Opinión
La fuerza de los cuervos

La solidaridad ha sido y es nuestro ejército de cuervos, quise decir de cuerpos. Cuando vas a la renovación de tu contrato, tal vez el ejército parezca algo maltrecho, pero está ahí.
21 jun 2026 06:00

Hace cinco años, una joven de Oregón intervino en un foro con una historia que, de tarde en tarde, vuelve a las redes. Su retorno resulta significativo. En un programa sobre naturaleza, la joven escuchó que si das de comer a los cuervos de tu entorno y entablabas amistad con ellos, te corresponderán de algún modo. Se propuso hacerse amiga de los cuervos. El plan funcionó: los cinco cuervos de su barrio pasaron a convertirse, dijo, en un ejército de 15.

Al principio a sus vecinos no les importaba, la mayoría pertenecía a un club de observadores de pájaros, les divertía que los cuervos la siguieran cada vez que salía a la calle. Pero poco después las aves empezaron a protegerla. Un día, cuando una vecina fue a su casa a charlar, los cuervos se lanzaron en picado sobre ella. Aunque no llegaron a tocarla, se acercaron mucho. La joven, preocupada, acudió al foro a preguntar qué pasaría si los cuervos hiriesen a alguien, porque si bien ella no quería que pasara, tampoco podía controlarlos. Si pasaba, ¿podría considerarse que era su responsabilidad?

Meses después la joven actualizó el post. En la asociación Audubon, dedicada a proteger las aves y sus hábitats y a investigar, propusieron que los demás vecinos alimentasen también a los cuervos para que interactuaran con toda la comunidad. De nuevo el plan funcionó: los cuervos se convirtieron en una parte del barrio. Dejaron los vuelos en picado amenazantes e incluso llegaron a contribuir a salvar a un vecino. Era un hombre mayor que, al bajar por una cuesta helada, resbaló y no pudo levantarse. Los cuervos, agitados, empezaron a hacer mucho más ruido del que solían. Otro vecino salió a ver qué pasaba y encontró al señor en el suelo y pudo ayudarle. “El señor —contaba la joven— ya está prácticamente bien”.

Cada vez que la historia reaparece, surgen en las redes comentarios como este de @corron.bsky.social‬: “Imagina ir a la renovación de tu contrato con un ejército de cuervos en silencio”. Otras muchas personas comentan cuánto les gustaría tener el suyo.

Dejo fuera de aquí las implicaciones concretas del asunto. Me pregunto por el deseo. Por el acto de imaginar un guardaespaldas colectivo que te acompañe y tenga una clase de superpoder particular. Porque nadie conseguiría secuestrarlo o masacrarlo, pues echaría a volar y estaría más cerca de ser un animal fantástico con muchas alas, picos, cabezas que, acaso, al alzar el vuelo se convirtiera en otra cosa, invisible o gigante, inapresable, para caer luego sobre los desconcertados depredadores humanos, esos que cercan, matan y creen que para aplastar a alguien basta con ser más fuerte.

La fuerza de los cuervos, de nuestros cuerpos, empieza en su presencia organizada. A veces han caído, les han quitado la vida, y no idealizaremos una sola muerte; pero regresan

La solidaridad ha sido y es nuestro ejército de cuervos, quise decir de cuerpos. Cuando vas a la renovación de tu contrato, tal vez el ejército parezca algo maltrecho, pero está ahí. Tenemos pruebas suficientes de su camino a lo largo de la historia y nos decimos que seguirá. Tenemos pruebas suficientes de que ha llevado a cabo hazañas que nadie habría creído, ha sido invencible en los plazos de la vida humana y, cuando ha caído, se ha alzado de nuevo.

A veces no lo vemos, por la niebla, o por la oscuridad que sigue a la explosión. Pero eso no le impide ser un ejército temible. Aunque en estos días mejor dejar a un lado la palabra ejército. No usar el símil de la guerra, no entrar en la lógica del negocio bélico hacia donde nos quieren llevar. La guerra que te da de comer mata a tus hijos, escribió César de Vicente sobre Madre coraje y sus hijos, de Brecht, en síntesis perfecta.

La fuerza de los cuervos, de nuestros cuerpos, empieza en su presencia organizada. A veces han caído, les han quitado la vida, y no idealizaremos una sola muerte; pero regresan. Porque si no lo hicieran, si tras cada nueva masacre llega la siguiente y nuestros cuerpos hablan pero apenas se mueven, y la solidaridad no se alza del suelo como bosques, como olas, sin que basten cientos de personas, sin que basten miles, si no regresan, si no somos millones, a lo mejor es que estamos muertos.

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