Poesía
Elvira Sastre, un verso claro

La piel de los jóvenes es lisa, es su ánimo el que se arruga. Un poema de Elvira Sastre es una cita menos con el psicólogo. Un respiro. Para ella y sus lectores. De ahí esa comunión que existe entre ellos, océano Atlántico mediante.

La poeta Elvira Sastre
Elvira Sastre, poeta. Daniel Martorell

publicado
2018-07-12 06:00

A la dictadura del algoritmo se le ha colado la poesía. La de esta poeta segoviana de 26 años que escribe versos para aliviarse y propaga vía internet. Su último desahogo lleva por título Aquella orilla nuestra, editado por Alfaguara, del que nos habla en la librería madrileña La semillera. Un libro en el que los poemas son tan gráficos como las ilustraciones de Emiliano Bastita (Emba), el trazo que acompaña a las palabras de Elvira. Palabras que más días son silencio que canción.

Elvira habla más que ríe, y cuando lo hace parece que se quitara un peso de encima. A su rostro le falta el color que ostenta la blusa estampada de flores que lleva. Por eso escribe, para sentirse liviana y no quedarse atrapada entre la distancia y el olvido. Cada uno de sus versos son paladas de remo que le acercan a una orilla compartida.

Esta trovadora del siglo XXI ha enganchado a la poesía a los jóvenes gracias a las redes sociales. Público que entiende sus versos y en los que se ven reflejados. Grupis que compran sus libros y llenan recintos en los que escuchan en silencio recitar a Elvira sus poemas. Versos cercanos, entendibles, con tiempo de sobra para leerlos entre una estación y otra de metro.

¿Quién te introdujo en la lectura?
Mis padres. Desde pequeña les he visto leer en casa, donde siempre ha habido libros. Además, mi padre es maestro de Lengua. Y, supongo, que por motivación propia también.

¿Qué leías de pequeña?
De todo. Devoraba los libros, pero no de poesía. Hubo una época en la que me dio por leer cómics: Jabato, El Corsario, de esos antiguos. Me encantaban sus aventuras. La poesía llegó más tarde, con la adolescencia, en el instituto. Cuando me la enseñaron en clase.

¿Qué poetas recuerdas que te enseñaran en clase?
Bécquer, que es el que te mete en el mundo de la poesía. Cuando leí que hablaba de unos ojos azules y lo entendí, para mí se abrió una puerta al mundo de la poesía. A partir de ahí seguí investigando. La Generación del 27 también me encantaba. Recuerdo que al final del libro de Lengua estaban los poemas y yo me pasaba la clase leyéndolos. Eso fue el cambio.

Leías poesía y la entendías.
Sí, así es. Yo lo veo ahora en las charlas que imparto en los institutos. Veo que los jóvenes, igual que yo en su momento, están muy distanciados de los poetas más clásicos porque es imposible, sin tener lecturas previas, que comprendas sus poemas. Luego no creo que esa sea la mejor manera de acercar la poesía a los jóvenes. Es más efectivo hacerlo a través de una poesía más comprensible, cercana, para desde ahí llegar a los clásicos y leer de otra manera. A mí fue lo que me pasó.

Tus versos se pueden leer en el metro, se entienden.
Escribo la poesía que leo. Para mí, la lectura es ocio y placer. He estudiado la carrera de Filología y me he encontrado con textos que me ha costado entender y luego he descubierto que ahí había algo que merecía la pena incidir en ello. Para mí, la poesía es algo que me ayuda y alivia en muchas cosas, luego necesito entenderla y que no me suponga un esfuerzo excesivo hacerlo. Por ese motivo escribo este tipo de poesía.

¿Cuándo te animaste a escribir poemas?
Empecé a los 15 años escribiendo textos en prosa poética que colgaba en un blog, Relocos y recuerdos. En aquella época nadie de mi círculo leía, ni escribía. Aquel blog era una cosa muy mía. Llega un momento que esas aficiones necesitas compartirlas con alguien. En internet encontré un mundo de gente que le gustaba lo mismo que a mí. Ahí me fui formando y descubriendo a autores que no conocía y que no me enseñaban en clase. En esa comunidad virtual un profesor me escribió un comentario en relación a uno de esos textos míos de prosa poética y me dijo que intentara escribir un poema. Al principio me dije que no podía, que era imposible. Me daba mucho respeto y lo veía como algo muy complicado. Pensaba que me tenía que ajustar a la métrica, a la rima, y a mí todo eso no me iba a dar lo que necesitaba. Probé a hacerlo a mi manera, más libre y sin pensar en la forma. Empecé a escribir poemas y ya no dejé de hacerlo.

