La adicción en mujeres: obstáculos y estigmas

Un 20% de mujeres con adicciones accede a tratamientos, frente al 80% de hombres. Virginia, María, Marta, Laura y Sandra rompen el silencio y cuentan sus historias para confrontar los estigmas sociales que envuelven a las mujeres adictas a sustancias.
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El bolso con peluche dentro de María, que tiene tres hijos pequeños y, debido a las ausencias por estar de terapia, muchas veces se ha sentido culpable. Silvia Molina Molina ©
31 may 2026 06:00

Las adicciones siguen siendo una realidad profundamente estigmatizada. A menudo, el relato social y mediático simplifica a las personas que las padecen a prejuicios que ignoran su dignidad e integridad. Y, en el caso de las mujeres, ese estigma suele ir acompañado de culpa, silencio y una fuerte presión social ligada a los roles de género. Sin embargo, a pesar del dolor que hay detrás de cada historia, en muchas ocasiones también podemos encontrar renacimiento y no solo de la adicción en sí, sino de gran parte de la vida de estas personas.

“Las mujeres con problemas de adicción rompen expectativas como hijas, parejas y madres. Por este motivo, entran en conflicto con los roles de género tradicionalmente asignados”, Gemma Maudes, Fundación Salud y Comunidad

En el caso de las mujeres, la adicción al alcohol u otras drogas supone una transgresión de los roles de género tradicionales marcados por nuestra sociedad, lo que se traduce en mayor rechazo social, menos apoyo y culpa constante. “Las mujeres con problemas de adicción rompen expectativas como hijas, parejas y madres. Por este motivo, entran en conflicto con los roles de género tradicionalmente asignados, especialmente los relacionados con el cuidado, la maternidad o las responsabilidades familiares”, explica Gemma Maudes, psicóloga y portavoz de la Fundación Salud y Comunidad. A ello se suma que muchas tienen personas a su cargo, lo que intensifica la presión y el sentimiento de culpa. “El rol de cuidar a los demás ha estado, y sigue estando, muy presente. La emoción que prima en ellas es el sentimiento de culpa”, subraya.

Según el último informe del Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones (Alcohol, tabaco y drogas ilegales en España), publicado en 2025, el consumo de sustancias psicoactivas —tanto legales como ilegales— tiene un porcentaje mucho más elevado en hombres que en mujeres en la población en general. Sin embargo, en el ámbito asistencial, aproximadamente un 20% de mujeres con adicciones accede a tratamientos, frente al 80 % de hombres. Un dato que refleja la masculinización del sistema terapéutico,tal y como afirma Laura Núñez, trabajadora social del Centre d’Atenció Sanitària Fontsanta i Baix Llobregat Centre, gestionado por la Asociación Bienestar y Desarrollo Grupo ABD: “Es cierto que en los últimos años ha habido un incremento de mujeres que solicitan ayuda terapéutica, pero el sistema terapéutico todavía está masculinizado ya que la mayoría de las personas que vienen aquí son hombres. Es una realidad”.

Aunque este informe cita la desproporción entre ambos sexos a la hora de acceder a terapia y recuperación, varios organismos internacionales, entre ellos European Union Drugs Agency (EUDA), señalan que esta brecha está relacionada con factores como el estigma social, las responsabilidades de cuidado y maternidad, y barreras socioeconómicasque dificultan la búsqueda de ayuda y el acceso de las mujeres a dichos recursos.

Esta realidad se agrava cuando la adicción convive con la violencia de género. En estos casos, Maudes destaca la necesidad de abordar de forma integral la atención tanto a la dependencia como a las secuelas de la violencia desde una mirada respetuosa, reparadora y con perspectiva de género. “Contar con equipos formados y conscientes de estas desigualdades ha permitido que más mujeres accedan a tratamiento en los últimos años”asegura.

De hecho, el problema de los tratamientos que no son adaptados viene desde la raíz: "Por lo general, no vemos el problema en separar a un hombre de su familia, pero para una mujer supone una gran carga emocional y mucha culpabilidad. Esta es una de las primeras barreras con la que se encuentran las mujeres a la hora de dejar temporalmente su familia o mascotas” señala Sergi Gil, educador social del Centro Residencial Integral Galena (Grupo ABD).

Virginia, María, Marta, Laura y Sandra—nombres reales excepto Laura, cuyo fin es proteger su identidad— son ejemplos de mujeres que han decidido romper el silencio y contar sus historias para confrontar los estigmas sociales que envuelven a las mujeres adictas a sustancias. Sus historias, marcadas por el alcohol u otras drogas, muestran que una adicción nodefine a una persona y que, a pesar de la dureza que se pueda llegar a vivir, con paciencia, coraje y autocuidado es posible reconstruirse y llevar una vida más sana y consciente. 

Virginia, contar para sanar

“Contar mis historia sobre la adicción me ayuda a sanar, pero además, si sirve para que otras mujeres en esta situación pidan ayuda y no demoren más tiempo de sus vidas, mejor. Aunque el inicio es duro, vale la pena. Por ti misma y por tu entorno”, comparte Virginia (49 años, Bolivia). Virginia empezó a consumir alcohol a los 18 años y, desde entonces, se convirtió en la herramienta con la que tapar heridas e incluso olvidar los momentos más duros de su infancia y de su vida. Considera que, gracias a sus dos hijas y al refugio que encontró en su fe, ingresó en terapia aunque eso implicara pasar varios meses prácticamente sin contacto con el mundo exterior.

