Poesía
Celia Molina Gómez: “Describir una guerra sería un fracaso del lenguaje”
@BarcenillaLM
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Celia Molina Gómez (1995) es bastante soriana. “Bastante” es un adverbio puntiagudo. Las dudas del desarraigo son alargadas y bajo su sombra caben un montón de viejas, entre ellas sus abuelas, esperando que caiga la primera espiga. La falta de respuestas incomoda y desarraiga, explica. Que no, que no, que no hay duda. En realidad ama Soria, es muy de Soria, solo que una vida entera cabe en un verso de Ángela Figuera Aymerich —nacida en Bilbao y fallecida en Madrid, pasó temporadas en Valencia, Huelva, Murcia y Soria, y visitó Francia, México y la Unión Soviética—: “¿En dónde está la verdad? ¿En la tierra que se queda o en el agua que se va?”.
Molina Gómez es violinista, formada en la Universidad de Artes de Rotterdam (y luego en la Escola Superior de Música de Catalunya). Fue becada por el Real Conservatorio de Estocolmo. También es Historiadora del Arte. Con el violín en posición de violín, que desde fuera siempre parece contorsionismo, ha hecho giras por media Europa, Jordania, China, Palestina… Como poeta y escritora fue premiada en el certamen de creación joven que otorga el Ayuntamiento de Soria (primer premio de poesía, segundo de relato) en 2021. En 2024 fue reconocida por su obra Melocotones y rosas en el premio de poesía de Arte Joven de la Junta de Castilla y León. En 2025 ganó de nuevo el certamen, esta vez con el primer premio de relato. Fue finalista del I Premio Ana Santos Payán de La Bella Varsovia, impulsado por la entonces editora del sello, Elena Medel, junto a la poeta Luna Miguel, hija de la también editora a la que el premio rinde homenaje.
En esta entrevista, Molina Gómez habla de la poesía como un quehacer que nace de la sed, la pregunta, la sospecha y la espera. Eso es exactamente lo que siente una niña cuando mira a su alrededor y sabe que no puede entenderlo todo e incluso así intenta encontrar una verdad colectiva para todos los seres —animalillos y árboles incluidos— que quedan enmarcados en el mismo paisaje.
Y el muro escapa de la hiedra es como decir “Al final, muere”. Por cierto, Al final, muere es el título de una novela de una poeta también castellana, en este caso vallisoletana, Paula Aguirrezabala. A lo que iba: Y el muro escapa de la hiedra es decirle al lector cómo acaba la historia. Es verdad que esto es un poemario y no importa destripar el final pero… ¿me explico? Al final, el padre, tu padre, quien sea, sigue “soplando la tripa de un pájaro preparado para el viaje”, como escribes.
Puede ser. Veo estos poemas como pequeñas adivinanzas, pequeños cuentos. Por eso recojo tanto de la narración oral, sobre todo de mis abuelas y de las gentes del pueblo. En esa adivinanza o cuento, no sé si al final muere, quiero pensar que no, que llevo a la gente a un lugar más esperanzador, pero sí mantengo hasta el final la atención en lo pequeño: tengo un pájaro y, de repente, con dos gramos, está preparado para hacer una migración de yo qué sé cuántos kilómetros. Es importante que nos fijemos en el color amarillo de la tripa de un pájaro, aunque no sea un gran statement filosófico. Yo qué sé.
La primera vez que te leí, hace ya muchos años, decías sobre este poemario que escribirlo era una forma de hablar con tus abuelas. Aquella primera vez de la que hablo fue cuando La Bella Varsovia tuvo el ojo de escogerte como finalista del I Premio Ana Santos Payán, en recuerdo de la editora. Finalmente el jurado concedió el premio a Juli Mesa, también con mucho ojo. Allí, en una antología de finalistas, estábamos junto a Aurora H. Camero, que se llevó el accésit, y Paula Melchor, poeta consagrada, entre otras. ¿Has conseguido, finalmente, entablar esa conversación con Goya y Esperanza?
Al principio lo intentaba de una forma más inocente, de final de ciclo, de ya dejo de ser nieta, pero ahora creo que la conversación se ha ampliado y trato de hablar con todo lo que rodea a las propias conversaciones. El paisaje no está ahí, pasivamente. ¿Cómo me he representado, cómo conversa conmigo ese paisaje, esos sonidos, esos olores? Creo que la poesía es un ejercicio de escucha. En estos poemas me doy cuenta de cómo se le puede cantar o cómo se puede contar un paisaje destrozado, abandonado. Hay mucho de regresar y ver cómo las iglesias se están cayendo. Bueno, la cúpula abierta me deja ver el cielo. La poesía es una conversación que se extiende.
