Un militar del ejército español dispara un misil Spike fabricado por la filial israelí Pap Tecnos.
Un militar del ejército español dispara un misil Spike fabricado por Pap Tecnos, filial española de la israelí Rafael (2024).
Nodo UPV
13 oct 2026 07:30 | Actualizado: 13 oct 2026 09:48

Parece que la Universitat Politècnica de València (UPV) ha apostado ya sin tapujos y de forma desbocada por el rearme militar como visión y misión institucional. Si este curso 2026/2027 se abría solemnemente en el Campus de Vera con una lección inaugural sobre “Ciberseguridad y Ciberdefensa: retos compartidos frente a las amenazas en el ciberespacio” y presencia de autoridades militares entre el público asistente, la UPV ha decido subir la apuesta invitando a un teniente general a impartir la conferencia inaugural en el Campus de Alcoy. No podía ser de otro modo, en un curso que se inicia tras la reciente concesión de la Cruz del Mérito Militar con Distintivo Blanco al rector de la UPV por parte del Ministerio de Defensa.

Esta segunda conferencia se titulaba “Universidad, industria y defensa. Tecnología de uso dual, estrategia e innovación”. Llama la atención lo que ya viene siendo una constante en la UPV: el sesgo de atención que prioriza el rol de la industria y el estamento militar frente a otros actores como asociaciones, colectivos sociales en lucha y sindicatos. Al menos éstos se evitan tener que presenciar en primera persona el boato de los birretes académicos, los uniformes militares cargados de condecoraciones y los himnos solemnes. La puesta en escena ya chirría a muchas personas en la academia por lo alejado que se encuentra de los problemas reales que sufre la sociedad.

En la conferencia se destacó “la importancia de la colaboración entre administraciones, universidad, empresas y sector financiero, en una industria que es un motor económico”. Debemos reconocer verdades, pero también mencionar omisiones selectivas. La primera verdad es que la industria armamentística se ha convertido en un sector económico estratégico que genera infinidad de oportunidades, en especial para personas y entidades dedicadas a la I+D, como publicita el propio Gobierno de España. Pero resulta muy difícil vislumbrar cómo se materializa esta infinidad de oportunidades en algún beneficio para la ciudadanía de a pie. Más que una oportunidad, nos viene a la cabeza el problema que para algunos jóvenes tendrá a corto plazo verse obligados a vestirse el uniforme militar y hacer cosas militares, sean las que sean, dejando los estudios durante una temporada.

El conferenciante exhortó a la universidad a “decidir qué papel quiere jugar en el ecosistema de esta industria de defensa, que debe entenderse como un bien público”. La afirmación es tendenciosa porque asume que la industria armamentística es un bien público y que, en general, la sociedad no va a menospreciarlo, pero contextualicemos: nadie se pega un tiro en el pie. El engaño está en el término “público”, un concepto puramente técnico y económico, que solo nos recuerda que los principales clientes de las industrias armamentística son los propios Estados a través de “contratos públicos”. ¡Pocos particulares pueden permitirse un carro de combate para celebrar un aniversario familiar! Por eso la afirmación está, además, desenfocada: no nos habla de “bien común”, concepto más amplio que abarca una dimensión social y política, sino “público”. Al hablar de “seguridad” (ese término que, fusionado con innovación, progreso e I+D, parece cargarse de significado) no se nos explica para qué la queremos o, en otras palabras, qué tipo de sociedad vamos a construir con ella. La seguridad como “bien común” debería basarse en la acción colectiva para construir paz, no en un eje público-privado centrado en el rearme creciente y sustentado con contratos industriales y subvenciones a universidades o centros tecnológicos. Es una lástima que una universidad politécnica solo sea capaz de imaginar la seguridad a través de la potencia de la tecnología.

