La Model de Barcelona: el ojo que todo lo ve

La Model de Barcelona, centro penitenciario para hombres, cerró sus puertas al calor del verano de 2017 y abrió su historia a la ciudad a principios de este año. Prisión de vagos y maleantes, anarquistas, catalanes, maricones, pobres y yonquis. La cárcel que todo lo vigilaba y a la que nadie miraba mientras dominaba el Eixample barcelonés. He aquí un paseo por sus pasillos, sus sensaciones y, sobre todo, sus significados.

Cárcel La Model de Barcelona puerta
La Model de Barcelona, centro penitenciario para hombres

publicado
2018-04-19 14:15:00

Hay un pequeño patio, como si de una entrada para coches se tratara, con grandes maceteros que hacen la función de bancos mientras el resto hacemos fila. Qué diferente debía de ser… Una pequeña plazoleta para que pararan los coches, una zona donde las madres, hermanas e hijas, eternas cuidadoras, esperaban para entrar. Sufriendo en silencio. La cháchara de la espera llena el patio y se escapa hacia arriba mientras dentro, atrapados entre los muros encalados y desconchados por el paso de un siglo, resuenan los silencios de la espera, la soledad y la agonía.

Después de 113 años en activo, se vació cada celda de las más de 600 que conforman el panal de la Model, cada pasillo quedó desierto y las luces se apagaron. Se trasladó a los presos a diferentes centros penitenciarios y ahora esas mismas estancias se llenan de ciudadanas y ciudadanos con curiosidad por saber. El cierre de la Model provocó quejas de las familias de los preventivos que en el momento estaban destinados en ese centro y también desde las asociaciones de presos como la de Barcelona, contrarios a esta clausura exprés, ya que supone un alejamiento radical. Se aísla al preso de su conexión con la sociedad, a la que se tendrá que lanzar al vacío cuando salga; de sus personas queridas, y de su vida anterior a ese momento de ruptura con todo, lo que supone otra condena. Además, visitar otras prisiones de Barcelona implica disponer de vehículo y de mucho tiempo, incrementa las dificultades del condenado y de la familia. Yeste acontecimiento se cimienta sobre una sociedad que demuestra no querer ver lo que generamos, no querer saber lo pasa, no querer tener a los encarcelados cerca porque así parece que no existen.

Donde enviar a los presos, repartirlos y esconderlos no es un problema. Cárceles hay muchas, casi demasiadas, y en el Estado español concretamente admiten huéspedes de larga estancia. De hecho, es el país de la Unión Europea con las condenas a prisión más largas. Una política criminal punitivista que se olvida del principio de reinserción que queda tan bonito escrito en la Carta Magna.

Cárcel La Model de Barcelona
Cárcel La Model de Barcelona

A principios de este 2018 había más de 59.000 personas presas en las prisiones españolas. Diferentes estudios demuestran que sus condenas son, en su mayoría, por delitos contra el patrimonio, ya que los ilícitos violentos son poco comunes en nuestro país, considerado poco violento pero con una alta tasa de encarcelamiento. Según el último informe de la Red de Organizaciones Sociales del Entorno Penitenciario, de 2015 , la tasa de encarcelados por habitante en España era de 133 para 100.000: un 34% más elevada que la media de la Unión Europea. Sin embargo, nuestra tasa de criminalidad es más baja. No somos un país inseguro. Pero sí somos vengativos y tenemos ansias de castigo ya que el populismo punitivo crece con cada suceso violento que ocurre en el país, como se ha demostrado con numerosos hechos delictivos como la reciente muerte de un niño en la localidad de Níjar.

Una torre, un pensador inglés y el utilitarismo

Jeremy Bentham, el pensador inglés, reflexionó a finales del siglo XVIII sobre cómo reducir los costes y las necesidades de personal de vigilancia en las prisiones al más puro estilo del hombre de negocios actual. Es un momento de grandes transformaciones, cambios sociales y económicos. De la Revolución Francesa, de la máquina de vapor y la locomotora del liberalismo económico. De los grandes pensadores, la Ilustración y la liberación de la mente humana de las tinieblas de la sinrazón, la religión y el absolutismo. Esta entrada de siglo es el momento dorado de los códigos penales modernos en Europa y en Estados Unidos y la caída del individuo por una extensa lista de acciones tipificadas como delito.

