Siria
Hasaka, una muerte anunciada para los yihadistas

No hace mucho tiempo los combatientes de Daesh se sentían invencibles. Ningún otro grupo insurgente en la historia contemporánea ha estado tan cerca de controlar tanto territorio y a tanta gente. Ahora, sus cuerpos raquíticos cuentan una historia muy distinta; son hombres despiadados que piden misericordia.


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Un combatiente kurdo vigila la ‘clínica’ de la prisión de Hasaka. Thibault Lefebure
Traducción: Yaiza Martín-Fradejas
25 may 2020 08:00

Cientos de miles de personas se encuentran hacinadas en cárceles de todo el mundo, donde las condiciones insalubres proporcionan un terreno fértil para la expansión del nuevo coronavirus. Hace unas semanas, en Siria, algunos prisioneros tomaron las riendas y organizaron un motín. Sin embargo, no eran detenidos comunes encerrados en una prisión ordinaria; se trata de una antigua escuela de la ciudad de Hasaka, al noreste del país, hoy convertida en el centro de detención para yihadistas más grande del mundo. Allí se encuentran unos 5.000 miembros del grupo Estado Islámico.

La revuelta y el intento de fuga ocurrieron en la noche del 29 de marzo, cuando los presos lograron arrancar las puertas de las celdas. Perforaron agujeros a través de las paredes y tomaron el control de parte de las instalaciones de la prisión después de enfrentarse a los vigilantes, miembros de las Fuerzas de Siria Democrática (FDS), coalición kurdo-árabe que controla la cárcel. Pese a que algunos detenidos consiguieron escapar, más tarde fueron atrapados por la policía, según medios locales.

El motín volvió a poner sobre la mesa un problema que parece que la mayoría de la comunidad internacional prefiere ignorar: qué hacer con los miles de combatientes extranjeros del Daesh detenidos en Siria

En las imágenes de las cámaras de seguridad se puede ver a un grupo de hombres vestidos con uniformes naranjas sosteniendo una pancarta. En ella exigen que sus derechos humanos sean respetados. Si bien no hay evidencias de una relación entre los hechos y el miedo provocado por la pandemia, dada la saturación de las cárceles y la falta de acceso a los servicios sanitarios, un brote en este lugar podría ser devastador. “Hace semanas preguntamos a las fuerzas kurdas si tenían un plan de contingencia sobre el nuevo coronavirus destinado a los prisioneros del Daesh. Dijeron que no estaba en su agenda”, informó un oficial de seguridad europea a El Salto.

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Un preso camina por ‘la clínica’ de la prisión. Thibault Lefebure

Cuando este medio visitó la prisión, el pasado mes de diciembre, las posibles fugas de la cárcel ya preocupaban a los funcionarios. “La mayoría de las instalaciones son improvisadas y no han sido adaptadas para una detención indefinida. La comunidad internacional debería tener como prioridad absoluta la búsqueda de una solución a largo plazo para poner freno a este ‘ejército del Daesh en estado de hibernación’”, declaraba un portavoz de la coalición dirigida por Washington, insistiendo en que “la repatriación de los terroristas extranjeros a sus países de origen para que sean juzgados allí es la mejor manera de impedirles regresar al campo de batalla o de alistarse nuevamente en las filas del terrorismo”.

El motín volvió a poner sobre la mesa un problema que parece que la mayoría de la comunidad internacional prefiere ignorar: qué hacer con los miles de combatientes extranjeros del Daesh detenidos en Siria.

“Venganza”

El penal de Hasaka se asemeja a un hangar y su olor recuerda al de una fosa. Cientos de cuerpos heridos y miradas vacías se esconden detrás de uniformes naranjas y mantas grises. Unos trescientos detenidos, descalzos, se arrastran en el ‘hospital’ de la cárcel. Se oyen toses y el eco tras el golpe de las muletas en el suelo. Pese a estar repleta de gente, en la habitación hay un silencio sepulcral. En francés, inglés, árabe y ruso murmuran: “Caemos todos como moscas”. La entrada a esta cárcel para la realización de este reportaje se produce pocos meses antes del inicio de la crisis sanitaria que ha sacudido al mundo. 

