El problema de la guerra y las vías de la paz. La urgencia de un nuevo pacifismo agresivo con ambición de paz

Para evitar que el pacifismo se limite a minorías o se convierta en una apuesta vanguardista más, la agenda alternativa debe penetrar en la sociedad, modificar alineamientos y desbordar al poder
laberinto daniel dalea
Fot.: Daniel Dalea Licencia Unsplash
9 ene 2026 08:00

Los recientes acontecimientos geopolíticos, caracterizados por la expansión del militarismo y la normalización del recurso a la violencia armada como instrumento legítimo de la acción política estatal, han puesto en seria tela de juicio la viabilidad del constructo de paz jurídica liberal que ha caracterizado los discursos oficiales, sus retóricas y promesas.

Esta concepción, defendida por teóricos del derecho internacional y del pacifismo institucional como Hans Kelsen y Norberto Bobbio, se basa en la primacía de las normas y las instituciones multilaterales y su papel ético para contener los peores impulsos belicistas. Sin embargo, y a pesar del desarrollo del derecho internacional surgido de la inspiración de estos, la persistencia ininterrumpida de la guerra, el intervencionismo militar y la primacía de la fuerza ejercidos de forma persistente por las distintas potencias (principalmente EE.UU y sus aliados, pero no sólo) cuando han tenido capacidad y oportunidad para ello, revela la insuficiencia estructural de este enfoque frente al realismo político, cuya vigencia parece confirmarse en la máxima del (ahora reactualizado) Carl Schmitt de la dialéctica amigo/enemigo y la preconización del reparto de “grandes áreas” (grossräume) de poder excluyente que aquel proponía para la construcción del orden internacional nacionalista.

La retórica del “Orden Internacional” y la Violencia estructural

Resulta particularmente revelador el uso retórico del concepto de “orden internacional” por parte de líderes de los estados y su cohorte de diplomáticos para justificar su intervencionismo- Ya sea el grosero de Donald Trump, el más discreto de la UE y sus más de 40 intervenciones militares desde 2002, el de la rusia postsoviética, el de Israel o cualquier otro que pongamos en el punto de mira, todos ellos  actúan, según su propio relato, respetando y en defensa del orden internacional y de la legalidad más estricta.

Nos surge una pregunta fundamental ¿A qué parte del orden se refieren?

El análisis sugiere que el “orden internacional vigente” opera como una moneda de dos caras: una fachada de retórica formal (la “zanahoria” de las declaraciones solemnes) que legitima los intereses discursivos de las grandes potencias, y un orden subyacente de hegemonía (el “palo”) que consagra el ejercicio del poder efectivo, descarnado y violento de estos.

El resultado es que el consabido orden internacional liberal que hemos vivido hasta el presente  ha demostrado una incapacidad manifiesta para cumplir sus propias promesas de paz, que ha quedado reducida a la fosilización de una paz fría que es, en esencia, paz armada, preparación de la guerra y guerra por otros medios. Justo el escenario de horror del que aspiraba la humanidad a liberarse según la Carta de Naciones Unidas.

En este contexto, la guerra —disfrazada bajo eufemismos como “humanitaria,“ ”justa“ o ”especial“— se perpetúa como la forma de hacer la política. Y una forma descarnada que desvela su razón última: la dominación-violencia estructural (usamos la acepción de Johan Galtung) y la lógica de violencia rectora (la que yo mismo he acuñado en un reciente libro), tan intrínseca al capitalismo financiero global como el petróleo y los recursos estratégicos que motivan gran parte de los actuales movimientos geoestratégicos de principales potencias preponderantes.

Y por ello, confiar la apuesta por la paz exclusivamente a normas, Estados y organismos como la ONU y otros de similar pelaje equivale a reproducir la lógica de la guerra por otros medios y afirmar la insuficiencia e incompetencia de ese derecho internacional como vía para la paz.

