Opinión
Ambivalencia alimentaria: cuando el sistema enferma y la culpa cae sobre las personas

La cultura de la dieta nos repite que 'si quieres, puedes', que comer sano es una cuestión de fuerza de voluntad, de disciplina, de información, pero no es una cuestión individual. Es estructural.

Nutricionista y licenciada en Farmacia

@como_una_manzana

Socia cooperativista de Zentro Empatía @zentroempatia

18 feb 2026 06:00

Después de atender a muchas personas en consulta, usar las redes sociales y escuchar a amigas y familiares, puedo afirmar que vivimos inmersas en una contradicción permanente en relación con la alimentación. Y no es para menos. Por un lado, recibimos mensajes constantes que nos dicen que debemos comer 'bien',  'sano', 'limpio', healthy... A controlar cantidades, restringir ciertos alimentos, vigilar el peso y responsabilizarnos individualmente de nuestra salud. Por otro lado, el entorno en  el que vivimos está saturado de alimentos ultraprocesados, ofertas de productos insanos,  supermercados con pasillos enteros de comida ya elaborada y publicidad agresiva que  normaliza y promueve su consumo. 

Esta incoherencia no es casual. Es una ambivalencia alimentaria estructural, sostenida por un sistema que coloca el peso de la responsabilidad en las personas mientras protege los intereses de la industria alimentaria. La cultura de la dieta nos repite que 'si quieres, puedes', que comer sano es una cuestión  de fuerza de voluntad, de disciplina, de información. Pero al mismo tiempo los alimentos más accesibles, visibles y baratos suelen ser ultraprocesados; la publicidad de comida sin valor nutricional está normalizada y dirigida incluso a  la infancia; se romantiza la productividad y el 'no tener tiempo', mientras se exige cocinar,  planificar y decidir 'correctamente' cada comida; y se medicaliza el cuerpo a la vez que se moraliza la comida con alimentos 'buenos y malos', personas 'responsables e irresponsables. Este bombardeo constante genera confusión, culpa y una relación cada vez más tensa  con la comida y con el propio cuerpo. 

Cuando estás intentando llegar a fin de mes, cuidar de otras personas o, simplemente, sobrevivir la alimentación no puede convertirse en un proyecto de optimización constante

Cada persona parte de un lugar diferente en este ámbito puesto que no todo el mundo  tiene tiempo para informarse sobre nutrición ni la energía mental después de jornadas laborales infinitas o trabajos precarios. Incluso una parte muy importante de la población tiene escasos recursos económicos como para acceder a ciertos alimentos. Hay quienes  no tienen el espacio adecuado para cocinar. Por supuesto hay que tener en cuenta la estabilidad emocional cuando se vive bajo estrés crónico, cuidados constantes o  inseguridad habitacional. 

Cuando estás intentando llegar a fin de mes, cuidar de otras personas o, simplemente, sobrevivir la alimentación no puede convertirse en un proyecto de optimización constante. Responsabilizar individualmente a la población de su salud alimentaria es injusto y  profundamente desigual. Además, no es realista exigir elecciones 'perfectas' en un  entorno diseñado para empujar justo en la dirección contraria. 

El papel que ocupan las políticas públicas 

Si de verdad nos importa la salud colectiva, no basta con campañas de 'educación  nutricional' que vuelven a cargar la culpa sobre las personas. Es imprescindible actuar  sobre el entorno, ¿de qué manera? se me ocurren varias acciones. Primero con una regulación estricta de la publicidad de alimentos ultraprocesados. En Inglaterra lo acaban de hacer, en Galicia han prohibido las bebidas energéticas para menores de edad, en Lituania y Polonia ya estaba implementada esta mediad y Chile tiene  algunas leyes que protegen a la población en este sentido. 

Habría que garantizar etiquetados claros, comprensibles y no engañosos. Poner tasas o impuestos a productos que dañan la salud pública. Fomentar los incentivos reales para que los alimentos frescos y mínimamente procesados sean  accesibles económica y geográficamente. En definitiva, interponer protección frente a las estrategias agresivas de la industria alimentaria y  mejora de la accesibilidad a alimentos de calidad. Insisto, la salud no puede depender únicamente de decisiones individuales cuando el  contexto está profundamente desequilibrado. 

Cuidar la alimentación no puede significar vivir en guerra con el cuerpo, tampoco puede ser un privilegio reservado a quienes tienen tiempo, dinero y energía

Incluso el concepto de 'comer sano' ha sido secuestrado por la cultura de la dieta. Se ha convertido en una nueva forma de control, de perfeccionismo y de exclusión. Comer 'bien' ya no habla solo de salud, sino de valor moral, estatus y éxito personal. Lo cual tiene una serie de consecuencias claras sobre las personas: aumento de la culpa y la ansiedad alrededor de la comida, mayor riesgo de conductas alimentarias desordenadas y dañinas, desconexión de las señales corporales, estigmatización de los cuerpos que se salen de los cánones establecidos y de  ciertas formas de comer. 

Cuidar la alimentación no puede significar vivir en guerra con el cuerpo ni navegar constantemente entre mensajes contradictorios. Tampoco puede ser un privilegio reservado a quienes tienen tiempo, dinero y energía. Necesitamos cambiar el foco. Pasar de la culpa individual a la responsabilidad  colectiva. De la exigencia a la empatía. De la perfección a lo suficiente. 

Una verdadera prevención y promoción de la salud puede pasar por la crear entornos que cuidan, de proteger a la población frente a intereses económicos, de reconocer la diversidad de contextos y de realidades, de dejar de señalar a las personas y empezar a cuestionar el sistema. Porque no estamos fallando como individuos. Estamos intentando sobrevivir en un entorno que nos enferma mientras nos culpa por ello. 

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