Opinión
La tiniebla
El verdadero título de este artículo no es el que aparece. Lo he cambiado en un intento de escribir como si lo que voy a decir no se supiera. Pues, ¿desde dónde, cómo, de qué singular, serena o asimétrica manera podríamos pensar algo que sucede y parece, solo parece, condenado a deshacerse en el viento?
“Lo conté como algo que nadie creería/ Que el portero cerrara la puerta a los que se helaban/ Como algo que nadie habría visto aún” escribió Brecht en su inacabada “Canción del autor teatral”. Hoy esa imagen que él quería hacer estallar ha proliferado hasta el infinito en vídeos ya no de porteros sino de presidentes, tenientes, ministros, comisarias, diputados, capitanes cerrando la vida a los que se hielan. Acciones inicuas retransmitidas en un lado de la balanza, aplastan un platillo contra el suelo, mientras en el otro sigue agitando las manos el pequeño y agudo autor teatral.
Sucede además que el tema de este artículo no son los que arrojan al hielo y la muerte. En su libro Hay un monstruo en el lago (Debate, 2024), Laura Fernández describe la fábrica de noticias a que dio lugar la creación del monstruo del lago Ness como “el más asombroso ejemplo de la necesidad del ser humano de creer que, de alguna forma, no está solo”. Un gran lago, con su agua en calma, sus nubes reflejadas junto con los árboles, matorrales y su monstruo imaginario contiene, diré, menos asombro y compañía que el tema de este artículo, aunque esta misma frase resulte sospechosa de parcialidad.
La actualidad sí que es el gran monstruo del lago de nuestras vidas vendidas a quienes fabrican lotes de no querida aunque asumida complicidad
Y sigo sin nombrarlo. Doy rodeos para evitar el “¡ah!, era eso”, para no tener que responder, “sí, era eso”, era un eso sin las alharacas de lo turbio, lo morboso o lo prohibido, sin los abismos, el terror, la ambigüedad sombría que suelen reclamarse para que el arte y la vida tengan algo que llaman intensidad. Era, es, en fin, un “eso” cuyo desgarro, cuya intensidad, cuyos precipicios van por dentro, y quienes se enfrentan a ellos no andan por ahí luciendo abismos; tienen la mirada tranquila aunque en su pecho guarden casas ardiendo, familias mutiladas, ciudades apagadas, la sed del agua vuelta inaccesible, monstruos de estupidez que eligen afrontar cada problema mediante la destrucción de vidas ajenas, aparatos represivos que apagan a las personas trabajadoras, con o sin sueldo, muchas que, podrían, pese a todo, sin jugarse la piel, parar cada país.
Dilo ya, no quiero decirlo, lo diré. Pongamos algunas definiciones. Repetir un acto o perseverar en un esfuerzo con cierto fin. Durar o existir todavía. Mantenerse firme en algo. Y llega entonces una convocatoria, una petición, una nueva acción organizada, pequeña, porque las demás personas se fueron yendo o no acudieron nunca, llega y recuerda que la actualidad no existe, la actualidad sí que es el gran monstruo del lago de nuestras vidas vendidas a quienes fabrican lotes de no querida aunque asumida complicidad.
La actualidad que fueron doscientas noticias un día se convierte en tres, luego en media o en ninguna. Pero los asesinatos, la carestía provocada, las amenazas ejecutadas se mantienen, y bien está que a algún país no se le permita acudir a un festival pero permítannos sonreír, porque los símbolos cuentan pero son los hechos, o su ausencia, los que autorizan la masacre, el chantaje, el secuestro, la creación de falsos enemigos.
Cuando una forma de vida distinta dé comienzo quizá seamos capaces de agradecer a quienes no se cansaron la insistencia
Entonces vuelve esa suerte de monotonía con que miras la nueva convocatoria, a veces ni siquiera la abres, pero todavía imaginas a las personas que la envían: no se cansan, siguen de guardia, miran al frente para no mirar el vacío que hay a sus espaldas aunque, lo notas, todavía esperan darse la vuelta y que ahí estemos, más grandes que el lago y la imaginación, más capaces de recordar que si los agresores destruyen es sólo porque, mientras tanto, estamos sosteniendo el mundo. Y si dejamos de hacerlo, si rechazamos la amenaza, si no aceptamos la trampa, si paramos, el mundo se para. Cuando una forma de vida distinta dé comienzo quizá seamos capaces de agradecer a quienes no se cansaron la insistencia.
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