¿De haber nacido 10 años antes hubiera sido más complicado dar a conocer tus poemas?
Ante la falta de oportunidades para los jóvenes, las redes sociales han abierto un mundo de libertad para que cada uno haga su proyecto, presentarlo y llevarlo directamente al público sin necesidad de un tercero. Creo que, sobre todo para la gente que se dedica al arte, las redes son una plataforma fundamental. Para mí son imprescindibles.

¿Sientes envidia por parte de poetas de otras generaciones?
Hay mucho purista en el mundo de la poesía que reniega un poco de todo esto, de que la poesía se venda, de que la poesía, de repente, salga de las clases y se entienda, de que llegue a la gente y que esté en los puestos de los libros más vendidos. Eso existe. A mí siempre me han enseñado a relacionarme con gente que me hace bien. Sí que he tenido mucha suerte porque muchos de los poetas que yo he leído, ha dado la casualidad que son grandes personas y me han ayudado mucho en el camino. No me he llevado ninguna decepción de gente que yo admirase y de pronto dijera que no me ayudan o que me echan un poco por tierra. Todo lo contrario. Me han ayudado mucho porque creo que a ellos también les ayudaron sus maestros.

¿Qué te produce más satisfacción, el cartel de “No quedan entradas” en los recitales de poesía o que tus libros ocupen las estanterías de los jóvenes a ambos lados del Atlántico?
La satisfacción es parecida. Lo que me produce mucha satisfacción, lo que me parece como justicia poética para mi yo adolescente, es el hecho de saber que hay gente que nunca en su vida había abierto un libro de poesía hasta que les han llegado, por el canal que sea, mis libros y les han gustado, y siguen leyendo y descubriendo a otros autores de un mundo que les ayuda y alivia. Yo eso no lo tuve, no había nadie tan cercano con quien compartir todo eso. Ahora los jóvenes se van juntos a comprar los libros a las librerías, a la Feria del Libro, etc. A mí eso me hubiera gustado vivirlo de adolescente.

Un profesor me dijo que había puesto como lectura obligatoria uno de mis libros y el 90% de la clase ya lo tenía de antes, algo que no le había pasado en 30 años de carrera

No sé si tienes la sensación de que a la poesía y a la música clásica, desde muy pronto, se aleja de los niños. ¿Se han puesto en contacto contigo profesores para comentarte al respecto de tus libros?
Si uno no tiene un poco de interés, sales del instituto pensando que la poesía se queda en los clásicos. Llevo un par de años yendo a centros educativos a hacer encuentros literarios, acompañada de una amiga poeta, Andrea Valbuena. Recuerdo la primera vez que fuimos. Íbamos muy nerviosas y nos preguntamos qué nos íbamos a encontrar. Poesía y adolescentes, no sabíamos qué podía salir de esa mezcla. Hasta ahora las experiencias han sido brutales. Los profesores siempre se sorprenden. Nos dicen que nunca habían visto a sus alumnos tan interesados en algo. De hecho, una vez, un profesor nos dijo que había puesto como lectura obligatoria uno de mis libros y el 90% de la clase ya lo tenía de antes. Algo que no le había pasado en 30 años de carrera. Con experiencias así yo me he reconciliado con esa juventud porque la veo interesada, motivada. Hay muchos jóvenes que están escribiendo, dibujando, cantando o rapeando, cualquier vehículo de expresión que, al final, vale para desahogarte. Algo que en la adolescencia viene muy bien.

¿Y eso no te abruma, no es una gran responsabilidad?
Lo que ocurre es que yo no lo veo como algo que solo suceda conmigo. Creo que es un fenómeno extendido a la poesía. Lo que importa son los libros, no soy yo. Es posible que mis libros funcionen, por equis motivos, pero lo importante es que no se queden en mis libros, si no que vayan a los de los demás. La verdadera revolución ha sido de la poesía.

