Burkina Faso
Fidèle Toé: “No queríamos trabajar con el Banco Mundial ni con el FMI”

Fidèle Toé fue amigo de adolescencia de Thomas Sankara y una de sus personas de confianza en el gobierno de la Revolución Democrática y Popular. Este inspector de trabajo jubilado explica algunas de las grandes apuestas económicas de Sankara, quien pujó por un modelo que buscaba una independencia real de la metrópolis.

Fidèle Toé
Fidèle Toé durante la entrevista. Roger Sànchez Esteban

publicado
2019-10-15 06:11

Hace 32 años, el 15 de octubre de 1987, se produjo en Burkina Faso un golpe de estado. El presidente revolucionario Thomas Sankara y doce miembros del gobierno fueron asesinados. La investigación fue bloqueada por el gobierno entrante (liderado por Blaise Compaoré) y por el Estado francés. Éste último ha sido acusado reiteradamente de estar detrás del golpe y ha apoyado explícitamente a Compaoré durante sus 27 años como presidente. Cuando a finales de octubre de 2014 casi dos millones de personas salieron a la calle para impedir que se alargara su mandato, éste fue rescatado de la ira del pueblo con helicópteros franceses y transportado a la seguridad de Costa de Marfil, un país con fuertes vínculos con el Estado francés.

¿Por qué fue asesinado Thomas Sankara? ¿Por qué su figura resultaba tan molesta a las potencias neocoloniales y a las élites privilegiadas de África Occidental? Hemos tenido la ocasión de hablar con Fidèle Toé, uno de sus amigos de adolescencia y una de sus personas de confianza en el gobierno de la Revolución Democrática y Popular (1983-87), y nos ha explicado algunas de las grandes apuestas en cuanto a la economía y a la gestión del Estado. Estas que nos dan pistas sobre los motivos de su asesinato, habiendo numerosas muestras del miedo que generaba un modelo que buscaba ante todo una independencia real de la metrópolis, un desarrollo autocentrado y una total autodeterminación política.

¿Podrías presentarte un poco y explicar cual fue tu relación con el presidente Thomas Sankara?
Me llamo Fidèle Toé y soy un inspector de trabajo jubilado. Trabajé con Thomas Sankara, pero antes de ser su colaborador fuimos amigos de adolescencia. Teníamos 12 o 13 años cuando en 1962 empezamos la secundaria en el Lycée Ouezzin Coulibaly, en Bobo-Dioulasso. Nos encontramos sentados en la misma mesa.

El primer año no nos aceptaron en el internado del centro porque su padre era policía y el mío militar (estuvo en Indochina y Argelia). Se consideraba que teníamos un poco más de medios que los demás. Veníamos de lejos, solos, con nuestras maletas llenas de sueños… Y nos rechazaron. Cursábamos la modalidad de estudios clásicos, rama difícil que la mayoría intentaba evitar. Había que aprender latín. Y aguantamos bien. Al año siguiente, por nuestros buenos resultados, pasamos a ser admitidos en el internado y dejamos de ser un peso para los familiares que nos habían acogido.

La juventud del Alto Volta estaba bastante politizada, y se inspiraba de las experiencias de revoluciones como la china o la albanesa, y de movimientos de liberación como los de Indochina

En aquel momento Thomas no tenía la intención de ser militar. Su sueño era ser cirujano. No obstante, después de la obtención del título de secundaria acabó optando por acudir a la academia militar de Kadiogo. A continuación, fue a formarse como oficial a Madagascar. Durante todo ese tiempo mantuvimos el contacto por carta. Analizábamos la situación política de nuestro país. La juventud voltaica (el Alto Volta mantuvo su nombre colonial hasta que llegó la Revolución) estaba bastante politizada, y se inspiraba de las experiencias de revoluciones como la china o la albanesa, y de movimientos de liberación como los de Indochina (en especial Vietnam). A menudo confrontábamos posiciones: sobre Mao, sobre Albania… Y, por supuesto, hablábamos también de la Revolución Cubana.

Algún tiempo después de su retorno de Madagascar empezasteis a trabajar juntos. ¿Cómo sucedió?
Hubo un momento en que su carrera militar le llevó a ser solicitado como Secretario de Estado encargado de la Información, cargo que él no deseaba. Me pidió que lo secundara como director de su gabinete. Yo no tenía confianza en aquel régimen, y él mismo había tenido que aceptar esa función contra su voluntad, así que creí que era mejor mantenerme al margen. Pero me dijo: “Si tu no vienes trabajaré solo”. Aquel “trabajaré solo” me sacudió, y finalmente acepté. Nos pusimos a trabajar y pusimos en marcha numerosos proyectos, entre ellos el del Mundial del ’82, que se retransmitió en directo por primera vez.

