Perfiles con tiempo
María Moraleda, restauradora del Museo del Prado: “Cada obra es única y tiene unas necesidades”
El taller de restauración de pintura del Museo del Prado, situado en el edificio Jerónimos, está bañado de luz un viernes de septiembre. Son las 11 de la mañana. La claridad entra por los ventanales que dan al claustro y por los que rodean el edificio. En ese escenario que parece suspendido en el aire, trabaja el equipo encargado de cuidar y recuperar las pinturas del museo. El silencio solo se ve interrumpido por alguna conversación en voz baja. Nos sentimos unos intrusos curiosos en un territorio entregado a un trabajo meticuloso, preciso. Un Goya, un Greco. De pronto, la distancia de la sala de exposiciones se ha roto y ha surgido una distancia distinta: la que da el contemplar de cerca la intervención en una obra maestra de la pintura.
Conversamos con María Moraleda (Toledo, 1988), que forma parte del equipo del museo desde 2020. Acaba de terminar de restaurar una pintura de Goya, Las mozas del cántaro. Ante la obra explica que es un cartón de tapiz que forma parte de la última serie que hizo como pintor de cartones de tapices. “Aunque lleven esa denominación, no son cartones. Son pinturas al óleo sobre lienzo. Llevan esa denominación porque en origen sí se pintaban sobre cartones o papeles. Digamos que servían de modelo para la obra definitiva, que era el tapiz. Por tanto, eran unas obras que no estaban pensadas para ser vistas. Eso explica también la historia material de esta pintura, que estuvo almacenada y un poco olvidada durante muchos años en la Real Fábrica de Tapices primero y en los sótanos del Palacio Real después, hasta que se descubren ya a finales del siglo XIX, se traen al Prado y esa es la primera restauración que tienen. Las restauraciones también envejecen y además los criterios se han ido matizando, se han ido mejorando”, desarrolla la especialista.
“Cada vez somos más respetuosos con la obra y los barnices se amarillean, se oxidan”, apunta la restauradora
Las palabras de la restauradora parecen una extensión de su trabajo sobre el cuadro. Porque cada explicación quiere ser rigurosa y matizada. “Cada vez somos más respetuosos con la obra y los barnices se amarillean, se oxidan. Digamos que deja de haber esa comunicación de lo que el pintor quería transmitir al espectador”, apunta.
Para recuperar esa comunicación, la intervención de María Moraleda en Las mozas del cántaro ha estado centrada en una limpieza de los barnices amarillos, oxidados, que aplanaban la composición. También ha retirado algunos repintes que cubrían daños. Contemplada bajo el prisma de las explicaciones de quien ha trabajado sobre ella, la obra cobra una fuerza de la que resulta difícil sustraerse. “Vemos cómo gana en luminosidad, cómo gana también en profundidad. Ese velo amarillo pardo hace que todos los elementos de la composición se queden en el mismo plano y, sin embargo, ahora vemos cómo esta figura de la mujer principal —la pretendida, la protagonista— levanta la cadera, cómo se viene hacia delante, cómo es la figura principal. Antes no se entendía. Se veían las tres figuras casi en el mismo plano, casi con el mismo protagonismo. Luego, toda esa fuga del paisaje, con esos paisajes un poco irreales también, con esas arquitecturas muy bloque que hace Goya, que también repite. No le interesa tanto la descripción de un lugar preciso, de una vegetación precisa, sino crear esas fugas, esos espacios. También son muy típicos en Goya todos estos planos inclinados”.
“Empecé a estudiar Ingeniería Química. Cursé el primer año, pero yo ya tenía el gusanillo de la restauración”, recuerda Moraleda
Nos alejamos por un momento de los detalles de la restauración que acaba de terminar, de los matices de su intervención en una obra de Goya. Y conversamos con Moraleda sobre los orígenes de su vocación. “Fue a través de una profesora de pintura que me daba clases particulares. Era muy joven y tenía que decidir qué quería estudiar. Se me daban muy bien las matemáticas, las ciencias, pero también tenía una sensibilidad artística. Me gustaba mucho pintar, dibujar. Y creo que fue ella la que supo ver que esa combinación era muy apropiada para la restauración y fue ella la que me sugirió estudiar restauración. Es cierto que en casa no gustó mucho la idea. De hecho, mi padre quería que estudiase una carrera de las fuertes, de las que tienen salidas, de ciencias, arquitectura... Y, de hecho, empecé a estudiar Ingeniería Química. Cursé el primer año, pero yo ya tenía el gusanillo de la restauración”.