La poesía tiene que invocar voces de cualquier dimensión. Todo lenguaje en movimiento tiene que cruzar dimensiones. Con tus muertos, con los no natos, con los bosques…
Hablo con ríos. Con ríos contaminados. Y trato de averiguar cómo esos ríos tienen relación con mi piel.
Pero también voces como las de un coro formado por las mujeres de un pueblo.
Sí. Grabé los cantos del coro de mi pueblo [Borobia, Soria] en el funeral de mi abuela el pasado verano. Esas voces crean un lugar de encuentro y despedida.
Aunque cruce dimensiones, el lenguaje no lo puede todo. Explicas que hay palabras que murieron con tu abuela. Pienso todo el rato en lo tonto que fui no transcribiendo todo lo que decía la mía. Ahora tendría muchas respuestas. Nunca habló sin tener la verdad y la razón, y nunca, creo, quiso tener ni una cosa ni la otra.
Me pasó con una y, al perderla, me di cuenta y empecé a grabar a la que me quedaba. Aunque ahora me pregunto si aquella voz me pertenece.
Recuerdo ir con mi abuela a la cama. Se acordaba de todas sus hijas y nietas y las nombraba antes de dormir. Ahora pienso que no hay nadie que, antes de dormir, repita mi nombre
¿Qué recuerdas de ella?
La receta de patatas a la importancia. ¡Cuánto me estaba diciendo con ese plato! Se la pedí un día, y años más tarde otra vez. Ahora puedes ver cómo las cataratas hicieron que cada vez escribiera la letra más grande aunque la receta no cambió. Esa receta es como una oración. Una oración para un alimento. Y luego darle 200 vueltas, o las que tu quieras, para saciarte. También recuerdo sus soliloquios. E ir a la cama y sus “Cuatro esquinitas tiene mi cama”. Y de repente, se acordaba de todas sus hijas y nietas y las nombraba antes de dormir. Ahora pienso que no hay nadie que, antes de dormir, repita mi nombre.
La poesía es otra forma de oración.
Es elevar a símbolo todo lo que te rodea [aquí cita de memoria a Fermín Herrero, reconocido poeta soriano que escribe el prólogo]. La poesía como… ¡como un altar! Y las palabras como ofrenda. Todo lo que te rodea merece ser parte de tu ejercicio sagrado, ¿por qué no? Esta es mi manera de rezar a través del lenguaje.
¿A la poesía se le puede preguntar cosas grandes?
Se le puede preguntar, pero no se le debe exigir, porque se estaría colocando a la poesía en un lugar que no le pertenece. La poesía es una búsqueda muy muy muy grande.
A la poesía le estamos preguntando pocas cosas, ¿puede ser? ¿Quizá solo contesta cuando le preguntamos por nosotros mismos?
Ha tenido mucho peso el testimonio, la poesía como testimonio. Creo que esta forma de hacer ha marcado un poco el camino. Propongo una forma diferente de conversación y pregunta, porque si quisiera representarme a mí misma no escucharía lo que está pasando a mi alrededor.
Tú no siempre le preguntas por ti. Le preguntas por las rocas, los ríos, los jilgueros, la lluvia torrencial; le preguntas por los hombres enfermos de trabajar; le preguntas por el pan y los panaderos, por la memoria, por la música y las matemáticas; le preguntas si eres una buena hija, una buena nieta, una buena niña, una buena mujer, una buena persona. Estás como en segundo plano.
Supongo que hay un decir “vale, este paisaje, este territorio, existe. Esta niña ha crecido aquí, ha crecido en este momento. Y esa niña ha decidido dedicarse a la observación y la escucha”. Estar en un segundo plano a veces te da las respuestas mucho más claras. En vez de buscar “tu verdad”, escuchar a tu alrededor con sospecha.
Te preguntas sobre el arraigo y el desarraigo. Te fuiste de Soria, sientes el peso de vivir lejos, aunque regreses habitualmente. Eres y serás la niña que se fue. ¿Es así como lo sientes?
