Opinión
‘Coyote vs. Acme’: invocar la vida, no reproducirla

Vuelven a la gran pantalla el Coyote, Bugs Bunny y demás Looney Tunes, en una película que mezcla imagen animada y fotorrealista con intención crítica.
Coyote Vs ACME

Al espectador con un mínimo de memoria cinéfila le resultará difícil ver Coyote vs. Acme sin pensar en el título más influyente jamás producido en base a la combinación en sus imágenes de actores y animación: ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988). La película de Dave Green que se estrena estos días en nuestro país está muy lejos de provocar el asombro tecnológico y expresivo que todavía hoy suscita la de Robert Zemeckis, pero una y otra tienen puntos en común: en ambas, personajes clásicos de la animación adquieren vida propia en nuestra realidad tangible; ambas desarrollan una intriga marcada al mismo tiempo por los tropos del noir y del slapstick surrealista; y en ambas se nos ofrece una diatriba contra las lógicas del capitalismo.

Recordemos que, en ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, el detective privado Eddie Valiant (Bob Hoskins) desarticulaba una trama criminal que se proponía —en una realidad alternativa a la nuestra fechada en 1947— cancelar el transporte público de Los Ángeles, desmantelar la barriada segregada de la ciudad donde vivían los toons o personajes de dibujos animados, y construir en su lugar una autopista decisiva para reformular el tejido urbano como parte de una red suburbana de consumo cifrada por el siniestro Juez Doom (Chris Lloyd) en “gasolineras, moteles, restaurantes de comida rápida, tiendas de neumáticos, concesionarios de automóviles y tantas vallas publicitarias como alcance la vista”.

¿Quién engañó a Roger Rabbit? no hacía otra cosa que fabular con la transformación auténtica de la ciudad moderna a lo largo de la segunda mitad del siglo XX en lo que J.G. Ballard sintetizó como “islas de cemento, paisajes hipercontrolados, tiempos suspendidos entre el tedio y el uso de la tarjeta de crédito (...) el reino de lo anodino”. Para ello, Zemeckis recurrió con ánimo provocador a una de las manifestaciones más familiares de la cultura de masas desde nuestra infancia, las animaciones debidas a creadores como Tex Avery, Chuck Jones o Max Fleischer, sometidos durante sus carreras a una tensión irresoluble entre la anarquía visual, la ruptura de las constantes espaciales y fisionómicas, el retrato de personajes desquiciados, que caracterizaron sus trabajos, y sus dificultades para desenvolverse en el ámbito del entretenimiento mayoritario.

Coyote vs. Acme intenta hacerse eco de ese legado crítico y esa tensión entre la creatividad desbordante y los imperativos productivos del mainstream: el personaje animado del Coyote recurre al bufete de Kevin (Will Forte), un abogado sin demasiada suerte, con el objetivo de que respalde su demanda contra la mítica marca ACME, ya que considera que sus productos, con los cuales ha tratado de capturar y devorar al Correcaminos en docenas de cortometrajes animados, son defectuosos. Kevin y el Coyote juegan con desventaja, pues los ejecutivos de ACME —que no solo fabrica artefactos especiales para el uso de los toons, también infinidad de objetos de uso diario para su disfrute por los seres humanos— ponen al frente del litigio a un letrado feroz, Buddy Crane (John Cena). Pista a pista, con la ayuda de otros personajes animados como Bugs Bunny y el pato Lucas, Kevin y el Coyote averiguarán el motivo de que Crane arremeta sin piedad contra ellos y los productos animados de ACME sean defectuosos, en una espiral de situaciones rocambolescas y peligrosas que llegará a amenazar sus vidas.

Como ocurría en ‘¿Quién engañó a Roger Rabbit?’, los personajes animados resultan ser una subclase explotada a mayor gloria del capitalismo, cuyos modelos de producción implican cuestiones tan problemáticas como el maltrato laboral y la obsolescencia programada

No podemos explicitar el descubrimiento del abogado y el Coyote porque echaríamos por tierra la intriga, pero sí cabe apuntar que, como ocurría en ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, los personajes animados resultan ser una subclase explotada a mayor gloria del capitalismo, cuyos modelos de producción implican cuestiones tan problemáticas como el maltrato laboral y la obsolescencia programada. Este aspecto antisistema, así como el arrumbamiento de la película durante año y medio por parte de su productora, Warner, debido a cambios en sus estrategias comerciales, publicitarias y fiscales —si la película ha visto la luz ha sido gracias a su adquisición por la distribuidora Ketchum Entertainment—, algo que ha provocado en la realidad una situación de indefensión a los artífices de la película similar paradójicamente a la que sufren los toons en la ficción, explican el agrado con que la mayoría de los críticos han acogido Coyote vs. Acme.

Sin embargo, hay que decir que, bajo un punto de vista estrictamente formal, el filme tiene limitaciones considerables: desde la gracia forzada de las relaciones entre toons y humanos hasta el escaso sentido del ritmo en la narración, pasando por la fealdad de la paleta fotográfica, la vulgaridad del reparto humano —con excepción de John Cena, tan carismático como siempre— y la forma tan insípida en que están dibujados los toons y sus interacciones imposibles con los actores y los objetos animados y materiales. A ello hay que añadir un argumento plagado de contradicciones y cambios de rumbo caprichosos, una solución providencial al enigma planteado, y una visión muy debatible del papel que desempeñan Piolín y el gallo Claudio.

La simpatía que despiertan los Looney Tunes —ojo, en algunas generaciones— hace todavía más dolorosa la mediocridad audiovisual que preside ‘Coyote vs. Acme’ frente a otras propuestas híbridas protagonizadas por estos personajes animados

La simpatía que despiertan los Looney Tunes —ojo, en algunas generaciones— hace todavía más dolorosa la mediocridad audiovisual que preside Coyote vs. Acme frente a otras propuestas híbridas protagonizadas por estos personajes animados, como Space Jam (1996), loa espectacular al product placement y las sinergias corporativas y multimedia, y Looney Tunes: De nuevo en acción (2003), gamberrada del director de imagen fotorrealista que mejor ha comprendido al Coyote y sus amigos, Joe Dante. Tanto Dante, como Zemeckis en ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, fueron muy conscientes de que el trazo animado no es un instrumento al servicio de una representación imbricada sin fricciones en un consumo determinado de la cultura, en una determinada cultura del consumo; sino una intromisión expresiva capaz, en palabras de Chuck Jones, “de invocar la vida, no reproducirla ni emularla”, con el potencial subversivo que ello trae consigo en tiempos de realismo capitalista.

En cambio, como ha concluido el crítico Owen Gleiberman en la revista especializada Variety a propósito de Coyote vs. Acme, “aunque todos teníamos unas ganas inmensas de que nos gustase, la verdad es que estamos ante una película mansa, cortés, carente del espíritu disparatado de los dibujos animados originales”. De aquella locura maníaca de los añejos Looney Tunes, de aquella ansiedad metafísica que impulsaba al Coyote a buscar la felicidad tratando de cazar una y otra vez cual Sísifo al Correcaminos mediante los productos del oligopolio ACME, emanaba de por sí una mirada política, una capacidad para interferir en los modos consensuados de ver/consumir (no solo) el audiovisual, que supera con mucho, aún en 2026, a los discursos ideológicos que sobreimponen los guionistas de Coyote vs. Acme a sus flácidas imágenes.

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