Del pacifismo jurídico a la Paz positiva: el imperativo societal

La crisis del modelo institucional nos obliga a abordar el problema de la paz y las vías de su construcción desde una perspectiva diferente: la necesidad de la agencia societal y popular que la impulse (y que impulse “otra” paz) y la rescate del diabólico juego de tronos de los poderosos.

El filósofo del derecho Norberto Bobbio, influenciado por el propagador de la noviolencia en Italia Aldo Capitini, ya advertía que la idea kelseniana de paz jurídica que inspiraba gran parte del derecho internacional vigente requería un complementario empuje social para ser tomada en serio.

Los Estados, en el mejor de los casos, se confinan a lo formal-retórico y a lo superestructural y -de mi cosecha- son incapaces de construir una paz con contenidos (aunque se trate de una paz meramente negativa) y con tutelas sólidas (y no de juguete) frente a sus propios desmanes y los de un mercado y sus poderes descontrolados y desvinculados de la apuesta por la paz.

Bobbio distinguió el pacifismo jurídico-institucional del pacifismo social, urgiendo la ”actoría“ de la sociedad civil contra las desigualdades internas que son, a menudo, generadoras de conflictos globales. Esta intuición es hoy más evidente ante la claudicación y delegación irresponsable de esa misma “sociedad civil” de la  tarea de “construcción de la paz” en manos de Estados que impulsan una remilitarización profunda.

El modelo kelseniano-bobbiano no incurre (o no solo) en un error teórico de diseño, sino, por encima de ello, en una insuficiencia metodológica al invertir el orden constructivo; al partir de instituciones ideales y universales, soslaya las capacidades reales y las contingencias históricas de las comunidades, construyendo la casa por el tejado en un mundo atravesado por desigualdades materiales.

Y ello sin contar con que, como nos ha dicho otro teórico del derecho, en este caso Luigi Ferrajoli, una paz y un derecho internacional sin efectivas garantías y medios de tutela con capacidad efectiva de hacerse respetar (y no sólo por los estados, sino también ante poderes fácticos salvajes) es una “paz vacía”, que hace un pan como unas hostias (la cita no es literal).

Por el contrario, una paz que no sea mera retórica, mero deseo idiota o sin contenidos, no puede ser la consolidación de un mero statu quo de terror basada, como mucho, en una visión limitada de la paz a la contención y la ausencia de guerra (paz negativa en la terminología al uso), sino aspirar a construir una Paz Positiva que implique la erradicación de las violencias estructurales y culturales que atraviesan nuestro orden global y que potencie la construcción de las capacidades humanas y el cuidado de los principales aspectos de nuestra interdependencia y ecodependencia para garantizar la supervivencia en condiciones de dignidad humana y respeto y florecimiento de la vida del conjunto del .planeta.

Desplazamientos analíticos y estratégicos

En mi opinión el contexto actual de paz fría impone un cambio de paradigma en la forma de concebir el pacifismo y ello, queridos y despistados amigos de las izquierdas suspirantes, que en el presente seguís apelando al rollo del respeto del derecho internacional o a las apuestas de desarme, nos concierne porque, cuando menos, debemos cambiar de paso, de ambición, de agenda y de rollo.  ¿O cambia algo cada vez que ante la enésima tropelía del canalla de turno pedimos “el respeto del orden internacional” cual panacea y tabla de salvación, soltamos adrenalina y frustración por la boca contra el imperialismo yanki (que no parece perturbarse por ello), hacemos rogatorias por el “desarme” (¡amén!), o llamamos a la sociedad a que se concentre para mostrar su repulsa, sin otros elementos de agenda más disruptivos o centrados en parar las condiciones de posibilidad de ese régimen de guerra permanente?