Sí, pero esa niña, de haberse quedado, también hubiera sentido el desarraigo de sentirse incómoda en el lugar... Esa niña a veces no encuentra las respuestas. No encontrar respuestas te desarraiga. Y supongo que cuestionar tradiciones también hace que tengas la sensación de que no hay hueco, de que por cuestionarlas no tienes tanto derecho a pertenecer. Ahora son las fiestas de San Juan, las más importantes de Soria, y un sentimiento contradictorio aflora cuando suceden. Por una parte, tienes todos los recuerdos más tiernos con tus seres queridos, tu adolescencia dicharachera, despreocupada, y de repente te ves a ti misma divirtiéndote rodeada de maltrato animal y siendo parte. A la vez ves tradiciones hermosas en esos días, toda la ciudad yendo a la orilla del río Duero a merendar un bocata, todo está mezclado y cuesta verlo con claridad y distancia. Creo que mucha gente comparte este sentir, pero pesa más el pertenecer que el cuestionar el cómo se llevan a cabo unas fiestas, qué tradiciones queremos seguir teniendo y cuáles queremos cambiar o empiezan a estar obsoletas, a pertenecer más al pasado, creo que es importante pensar en cómo serán las tradiciones del futuro, que, ojalá, tengan hueco para todo el mundo.
Sigues preguntándote todo.
Soy la niña que era, sí, cuestionándolo todo. Una pesada. La niña sigue preguntando y sigue encontrándose con el muro.
Para mucha gente eres una forastera: la niña preguntona que se fue.
Soy la niña preguntona que se fue y que cada vez que vuelve sigue sintiendo la incomodidad y también el reconocimiento de esos páramos y el placer de seguir bañándome en el río Duero.
Compartes la culpa. El lugar tiene tanta responsabilidad de que te fueses como tú misma.
Joder, pero es mi paisaje: no hay ninguna playa en el libro, solo un río, y eso significa mucho para mí.
Perdona que insista y siga preguntando sobre la pregunta en tus poemas. En uno escribes cómo la lluvia llega a un pueblo seco “buscando algo que llevarse a la boca” y dos mujeres “lanzan piedras al río para medir su profundidad pero las piedras les son devueltas a sus manos como si fueran palabras abiertas”.
Las piedras atestiguan. Sirven para ser lanzadas. Te pueden ser devueltas, las piedras, eh. Pueden causar heridas. Y, claro, sirven para medir la profundidad. O para afilar. Paul Celan hablaba de tallar una piedra como un árbol [Está citando el poema “Un granito de arena”, de Celan, que empieza: “Piedra que te tallé / cuando la noche asoló sus bosques: / te tallé como un árbol].
En tu libro hay un poema que lleva como título “El culto a las piedras”. Háblame de esas piedras extrañas y esa forma de palmera de aquel pilar de aquel templo perdido. Hay gente que aún no conoce Soria y tiene lugares que no tienen explicación.
Es un poema sobre la ermita de San Baudelio de Berlanga. ¡Es mozárabe! Tiene, o tenía, pinturas exóticas, entre ellas un elefante cargando un castillo. En el pueblo utilizaban el lugar para guardar el ganado. Unos marchantes de arte estadounidense llegaron, con otra mirada, y se llevaron muchas piezas. Un expolio. Esta es otra forma de hablar de colonialismo.
El fracaso del lenguaje toma distintas formas: puede ser que llegue yo a describirlo, desde fuera, o que llegue una empresa a plantar centros de datos, destrozándolo todo
Y casi no se conoce… Por cierto, ¿la descripción es un fracaso del lenguaje? Perdón por sacar de contexto tus versos.
Yo le canto al silencio.
¿Cómo? En un poema escribes: “Las abejas no salen de la colmena, / la niña les trajo una caja de lava para pasar el invierno. La descripción del paisaje / es un fracaso del lenguaje, / me acurruco en la barca / y empiezo a remar, / hay una casa con la lumbre encendida / en el fondo del río”.
Yo le pido al lector que las cosas no se describan. Ir al lugar o escuchar a las gentes que están allí es mucho más respetuoso. El fracaso del lenguaje toma distintas formas: puede ser que llegue yo a describirlo, desde fuera, o que llegue una empresa a plantar centros de datos, macrogranjas, destrozándolo todo.
El silencio, entonces, contra la descripción y contra la extracción.
¿Y si nos callamos un momento a ver qué pasa?
Vamos a pasar sed, a ver qué pasa. Trazas una línea de puntos entre la sequía, el agotamiento del paisaje y de la palabra, y la sobreabundancia aparente de paisaje y de palabra. De hecho, literalmente, escribes: “La abundancia hizo crecer las nubes / al ritmo que secaba los ríos. Las vacas, temblorosas, se acercan al río para saciar su sed, / me preguntas: ¿para qué sirve la sed?”. Eso, ¿para qué sirve la sed?