Las celdas ofrecen un espectáculo siniestro: cientos de terroristas agolpados en lo que fue un aula de colegio. No hay espacio suficiente para que todos se recuesten a la vez. Un recluso originario de Marruecos asoma su cabeza rapada a través de una trampilla y pregunta: “Disculpe, ¿el Estado Islámico vive todavía?”. El director de la cárcel explica que “no tienen ni idea de lo ocurrido detrás de esas paredes. No les hable de la muerte de Abu Bakr al-Baghdadi [líder del grupo Estado Islámico muerto el 26 de octubre de 2019 en una operación de las fuerzas especiales estadounidenses], queremos evitar una revuelta”, advierte.

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Decenas de presos se hacinan en la ‘clínica’ de la prisión de Hasaka Thibault Lefebure

El caso de los combatientes del Daesh detenidos en Siria se ha convertido en un rompecabezas internacional. Más de 10.000 hombres de 50 nacionalidades diferentes (principalmente sirios e iraquíes) se encontrarían en 25 cárceles gestionadas por las FDS, sin contar con las decenas de miles de mujeres y niños retenidos en campos donde las condiciones sanitarias son deplorables.

Nadie parece saber qué hacer con ellos. Muchos califican los atentados perpetrados por la organización terrorista en el mundo como simples “actos de venganza”, en respuesta a la operación llevada a cabo por Occidente en Iraq y en Siria. “Fue una guerra”, afirma convencido un británico de 32 años llamado Ahmed (los nombres han sido cambiados). “¿Creíais que os enviaríamos una caja de bombones?”, pregunta, irónico.

La mayoría de los expertos coinciden en que, desde el punto de vista de la seguridad, la repatriación no es la peor opción, pero los responsables políticos se apoyan en el hecho de que la mayoría de la opinión pública se declara en contra

Un segundo yihadista acepta hablar a condición de hacerlo en otro habitáculo, donde sus compañeros de celda no puedan oírle. Durante los combates fue herido en la pierna izquierda, pero los trozos de huesos rotos nunca fueron colocados en su sitio. Ahora su miembro se encuentra en una posición imposible. Es incapaz de caminar. Otros dos presos tienen que llevarlo. “Estamos aquí desde hace dos meses y no sabemos nada de nuestras familias. Ni siquiera sé si mi mujer y mis hijos están vivos”, murmura Fadel, un belga de 23 años. “Estaba embarazada la última vez que la vi”, dice, apenado. Sus hijos están en vida, aunque él lo ignora. En diciembre un tribunal belga decidió que el Estado debía facilitar la repatriación de diez menores, entre ellos, los hijos de Fadel. Sin embargo, el juez estimó que él no podía beneficiarse, ya que viajó a Siria voluntariamente.

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Los combatientes kurdos que vigilan la prisión llevan un pasamontañas por razones de seguridad. Thibault Lefebure

No obstante, la repatriación de estos niños resultó ser más difícil de lo que se pensaba. Las autoridades kurdas, que previamente se habían opuesto a la repatriación de menores sin sus madres, “no han cooperado”, afirman algunas fuentes. Ahora, la crisis global provocada por el covid-19 ha obligado a las autoridades belgas a congelar la misión.

Otros 17 menores, de nacionalidad española, junto a un hombre y una mujer, también españoles, se encontrarían detenidos en el noreste de Siria, según El País. La mayoría de los expertos coinciden en que, desde el punto de vista de la seguridad, la repatriación no es la peor opción, pero los responsables políticos se apoyan en el hecho de que la mayoría de la opinión pública se declara en contra. Tomar acciones legales contra ellos mediante la celebración de juicios nacionales se presenta también como una posibilidad particularmente difícil, a falta de (en muchos casos) pruebas concretas para relacionarlos con crímenes cometidos a miles de kilómetros de distancia.

Destino incierto

En el terreno, los dirigentes kurdos afirman querer juzgar ellos mismos a los sospechosos “ya que las pruebas y las víctimas se encuentran aquí”, subraya una alta dirigente. “El planteamiento más lógico sería que se les juzgara en el Kurdistán sirio”, añade. Los kurdos podrían tener un interés particular en guardar en sus manos a ciertos ciudadanos extranjeros porque podrían ofrecerles una baza para futuras negociaciones con sus países de origen. Sin embargo, mantener a estos yihadistas en Siria de manera indefinida, puede resultar peligroso, tal y como se demostró en la revuelta de la cárcel de Hasaka. Además, no era la primera vez que combatientes del Daesh lograron escapar.

