La difícil construcción de un patriotismo constitucional a la española

Constitución, bandera, himnos... y los bloqueos de la izquierda española.

Diego Díaz

Es historiador.


publicado
2018-12-06 08:00:00

El sketch de Dani Mateo con la bandera ha vuelto a poner de manifiesto la falta de consenso de la sociedad española con respecto a sus símbolos nacionales. El patriotismo constitucional propugnado inicialmente por las fuerzas progresistas en la Transición como una posible alternativa cívica y democrática al nacionalismo español más esencialista y conservador, ha terminado derivando con los años en una suerte de culto acrítico a la Constitución y un arma arrojadiza para cerrar cualquier debate político incómodo.

Tras el 23F y de las multitudinarias manifestaciones celebradas en toda España en defensa de la democracia y de la Constitución, los dirigentes del PSOE y del PCE, preocupados por el ruido de sables en los cuarteles y el auge de la extrema derecha, que crecía a golpe de desborde autonómico y atentado de ETA (casi dos asesinatos por semana en 1980), llegarían a la conclusión de que las izquierdas no podían seguir yendo por la vida sin una cierta idea de España, propia, alternativa, democrática, capaz de contraponer al cuasi monopolio de “lo español” exhibido por las fuerzas conservadoras y la ultraderecha. La izquierda en general, y los socialistas en particular, que se postulaban para ser alternativa de Gobierno, necesitaban desmentir la idea de que querían “romper España”, y por el contrario presentar una imagen patriótica y responsable capaz de ofrecer confianza y tranquilidad a los sectores moderados, partidarios de un cambio progresista, pero también sensibles al alarmismo generado por las derechas con respecto a un proceso autonómico presentado como la antesala de la desmembración territorial.

Otra idea de España, ¿pero cuál?

Socialistas y comunistas habían tenido que dejar en la mesa de negociación con el postfranquismo “su España”, la República federal, para lograr en la Transición una democracia más o menos homologables a las del resto de Europa. Despojados del republicanismo, concrección histórica del patriotismo progresista a la española, un nuevo concepto acuñado en 1979 por Adolf Sternberger “el patriotismo constitucional”, serviría de vaga inspiración para suplir el vacío de una identidad nacional perdida tras 40 años de dictadura franquista y una Transición cargada de renuncias. La idea de las izquierdas sería hacer de la Constitución democrática aprobada en 1978 el referente de una nueva idea de patria cívica, democrática y sensible a la diversidad territorial. En mayo de 1981 el Congreso aprobaba una moción presentada por el PSOE para declarar fiesta nacional el 6 de diciembre, aniversario del referéndum de la Constitución. Las direcciones socialistas y comunistas animarían con motivo de ese día a sus bases a identificarse con la bandera española y a exhibirla orgullosamente en balcones, sedes de partidos, sindicatos y asociaciones de vecinos. Para Felipe González era necesario “rescatar una fecha y un símbolo: una fecha como el 6 de diciembre, día en que se aprobó la Constitución, y rescatar también lo que podríamos considerar el símbolo máximo de la unidad de los españoles, que es la bandera”.

Los esfuerzos de Felipe González y Santiago Carrillo porque sus bases se identificaran con unos símbolos oficiales del Estado tan ajenos a su tradición y cultura política concluirían con unos resultados más bien discretos. Para las bases más combativas del partido comunista una cosa era defender la Constitución por sus avances democráticos, otra bien distinta, sobreactuar con triunfalismo, como pedía Carrillo, en la defensa de un texto que estaba lejos de las expectativas rupturistas que los militantes se habían formado en los últimos años del franquismo. Por su parte, el PSOE, en el poder desde 1982, seguiría haciendo de la defensa del patriotismo una de sus banderas y trataría de reconciliar a la izquierda con la monarquía y la bandera rojigualda.

Sin embargo, este patriotismo se iría alejando durante los gobiernos de Felipe González cada vez más del modelo estríctamente cívico-constitucional. González no sólo pondría sordina a las reivindicaciones autonómicas pactando en 1982 con UCD la LOAPA, Ley Órganica de Armonización del Proceso Autonómico, sino que además abrazaría con entusiasmo algunos de los relatos más épicos e historicistas del nacionalismo español, como el del “descubrimiento de América”. El Gobierno de Felipe González volcaría todas sus energías en hacer del V Centenario del Descubrimiento de América su gran celebración de una década en el poder. En 1987 el gobierno socialista institucionalizaba por Ley el 12 de Octubre como Fiesta Nacional, rechazando la propuesta de IU para que esta fuera precisamente el 6 de diciembre.