Es esta coyuntura y el pensamiento utilitarista los que impregnan el diseño arquitectónico de la Model doscientos años después. Las mismas líneas e intenciones con las que Bentham creó su modelo panóptico están dibujadas en los ladrillos de la prisión que hospedó al Vaquilla. Aunque no se observa a pie de calle, ya que desde el exterior parece que ocupa una manzana entera y es de forma rectangular, esta cárcel es circular. Se asemeja a una rueda, de esas de madera como las de los carruajes antiguos.

Con esta imagen en mente una se adentra en el imponente edificio. Jo-der. El suelo, las paredes, la luz, el frío. Es una bofetada. Un color salmón se adueña de cada estancia y el primer pensamiento es una fotografía de cualquier salón de una casa española de los años de la dictadura. No se sabe por qué. El primer pasillo, el principal, donde se encuentran situadas las dependencias de recepción de correo y donde se pasaban las horas de espera de los familiares de los presos, está dominado por varias puertas de barrotes metálicos. Estas estancias lanzan un claro mensaje: aquí se entra, pero en qué condiciones. A la derecha se abren los locutorios. Una se sienta en ese banco de metal aséptico que está congelado y mira el cristal, las barras, la puerta… y se escapa un suspiro. La gente se hace selfiescon las rejas como decorado anhelando los likes de Instagram. Una piensa en si tuviera que mirar a su madre y a su padre detrás de ese grueso vidrio. ¿Cómo suena una voz querida a través de ese hueco metálico en la ventanilla?

El recorrido continúa y desemboca en el centro del panóptico, que es la torre. El corazón de la bestia. Esa maldita torre que todo lo ve es el ojo que nunca duerme y que no descansa. Se alza imponente sobre toda la estructura, en el centro justo del círculo. Ahí, según el diseño de Bentham, se coloca un único guardia que se encarga de la vigilancia. Desde fuera, desde los patios y los pasillos, no es posible verle. Es el sentido del modelo panóptico, su razón de ser.

Cárcel La Model de Barcelona
La Model de Barcelona, centro penitenciario para hombres

En el interior de este punto de origen predominan las rejas negras y el centro de control. Ahí nacen los seis pasillos donde se ubican las diferentes celdas, con ninguna conexión entre sí y vigiladas desde arriba, con doble altura. En el exterior, las piedras de tono tierra grisácea forman una cúpula que decora el entramado urbano del Eixample. Puede ser que haya alguien, puede que no. Por si acaso, mejor no jugársela. Con ese razonamiento Jeremy Bentham cumple la segunda función de su obra: la eficiencia en términos disciplinarios, al más puro estilo foucaultiano.

El vigilado se convierte en vigilante, es preso y carcelero. Se da una fusión de antónimos en una única figura. Y todo por una torre. Por un pensador inglés. En pos del utilitarismo. Toda esta estructura se gesta con la intención de que la población se autodiscipline, se autocontrole y se autovigile. El control social se vuelve tan inherente a la naturaleza del ciudadano y de la ciudadana que pasa a ser un imperativo en la vida, la marca del buen ser social. Según Michael Foucault, quien versa todo un capítulo sobre el panoptismo en su libro Vigilar y castigar, el punto ideal de la justicia contemporánea es la “disciplina ilimitada”, un interrogatorio sin límites. Una observación constante.

Esta disciplina como mecanismo, siguiendo ahora con el pensador francés, es un dispositivo funcional que hace al poder más rápido, más efectivo, más omnipresente. Lo visible es la Model, lo funcional. Las paredes de la prisión encierran lo que la sociedad no quiere. La cárcel pretende transformar y esconder. Vigila, vela y adiestra a todo el que osa romper con las leyes del Derecho. Pero la disciplina y los muros encierran tres verdades, según Foucault, más profundas.