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Un hombre se protege del frío en la ‘clínica’ de la prisión. Thibault Lefebure

El pasado 9 de octubre de 2019 Turquía lanzó una operación militar bautizada ‘Manantial de la Paz’ con el fin de expulsar de su frontera a las milicias kurdas, consideradas por Ankara como una organización terrorista. Esta ofensiva trajo consigo semanas de combates, el desplazamiento de decenas de miles de civiles y puso en riesgo la detención de los combatientes del grupo Estado Islámico.

Según informaciones confidenciales de los servicios de inteligencia estadounidenses obtenidas por este medio, unos cien yihadistas habrían conseguido escapar desde el inicio de la incursión turca en Siria, especialmente porque las cárceles en las que se encontraban sufrieron daños en los enfrentamientos.

Mantener a estos yihadistas en Siria de manera indefinida, puede resultar peligroso, tal y como se demostró en la revuelta de la cárcel de Hasaka

Al inicio de la ofensiva, cerca del 80% de los 50 yihadistas extranjeros más peligrosos se encontraban en centros susceptibles de sufrir ataques durante las operaciones turcas en la frontera. La mayoría de ellos, considerados particularmente peligrosos por los occidentales, son individuos que planificaron atentados o que tienen amplios conocimientos técnicos en la fabricación de armas y bombas. La coalición dirigida por Estados Unidos pidió en su momento que fueran transferidos a instalaciones más alejadas de la línea del frente, pero los responsables kurdos rechazaron esta petición alegando una falta de medios. Finalmente, varias decenas de prisioneros habrían sido evacuados por el Ejército estadounidense mientras que Turquía comenzaba a invadir la región.

Por el momento, las fugas han sido limitadas en relación al número total de yihadistas detenidos en el noreste de Siria. Sin embargo, la crisis desencadenada por la retirada parcial de los Estados Unidos y la ofensiva turca, han demostrado, una vez más, hasta qué punto la región es inestable, y que confiarle a un grupo armado local una tarea tan gigantesca era una apuesta demasiado arriesgada. “A veces, células durmientes del Daesh erran alrededor del edificio y disparan al aire. Quieren enviar a los prisioneros el mensaje de que el Estado Islámico todavía está vivo”, aseguraba Robar (nombre de guerra), director de la cárcel de Hasaka, en el momento en el que este medio accedía a la prisión. Su despacho estaba decorado con jaulas de pájaros en un lado, y en el otro, pantallas de televisión apagadas. Deberían emitir en directo las imágenes de vigilancia del interior de las celdas, pero el sistema está estropeado. Hace una pausa con aire pensativo y añade: “Sencillamente, no podemos gestionar la situación nosotros solos”.

Tumbas anónimas

El de Hasaka es el centro de detención para yihadistas más grande de la región, y del mundo. Algunos individuos que deben ser vigilados de cerca se encuentran allí. La organización terrorista ha sido capaz de mostrar que puede organizar fugas, y se teme que lo siga haciendo. En septiembre de 2019, el difunto ‘califa’ Abou Bakr al-Baghdadi difundió un mensaje sonoro dirigido a sus partisanos, exhortándolos a “hacer todo lo posible para liberar a los miembros de la organización detenidos y derribar los muros detrás de los cuales se encuentran”.

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Un joven yihadista con las piernas destrozadas durante la guerra. Thibault Lefebure

¿Caerán nuevos muros? “Es evidente que el grupo Estado Islámico busca sacar partido de la inestabilidad actual, pero no hay ningún indicio de que el grupo trabaje activamente en estas fugas”, afirma una fuente de seguridad occidental activa en la región.