¿Qué hacemos con el patriotismo constitucional?

Pese a sus orígenes progresistas el patriotismo constitucional ha derivado en los últimos tiempos en una suerte de neonacionalismo español constitucionalista que idealiza la Transición, destaca sobre todo sus capítulos más conservadores y convierte a la Carta Magna en un pesada arma arrojadiza contra cualquiera que proponga abrir debates incómodos como la la elección del jefe del Estado o la reforma del modelo territorial. Si en 1978 las izquierdas consideraban que la Constitución pactada con las derechas era el punto de partida para una futura profundización democrática que por ejemplo desarrollara el estado autonómico en un sentido federal, el nuevo constitucionalismo de PP, Cs y de una parte del PSOE ha servido y sirve para revestir de un respetable barniz ilustrado y liberal los viejos axiomas del nacionalismo español de toda la vida. La mayor paradoja de este movimiento es que muchos de los herederos de quienes en el 78 se opusieron desde la derecha a la Constitución, han terminado por ser los más acérrimos defensores de la sacralización de su lectura más conservadora.

La débil, o si lo prefieren, incompleta democratización de la idea de España y de sus principales símbolos, monarquía, bandera e himno, es una de las herencias que arrastramos de una Transición con luces y sombras en la que las izquierdas lograron importantes avances sociales y democráticos, a costa también de importantes renuncias. Tanto estos avances como estas renuncias están contenidos en una Constitución con respecto a la que la izquierda transformadora ha oscilado y oscila entre la impugnación total, la reforma y la posibilidad de un desarrollo progresista a partir de sus artículos más avanzados.

Más conflictivo supone el uso de la bandera nacional, que para amplios sectores de la población española sólo se ha naturalizado a día de hoy en el contexto de las competiciones deportivas, mientras que fuera de ellas sigue teniendo una clara significación política, como se puso de manifiesto durante la reciente crisis catalana. La formulación por las fuerzas del cambio de un nuevo patriotismo alternativo, social, feminista y plurinacional, se enfrenta al dilema, casi irresoluble, de con qué símbolos hacerlo. ¿Con los resultantes de una Transición agridulce que incluye una monarquía restaurada por Franco o con los de una II República que remite para amplios sectores de la población española a una experiencia política fallida y al fantasma de la Guerra Civil? ¿Podrá este nuevo patriotismo de la gente acuñar nuevos símbolos para su nuevo proyecto de país?

7 Comentarios
#27473 14:30 10/12/2018

Me parece descorazonador que se piense que España como nación no tiene futuro... si la táctica de la izquierda es cada una por su lado "luchando" por la independencia y la destrucción de España nos queda Vox para rato

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#27568 12:48 11/12/2018

No es que España no tenga futuro como nación, es que España no es "una nación". Si esto no se entiende y comparte entre la gente de izquierda de los pueblos castellanos hay V0x para rato, sí. La unidad de España fue algo revolucionario y emancipador durante ¿diez años? en el siglo XIX. Desde entonces entonces es monarquí y pacto de éltites ladronas.

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#27451 10:44 10/12/2018

Lamentablemente, tanto el nacionalismo catalán como el euskaldun llevan ventaja a este patriotismo izquierdista. Entrado en el conflicto, dudo que haya manera de resolverlo que no sea a través de este mismo y la ruptura de España de una vez por todas. A veces me pregunto porque aún se piensa, des de sectores de la izquierda, que la unidad de España puede tener algun tipo de visión democrática o moderna.

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#27350 15:05 7/12/2018

Es más fácil que todo esto: si los republicanos castellanos quereis ser honestos en vuestro deseo de otra "españa", no os queda más remedio que ayudar a romper. Si españa quiere ser roja, ha de estar rota antes, no hay más. Cuarenta años intentando normalizar la bandera estanquera (aunque es peor ver tremolar la tricolor) y lo único que se hace es reforzar el marco nacionalcatólico. La bandera estanquera nunca será de todos: sus propietarios necesitan al enemigo interno y nunca la compartirán. La llamada 2antiespaña" teme asumir este papel, así que nunxca cambiará nada.

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#27342 11:56 7/12/2018

El republicanismo hace 250 años era revolucionario, ahora no llega ni a reformista. Si no queréis más socialdemocracia constitucional, tomad 2 tazas.

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#27298 10:07 6/12/2018

Abajo la nación!

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#27287 7:15 6/12/2018

Artículo muy interesante e importante cuestión la que plantea. Es más nunca necesario un patriotismo, unos símbolos que aúnen desde un ámbito progresista y laico

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