¿No te da miedo que tus poemas solo calen entre los adolescentes?
Sí, y es algo que trato de cuidar mucho. Lo que no se me puede exigir con 20 años, que es cuando publiqué mi primer libro (Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo, editado por Lapsus Calami), es escribir como una persona de 60. Obviamente aquel libro era más adolescente. He ido creciendo, adquiriendo experiencias y veo que mis libros ya no son tan juveniles. Lucho mucho para no tener esa etiqueta. He visto que mi público ha cambiado, se ha mantenido, pero aumentado con gente de otras edades y que se dedican a otros campos profesionales, no solo los relacionados con los libros. Veo a mis lectores como un público bastante variado.

Te has convertido en una especie de trovadora, juglaresa del siglo XXI, ¿sigues alguna estrategia SEO a la hora de publicar tus poemas en las redes sociales?
No. No tengo ni idea de publicidad, ni de márketing, ni de estrategias. Cuando empecé a publicar y me registré en Twitter, me hice la página de Facebook porque me lo recomendaron (una persona de la editorial) al tener muchos seguidores que yo no conocía. Yo lo veía como algo pretencioso, “¿adónde voy yo con una página con mi nombre?”, me parecía un poco así, pero es cierto que luego me ha venido muy bien.

En el momento de registrarme en estas redes es cuando empecé a escribir poemas. Ni las marcas, ni las empresas, ni los partidos políticos tenían redes sociales, era todo más a nivel usuario, de la gente. He ido creciendo a la par que las redes, he ido haciendo mi propia marca personal, pero sin seguir una estrategia definida. Lo que sí hago es tener en cuenta el horario cuando publico algo para el público de Latinoamérica.

¿Eres consciente de las palabras que se repiten en tu libro Aquella orilla nuestra? Por ejemplo: pájaro, viento, aire, susurro, mar, ola: libertad, movimiento, ir y venir, ausencia…
No lo soy. De hecho cuando hice la entrevista con El País, por la publicación de La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida, recuerdo que el periodista me dijo que había leído mucha ansiedad, jaula, isla, puerta, Ese libro fue fruto de una ruptura bastante fuerte emocionalmente para mí. Lo escribí prácticamente en tres meses. En aquel momento me sentía muy atrapada. Mi casa era una jaula y yo estaba con una necesidad de salir brutal. Por eso la evocación del mar para mí siempre ha sido de libertad. En este último, Aquella orilla nuestra, un amigo que se leyó los dos me dijo que en este se nota que aquello ya lo he pasado y que estoy más tranquila. Mi libro es el reflejo de mi momento personal. Luego no me doy cuenta de las palabras que repito, supongo que estarán en el subconsciente y salen.

¿Cómo has conseguido salir a flote y destacar entre tanta basura digital?
Salí de las primeras y eso fue una suerte. Eso me hizo estar en el momento justo y en lugar adecuado. Claro, también hay mucho trabajo y decisiones detrás. He tenido que decir que no a muchas cosas porque me tomo muy en serio mi carrera. Yo siempre quiero escribir. El poeta Benjamín Prado poeta me dijo que “cada vez que publiques tienes que pensar si en 20 años estarás orgullosa o no de ese trabajo”. Es un consejo que siempre tengo muy presente y he obviado otras cosas para centrarme mucho en mi trabajo.

Elvira Sastre, poesía del siglo XXI
Elvira Sastre, poesía del siglo XXI. Daniel Martorell

¿Se puede decir que has convertido la poesía en algo comercial o eso es mucho decir?
No creo que haya sido yo. La poesía es algo que le gusta a todo el mundo, pero hay mucha gente que no lo sabe. Cuando yo empecé con Valparaíso Ediciones (poemario Baluarte) la imprenta estaba a punto de cerrar y se publicó el libro, que fue un éxito, la imprenta se salvó y pudo seguir funcionando. Esas cosas me las cuentan y me da cierta responsabilidad, hay veces que prefiero no saber ciertas cosas, pero también me alivia. Es bonito saber ese tipo de cosas, aunque ese no sea mi objetivo. Es posible que mis libros hayan contribuido a que se lea y se descubra ese género que estaba un poco infravalorado.