El marco tradicional de contención de la guerra mediante el derecho internacional y sus  mediaciones interestatales ha sido desbordado por una remilitarización estructural que nos convierte en rehenes y colaboradores pasivos de sus lógicas (empezando por el fatalismo de creer, como “ellos” quieren, que esto no tiene arreglo, siguiendo por la aceptación pasiva de la producción de las armas y tecnologías con las que se prepara la guerra, y siguiendo con la aceptación de modelos de vida perfectamente alineados con la aplicación de la violencia-dominación a casa aspecto de nuestra propia vida y a la asunción de múltiples “micromilitarismos” en nuestra perspectiva cotidiana).

Precisamente por eso estamos obligados, en cuanto que articulaciones y activistas “por la paz” a provocar ciertos desplazamientos fundamentales para responder al actual “problema de la guerra y de las vías para la paz”:

1 .      Redefinición de la Ambición Pacifista: Transitar desde la Paz Negativa (ausencia de guerra o preparación bélica) hacia la Paz Positiva. Esta aspiración debe ser multiabarcante, capilar, transversal y estructural, incorporando y cruzando saberes con el feminismo, las luchas anticoloniales, el ecologismo social y el anticapitalismo.

2.       Relecturar los Escenarios y Estrategias: Abandonar la unilateralidad y hasta la prioridad de las reclamaciones del desarme como único argumento y la confianza exclusiva en la paz institucional. Se debe enfatizar la resistencia a la guerra y a su preparación (también aquí), la desmilitarización y el transarme societal y cultural (la transferencia de recursos del complejo militar a la seguridad humana y el empoderamiento de la sociedad para resolver mediante sus luchas y capacidades los desafíos a la seguridad humana, tanto de índole militar como de cualquier otro).

3.       Activando otras agencias de lucha política que den prioridad al compromiso directo y sin delegación frente a lobbis, expertos, diplomáticos y otros lobos: Priorizar la agencia social y popular, las articulaciones de lucha y el empoderamiento social por encima de los actores estatales, oficiales e institucionales.

4.      Relectura de las Metodologías Políticas: Pasar de la delegación y la apelación a la cordura de nuestras medidas a una articulación de activismos desde abajo agresivo, noviolento, insurgente, empoderador de la sociedad, más centrado en la preparación de la guerra en la lucha contra las violencias (estructurales, cultuales, sinérgicas) y en las agresiones contra la seguridad humana y ecológica que en el propio hecho episódico de guerra y de verdadera confrontación con los enemigos de la paz.

Transiciones y pasos que represento en el siguiente cuadro:

cuadro 1 rois

El Nuevo Pacifismo: Resistir, Construir, Transformar

El urgente provocar estos cambios en nuestro pacifismo, para pasar de su tradicional enfoque “oficial” (centrado en la paz oficial y en las preocupaciones legales e institucionales), no alternativo y jurídico a “no oficial”, alternativo, social y estructural.

Esto implica enfatizar y articular al menos cuatro grandes campos de lucha :

A. Resistencia incondicional al militarismo

La resistencia debe ser activa frente a las guerras y su preparación, tanto en los centros de poder (“aquí”) como en los territorios donde se libran (“allí”). Esto incluye:

  • Apoyo sistemático a desplazados de las guerras, desertores de ésta o de los ejércitos, objetores y articulaciones de enfrentamiento con el milititarismo y sus intereses y desmilitarizadoras.
  • Negativa a colaborar con cualquier prestación, tanto personal como colectiva y social —económica, laboral, académica, cultural— al régimen cívico-militar de paz fría y preparación de la guerra.
  • Asumir el antimilitarismo como horizonte y práctica pacifista, integrando la desmilitarización y el transarme (más allá del simple desarme) como sus principales argumentarios y ejes de vertebración y agenda política.

B. Construcción de una Paz positiva y transformadora

Se trata de garantizar la seguridad humana y medioambiental mediante:

  • Prácticas sociales y colectivas coherentes con la paz que se proclama: luchas ecologistas, luchas contra la pobreza, anticoloniales, antirracistas, feministas, por los derechos sociales, etc.
  • Cambios políticos y estructurales de calado, superando las reformas meramente decorativas.
  • Apuestas ambiciosas de transformación de raíz de la violencia rectora que alimenta el sistema-mundo actual.