Mmm. El arte es la sed en un mundo utilitarista de optimización y productividad.
“Bueno es saber que los vasos / nos sirven para beber; / lo malo es que no sabemos / para qué sirve la sed”. Es el proverbio de Machado.
Esta bien preguntarse para qué sirve la sed y no tener una respuesta.
¿La sed es buscar la respuesta sin creer siquiera que vas a encontrarla?
En un funeral, ¿cómo vas a despedirte haciendo un excel? La sed ahí es la necesidad de despedida.
La sed es la pregunta, la palabra abierta.
Es que la sed, de vez en cuando, hay que calmarla. Por eso la poesía.
Hay un epígrafe en tu libro que te he oído desmenuzar en una de tus presentaciones, en la de Barcelona, en Crisi, que está compuesto por un par de versos de Ángela Figuera Aymerich (una de las poetas del desarraigo), que dice: “¿En dónde está la verdad? ¿En la tierra que se queda o en el agua que se va?”. ¿La verdad nos la llevamos o queda atrás?
No tengo ni idea [ríe]. Esa es la respuesta…
[Río]. Vale, en primera persona. ¿La verdad me la traje conmigo o quedó allá?
Depende, depende. Igual, dentro del río, te digo… no sé… ahora aquí, al lado del mercado de Sant Antoni te digo… No sé, yo qué sé, es como… Ahí vivimos, ¿no? En esta pregunta se puede vivir toda una vida.
¿Y en este momento?
[ríe]
¿Quizá la verdad está en el camino… o a medio camino? No, a medio camino no tiene sentido.
En el camino, sí. O en la sed.
A veces no queremos ver las capas muertas, pero están ahí. Toda la herencia. Todo el agua del río. Todo ello, de alguna manera, en mi cuerpo. Y mi cuerpo estará en el río. A saber dónde está mi cuerpo en esas aguas
Y en la sed.
¿Qué de lo que soy es por lo que soy aquí y qué de lo que soy es por lo que soy de allí? Son capas. A veces no queremos ver las capas muertas, pero están ahí. Toda la herencia. Todo el agua del río. Todo ello, de alguna manera, en mi cuerpo. Y yo estoy en ese cuerpo, que es agua. Y mi cuerpo estará en el río. A saber dónde está mi cuerpo en esas aguas.
¿De dónde te sientes?
Bastante de Soria. Hablo de Soria, y ese es mi paisaje.
“Bastante”. Pero llevas años fuera.
Estic molt bé aquí. Está bien escribir desde otros paisajes. Te haces preguntas diferentes.
¿Ya han pasado suficientes años como para que cuando te preguntan de dónde eres te entren las dudas?
Bueno, no sé, no tengo dudas de dónde soy… En realidad la pregunta es problemática...
Totalmente.
Hay gente que no tiene raíces. O no las siente.
En este mundo donde la gente sale de sus países o ciudades de forma traumática…
Aquí te pueden preguntar de dónde eres, en cambio en Palestina me preguntaban qué significaba mi nombre.
O el día de la semana en el que has nacido, en vez del día… Vuelvo al cuestionario. Has participado en una prospección de víctimas de la guerra en Soria. Castilla es tan grande que le permite ser aquella frase de Delibes “Si el cielo de Castilla es tan alto, es porque lo levantaron los campesinos de tanto mirarlo” y a la vez ese verso tuyo de “Removimos la tierra / y el peso de los huesos hizo temblar al río”. En otro poema, más explícitamente, pintas de color verde una cuenca de un ojo, señal de contacto con materiales metálicos, como una bala. ¿Qué es el bache de los muertos donde el trigo nace con un verde más vivo?Fue en La Riba de Escalote [en esta zona se han encontrado cuerpos en varias exhumaciones, en 2019 y 2026]. Así tal cual lo decía la gente del pueblo. De las balas, una cuenca de ojo verde por el plomo que el disparo dejó. Me acuerdo del discurso de ingreso de Delibes en la RAE, plenamente vigente, donde decía que en los pueblos, cuando no quede gente, ¿qué pasará con ellos? El chopo seguirá ahí, pero ya no será el chopo de tal o cual vecina. La relación con el pasado pierde la viveza. Dentro de poco ya nadie sabrá dónde estarán los muertos.
La gente que vivió aquello está muriendo.
