El ingrediente secreto de la pócima Rufián

Nos montamos en la rufianeta a ver a dónde nos lleva. Sea donde sea, lo que está claro es que aquí no estamos bien
concentración junqueras Rufián
Álvaro Minguito Gabriel Rufián (ERC), a las puertas del Supremo durante la vista sobre la prisión preventiva de Junqueras.
Raúl Royo y David Vila
21 feb 2026 05:45

La rufianeta ha echado a andar. Quizás más con una ambición que con una hoja de ruta. Pero ha agitado el tablero. Posiblemente porque se trata menos de una genial inspiración que de la cristalización, el ponerse de los que tienen voz, cámaras y me gustas, de una idea flotante que orbita y se musita en bastantes espacios, collas y grupos a este lado del Mississippi.

Hoy, en este programa especial, que puedes escuchar completo en la cajita de arriba, nos montamos en la rufianeta a ver a dónde nos lleva. Si lo hemos entendido bien, en su plan A, se busca un programa de mínimos y una sola lista electoral por cada provincia “a la izquierda del PSOE”, de manera que no se “tire” ningún voto y se pueda disputar el tercer puesto a la ultraderecha. Así se maximizaría la tasa de conversión de votos en escaños. El plan A está difícil, pero si algo parece claro es que aquí donde estamos -el plan 0-, no estamos bien.

Una opción intermedia sería alcanzar unas listas únicas, al menos a ojos de la gente, en aquellas provincias donde no haya partidos nacionalistas (no españoles, se entiende) o donde su peso sea desigualmente superior al de los partidos no nacionalistas a la izquierda del PSOE. Es decir, eso no ocurriría en Cataluña, País Vasco o Galicia, pero sí en Aragón, Madrid o el País Valenciano, así como en otros territorios de las Castillas y de Murcia, Extremadura, Andalucía, Baleares y Canarias.

En cualquiera de los dos supuestos de éxito, la hoja de ruta incluye aparcar la rufianeta delante de Televisión Española para que el noi de Santa Coloma sea quien reparta en los debates electorales, lo que equivale, en nuestro mundo post-partidos y por completo mediatizado, a liderar el espacio.

Si esto va a pasar o qué hace falta para que esto pase es ahora el principal foco de discusión. Tanto la prensa de las cortes madrilonesas como las voces políticas autorizadas están en general de acuerdo en que es imposible porque tiene a los partidos en contra, solo que, como dice Lola García, nadie quiere aparecer como quien mata el experimento. Sin embargo, la intersección de debilidades en el PSOE y en los grupos de izquierda abren esta oportunidad. 

Nuestro interés aquí no es adivinar el futuro, sino leer las tendencias que subyacen a este movimiento y pensar qué ingrediente le falta a la pócima. En primer lugar, es evidente el salto desde un enfoque de la unidad caliente o flipado a uno prudencialista, de mínimos o de fusión fría. Siendo esto un buen desplazamiento del problema de la unidad, ya intransitable, tampoco responde a la pregunta principal relativa a cómo se puede gobernar la pluralidad política implícita en estas visiones del país o de la izquierda o de cualquier cosa que se pretende aglutinar. No lo hace el día uno tras las elecciones, pero tampoco los meses anteriores. Sin ese ingrediente, que no puede ser que todo el mundo deje de hacer política para ponerse detrás del señor de cada feudo, el movimiento tiene velocidad, pero no tendría la masa suficiente para constituir un proceso de politización que movilice o pueda torcerle el brazo a las direcciones de los partidos que ahora, simplemente, se lo quitan de encima con un esto no lo veo.

Rufián enunciaba esta oposición partidos–pueblo con un titular brillante a la pregunta de qué apoyos tienes: ningún apoyo político, solo apoyo popular. Este es un nuevo tiempo que requiere mucha innovación para integrar la pluralidad preexistente y sobre todo alojar a los nómadas de todas las razas convocados al campamento flipy del frenteamplismo. Está bien considerar la prudencia, pero sin el ingrediente de un proceso de politización que desborde al actual marco de lo existente, quizás la pócima se quede floja.

En segundo lugar, lo que resulta claro, con independencia del resultado, es que se ha abierto un periodo en el que la oscilación entre las fuerzas del populismo y la tecnocracia ha cambiado. Un momento donde las pasiones no se mueven en torno a debates profundos o a logros institucionales concretos, sino a cuestiones más simples pero entonadas con mayores dosis de dramatismo. Un momento contra la extraña máquina que componen las direcciones y Bluesky.

Este momento populista es un momento paradójicamente cínico, donde se enuncia que el enfoque no es la ilusión o gobernar, sino “ciencia, método y orden” para que el país “se gobierne bien”. En este contexto, se expone de forma franca que no se vota a los o las mejores, sino que se vota a lo suficiente en un marco antifascista de puertas anchas y compromisos laxos. Esta política enteramente útil y postvirtuosa debe resolver en todo caso la incógnita de qué es eso de los mínimos en la idea de “programa de mínimos”, que no son tanto principios programáticos como una lingua franca con la que podamos reconocernos y entendernos tribus muy distintas, no solo para el día después, sino para que haya un día 0 propiamente dicho.

Sobre este blog
Pol&Pop es un podcast donde agitamos en la misma coctelera política, pop y actualidad para intentar entender un poquito mejor el mundo en el que vivimos. Política en serio en tiempos de memes, whatsapp y gifs de gatitos. Dirigido y presentado por Raúl Royo y David Vila.
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