o mundiales del aumento de las temperaturas, los proveedores de servicios climáticos crean datos adaptados a los responsables específicos de la toma de decisiones: el alcalde de una ciudad costera, por ejemplo, o el director ejecutivo de una empresa de servicios energéticos.

Este campo está generando una industria de compañías de servicios climáticos que perciben el potencial de beneficios enormes mediante la venta de datos personalizados a clientes que desean conocer con detalle financiero explícito dónde y cuánto les afectará el cambio climático.

Uno de los líderes de la industria, un ejecutivo de Silicon Valley llamado Rich Sorkin, defendió los servicios climáticos en mayo ante el Subcomité de Medio Ambiente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. Argumentó que tomar la ciencia climática a gran escala producida por las agencias federales y convertirla en evaluaciones de amenazas hiperlocales es una forma crucial y efectiva para que las ciudades, estados, compañías e inversionistas se preparen mejor para la emergencia climática.

Sorkin sugirió que su compañía climática Júpiter, centrada en el riesgo, está especialmente capacitada para asumir este trabajo. “Creemos que el gobierno federal debería delegar en el sector privado en esta área”, dijo en un comunicado.

Según la investigadora Svenja Keele, el crecimiento de los servicios climáticos privados “aleja los incentivos para la ciencia climática del interés público y los lleva a la búsqueda continua de beneficios”

Sin embargo, esa no es una opinión universalmente aceptada. A principios de este año, la revista Climatic Change dedicó un número especial a los servicios climáticos, que incluía preguntas difíciles de los críticos. La investigadora de la Universidad de Melbourne, Svenja Keele, argumentó en un documento que el crecimiento del campo “aleja los incentivos para la ciencia climática del interés público y los lleva a la búsqueda continua de beneficios”.

Mientras tanto, el profesor asistente de la Universidad de Guelph Eric Nost se preguntaba: “¿Cuándo agravan realmente los servicios climáticos las vulnerabilidades existentes?”

Sorkin argumenta que empresas como la suya —que es parte de una industria que en 2015 se valoraba globalmente en 2.600 millones de dólares, con un crecimiento anual del 6% al 10%— son ágiles e innovadoras allí donde el gobierno puede ser lento y cauteloso. “Estamos años por delante de lo que está haciendo el sector público”, dice.

En su exposición, comparó el impacto de Júpiter en la ciencia climática con la influencia perturbadora de Amazon, Microsoft y Google en la supercomputación: “En casi todos los casos, el sector privado está liderando la adopción de estas nuevas tecnologías, impulsado por la brutal competencia por las ganancias”.

Y para compañías como la suya, esas ganancias pueden ser lucrativas. Entre los clientes de Júpiter se encuentran empresas de petróleo y gas, seguros y defensa. Un nuevo cliente puede esperar pagar entre 200.000 y 500.000 dólares para aprender cómo está expuesto a inundaciones, calor, tormentas, incendios y otros impactos del cambio climático. Una suscripción de un año de duración podría comenzar con un millón de dólares, dice Sorkin, “y para las grandes corporaciones podría ser mucho más que eso”.

Otras empresas también están tratando de sacar provecho del miedo y la inseguridad financiera provocados por el aumento de las temperaturas mundiales y el clima impredecible.

¿Bueno para la sociedad?

Pero con esto han surgido preguntas sobre quién gana realmente.

“[Los servicios climáticos desarrollados comercialmente] a menudo son exclusivos y sólo son accesibles para aquellos involucrados y/o que pagan por ese servicio”, escribió en un correo electrónico Marta Bruno Soares, becaria universitaria de Met Office en el Reino Unido. “Lo que es crítico en este punto es entender cómo se están autorizando los servicios climáticos y qué acceso se permite a quién”.

Incluso los líderes de la industria reconocen el riesgo de un futuro no tan lejano donde los ricos y poderosos tengan mejor información y herramientas para protegerse de la devastación del cambio climático que los pobres y vulnerables.

“Esa es una gran preocupación, y ciertamente no voy a pretender que tenemos la solución”, dice Emilie Mazzacurati, fundadora y CEO de Four Twenty Seven, una compañía de servicios climáticos con sede en California que fue adquirida recientemente por Moody's. Cuando se trata de la adaptación al cambio climático, añade, “hay una desigualdad enorme y preocupaciones enormes sobre la equidad que no vamos a resolver con datos”.

“Creo que es un tema extremadamente importante sobre el que estamos prestando mucha atención para tratar de abordarlo”, dice Sorkin. Según este directivo la compañía está buscando maneras de ayudar a los que tienen menos recursos, como trabajar con las comunidades de Estados Unidos para alejarse de los peligros climáticos en lugar de limitarse a reconstruir después de que ocurra un desastre.  “No estamos en posición de regalar lo que estamos haciendo, pero hacemos una cantidad sustancial de trabajo altruista”, dice.

Integración de riesgos

Mazzacurati fundó Four Twenty Seven después de que el huracán Sandy devastara la ciudad de Nueva York en 2012. “Lo que más me impactó fue el caos que [un] evento climático extremo podía traer a una de las ciudades más ricas, organizadas y con más recursos del mundo, y a algunas de sus empresas más poderosas”, recordó más tarde.