Y esto, a la vez, habla de parte de un momento de la historia forjado a base de silencios.
¿Cómo es una prospección?
Hay que ir. Describir una guerra sería un fracaso del lenguaje. Estás limpiando los huesos y de repente coges la mirada de alguien. En un poema escribo que es a través de los huecos que miramos el mundo. Cuando miramos este paisaje puedo decir que estoy aquí pero como parte de algo más grande, de un colectivo.
Por cierto, los campesinos ahora muertos son los que mantuvieron amarillento el paisaje y dieron pan y alimento a muchos cuando había hambre, pero aquellas mujeres que tejían, cocinaban, no dormían, sostuvieron a esos campesinos como si fueran sus hijos, y también a sus hijos. Perdona por recurrir a otro verso tuyo: “ellas inventaron el río para que pudieses cruzar el puente”. ¿Te sientes en deuda?
Mi abuela se juntaba con otras mujeres a coser de noche. Con ese gesto, ese trabajo, ya estaba sosteniendo el pueblo. Cuando querían despedir a alguien, se reunían a cantar las mujeres. Era su cometido. No cantaban los hombres.
Cualquier extracción de recursos puede dejarte sin voz. Eso es lo que quiero decir. Esa abundancia prometida te impedirá cantar
En tus poemas hablas de unos hombres de otro pueblo que tienen una especie de botón en la garganta y todos tienen la misma voz mecánica. “La minería a cielo abierto / dejó a los hombres convertidos en páramos”.
Para mí, como niña, eran unos botones aunque probablemente era la secuela de un cáncer en la garganta. Cualquier extracción de recursos puede dejarte sin voz. Eso es lo que quiero decir. Esa abundancia prometida te impedirá cantar.
¿Es cierto eso que dicen las malas lenguas y tus poemas, que hay viejas y viejos (pero sobre todo viejas) que no sienten ni frío ni calor, y que solo se abrigan cuando por fin contemplan la primera espiga caer?; ¿y es cierto también que, cuando llega el verano, ya están pidiendo la vuelta del invierno?
Se juntan la dureza de esas pieles que han pasado por las dificultades de la supervivencia y una perspectiva de futuro más amplia que la nuestra. Será un invierno duro, así que durante el verano nos preparamos, porque igual no tenemos cómo abrigarnos. Es esperar observando.
¿Observabas a tus abuelas ser mujeres más allá de su papel como abuelas?
Paseaba con ellas. Pero tampoco hablaban mucho. Un poco de noticiario y mucha caña. Goya era muy gamberra. A veces nos creemos que las abuelas son dóciles y no… Pero sí, me encantaba estar rodeada de señoras. Creo que de pequeña era vieja y ahora soy niña. Todo mal [ríe].
¿Quién era Esperanza?
Una mujer de Borobia que enviudó a los 30 años, cuando mi madre tenía seis meses. Se había casado a los 25. Mi abuelo había empezado a crear un cine, el cine del pueblo, Cine Gómez. Y tenían una tienda. Estaban trabajando todo el santo día. Mi abuelo dijo: “Que estudien las niñas”. Era uno de los únicos cines de la zona. Le pregunté mucho a mi abuela por el cine y me contaba cómo iban a otros pueblos con la máquina del cine montada en el burro. No sé mi abuelo, pero mi abuela no era cinéfila. El cine era trabajo. Hace unos años, en una exposición de homenaje al cine proyectaron ¿Dónde vas Alfonso XII?. La imagen increíble fue ver a mi abuela y otras mujeres del pueblo viendo la película y balbuceando en silencio los diálogos, porque se los sabían.
¿Y Goya?
Una madre de seis hijos con un horno en casa, eran panaderos y en su casa siempre había música, estaba todo el día cantando, desde la “Camisa negra” de Juanes hasta las sanjuaneras [canciones de las fiestas de San Juan de Soria].
¿Y ahora cuál es tu relación con el pan?
Vengo de una familia de no sé cuántas generaciones de panaderos. Mi generación es la que ya no ha seguido el camino. Mi relación con el pan es una relación un poco extraña porque, claro, he visto el sufrimiento y agotamiento que supone trabajar doscientas horas al día. Durante la guerra, a mis abuelos por parte de padre les perdonaron la vida a cambio de pan blanco. El pan como moneda de cambio. Pero… el olor a pan y panadería es como el olor a casa. Iba mucho con mi padre en la furgoneta a vender pan por los pueblos que no tenían panadería cuando era niña y supongo que eso es la poesía, repartir el pan.
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