¿Por qué está infravalorada la poesía?
Por lo que decíamos antes, porque la gente no ha ido más allá de lo que le han enseñado en el instituto, a no ser que tuviera un interés propio, como me pasó a mí en su día, que le ha pasado a muchísima más gente de mi edad. Gente con la que ahora yo hablo y me cuentan lo mismo: “A mí me gusta esto pero tuve que investigar por mi cuenta”. Creo que a mucha gente joven le pasa eso mismo, que han encontrado una poesía muy cercana, la que recoge en un poema lo que muchas veces no sabemos expresar. Eso gusta y eso lo recomiendas a un colega, se lo regalas a alguien, y así se va agrandando el círculo.

Da la sensación de que interesan más las vidas atormentadas de los poetas que sus propios poemas.
Ese tormento y el no saber, las preguntas que te haces y que no encuentras respuestas, no creo que se exclusivo de los adolescentes. Como lectora, la poesía me ayuda mucho, y escribirla me sirve más que ir al psicólogo. La poesía para mí es un desahogo brutal. No sé qué haría si no pudiera escribir. Tengo tantas cosas dentro que necesito sacarlas de alguna manera. Cuando lees poesía ocurre eso mismo, creo. Hay experiencias que te cuestan más que otras digerir y en ese caso la poesía te proporciona alivio.

¿Cómo es el proceso de escritura de tus poemas?
No sigo ninguna teoría, ni nada específico. Simplemente cuando me llega el momento y hay algo que me emociona, me conmueve de alguna manera, siento como un nudo en la garganta y tengo que sacarlo. De hecho, si la inspiración me llega tengo que parar lo que estoy haciendo en ese momento y escribir. Si no lo hago se me queda ahí dentro y me atraganto. Es algo físico.

¿Cuándo se te aparecen más veces las musas, en los momentos de bajón o en los de subidón?
Depende un poco, aunque es cierto que la tristeza te ofrece más cosas que contar. Cuando lo estás (triste) te preguntas por qué y de ahí salen muchas cosas. Cuando estás contento lo estás por un motivo y es algo efímero. La tristeza se puede alargar más en el tiempo. La tristeza me ha ayudado más en esos momentos porque para mí la poesía es como un desahogo y, a lo mejor, cuando estoy feliz no necesito desahogarme.

Parece mentira que el dolor se pueda convertir en belleza.
Si lo piensas con ese planteamiento, te das cuenta de que si lo escribes no hay nada que te pueda doler tantísimo que no puedas ni hablar de ello.

¿La poesía se parece más a una terapia o a una confesión?
Para mí siempre ha sido una terapia. Muchas veces me preguntan que si no me leyera nadie si seguiría escribiendo y respondo que no escribo para nadie. Lo hago para mí. Ha dado la casualidad que a la gente le gusta lo que escribo y yo lo comparto porque también lo necesito, sacarlo y dejarlo fuera. Mi lugar de compartirlo en vez serlo un cuaderno en un cajón es internet, porque siento que va a estar más lejos y yo me libero más. Aunque eso es secundario, lo principal es sacármelo de dentro y quedarme tranquila.

¿La poesía son preguntas o respuestas?
Siempre digo que son respuestas a preguntas que desconocemos y que no nos hemos hecho todavía. De repente escribes y te sale algo y te dices, “joder, si es que esto es verdad y no me había parado nunca a pensar en ello”.

¿Tus poemas son más abstractos o exageraciones?
No suele haber mucha exageración. Depende del libro, del poema o del momento en el que yo esté, pero no ha habido ningún poema en el que exagere. Cuando me pregunta la gente joven que les dé un consejo siempre digo que aunque lo que cuenten sea mentira que lo hagan de verdad. Que les salga del corazón y que sea algo puro. La exageración no tiene cabida en lo que yo hago.

¿Tus versos son recuerdos o sueños?
No te los podría clasificar en uno u otro. Suelen ser más nostálgicos. En la nostalgia hay evocaciones a sueños que no han pasado y que te gustaría que pasarán.

¿Te consta que hayan leído tus poemas las personas que te incitaron a escribirlos?
Sí, algunas sí.

