Armas nucleares
La premio Nobel de la Paz Setsuko Thurlow alerta de la “amenaza existencial” de las armas nucleares

Setsuko Thurlow, superviviente del bombardeo de Hiroshima y activista de la  campaña internacional para la abolición de las armas nucleares, llamó ayer en Madrid a la firma del tratado internacional que quiere prohibir este tipo de armamento.

Homenaje Hiroshima
Homenaje a las víctimas de Hiroshima. Foto de ICAN.
27 feb 2020 05:42
Cuando estalló la bomba, Setsuko Thurlow tenía 13 años. “Recuerdo flotar en el aire”, cuenta con voz firme. Todo se esfumó ante su vista: “Tiendas, escuelas, lugares familiares, todo lo que conoces desaparece, te encuentras en las cenizas”. Hoy Thurlow tiene 88 años y ha estado en Madrid para conmover y concienciar contra el uso, la producción, el almacenamiento y el transporte de las armas nucleares. Lo hace contando su historia.

Aquel 6 de agosto de 1945 era una más de las 350.000 personas que estaban en Hiroshima. Fue cegada por un fogonazo y por el estallido de los edificios. Vio a gente quemada viva y carbonizada. Otros, simplemente se evaporaron. Cuando recuperó la conciencia, se encontró sepultada por un edificio. Estaba atrapada junto con otras treinta chicas de su grupo, que aquel día se encontraban movilizadas para labores de auxilio bélico, en una instalación militar a 1,8 kilómetros de la zona cero. Escuchó a sus compañeras llamar a Dios, y a sus madres. Una voz le insistió en que tratara de moverse, así salió de los escombros y pudo gatear hacia una luz. Trece compañeras suyas murieron. Cuando todo terminó, Setsuko Thurlow había perdido a nueve miembros de su familia. 

En un testimonio de 2017, Thurlow abundó en detalles sobre su pérdida en el verano del 45:  “(...) mi hermana y su hijo de cuatro años fueron quemados más allá del reconocimiento mientras se dirigían al consultorio del médico, una tía y dos primos fueron encontrados como esqueletos, mi cuñada todavía está desaparecida. Me alegré de la supervivencia de mi tío y tía, pero unos diez días después ambos murieron cubiertos de manchas moradas en la piel y en el interior del cuerpo. Los órganos parecían haber sido licuados (...) A finales de 1945, alrededor de 140.000 personas habían perecido”.

Nueve años después, el 28 de febrero de 1954, Estados Unidos volvía a detonar un arma nuclear en el Pacífico. Castle Bravo tuvo una potencia mil veces mayor que las bombas que destruyeron Hiroshima y Nagasaki en 1945. Aunque se califica como un ensayo nuclear, sus radiaciones afectaron a las islas cercanas al atolón Bikini, en las islas Marshall, el lugar en el que fue lanzada. Thurlow, que entonces tenía 22 años y estudiaba cerca de Washington DC, expresó en público sus críticas hacia ese ensayo nuclear, que había causado problemas graves de salud pública y daños ambientales en esa zona del Pacífico sur y había afectado directamente a un barco de pesca y matado a uno de sus tripulantes.

La respuesta que encontró en América fueron amenazas e insultos. Pero no desistió. Esta víctima de Hiroshima comenzó su labor de militancia contra las armas nucleares en un contexto hostil. Estados Unidos entraba en la guerra fría, lo que le llevaba a competir con la Unión Soviética en la proliferación de armas cada vez más potentes y devastadoras —aún hoy EE UU y Rusia tienen el 90% de las cabezas nucleares activas—. Las consecuencias de la II Guerra Mundial apenas habían sido comprendidas cuando esta activista japonesa comenzó a luchar por la prohibición de las armas nucleares. La doble bomba sobre Hiroshima y Nagasaki —como los seis campos de exterminio nazis— supuso la constatación de que la humanidad estaba en condiciones de llevarse a sí misma a la extinción.

Desde entonces, Setsuko Thurlow ha seguido explicando su experiencia, desmontando la retórica de las autoridades y el complejo militar-industrial que vincula este armamento al poder y a la autoestima de sus naciones. En Madrid, durante un acto organizado por Unidas Podemos en el Congreso de los Diputados ayer, 26 de febrero, Thurlow ha seguido hablando en plural, en nombre de los supervivientes, aquellas personas que sacaron la conclusión de que la mejor forma de usar esa experiencia terrorífica era “ser testigos para el mundo, hablar sobre los errores y el peligro de las armas nucleares para que ningún otro ser humano tenga que pasar por la misma experiencia”.

Setsuko Thurlow
Setsuko Thurlow, en una imagen de archivo.

En nombre de la humanidad

Es muy posible que la próxima bomba nuclear caiga por accidente. Los discursos incendiarios, la emergencia climática y su influencia en nuevos conflictos globales y locales, los ciberataques o, simplemente, un error en los sistemas de control una de las 14.000 ojivas nucleares que hay en el mundo, aproximan al mundo a la catástrofe. El Boletín de Científicos Nucleares situó este enero a la humanidad “cien segundos antes de la medianoche”, es decir, de la autodestrucción por la vía de las armas nucleares.

Sin embargo, como reconocieron algunos de los asistentes al encuentro con Thurlow, la humanidad no está sensibilizada ante el hecho de que cada una de esas 14.000 armas tiene un potencial destructor mucho mayor que las bombas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. 

La sociedad, no obstante, es la única que puede empujar para que desaparezcan, insistió esta militante de la campaña internacional para la abolición de las armas nucleares (ICAN).

Carlos Umaña, reconocido junto a Thurlow y otro grupo de activistas de ICAN con el premio Nobel de la Paz de 2017, incide en que las sociedades civiles son la clave para que Estados como España salgan de su actual apatía y se sumen al Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares, aprobado en el año 2017 en Naciones Unidas por casi dos tercios del total de países —122— pero rechazado por Estados Unidos y la mayoría de sus socios en la OTAN. 

El acuerdo actual para el Gobierno de Coalición en España no detalla si el nuevo Ejecutivo ratificará al menos el Tratado o si las presiones estadounidenses serán definitivas para que a través del territorio español puedan seguir transitando estas armas de destrucción masiva. El exdiputado de Podemos, Pedro Arrojo, avanzó ayer que el Ministerio de Exteriores debate en torno a la legalidad de cruzar la línea roja marcada por el Pentágono. Para Arrojo, el caso de Nueva Zelanda, que pertenece a la OTAN pero ha excluido las armas nucleares de su territorio, debe servir de guía para el Gobierno Sánchez.

En ICAN subrayan que una tarea esencial dentro de la comunidad internacional es deslegitimar la producción y tenencia de armas nucleares, acabar con la doctrina de la disuasión, que mantiene en “una amenaza existencial” a la humanidad, en palabras de Carlos Umaña, y apoyarse para ello en los municipios que ya han aprobado mociones en apoyo del tratado aprobado en 2017.  “Mientras las armas nucleares existan no hay garantía de seguridad”, ha recordado Thurlow a su paso por Madrid.

“Debemos recordar nuestra humanidad. La vida humana es el don más valioso que se nos ha concedido”, declaró ayer Setsuko Thurlow, antes de preguntarse qué tipo de humanidad tienen las personas que mantienen a la humanidad a escasos cien segundos de su desaparición.

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