La cárcel de Hasaka es un califato entre rejas. Hay desesperación y miedo, arrepentimiento por lo que pasó y por lo que no pasó. También hay odio

La cárcel de Hasaka es un califato entre rejas. Hay desesperación y miedo, arrepentimiento por lo que pasó y por lo que no pasó. También hay odio. No hace mucho tiempo los combatientes de Daesh se sentían invencibles. Ningún otro grupo insurgente en la historia contemporánea ha estado tan cerca de controlar tanto territorio y a tanta gente. Nadie ha inspirado tanto miedo a nivel mundial. Ahora, sus cuerpos raquíticos cuentan una historia muy distinta; son hombres despiadados que piden misericordia.

“Me di cuenta hace unos tres años de que estábamos perdiendo la guerra. Todo comenzó a desmoronarse. Tuvimos que retirarnos de todas partes, la gente huía…los líderes desaparecían y los combatientes empezaron a esconderse en el desierto, en Iraq y en Siria”, cuenta afligido Mohamed, un prisionero. Sus mejillas caídas y sus ojos hundidos son testigos de años de conflicto. El joven, de unos veinte años, había amenazado a su país en 2015 en un audio que decía: “Bibliotecas, escuelas, hospitales…no hay víctimas inocentes”. Cinco años después, su arrogancia ha desaparecido, como su ‘califato’.

Atrapados en un limbo de un escenario de guerra, estos detenidos afirman esperar la repatriación, o la muerte. Su destino es incierto. La ubicación del cementerio de los prisioneros del Daesh en el noreste sirio se desconoce, y las tumbas, son anónimas. Si bien es imposible verificar de manera independiente cuántos reclusos ya han encontrado la muerte entre rejas, algunas fuentes hablan de varias centenas de fallecimientos desde la caída del ‘califato’ hace un año. Malos tratos, torturas, malnutrición, viejas heridas y falta de acceso a los servicios de salud parecen ser las principales causas de una tasa de mortalidad descrita como vertiginosa.

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5 Comentarios
#61730 17:46 26/5/2020

La calidad de una religión se mide en la moral que es capaz de soportar. El Islam es peor que el Cristianismo medieval. No es capaz de soportar una moral compatible con los derechos humanos del siglo XXI. Esta cárcel vale de ejemplo del erial intelectual al que conduce. Ahí el único arrepentimiento es el de no haber vencido. Si pudieran nos mataban. Son ellos o nosotros.


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#61690 10:51 26/5/2020

Gracias a El Salto por traducir y publicar un reportaje tan completo. Entiendo el ángulo del redactor, que buscar apelar a la humanidad de los que no somos como estos terroristas pero, sencillamente, no puedo sentir eso por estos prisioneros. Cruzaron océnanos y atravesaron continentes con el único objetivo de matar, violar, saquear y esclavizar a un país en nombre de una interpretación absurda de unos textos religiosos aún más absurdos.
Solo puedo acordarme de la máxima Robespierre: "Castigar a los opresores de la humanidad es clemencia, perdonarlos es barbarie."
Por otra parte, me parece escandaloso la ligereza con la que se asume que el FSD es el poder legítimo de Siria y que guardan a estos presos como moneda de cambio. Parece que si lleva la etiqueta "kurdo" se tolera cualquier trapacería en según qué ambientes.

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#61624 19:09 25/5/2020

Es normal, lo formaban gente sin experiencia militar, no formaban un ejército regular, sin experiencia y sin armamento pesado, se venía venir, una parte venía del disuelto ejército de Saddam, su existencia era corta, el error lo están pagando muy caro.

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#61559 12:28 25/5/2020

Un futuro incierto les depara. Y si, es cierto que las violaciones de DDHH y crímenes que cometieron fueron horrendos, tanto en Siria e Irán, predominantemente, como en el exterior. Pero la única manera de dar humanidad a alguien que ha carecido de ella, es tratarles como humanos que son, y sobretodo, liberales la mente, darles conocimiento, para crear una conciencia que les ha sido arrebatada.
Muchos de ellos, sin duda, abran sido engañados e incluso obligados, no lo olvidemos. Por eso, deben de recibir un juicio por sus actos y estar en cárceles como tales cuánto antes

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#61659 4:36 26/5/2020

Te han cascao unos bueno negativos. Imagino que la piedad no se estila mucho hoy en día, al igual que la inteligencia. Te doy un voto positivo para compensar.

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