Bolivia
Bolivia: rebelión en las venas
Bolivia, con su larga historia de insurgencias y revoluciones. Bolivia, punto de fractura en el paisaje continental, que tensiona hasta el extremo los antagonismos sociales. Desde hace un mes el país andino está sacudido por una rebelión campesina, obrera, indígena y popular contra el Gobierno de Rodrigo Paz. En su momento más álgido, los bloqueos de carreteras y caminos llegaron a 150 (a comienzos de junio rondan los 80). El movimiento irrumpió contra un gobierno que asumió hace apenas seis meses y que ya había enfrentado una primera fase de movilizaciones entre diciembre y enero.
¿A dónde va la rebelión boliviana? ¿Será posible articular las fuerzas desde abajo para pasar a la ofensiva y lograr la caída del Gobierno, o se impondrá la supervivencia del régimen por la vía del desgaste, los desvíos y la represión? Este martes 2 de junio, miles de integrantes de los comités de bloqueo, campesinos y trabajadores se reunieron en un gran Cabildo para decidir los pasos a seguir.
La irrupción de la Bolivia obrera y campesina se abre paso bajo la nueva ofensiva de Estados Unidos en América Latina, contra un Gobierno aliado de Trump. Por eso, el subsecretario de Estado para el hemisferio occidental, Christopher Landau, denunció en X un “intento de derrocamiento” y aseguró que Estados Unidos respalda “firmemente al Gobierno constitucional legítimo de Bolivia”. Días después, el secretario de Estado, Marco Rubio, reforzó el mensaje advirtiendo que no dejarán que “delincuentes y narcotraficantes” derroquen a gobiernos elegidos democráticamente. El Gobierno de Paz también recibió apoyos regionales: Javier Milei envió aviones militares, el chileno José Antonio Kast expresó su apoyo y hasta Lula Da Silva se solidarizó con los manifestantes y con el Gobierno que los reprime.
“¿Qué queremos? ¡Que renuncie! ¿Cuándo? ¡Ahora!”
Los sucesivos intentos del Gobierno para desarticular la protesta vienen fracasando: tanto la vía represiva como las propuestas de “diálogo” promovidas por la Conferencia Episcopal. El pasado 23 de mayo, una caravana encabezada por el ministro de Obras Públicas, Mauricio Zamora, partió desde La Paz con destino a Oruro, junto a 2.000 efectivos policiales. El objetivo era despejar los bloqueos tras un disfraz “humanitario”, como exigía el bloque cívico-derechista. El operativo fue un fiasco: el ministro incluso tuvo que refugiarse durante algunas horas en un camino lateral, huyendo de bloqueadores y vecinos indignados. Los bloqueos no sólo no fueron desalojados, sino que se multiplicaron.
Eso obligó al Gobierno a cambiar de táctica y apoyar los llamados al diálogo de la vicepresidencia y la Iglesia. La condición que pusieron las cúpulas sindicales era la anulación de las órdenes de captura que pesaban sobre sus dirigentes —entre ellos Mario Argollo, secretario ejecutivo de la Central Obrera Boliviana (COB), acusado de “terrorismo”, y Vicente Salazar, de la federación campesina Túpac Katari—. El viernes 29 de mayo, el Tribunal Segundo de Sentencia Anticorrupción de La Paz dejó sin efecto esas órdenes. Pero ni aun así logró el Gobierno su objetivo: los dirigentes de la COB y de la principal organización campesina decidieron, tras consultar en un “ampliado” con sus bases, no aceptar el convite. Podían ser vistos como traidores si lo hacían.
Lo que generó especial indignación fue la eliminación del impuesto a las grandes fortunas, mientras la quita de subsidios al combustible disparó los precios
El Gobierno ha perdido el control político de la situación, atrapado entre la radicalización de las protestas populares y la presión del bloque oligárquico, que clama por la imposición del estado de excepción.
Muchos de los que están participando en los bloqueos votaron por la fórmula Paz-Lara, pero ahora se sienten estafados. Esto ya no se trata de tal o cual pliego de reivindicaciones: los autoconvocados exigen la caída del gobierno. Lo que generó especial indignación fue la eliminación del impuesto a las grandes fortunas, mientras la quita de subsidios al combustible disparó los precios, empobreciendo aún más a los que menos tienen. En el centro de la rebelión campesina está el intento de modificar la legislación sobre la propiedad de la tierra, para favorecer una mayor acumulación latifundista, algo por lo que presiona la burguesía agroindustrial de Oriente. A esto se suman los continuos agravios racistas de las derechas contra el pueblo indígena y campesino, y la extrema precariedad de la vida para la clase trabajadora.