La primera es la inversión funcional de la disciplina, la creación de individuos útiles. La segunda es la proliferación de los mecanismos disciplinarios en todos los ámbitos sociales, desde la familia al Estado. Y la tercera es la estatización de los mecanismos disciplinarios. Pensar que esta disciplina sólo se aplica en la cárcel es un error, aunque, como bien señaló Foucault, es en ésta donde el panóptico encuentra su “lugar privilegiado para realizarse”. Se construyen bajo este modelo escuelas, fábricas y hospitales, espacios disciplinantes que moldean individuos socialmente útiles desde la cuna hasta la tumba, no vaya a ser que alguien quiera ser libre. El panoptismo, según el autor francés, es una nueva anatomía política en el que lo que importa no es la soberanía en sí, si no las relaciones de disciplina.
Cuando una entra en el pasillo de la Model se encuentra con esta realidad de bruces. Mientras cotillea a través de los barrotes finalmente sale al patio, tan pequeño para la capacidad de entre 7.000 y 8.000 presos que tenía este centro, y mira hacia arriba. El alto edificio del hotel Catalunya, las grúas que completan obras allá donde sea… y esa torre. Ese vigilante invisible que persigue con la mirada incluso cuando acaba la visita, cae la noche y comienza el regreso a casa. Esa mirada que se clava en la nuca.

Qué hay detrás de esa puerta

Las puertas de los pasillos están abiertas. Una pasea, distraída, absorbiendo los ecos de recuerdos que resuenan en las desconchadas paredes blancas. Los días, las horas, las semanas, los minutos. Todo es lo mismo. Lo peor no es la imposibilidad del movimiento, sino la del tiempo. Ser un chiquillo entre cuatro paredes al que le dicen incluso cuándo come o cena, cuándo se ducha o mea. El blanco aséptico agobiante que refleja la luz y del ladrillo y del cemento de los muros.

Entre tanta puerta de color salmón hay letreros en catalán que indican funciones. “Biblioteca”, “peluquería”, “economato” … Pequeñas estancias que ayudan a pasar el día a día. A despejar la mente entre libros. A mantener un aspecto curioso para las visitas. Lo mínimo para alejar a la locura y para que la sociedad grite que los presos y las presas viven en hoteles. Como si poder cortarse el pelo fuera un exceso permitido a unos pocos.

Metadona en la galería 4 de La Modelo
Suministro de metadona para los reclusos en la Galería 4. Durante los 70 y 80 las condiciones de vida de los reclusos se fueron degradando por la masificación y la heroína, entre otras causas. Álvaro Minguito

Deambulando por aquí y allí aparece una puerta cerrada. Contrasta bastante con el espíritu abierto de la visita. ¿Qué habrá detrás de esa cerradura? Con gruesas letras negras pintadas en la pared, sobre el marco metálico, se inscribe: “metadona”.Representa la vida de todos los que acabaron dentro de la Model durante la crisis de la heroína de los 80. Las historias de los brazos llenos de pinchazos, de la cocaína fumada que llegó en la década siguiente, de la mirada que se aparta cuando pasa un yonqui. Detrás de esa puerta lo que se esconde es la más pura verdad de la cárcel. Detrás del discurso de la reinserción, la reeducación y las segundas oportunidades hay otras intenciones.

La prisión es “la zona más oscura del aparato de justicia”, en palabras de Foucault. El punto culminante de la justicia penal. Donde todo lo que entra queda oculto. Detrás de esa puerta donde se reparte la metadona está la realidad de la cárcel: los penados que habitaron la Model eran drogodependientes y pobres. Y el cierre de este imponente edificio no significa que el problema estructural haya desaparecido. Simplemente se ha enviado a las afueras, como los vertederos. La cárcel no deja de ser un mecanismo para la dominación de clase, donde esconder todo lo que el resto no quiere ver. Según varios estudios sobre prisiones, impulsados tanto por el Gobierno como por asociaciones sin ánimo de lucro, el perfil del preso, entre muchos otros, es el de un varón de mediana edad con problemas de adicción a las drogas y con un perfil socieconómico y académico bajo, como todo su núcleo familiar.

