Opinión
‘Jugada maestra’, el precio del resentimiento
Aunque hoy por hoy se disfruta como si fuese una delicadeza exótica, hace apenas veinte años una película como Jugada maestra habría sido una muestra más de cine comercial; un filme de clase media, con los atributos justos, gracias al cual el cinéfilo habría tenido la oportunidad, como ante tantos otros estrenos semanales, de establecer un diálogo entre su vida cotidiana y las codificaciones expertas de géneros como el drama y el thriller, para deducir del mismo una inspiración, un consuelo, una respuesta. Porque, como reflexionó François Truffaut, “cuando la vida te escatima las satisfacciones, te gusta más ir al cine. El cinéfilo es, en esencia, un neurótico”.
Las palabras de Truffaut adquieren gran pertinencia en relación con Jugada maestra. En primer lugar porque su protagonista, como veremos, es un neurótico. Y, en segundo lugar, porque el director francés las puso de manifiesto en el marco del estreno de su undécimo largometraje, Las dos inglesas y el amor (1971), inspirado en las vidas y personalidades de las hermanas Brontë, escritoras afectadas por la neurosis tardogótica. Y, en esencia, Jugada maestra es una ficción asimismo tardogótica, pese a una pátina de modernidad incapaz de disimular su visión del paso del ser humano por el mundo como “un círculo maldito, una serpiente que devora su propia cola y ya solo puede ser herida eterna, desolación sin fin” (Silvia Moreno-García).
Jugada maestra no representa, por supuesto, una excepción. Como ya hemos escrito a propósito de Cumbres borrascosas (2026) o los cómics de E.M. Carroll y Julia Gfrörer, el gótico ha vuelto. Lo apuntan también ¡La novia! (2026); las recientes adaptaciones para cine y televisión de El conde de Montecristo (1844); Las cosas lavadas por la noche (2024), Diavola (2024) y otras novelas; y hasta las colecciones últimas de marcas de alta costura como Matières Fécales y Acromatyx. Jugada maestra, tan irregular como sugerente a la hora de combinar intriga, sátira social y humor negro, se suma a esa corriente cultural que entiende el gótico no a modo de ejercicio retroesteticista, sino como forma idónea de interpretar un presente que, al igual que entre los siglos XVIII y XIX, se debate entre antiguos regímenes y nuevas sensibilidades, lo atávico y lo racional, el hechizo de la ruina y el horizonte de una revolución (no solo) industrial.
El gran hallazgo de ‘Jugada maestra’ radica en reconocer hasta qué punto el capitalismo tardío y las desigualdades generacionales han revivido las pulsiones clásicas del género gótico
El gran hallazgo de Jugada maestra radica, de hecho, en reconocer hasta qué punto el capitalismo tardío y las desigualdades generacionales han revivido las pulsiones clásicas del género: la familia como estructura de dominación con proyección económica y social, un resentimiento de clase que deviene obsesión, y la dificultad consiguiente de escoger, cuando se pertenece a un linaje maldito, la huida o la venganza. La película parte para ello de la novela de Roy Horniman Memorias de un asesino (1907) —un escándalo en el momento de su publicación— y su primera adaptación cinematográfica, Ocho sentencias de muerte (1949), one man show del actor Alec Guinness.
El guionista y director John Patton Ford —cuya recomendable ópera prima, Emily la estafadora (2022), ya orbitaba en torno a los efectos para la moral de la precariedad económica y el resentimiento de clase— dialoga con ambos referentes al hacer de los conflictos sociales en Jugada maestra no solo un campo de batalla colectivo sino también intimista. El protagonista, Becket (Glen Powell), relata su historia a un sacerdote pocas horas antes de ser ejecutado, dispositivo confesional que convierte la película en una inmersión retrospectiva en las patologías emocionales implícitas en su afán de conseguir lo que cree merecer, el ascenso en la escala social.
Descubrimos así que Becket es hijo de una mujer repudiada por los Redfellow, uno de los clanes más poderosos de Nueva York. Condenado desde la juventud a encadenar trabajos inestables, el personaje experimenta en carne propia las falacias neoliberales acerca del mérito y el talento como supuestos garantes de la prosperidad. Pero, además, Becket vive presa de la humillación, atrapado en la vislumbre continua desde la intemperie de un universo de privilegios que siente legítimamente suyo. En este aspecto, Jugada maestra conecta tanto con el melodrama gótico como con cierta tradición del cine criminal estadounidense donde el delito nace menos de la ambición crematística que de una necesidad desesperada de reconocimiento. No resulta casual por tanto que algunos factores de la ecuación creativa remitan —pensamos por ejemplo en el personaje de Julia (Margaret Qualley)— al neo-noir de los años 90, así como a las intrigas sobre arribistas de Patricia Highsmith, otro modelo significativamente de vuelta en los últimos años: Saltburn (2023), Ripley (2024)...
La sombra de Highsmith y el neo-noir se agudiza cuando el azar brinda a Becket la oportunidad de infiltrarse en el núcleo de los Redfellow y, eventualmente, dirigir su imperio, al precio de eliminar a quienes le anteceden en la línea sucesoria. La película despliega a partir de ese momento su faceta más venenosa. Cada asesinato de Becket se adscribe a un tono diferente: algunos caen en la broma de trazo grueso, otros se decantan por el suspense clásico, los más inquietantes reflejan un absurdo próximo a lo nihilista. La realización de John Patton Ford, sobria y precisa, sostiene una película que acaba por encontrar su personalidad precisamente en la indefinición tonal, los (des)equilibrios entre referentes y la ligazón sutil del dinero con la decadencia y lo mortuorio.
‘Jugada maestra’ concluye que el horror no consiste hoy por hoy en quedar excluido del sistema, sino en continuar deseando formar parte del mismo
En ese contexto, la elección de Glen Powell como protagonista es inmejorable. Pese al esfuerzo —fallido hasta ahora— de Hollywood por consolidarlo como estrella convencional, Powell nunca ha dejado de transmitir cierta ambigüedad que dificulta percibirlo como héroe. Su gestualidad se sitúa siempre en la frontera entre el encanto y la amenaza, el carisma y la impostura, y la querencia de sus personajes por el disfraz camaleónico acentúa su condición liminal, asocial. Es lo que precisaba Jugada maestra. Powell interpreta a Becket como alguien que nunca deja de actuar hasta en los momentos de mayor intimidad, sin voluntad para distinguir entre identidad y representación. Cada sonrisa enmascara un cálculo; cada gesto amable es un útil de supervivencia.
Su estrategia se salda, no podía ser de otra manera, con la perdición. Becket no es un héroe de clase. Prefiere autodestruirse antes que seguir sumido en la invisibilidad. No es capaz de imaginar una vida más allá del sistema que le humilla. Ansía materializar la fantasía de ponerse en el lugar del opresor… El gótico tendió a centrarse en fantasmas confinados en el mundo de los vivos. En nuestro presente, esos fantasmas bien pudieran ser los sujetos atrapados en la promesa capitalista del ascenso económico y social, empeñados en hacer suya una herencia emocional y económica que termina por devorarlos. Jugada maestra concluye que el horror no consiste hoy por hoy en quedar excluido del sistema, sino en continuar deseando formar parte del mismo.
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