Es tu particular venganza, un jódete intelectual.
[Hace un ademán de reírse]. A veces, sí. Es cómo me has hecho esto, pero mira al final lo que ha salido de todo esto. Escribo independientemente de lo que me puedan decir o no, porque siempre he dejado claro que es algo mío. Cuando estoy en una relación con alguien, dejo claro desde el principio que si escribo algo de mi pasado no significa que no quiera a la persona con la que estoy ahora. Son partes de mí, que están ahí. Es como cuando te cruzas con alguien y, de repente, hueles a una persona con la que tú has estado hace años y tienes ahí dos segundos de recordar a esa relación y ya. Yo huelo eso, escribo un poema y sigo con mi vida.

¿Alguna vez alguien se te ha declarado escribiéndote un poema? ¿Se lo corregiste? ¿Te tentó hacerlo?
[Ríe]. No, no, ¿te imaginas? Qué mala. No se lo corregiría. Algunas cosas me han escrito. Aunque con faltas de ortografía no se me conquista.

Al menos, sí se te puede escribir un poema que no rime, como los tuyos.
De hecho, evito la rima a propósito. Es mi estilo. Si meto una rima me rompe el poema.

Un poema es mucho del instante, no se alarga en el tiempo; la novela es ficción y la poesía soy yo

Y ahora estás escribiendo una novela, ¿eso es como ponerle los cuernos a la poesía?
[Ríe]. Con la novela realmente llevo tres años. Ya la he terminado, de hecho. Ahora estoy con las correcciones. Mientras escribía la novela hice un paréntesis para escribir el libro de La soledad. La editorial me hizo la propuesta de escribir una novela y tuve la misma sensación aquella de cuando aquel profesor me dijo que por qué no me animaba a escribir un poema. La novela no es mi género, no me siento segura, además, soy muy perfeccionista, necesito mucha seguridad para hacer las cosas, y en aquel momento me dije que no podía ser. Me animaron y me decidí a probar porque puede ser interesante que me desligue un poco de la poesía. También llevaba mucho tiempo solo leyendo poesía y me apetecía volver a la narrativa. Me sentí cómoda y pensé que ese proceso también me podía ayudar a aprender y a mejorar mi escritura en la poesía y descubrir algo de mí que no conocía. Ha sido algo bastante duro, pero satisfactorio.

¿No te asusta que se te dé mejor la prosa y dejes de lado la poesía?
No necesito escribir una novela, no es algo vital como la poesía para mí. Un poema es mucho del instante, no se alarga en el tiempo. La novela es ficción y la poesía soy yo.

¿Y el proceso de escritura de tu novela es muy diferente al de tus poemas?
Nada que ver. Un poema lo puedo escribir en cinco minutos. Si tardo más, si no me sale la frase que busco rápido lo suelo dejar. Si no me sale en el momento considero que ahí no hay nada. Para la novela intenté establecer una rutina de escritura, pero no soy una persona de horarios y de agendas. Funciono de otra manera.

Las promociones te roban mucho tiempo de escritura.
Es parte del trabajo, son cosas buenas y las disfruto. No me quejo. Lo he notado este último año a raíz de la publicación de La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida (editado por Visor), el cual ha tenido un eco entre la gente. Eso es tiempo y espacio que no dedico a otras cosas. He aprendido a decir que no a cosas porque tengo que hacer otras: traducciones, escribir, terminar la novela antes de meterme en la promoción de Aquella orilla nuestra. Tengo muchas ganas de verano, agosto es intocable para mí.

Has jugado al baloncesto y al fútbol, incluso echabas la quiniela.
Dejé de echar la quiniela porque me daba muchos quebraderos de cabeza y lo pasaba muy mal. Al baloncesto jugué de niña, pero me lesioné en la rodilla y lo dejé. Al fútbol también he jugado, pero era muy mala. El deporte lo aparqué un poco. Desde pequeña era muy forofa del Madrid porque toda mi familia lo es y una de mis mejores amigas es la prima de Iker Casillas, entonces, realmente yo era de Iker. Luego me eché una novia que era del Barça y me cambié de equipo, lo que me ha costado mucho. Pero al tiempo lo dejé, me creaba ansiedad echar la quiniela.

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