Análisis
Salarios y el falso dilema fiscal: ¿quién se queda las ganancias de productividad y los beneficios?

El debate sobre la cuña fiscal no es más que una forma de desplazar el foco desde la distribución primaria de la renta hacia el Estado, y a atacar a los impuestos.

Gabinete económico de CCOO

6 may 2026 07:00

Empecemos por la macro. La macroeconomía va bien: crece la economía, crece el empleo, crece la productividad por hora trabajada (algo inédito en periodos de crecimiento con creación récord de empleo en las últimas décadas). En esto no hay duda y los datos publicados lo confirman. La pregunta que realmente hay que hacerse es si este bienestar macro llega a los hogares y personas. Vayamos por partes.

Este buen desempeño económico está permitiendo aumentar la renta disponible de los hogares per cápita descontando la inflación (+6% con respecto a 2019), así que si hay una parte que se traslada a los hogares. En la mejora de la renta de los hogares influyen los mayores niveles de empleo y la subida salarial de los salarios bajos, como veremos más adelante.

Los salarios son centrales al ser la principal fuente de ingreso de las rentas de los hogares (más del 60%, y más del 80% si incluimos las pensiones consideradas como salario diferido)

Sin embargo, no podemos quedarnos solo con estos últimos años. Si alargamos la mirada más atrás, solo hace apenas dos años que superamos los niveles registrados en el pico de la burbuja de 2008. Esto es el reflejo de la década pérdida tras un modelo de crecimiento asentado en una burbuja gestada desde 1995, y la posterior gestión de la Gran Recesión basada en el ajuste fiscal que generó un abrupto empeoramiento de las condiciones materiales de la gente y alargó la crisis durante años. Uno de los efectos más relevantes de la Gran Recesión fue la devaluación salarial que conllevó.

Los salarios son centrales al ser la principal fuente de ingreso de las rentas de los hogares (más del 60%, y más del 80% si incluimos las pensiones consideradas como salario diferido). ¿Y qué nos dicen los datos? Que los salarios de amplias capas sociales en España son bajos y que el poder adquisitivo de los salarios medios lleva estancados desde el año 2000, casi 25 años.

Sin embargo, una afirmación tan categórica es demasiado simplista. Primero, hay que diferenciar periodos temporales: los años de la burbuja (con incrementos nominales a la par que la inflación), la gran recesión con niveles de paro masivos y devaluación salarial, una incipiente recuperación posterior y un crecimiento nominal post pandemia mucho más fuerte lastrado por el pico inflacionario.

Al inicio de la Gran Recesión, se destruyó el empleo más precario (temporal y/o de bajos salarios), lo que generó una subida media del salario por puro efecto estadístico

Después, es fundamental tener en cuenta los cambios en la composición del empleo: por ejemplo, al inicio de la Gran Recesión, se destruyó el empleo más precario (temporal y/o de bajos salarios), lo que generó una subida media del salario por puro efecto estadístico, porque esos empleos precarios desaparecían del cálculo. Por último, los salarios medios esconden realidades dispares de evolución por nivel de renta, por sectores, etc.

En este sentido, hay dos tendencias claras desde 2018. Los salarios bajos son los que más han crecido y han ganado poder adquisitivo a corto plazo (2018-2025) en un contexto inflacionario, impulsados por el efecto SMI, reforma laboral y horas trabajadas.

Salarios reales base 2018 1

Pero si ampliamos la mirada a mayor plazo, estos son los que más sufrieron las políticas de austeridad, paro, temporalidad, parcialidad… y a largo plazo son las que menos han avanzado en términos de poder adquisitivo de los salarios. No superan el nivel adquisitivo pre-Gran Recesión y además tienen dificultad de acceso a bienes básicos como la vivienda, algo que décadas atrás si tenían en mayor medida (vía vivienda protegida y/o sobreendeudamiento).

Salarios reales base 2006

Mientras, las personas trabajadoras con salarios medios y altos, que capearon mejor la Gran Recesión (mantuvieron mejor el empleo a tiempo completo- aunque perdieran un poco de salario), no habrían ganado poder adquisitivo o muy levemente. Estas capas sociales sienten que los discursos de bonanzas macroeconómicas no les llega en su día a día.

Y en este punto podemos diferenciar las trayectorias salariales por sectores. Hay una evolución dispar entre los sectores de bajos salarios, que muestran una evolución media más elevada (comercio, hostelería…) pero sufren la crisis de la vivienda y el lastre de una inflación que les afectó en mucha mayor medida por cómo se vieron afectados bienes básicos (como la alimentación o la energía) con otros sectores tradicionales de mayor salario. Hay sectores de mucho mayor salario que se estacan o pierden poder adquisitivo (es el caso actividades financieras, actividades profesionales científicas y técnicas…). En estos sectores parece estar operando el efecto de salida de trabajadores (jubilación, prejubilación, ERE…) de salarios elevados que tuvieron una fuerte progresión laboral y salarial y la entrada de nuevos trabajadores con salarios de partida más bajos y con menos progresión salarial.

Estas capas sociales son las que, ante una falta de progreso material, pueden acabar comprando marcos como que la culpa de su estancamiento son la fiscalidad excesiva o la progresividad en frío en el IRPF

Muchos de estos trabajadores experimentan una falta de sensación de progreso social o prosperidad (que veían, tal vez con cierta idealización, en las generaciones pasadas), agravada en muchos casos por la inaccesibilidad a la vivienda que también les afecta. Estas capas sociales son las que, ante una falta de progreso material, pueden acabar comprando marcos como que la culpa de su estancamiento son la fiscalidad excesiva o la progresividad en frío en el IRPF, y no su falta de progresión laboral o salarial en su empresa.

En todo caso, es innegable que la capacidad negociadora de los trabajadores ha bajado en las últimas décadas, fruto del desempleo estructural, reformas laborales regresivas y recortes, guerra cultural al sindicalismo (también errores propios) y desmovilización social. Y esto es importante porque el debate público parece olvidar algo esencial: los salarios son el mero reflejo de la pugna distributiva entre capital y trabajo. Y frente a esa pugna que se da en la distribución primaria (o funcional en términos técnicos) de la renta lo que se ve históricamente es hay una brecha histórica en la evolución de la productividad y de los salarios que no se ha cerrado (es decir, las ganancias de productividad se han repartido más a favor del factor capital que factor trabajo). A esto se suma en la actualidad que los márgenes empresariales están en máximos. Un aumento de la rentabilidad que alcanza a más del 60% de la actividad productiva, es decir, no son 3 o 4 sectores, sino la mayoría (algo lógico dada la elevada creación de empleo).

Tal vez sea más acertado preguntarse, aunque sea más incómodo, cuánto del crecimiento, de la productividad y del valor añadido llega realmente a los salarios

El debate sobre la cuña fiscal no es más que una forma de desplazar el foco desde la distribución primaria de la renta hacia el Estado, y a atacar a los impuestos. Cuando los impuestos son la base de la distribución secundaria de la renta y lo que sostienen el estado de bienestar (sanidad, educación…) del que se benefician amplias mayorías sociales, y que sin ella quedarían excluidas de poder acceder a esos bienes y servicios tan básicos. Por eso, tal vez, sea más acertado preguntarse, aunque sea más incómodo, cuánto del crecimiento, de la productividad y del valor añadido llega realmente a los salarios.

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