El desborde de los autoconvocados
Uno de los aspectos más novedosos del movimiento actual es el extendido fenómeno de los autoconvocados: sectores de campesinos, trabajadores informales y precarios que desbordan a los dirigentes tradicionales y se autoorganizan, con un gran protagonismo de las mujeres. Estas semanas fueron numerosas las asambleas de autoconvocados que “desconocieron” a dirigentes sindicales o vecinales por negociar a sus espaldas. Después eligieron a sus propios representantes y comités de bloqueo. Así lo afirmaba un comunicado del comité de bloqueo del Distrito 8 en El Alto: “Las luchas del pueblo no pueden negociar a puertas cerradas y levantarse sin respuestas reales. Ratificamos la necesidad de fortalecer las organizaciones desde abajo, mediante cabildos, asambleas populares y comités de bloqueo elegidos por las propias bases, porque solo el pueblo organizado y movilizado podrá defender sus derechos y enfrentar las políticas que pretenden hacer pagar la crisis a la clase trabajadora”.
Uno de los aspectos más novedosos del movimiento actual es el extendido fenómeno de los autoconvocados: sectores de campesinos, trabajadores informales y precarios que desbordan a los dirigentes tradicionales
Javo Ferreira, autor del libro Comunidad, indigenismo y marxismo, señala que “los trabajadores, las trabajadoras, los vecinos, los estudiantes se autoconvocan, se autoorganizan y han surgido decenas de comités de bloqueo, comités de movilización. Esto viene acompañado de fuertes tendencias a la unidad. Es decir, hay casi una tendencia natural de buscar la coordinación, de buscar la articulación no solo de los comités autoconvocados, sino de estos mismos comités con las organizaciones oficiales, por decirlo de alguna manera, que están en la lucha”. Ferreira señala que es vital “pensar cómo estas formas de autoorganización y de coordinación democrática se preservan en el tiempo, porque van a ser fundamentales para no arrancar de cero en combates que inevitablemente van a venir”.
El desborde de las bases ha obligado a las cúpulas sindicales a recalibrar su estrategia. El 2 de junio, dirigentes de la COB y las organizaciones campesinas participaron del Cabildo convocado por los autoconvocados en El Alto, en la periferia de La Paz.
¿A dónde va Bolivia?
Bolivia tiene una larga historia de luchas y rebeliones. Desde la heroica revolución de 1952 a la Asamblea Popular de 1971, insurrecciones obreras y levantamientos campesinos. Más recientemente, las guerras del agua (2000) y del gas (2003) inauguraron un período de resistencias contra el neoliberalismo. Procesos de enorme radicalidad que, sin embargo, fueron sacados de escena con una combinación de desvíos y represión. Más de 20 años de gobiernos del MAS fueron la expresión de la institucionalización de ese ciclo de luchas y de la integración al Estado de las organizaciones obreras y campesinas, mediante el proyecto del “capitalismo andino”. En sus primeros años, aprovechando el ciclo de altos precios de las materias primas, se tomaron medidas que llevaron a alguna redistribución, junto al reconocimiento de ciertos derechos de los pueblos originarios y campesinos en la Constitución del Estado plurinacional.
Sin embargo, sin haber revertido las condiciones estructurales de dependencia frente al imperialismo, cuando las condiciones cambiaron, esos gobiernos se transformaron en administradores de la crisis social, aplicando medidas de ajuste en medio de un proceso de guerras facciosas al interior del MAS. Bajo el gobierno de Arce, la inflación llegó a ser la más alta en cuatro décadas, con desabastecimiento de combustibles y alimentos. Esto explica el triunfo de Paz en las elecciones, al que muchos votaron en contra del candidato de la derecha tradicional, Tuto Quiroga y con la esperanza de encontrar una salida a la crisis social.
Bolivia es hoy un laboratorio de luchas y resistencias. Si la rebelión campesina, indígena y popular logra articularse con una huelga general efectiva, como exigen muchos en cabildos y asambleas, es posible derrotar al gobierno de Paz. Lo que se juega hoy en Bolivia tendrá consecuencias mucho más allá de los Andes, el altiplano o las yungas. ¿Será el inicio de una contraofensiva continental contra los peones del poder imperial?
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