Aquella inquietud la llevó a formarse en la Escuela de Restauración y Conservación de Madrid y luego a cursar la carrera de Historia del Arte en la Universidad Complutense. En su último año en la Escuela de Restauración, pudo visitar por primera vez el taller de restauración del Prado, donde más adelante tendría la oportunidad de formarse en una estancia de final de carrera y posteriormente con una beca de dos años. “Lo que soy como restauradora se lo debo a esa experiencia y a los restauradores que había entonces. Algunos siguen en activo, otros ya se han jubilado, pero realmente destaco la generosidad tan grande que tuvieron para transmitir su experiencia, su buen saber. La excelencia que ha conseguido el Prado en el campo de la restauración es sin duda gracias a ellos. Y, bueno, pues yo espero estar a la altura también”.
Antoni Peris, Giampietrino, Veronés y Goya
A la hora de evocar su trayectoria como restauradora, surgen los nombres de algunas obras. De Nuestra Señora de Gracia y los grandes maestres de Montesa, obra de Antoni Peris de principios del siglo XV,recuerda que fue una restauración muy compleja. “Era una obra muy manipulada, muy repintada. Hubo que acudir a tecnología 3D para la recuperación de la imagen”.
Evoca con especial énfasis la restauración de una tabla de Santa Catalina, de Giampietrino, un pintor italiano discípulo de Leonardo. Era una obra que tenía todo el fondo repintado de color azul. Gracias a los estudios técnicos y a la investigación de los historiadores del arte, se supo que tenía otro fondo debajo. “Se tomó la decisión y fue muy bonito ir descubriendo todo ese fondo, que es maravilloso. Es un fondo rojizo, muy potente y además de una calidad pictórica excelente. La figura también estaba muy alterada, el cabello estaba repintado. Era una obra que tenía bastantes daños, pero la verdad es que fue una recuperación increíble”.
“¿Qué parte de historia material de la obra es importante dejar y cuál no?”, se pregunta la restauradora
Finalmente, alude a la reciente restauración de La disputa de Jesús antes los doctores, de Veronés, en la que ha participado junto a su compañera Eva Martínez. La obra tenía un añadido en la parte superior. “Es un cuadro que se restauró a finales de los 90 y en ese momento ya se sabía que era un añadido, pero entonces se pensó que no había que retirarlo. Ahora, en una exposición monográfica, donde se quería recuperar la fuerza del pintor de la escuela veneciana, ese añadido restaba a la composición de Veronés”. La restauradora apunta una pregunta que subyace en el proceso colectivo en virtud del cual se toman las decisiones en una restauración: “¿Qué parte de historia material de la obra es importante dejar y cuál no? Siempre, cuando resta a la visión de la obra, a la composición, a esa comunicación con el espectador, pues a lo mejor sí hay que plantearse quitarlo”.
Se acerca el mediodía y concluimos la visita recorriendo las instalaciones del taller y deteniéndonos en la contemplación de obras que pronto verán la luz una vez restauradas. María Moraleda nos recuerda los principios esenciales de la restauración: esta ha de ser compatible —con los materiales originales— y reversible. Pone también el acento en la labor colectiva propia de un proceso de restauración. Antes ha aludido a la posibilidad de llegar al fondo en el proceso: “A lo mejor en otra época no se entraría tanto en la cuestión nuclear. Creo que ahora nos hemos dado la oportunidad de investigar a fondo lo que requiere cada intervención y hasta dónde se puede llegar”. También ha señalado el carácter específico de cada trabajo: “Cada obra es única y tiene unas necesidades”. La obra de Goya que acaba de restaurar viajará pronto a Bruselas para ser expuesta en el festival bienal Europalia.
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