Más tarde le propusieron como Primer Ministro, y aunque yo tenía otra opción mejor remunerada le dije que prefería quedarme con él en su gabinete. Con la llegada de la Revolución, Thomas creyó que yo podía ocupar un rango ministerial, y fue de esta manera que acabé como Ministro del Trabajo, la Seguridad Social y la Función Pública, un cargo que iba más en acorde con mis estudios y mi profesión de inspector del trabajo.

¿Cuál era vuestra concepción de la Función Pública y en qué sentido quisisteis transformarla?
El discurso de Orientación Política del 2 de octubre explica bien cuales eran nuestras críticas al modelo anterior y cuales eran nuestras apuestas. El ejército devoraba el presupuesto. La Función Pública también. Había una incapacidad total de control sobre el personal del Estado. Se perdía mucho dinero pagando a personas que ya estaban muertas o que estaban trabajando en otros lugares y seguían percibiendo su salario público.

Iniciamos auditorías e implementamos medidas para regular los recursos humanos y materiales. Una vez al año todo trabajador público debía recoger su salario personalmente, lo que nos permitía conocerlos y descartar agentes ficticios. Los concursos públicos se empezaron a realizar con rigor. Había habido mucha corrupción a la hora de conceder puestos de trabajo.
En 1983, nos encontramos con un presupuesto total de 57.000 millones de FCFA que se estaba ejecutando con déficit. En 1986, el presupuesto era de 86.000 millones y se ejecutaba con un excedente de aproximadamente 2.000 millones. Los excedentes sirvieron para financiar grandes proyectos como los de la electrificación de grandes zonas no electrificadas y la construcción de viviendas sociales.

Hubo sectores de la sociedad que criticaron la reforma de la Función Pública que impulsasteis. ¿Cuáles eran estas críticas y quién las formulaba?
Cuando informamos que el Estatuto General de la Función Pública sería modificado hubo pánico. Pero mantuvimos intacta la tasa indiciaria a nivel salarial. Lo que sí modificamos fueron algunas de las indemnizaciones extrasalariales. Durante la Revolución hubo gente que perdió privilegios (indemnizaciones o primas), pero se trabajó para generar soluciones duraderas. Se redujo en compensaciones para pagar la vivienda, pero se construyeron barrios enteros para alojar al personal público. Durante un año el alquiler fue totalmente gratuito.

Pero ya sabéis que todas las revoluciones hacen que se pierdan privilegios. Y Thomas no paraba de repetir que “al principio de la Revolución deberíamos haber dicho que todos los privilegios quedaban abolidos.” Se suele decir que la principal fecha de la Revolución Francesa es la del 14 de julio de 1789, pero realmente lo fue la histórica noche del 4 de agosto: la abolición de los privilegios. Thomas decía que “si alguien gana un millón, si le das 999.999 francos ya no es millonario y se queja.” Y por supuesto que eso afectó a algunas personas. ¿Pero se puede hacer una revolución sin sacrificios? 

¿En qué consistía el Salario Vital que se intentó aplicar para mejorar la independencia económica de las mujeres?
El Salario Vital era una idea que nos entusiasmaba. Thomas Sankara lo decía siempre en sus discursos: “Un hombre no puede meter a su mujer en su casa, irse él a comer brochetas y beber cerveza, volver a casa y encontrarse que la mujer no haya tenido nada que poner en la olla.” Por eso creíamos en el Salario Vital, que consistía en recortar una parte del salario del marido y entregárselo directamente a la mujer. Pero incluso las mujeres tenían miedo. “Ah, a mi marido ya lo conozco. Si se me da el dinero se lo voy a devolver a él para que haga como hasta ahora. Sino me echará de casa.” A pesar de todo buscamos la manera de tirar adelante la medida, pero no era fácil. Muchos hombres se opusieron. Sufrimos constantemente ese chantaje, y por eso no conseguimos implementarla.

Creíamos en el Salario Vital, que consistía en recortar una parte del salario del marido y entregárselo directamente a la mujer. Pero incluso las mujeres tenían miedo.

¿Qué medida destacarías a nivel del sistema de sanidad?
Intentamos una cosa que estaba muy bien, en el marco de lo que lo que sería la Seguridad Social. Lo llamamos la Caja Salud. Cotizabas al menos seis meses y cuando te ponías enfermo podías acceder hasta a seis veces más de lo que habías invertido. Pero aunque la mayoría quería que la sanidad fuera accesible, no querían contribuir con una parte de su sueldo. Tuvimos que buscar alternativas como la de gravar la venta de productos de consumo para financiar la Caja Salud.