La Model, con sus motines y sus grandes héroes populares, no dejó de ser un reflejo de esta situación y de este mecanismo del poder. El Vaquilla también representó a esta parte de la población. En sus muros también se escribenlas historias del uso compartido de jeringuillas y la transmisión del VIH. En 1986 se hicieron análisis para comprobar el impacto de esta enfermedad y se reveló que de 800 presos un total de 797 estaban contagiados. La metadona era el calmante del mono, el tratamiento de los condenados para superar las toxicomanías. A su vez, esta sustancia mantenía a los habitantes de la Model tranquilos ya que era necesario para que el funcionamiento de la prisión fuera correcto. Pero este contagio de VIH muestra la presencia de la heroína en la cárcel y la falta de recursos para que la venopunción sea segura e higiénica. Uno de los hechos delictivos más habitual en las condenas a prisión en España es el delito contra la salud pública. Este dato desafía la realidad carcelaria, en la que droga está muy presente y en la mayoría de los casos se entra desde fuera.

Foucault habla de una justicia de clases no sólo porque la ley se haga por una de ellas para dominar al resto, de manera vertical, sino porque también lo que se considera ilegal, toda la diferenciación de lo que es delito y lo que no, se realiza como parte de este mecanismo de poder. Y cada barrote, cada cerradura y cada puerta están fabricados con este fin e impregnados de esta esencia. No fue sólo el francés quién detectó este aroma de opresión de clase, de dominación de los pobres y de persecución de las ideologías más revolucionaras dentro de las celdas. Muchos y muchas denunciaron esta situación y tomaron las corrientes de la criminología crítica o de la criminología marxista para denunciar el statu quo sobre el que se asientan los sistemas penitenciario y judicial. Pero nadar contra el Estado no suele ser demasiado fructífero.

Y el carcelero perdió las llaves

La prisión fabrica directamente la delincuencia y el modelo de delincuente de la sociedad. El eterno otro, el enemigo de la paz social.Cae la noche entre los muros del Centro Penitenciario para hombres de Barcelona y la gente abandona las estancias para regresar al calor de sus casas. Qué bendita la suerte de poder ser preso por unas horas y después volver a la comodidad del hogar. La puerta del patio de acceso se cierra con un gran chirrido de la madera, vieja, que se queja de tantos trotes.

Cárcel La Model de Barcelona
Cárcel La Modelo de Barcelona

Esta prisión sirvió para encerrar a todo tipo de desviados sociales. Incluso a mujeres cuando la prisión de Les Corts se tuvo que cerrar provisionalmente. Se vació en dos ocasiones, con motivos de amnistía a presos después de la dictadura. Estuvo al borde del colapso ya que superaba con creces su capacidad de ocupación. También sus paredes asistieron a la ejecución por garrote vil de varias decenas de condenados. Y no sólo a eso, también a los sucesivos cambios del Código Penal, a la historia de España y a la falta de recursos económicos de la justicia. Cada ladrillo está marcado.

Ahora, estos portones y estas cerraduras no albergarán más a nadie, solo acogerán visitantes curiosos. La Model se recupera para la ciudad y es importante que ésta sepa su historia. También que vaya un poco más allá, más allá de Navajeros y de tantos otros cuentos y figuras del cine quinqui . Una solo espera que dando un paseo por los pasillos lúgubres y fríos de la Model podamos darnos cuenta de lo que realmente significa ser prisionero, pero también tomar la responsabilidad que implica ser vigilante. La sociedad de la disciplina se construye sobre los hombros del Estado y las fuerzas de seguridad, pero también se apoya en el control social informal, en nuestras miradas y nuestras espaldas. Es necesario ser consciente de que somos parte activa de este sistema de vigilancia y poder.

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