C. Cambio de rumbo global

El nuevo pacifismo debe aspirar a cambios estructurales, culturales, prácticos y medioambientales profundos y capilares contra la lógica sistémica de violencia rectora..

La seguridad humana y ecológica y el cuidado de la vida deben formar parte de su propia base, por lo que, entre otros:

  • El pacifismo debe asumir la interdependencia y la ecodependencia como preocupaciones centrales en su propia agenda, impulsando políticas de justicia climática y vinculando el pacifismo con el ecologismo radical.
  • El pacifismo debe convertirse en profundamente feminista y afirmar la construcción de las relaciones sociales y políticas desde la afirmación de la lucha contra el patriarcado.
  • El pacifismo debe apropiarse de la lucha por la seguridad humana y ecológica y no solo en la contención de la guerra como tareas de su propia construcción y en la afirmación de los valores y prácticas colaborativas, altruistas empáticas, solidarias y centradas en el cuidado de la vida.
  • El pacifismo debe ser vía de empoderamiento de la sociedad y de construcción colaborativa de prácticas de contraste con el modelo vigente de vida.
  • El verdadero antagonista a confrontar, boicotear, cortocircuitar y derrotar son las estructuras y actores que hacen de la violencia (directa, estructural, cultural) su condición de posibilidad.

D.    Mutación cultural y convivencial

Se requiere consolidar relaciones y prácticas feministas, anticoloniales, comunitarias y de buen vivir, que prefiguren un modelo de Defensa Popular Noviolenta (DPNV).

Esta DPNV debe coordinar y unificar las luchas contra el capitalismo, el racismo, el patriarcado y el colonialismo, buscando la abolición del sistema militar y del militarismo.

E.    La doble hélice de la transformación: quitar y construir poder

El nuevo pacifismo debe articular dos dinámicas simultáneas:

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F. Esta doble hélice se sintetiza en tres ejes de acción política que deben ser los hilos argumentales de una nueva agenda de lucha social:

  • Desmilitarización: Reducción estructural del aparato militar, sus recursos, funciones y legitimaciones culturales.
  • Defensa y Empoderamiento Social: Reconocimiento de la sociedad como sujeto de defensa, articulando metodologías de movilización y organización popular.
  • Transarme: Articulación sistemática de la lógica “quitar poder / construir alternativa,” trasladando recursos, capacidades y legitimidad desde el complejo militar a infraestructuras de seguridad humana y ecológica.
cuadro 3 rois

Conclusión: una agenda para la disputa hegemónica

Para evitar que el pacifismo se limite a minorías o se convierta en una apuesta vanguardista más, la agenda alternativa debe generar la energía política suficiente para penetrar en la sociedad, modificar alineamientos y desbordar al poder. Esto requiere construir una identidad compartida, elaborar un relato aspiracional que combine crítica y esperanza, y definir una propuesta de paz articulable en el corto, medio y largo plazo.

El planteamiento final se estructura en seis objetivos procesuales que buscan: fortalecer la práctica pacifista/antimilitarista, resistirse a la guerra, reorientar las políticas de seguridad hacia la seguridad humana, redimensionar las estructuras de defensa, reestructurar la política de seguridad humana y, finalmente, resetear el modelo de defensa hacia una Defensa Popular Noviolenta que sustituya el sistema militarista de aseguramiento del orden vigente.

En definitiva, estos desplazamientos configuran una nueva agenda de paz positiva: menos confiada al orden jurídico internacional clásico y más centrada en desmilitarizar estructuras, redistribuir poder y recursos, y construir una hegemonía social y noviolenta que dispute, de manera efectiva, la primacía de la violencia y la dominación.

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