Barcelona, ciudad abierta

Imposturas y resquicios para la esperanza en los diez días posteriores a los atentados en Barcelona.

atentados barcelona
Manifestación contra los atentados del Daesh en Catalunya, el pasado 26 de agosto en Barcelona. Arpad Pou
Arpad Pou

publicado
2017-08-28 13:12:00

En 1945, con el final de la II Guerra Mundial y la ocupación nazi en Europa, Roberto Rossellini dirigía Roma, cittá aperta. La película, que representó el inicio del Neorrealismo italiano, se centró en las historias entrecruzadas –y verídicas– de diferentes personajes relacionadas con la Resistencia partisana, una resistencia que se convirtió, ontológicamente, en el emblema de las resistencias futuras: las colectivas e interminables.

Tras los atentados del pasado 17 de agosto hasta la multitudinaria –y adulterada, politizada– manifestación del sábado 26, Barcelona, ciudad abierta al mundo, a la diversidad, a la convivencia –precisamente representada por esta Rambla “intrínsecamente plural”, como la llama Jorge Carrión– ha ofrecido numerosas muestras de resistencia contra lo que realmente importa cuando el horror estremece los cimientos de la vida humana.

Barcelona, que es esencialmente su ciudadania, que de multicultural ha pasado a cosmopolita, ha mostrado su resistencia contra la islamofobia y el fascismo que siempre se instalan en las conciencias de esas gentes aterradas ante el desconcierto y la ignorancia.

Parece paradójico cuando hablamos de sectarismo y radicalización e introducimos esas experiencias a Moussa, Said, Mohamed y Younes, cuatro de los ocho niños de Ripoll que convirtieron en artefactos del terror, mientras nos planteamos la sectarización y radicalización que fomentan medios y políticos para propagar una cultura del odio y el miedo en nuestra sociedad.

Demasiados debates estériles se han polarizado durante estos diez dias que no han hecho más que confundir y politizar los atentados de Barcelona y Cambrils, desembocando en una manifestación instrumentalizada y mediada por el poder y sus altavoces.

Porque las manifestaciones las organizan las entidades y los movimientos sociales, no las instituciones políticas. Si las organizan éstas, automáticamente se adulteran, se politizan, se desvanece cualquier clamor popular espontáneo, el valor de la resistencia desaparece.

Habíamos ganado la batalla de la islamofobia, aquella en la que Francia se ahogó tras los atentados de París y Niza, pero hoy hemos perdido el combate de la hipocresia y el cinismo que estábamos a punto de vencer cuando se hacía extensible la verdad publicada en la era de la posverdad: Arabia Saudí y Turquía, Felipe VI, el cuarteto de las Azores, Morenés geopolítica, Daesh, refugiados (ya nada es casual en nuestras vidas, que diría Cortázar). El sábado, sin embargo, Cataluña se ahogó en el océano de la impostura.

Impostura cuando lloramos los muertos de Barcelona, París, Bruselas, Niza, Berlin o Londres y olvidamos los de Siria, Egipto, Nigeria o Somalia. Una semana después de los atentados de Barcelona y Cambrils, Arabia Saudí bombardeaba Yemen. Al menos unos treinta muertos. Sin noticias de Gurb.

Impostura cuando participamos en una manifestación en favor de la paz y la convertimos en una concentración en contra los interventores de la guerra. Ni una manifestación contra el Barça, en el Camp Nou, cuando lo patrocinaba Qatar.

Impostura cuando hoy hacemos de los Mossos nuestros héroes, pero ayer eran nuestros villanos. En España, 16 muertos y 28 mutilados por balas de goma, un juicio y ninguna condena. En Catalunya, siete tuertos desde el despliegue de los Mossos en 2005. “Algunos de los Mossos que desfilaban denunciados por maltrato, uno de ellos condenado”, escribía un periodista de La Directa.

Impostura cuando defendemos el derecho a la vida y vivir en un Estado de Derecho, pero aplaudimos y nos congratulamos de la muerte de un joven asesino, que también ha sido víctima del horror, hijo y hermano de una família doblemente herida. Parece que ya nada se puede salvar del cinismo y la hipocresia en la que hemos dejado de ser víctimas para convertirnos en verdugos.

Pero la victoria contra el terror es la resistencia colectiva, aquella que nos permite agarrarnos, como un salvavidas, en el naufragio en el que vivimos últimamente; la misma resistencia que nos mostró Rossellini en Roma, cittá aperta: la eterna y la lúcida.

Porque todavía hay resquicios de esperanza si resistimos todos juntos. Porque resistimos cuando 500 personas mitigaron una manifestación fascista e islamófoba que escupía odio al día siguiente de los atentados. Porque resistimos cuando los padres de un niño de tres años muerto se abrazan al imán de Rubí para combatir cualquier pensamiento y discurso racista o para hundir a cualquier miserable que utiliza el atentado de las Ramblas para atacar ideologías, religiones o países. Porque resistimos cuando 170 entidades organizan una manifestación alternativa para denunciar las políticas belicistas y la financiación de armas con el lema “Vuestras políticas, nuestras muertes”.

Porque resistimos cuando, en Ripoll, una concentración contra el terror la protagonizan los familiares de los jóvenes asesinos. Porque resistimos cuando el racismo, la hipocresia y el cinismo de medios, políticos y monarcas se lucha cada día en cada barrio, en cada plaza y en cada pueblo.

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