Los Esfuerzos Populares de Inversión (EPI), por otro lado, ayudaban también a financiar la sanidad y la educación. Los fondos de los EPI provenían de recortes voluntarios en el sueldo. Si un centro sanitario no disponía de ninguna ambulancia, se podía recorrer a estos fondos para comprar una. Una de las primeras medidas fue garantizar que cada provincia contara al menos con dos ambulancias.
Salíamos adelante con modestia, con humildad, y con la energía que nos caracterizaba. Burkina Faso es pobre. Los ministros trabajábamos, y el presidente también, para garantizar que hubiera siempre ideas nuevas para que este país floreciera.

¿Cómo fue la relación entre el gobierno revolucionario y el sector privado?

El sector privado continuó a ejercer en Burkina Faso. Algunos tenían miedo: era una revolución. Escondieron su dinero en Costa de Marfil o en Togo. Pero tengo que reconocer que el presidente Sankara ofreció garantías al sector privado. Incluso los animó a organizarse mejor. Fue su idea la creación de las Agrupaciones de Interés Económico. Les dijo: “Sois débiles. No tenéis que ir por separado para realizar pedidos al exterior. Debéis realizar pedidos conjuntos para rebajar los costes”. 

Pero había también el sector privado que no era nacional, y aquí las relaciones eran mucho más tensas. Poníamos contra las cuerdas sus intereses. Con las instituciones internacionales estaba muy claro: no queríamos trabajar con el Banco Mundial ni con el FMI. Sabíamos que si venían sería para aplicar medidas duras contra la población. Thomas Sankara decía que “debemos ser capaces de disciplinarnos a nosotros mismos. El BM no debe venir a decirnos que debemos hacer y que no debemos hacer.” Nosotros quisimos romper con eso.

¿Cuál fue la reacción de los estados que colonizaron África y que todavía la controlan en gran medida con sus dinámicas neocoloniales?
Thomas Sankara fue muy claro cuando en su discurso de Addis Abeba invitó a todos los estados africanos a crear un frente común para dejar de pagar la deuda externa. Los jefes de estado africanos reconocían que como discurso estaba bien, pero todos pensaron que “voy a seguir pagándola porque sino mañana no seré presidente.” Hubieran encontrado a otro para poner en su lugar y hubieran organizado un golpe contra él.

La manera de hablar de Sankara molestaba mucho a los franceses. Abría los ojos al pueblo sobre la posibilidad de adaptarse al mundo moderno de una manera distinta

La manera de hablar de Sankara molestaba mucho a los franceses. Abría los ojos al pueblo sobre la posibilidad de adaptarse al mundo moderno de una manera distinta. Decía: “Hay que consumir lo que producimos y producir lo que consumimos.” Un buen ejemplo es el del algodón: aquí se produce algodón y se va a algún lugar desconocido. Y luego nos vemos obligados a ir a la farmacia a comprar un algodón que no sabemos de donde viene. Quizá es nuestro mismo algodón tratado en otro lugar y lo acabamos pagando mucho más caro. Cuando podríamos haberlo tratado aquí y venderlo a precios asequibles.

Sankara sabía que tenemos oro en nuestro subsuelo, pero nunca lo buscó. Nos decía: “De momento no vale la pena buscarlo, ya que será la empresa extranjera que traigamos para explotarlo quién tendrá el oro. Y si en algún momento no estamos de acuerdo con lo que hace, encontrará a quien fomente un golpe de estado contra nosotros.” Había quien desconfiaba y decía que era una política autárquica. Al contrario: estábamos abiertos a muchas cosas, pero siempre hechas por nosotros mismos y con el objetivo de favorecer los intereses de la población.

Para acabar, recordar que a finales de octubre de 2014 una gran mayoría del pueblo burkinés se alzó contra Blaise Compaoré y provocó su huida. ¿Cómo viviste esos sucesos?

El 28 de octubre ya sentí que Compaoré estaba perdido, y el 31 esa sensación se demostró cierta. Hacía desde el 15 de octubre de 1987 que ansiaba ver la caída de este personaje que de forma siniestra se ha ilustrado en nuestro país. Fue una alegría inmensa. Hay que decir también que el gobierno francés, con Hollande a la cabeza, hizo todo lo posible para proteger a ese criminal y llevarlo a Costa de Marfil. A él y otras personas de su entorno que también habían saqueado este país. Sabemos el daño que han hecho, y Hollande nos impidió nuestra victoria total. Esta victoria no era matar a Compaoré: era obligarlo a que se explicara por todos sus odiosos actos y hacer justicia.

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2 Comentarios
#41220 10:21 16/10/2019

Joya de entrevista

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Alejandro 15:51 15/10/2019

Gracias por estos artículos fuera de la agenda mediática.

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