Con partes de Manhattan inundadas y sin electricidad, se pregunta por qué las organizaciones financieras en particular —que requieren una comprensión detallada del riesgo para sobrevivir— no se preparan para una amenaza climática obvia.

“Los científicos estaban diciendo ‘sabíamos que esto podía pasar”, dice Mazzacurati. “[Había] una desconexión entre los datos y proyecciones sobre los riesgos del cambio climático y el hecho de que no estuvieran integrados de forma sistemática para la mayoría de las organizaciones”.

Four Twenty Seven se describe a sí mismo como un proveedor de “inteligencia de mercado”. Pero se basa en el supuesto de que las empresas y los inversores que aprenden sobre los peligros hiperespecíficos a los que se enfrentan a causa del cambio climático —ya se trate de una fábrica expuesta a las inundaciones o de una inversión de alto carbono que podría devaluar una cartera— no sólo protegerán sus activos individuales, sino que impulsarán soluciones climáticas más amplias.

“Necesitamos tanto una acción política global como que las corporaciones se preparen para impactos específicos”, dice Mazzacurati. “La comprensión de cuán complejos [y costosos] son esos impactos... debería ayudar a motivar un mayor compromiso político”.

Mientras dirigía el equipo de servicios climáticos del Met Office Hadley Centre, Carlo Buontempo realizó un proyecto sobre el impacto del cambio climático en las corporaciones y las compañías petroleras.

“Cuando cambias la narrativa y empiezas a debatir el impacto que el cambio climático tendrá en ellos en lugar de lo malvados que son... entonces tienes una conversación completamente diferente”, dice Buontempo. “Es probable que desencadene la acción”.

Pero potencialmente sólo hasta cierto punto. En 2017, Royal Dutch Shell desinvirtió 7.250 millones de dólares en inversiones de las arenas petrolíferas de Canadá después de enterarse del daño financiero que un cambio en el mercado hacia la energía baja en carbono podría tener en su modelo de negocios. Sin embargo, más o menos al mismo tiempo la compañía gastó 53.000 millones de dólares en la adquisición del gigante de los combustibles fósiles BG Group, y The Economist informó recientemente que Shell está “destinando la mayor parte de su presupuesto anual de gastos de capital de 30.000 millones de dólares durante el período de cinco años [2021-2025] a proyectos relacionados con los combustibles fósiles”.

¿Reemplazo o complemento?

Los críticos se preguntan si es prudente asumir que los intereses de las corporaciones y otros actores poderosos se alinean perfectamente con los intereses más amplios de la sociedad.

“Debemos estar atentos a la posibilidad de que los modelos de prestación de servicios [climáticos], redactados en el lenguaje de la iniciativa empresarial, la eficiencia, la utilidad, la personalización y la flexibilización, simplemente consoliden el status quo... en lugar de apoyar respuestas transformadoras y equitativas al cambio climático”, escribió Keele en Climatic Change.

Los críticos se preguntan si es prudente asumir que los intereses de las corporaciones y otros actores poderosos se alinean perfectamente con los intereses más amplios de la sociedad

Mientras tanto, los defensores cuestionan la premisa subyacente de tales críticas: que el crecimiento de los servicios climáticos se produce a expensas de la investigación tradicional. “No reemplazamos la ciencia fundamental que realizan los científicos y las agencias gubernamentales”, dice Mazzacurati. “Somos usuarios de los datos y ayudamos a llevarlos al mercado”. De hecho, los ataques de la administración Trump contra la ciencia climática de Estados Unidos —incluyendo una propuesta de recortar mil millones de dólares sólo de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica— son noticias desagradables para la industria. “Estamos muy preocupados por los recortes presupuestarios”, dice Mazzacurati.

Aún así, Sorkin reconoce que es poco probable que un enfoque del sector privado —al menos por sí solo— sirva a las necesidades de los más vulnerables del planeta. “Realmente no vemos a las comunidades o países subdesarrollados como generadores de ganancias para nosotros”, dice. Este tipo de proyectos, dice, sólo tienen sentido desde el punto de vista financiero con el gobierno o las ONG como socios.

Un cambio desesperadamente necesario

No importa de qué lado estés, el hecho es que décadas de advertencias de los científicos climáticos aún no han producido la acción global necesaria para evitar la catástrofe. Buontempo dice que las empresas que responden a estrechos intereses egoístas son un aspecto de un cambio desesperadamente necesario que se aleja de las actividades que producen carbono, junto con estrategias para hacer frente a los impactos en los que ya estamos atrapados.

“La participación del sector privado es para mí inevitable”, dice. “No hay suficientes académicos trabajando en el clima para desarrollar todos los servicios que una sociedad necesita en esta etapa”. Independientemente de si es así o no, la cuestión sigue siendo la misma: ¿Quién se beneficiará en última instancia de esta participación, la sociedad en general o los ricos y bien posicionados?

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