Cae Gibraltar, quedan dieciocho muros en la Europa continental

El fin de la verja de Gibraltar no supone, ni mucho menos, la caída de "el último muro de la Europa continental”, como afirmó Pedro Sánchez
Valla fronteriza en Polonia
Valla fronteriza entre Polonia y Bielorrusia (fot: web oficial del Consejo de Ministros de Polonia) CC BY-NC

Europa continental tiene hoy más muros que hace cincuenta años, al contrario de lo que afirmó Pedro Sánchez el pasado 15 de julio, cuando fue derribada la verja de Gibraltar, que dividía el territorio del Estado español con el de Reino Unido desde 1908. No era, ni mucho menos “el último muro de la Europa continental”.

De hecho, hoy, 37 años después de la caída del Muro de Berlín, aquel que los países occidentales denominaron como “Muro de la Vergüenza”, existen al menos dieciocho muros en territorio de la Unión Europea y del espacio Schengen (si contamos Reino Unido, que financió el de Calais cuando aún era miembro de la UE). De éstos, dieciséis de ellos se construyen bajo la justificación de frenar e interceptar los desplazamientos forzados irregulares, o sea, la migración. Estos muros no se levantan para aislar sistemas ideológicos diferentes, como se consideró en su momento, sino que se está separando a los privilegiados del norte global de aquellas personas provenientes de países empobrecidos o de situaciones de persecución e inseguridad. Algunas de ellas, de los que los países europeos son responsables, a través de intervenciones armadas, extracción de recursos o exportaciones de armamento.

37 años después de la caída del Muro de Berlín, existen en Europa al menos dieciocho muros 

Estos dieciocho muros se han construido después de 1989, tras la caída del Muro de Berlín y después de las promesas de entrada en un mundo de libertad de movimiento. De 1989 a 2025, en la UE se levantan de media dos muros fronterizos cada año. Previamente, existían otros dos muros en lo que hoy en día es territorio de la UE, Gibraltar y el muro que divide la isla de Chipre, levantado en 1974, que sigue en pie.

Los siguientes en ser levantados fueron los de España en Ceuta y Melilla, en 1993 y 1996, respectivamente. Después llegó Lituania, que lo erigió en su frontera con Bielorrusia en 2005, bajo la justificación de tensiones territoriales, movimientos migratorios y contrabando. Pero los años más relevantes vienen a partir de 2012, cuando Grecia levantó el suyo con Turquía, seguida en 2013 por Bulgaria. El pico se alcanza en 2015, que vio nacer seis nuevos muros por parte de Lituania, Austria, Hungría (que levanta dos), Letonia y Eslovenia —en debate sobre su derribo por su ubicación entre este país y Croacia, por ser ambos países Schengen. Ésta es la respuesta de los Estados miembros de la UE al aumento de personas desplazadas por la fuerza que han huido de algunos de los conflictos de Oriente Medio, guerras en las que países europeos tienen una responsabilidad destacada, como es el caso de Siria, Irak, o de países de Asia, como Afganistán.

Esta fiebre por levantar muros tapona considerablemente la ruta de los Balcanes, de manera que se abre la denominada ruta del Ártico hacia Noruega, que acaba levantando un muro en 2016 en la frontera con Rusia. En este mismo año, Reino Unido financia gran parte del muro de Calais, en Francia, bajo la misma justificación, frenar e interceptar el movimiento considerado irregular.

Estas barreras son una potente representación visual y simbólica de cómo la UE considera que debe vivir su población: sin mirar al otro lado de la muralla

En 2021, con las rutas migratorias amuralladas, y los flujos migratorios más concentrados en la ruta mediterráneo-atlántica hacia Canarias, se abre una nueva dinámica fruto de tensiones territoriales entre países de la UE y Rusia y Bielorrusia. Polonia y Finlandia construyen muros en sus fronteras con estos países.

El auge en la construcción de muros en las fronteras no sólo transforma de manera material el espacio de tránsito donde se unen poblaciones, sistemas naturales y corredores ecológicos. Estas barreras son una potente representación visual y simbólica de la fortificación que la UE está levantado a su alrededor y de cómo considera que debe vivir su población: sin mirar al otro lado de la muralla.

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