La conferencia destacó también que “la colaboración entre administraciones, universidad, empresas y sector financiero es fundamental para hacer crecer nuestra sociedad”. De nuevo una gran verdad, pero solo en la primera parte de esa frase: “la industria armamentística necesita del sector financiero“. En la idea de hacer crecer la sociedad, de nuevo encontramos un vacío de significado. ¿Qué significa crecer? Se puede crecer en valores democráticos, igualdad, justicia, inclusión, respeto,... o se puede crecer en términos puramente económicos. Aquí “crecer” se asimila a “progreso”, otro término resbaladizo que en el contexto actual hace que el avance tecnológico o la inversión en defensa sean asociados de forma directa e incuestionable a la ”mejora social“. Otra noción vacía. Y vuelta a la letanía: “la seguridad y la defensa no solo protegen, sino que también producen y crean empleo”. Aquí otra omisión importante, selectiva y deliberada: según los informes del Centre Delàs d’Estudis per la Pau, la inversión en sanidad genera alrededor de un 50% más de empleo que la inversión militar, mientras que la inversión en educación y transporte público generarían más del doble.

El conferenciante remarcó que las universidades “no deben estar en posiciones periféricas, sino que deben ser centrales en la industria de defensa, para transformar conocimiento en progreso, seguridad e igualdad”. La relación entre inversión militar y promoción de la igualdad es completamente cuestionable. Aun asumiendo que esas inversiones permitieran la descentralización territorial creando puestos de trabajo en zonas empobrecidas, hay otros sectores no vinculados al armamento que también podrían fijar población y crear puestos de trabajo de alta cualificación, por ejemplo, en el sector sanitario. Por otro lado, la mención a las “posiciones periféricas” es un buen aviso a navegantes. Socialmente, una posición periférica implica vulnerabilidad y poca integración en la vida social, económica, política, etc., así como un menor acceso a recursos, oportunidades o capacidad de influencia. Eso es exactamente lo que la UPV ha entendido del plan de rearme europeo: hay que fortalecer las relaciones con el Ministerio de Defensa, participar en proyectos de I+D de desarrollo armamentístico y promover esas start-ups que aportan, en palabras del conferenciante, “mayor flexibilidad” (no explica en qué términos). De lo contrario, nos quedamos “en los márgenes”, y parece que, para la UPV, eso no es bueno.

El discurso continúa con otra letanía, la del uso dual, afirmando que “más del 90% de la innovación en defensa tiene aplicación civil”. Aunque podemos encontrar muchos ejemplos de tecnologías de uso civil que derivan de proyectos de I+D en defensa, cabe preguntarse, primero, si era necesario desarrollar armamento para poder alcanzar estos usos (recordemos que todo desarrollo militar se prueba en conflictos bélicos donde sistemáticamente se vulneran derechos humanos), y segundo, si las tecnologías resultantes y de uso actual han supuesto una verdadera mejora en las condiciones de vida o, muy al contrario, han sido impuestas sin un debate crítico y sosegado sobre pros y contras.

A propósito de esa última cuestión, el conferenciante destaca que “la tecnología de doble uso puede proteger o vulnerar, de ahí la importancia de la formación ética de la ingeniería”. Esto sí es un buen toque de atención, dado que los planes de estudio de las la mayoría de las carreras técnicas en España (no solo en la UPV) carecen de una formación ética más allá de la deontología profesional. El problema es que la deontología se limita a conocer los deberes de un buen profesional, pero resuelve en qué medida el profesional es moralmente responsable de las consecuencias de las tecnologías en cuyo desarrollo participa. Eso exige una formación filosófica y política de la que, actualmente, las escuelas técnicas universitarias no quieren ni oír hablar.

Finalmente, bajo el mantra de “la neutralidad de la tecnología”, las universidades prefieren seguir centradas en formar profesionales técnicamente cualificados pero incapaces de entender el mundo de forma amplia. Así, estos egresados son carne de cañón para las empresas del sector armamentístico: individuos sin pensamiento crítico ni empatía por los desfavorecidos; tecnooptimistas convencidos de su potencial para salvar el mundo frente a las eventuales amenazas mediante soluciones basadas exclusivamente en tecnología; individualistas que rezan a pies juntillas el credo de la meritocracia. Enfrente, parafraseando a Neil Postman, algunas personas seguiremos luchando por una educación empeñada en que sus estudiantes aprendan a construir vida y no solo a “ganársela”.

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