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Virginia, (52 años, Bolivia). Silvia Molina Molina ©

“Lo más duro de la primera fase de la terapia es no poder ver a tus hijas/os o familiares durante varios meses. Algún que otro día puedes hacer llamadas telefónicas y, con el tiempo empiezas a recibir visitas, pero son días puntuales y sin poder salir de las instalaciones.” Esta primera etapa de recuperación es uno de los primeros obstáculos por los que muchas mujeres se resisten a pedir ayuda. Aun así, Virginia asegura que aunque sea duro, vale la pena y es necesario hacerlo. “Ahora disfruto de todo. Puedo expresarme y hablar de mis cosas sin miedo al qué dirán. He aprendido a relacionarme de una forma más sana conmigo misma y con los demás. Sobre todo, a no callar y expresarme sin  expresarme sin miedo, pero con límites” reflexiona.

María y la familia perfecta

María, a sus 49 años y madre de tres hijos de 11, 9 y 7, tuvo que enfrentarse a sus miedos y los prejuicios de una sociedad que le dictaba sostener una familia “perfecta” pasando por alto su salud y felicidad. “Como el alcohol es una droga legal, vayas donde vayas la vas a tener al alcance de tu mano y, en muchas ocasiones, si no consumes como los demás, puede ser motivo de juicio e incluso exclusión”.

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Maria (49 años, México). Silvia Molina Molina ©

María empezó a consumir alcohol siendo muy joven, ya que, al tratarse de una droga legal, "formaba parte de mi vida como cualquier otra cosa”. Tras la muerte de su madre comenzó a abusar de esta sustancia de forma diaria y, aun así, sostenía una vida laboral y personal aparentemente funcional. Fue en 2020 cuando, tras perder la conciencia delante de sus hijos, decidió acceder a terapia.

“Como el alcohol es una droga legal, vayas donde vayas la vas a tener al alcance de tu mano y, en muchas ocasiones, si no consumes como los demás, puede ser motivo de juicio e incluso exclusión”, María

“He sentido mucha culpa por dejar a mis hijos para poder tratarme y recuperarme. De hecho, he tenido alguna recaída y, aun así, agradezco este parón vital que implica la terapia. No solo para desintoxicarme y aprender a vivir de una forma más sana, sino sobre todo por la necesidad de parar, ver de dónde vienes, quién eres y hacia dónde te diriges. En mi caso, la vida me llevó a hacer este parón vital y replantearme la mochila que llevaba a través de la adicción. Por eso le estoy agradecida. Sino fuera por ella, llevaría una vida en automático y completamente infeliz”.

Marta y aprender a priorizarse

Marta (52 años, Brasil) necesitaba encontrar paz tras una vida marcada por los constantes cambios de residencia y el abuso al alcohol. “Cuando pedí ayuda sentí mucha vergüenza porque era confirmar lo que todo el mundo me decía, pero estaba tan agotada que no quedaba otra opción que dar ese paso. Fue entonces cuando comprendí que no puedo cambiar el mundo de los demás, pero sí el mío y salir de este infierno personal. Solo quería paz”.

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Marta (52 años, Brasil). Silvia Molina Molina ©

Aunque actualmente mantiene terapias de grupo de forma puntual para compartir con otras mujeres con adicciones, asegura sentirse orgullosa de haber aprendido a priorizarse, respetarse y construir una red de apoyo más sana. “Me he reeducado conductual y emocionalmente para aprender a transitar mis emociones más densas, como la tristeza, y resolverlas sin recurrir al consumo. Tardé mucho en dar este paso, pero lo importante es que lo haya dado y lo bien que me siento ahora”.

Marta: adicción y maltrato

Laura —nombre ficticio que ella misma ha elegido para proteger su identidad de la violencia de género— empezó a consumir todo tipo de sustancias a los 14 años y, tras tocar fondo y buscar refugio en su fe, a los 22 consiguió poner fin a una relación de maltrato físico y psicológico, y a una vida de adicciones normalizada en su entorno familiar.

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Laura (22 años, España). Silvia Molina Molina ©

“Sé que la adicción está presente aunque ya no consuma. Me va a acompañar toda la vida, pero no puedo darle ese poder. Puedes aprender a ponerte por encima de ella y decirle que no”.

Sandra y la doble vida

Sandra relata cómo llevó una doble vida para cumplir con su trabajo como maestra y, al mismo tiempo, sostener su adicción a las drogas. Actualmente, asegura tener una vida plena y poder de decisión. Entre sus principales aprendizajes destaca la autorregulación emocional a través del deporte, en lugar de reprimir las emociones o huir de ellas mediante sustancias.

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Sandra, (53 años, España). Silvia Molina Molina ©

Todas coinciden en algo: apostar por priorizarse, aprender a convivir con la adicción conociendo sus propias limitaciones, expresarse sin miedo y mirarse con honestidad y compasión, fue un acto de valentía en una sociedad marcada por unos roles de género que, por lo general, las dictan a seguir ejerciendo como cuidadoras, o madres, dejando de lado su propia felicidad y bienestar emocional. Sus testimonios invitan a mirar a las personas con adicciones sin juicio, a cuestionar los estigmas que las envuelven,y a entender que la recuperación y reinserción son posibles independientemente del género u otras interseccionalidades que las atraviesan.

Romper el silencio sigue siendo uno de los pasos más difíciles para muchas mujeres con adicciones. Y trabajar los estigmas no solo sana a quienes las padecen, sino también a una sociedad que necesita aprender a mirar a las personas desde el respeto y la integridad.

“La prevención es muy importante. Sin embargo, ya hay mucha información. El problema es la banalización de las sustancias, la romantización del consumo y la inconsciencia por el futuro” remarca Laura Núñez.

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