Calor Madrid 2026
Una calle del centro de Madrid en el primer finde semana del mes de julio. Álvaro Minguito
22 jul 2026 05:00

Dedico una parte importante de mi tiempo a reflexionar, leer y escribir. Suelo tener alguna preocupación en activo, algún tema fragmentado en piezas que no acaban de encajar; la vida como texto a medio leer. Hay momentos en los que dudo si tiene sentido darle tantas vueltas a las cosas, sobre todo cuando alguien me pregunta acerca de un problema en el que llevo meses centrado y sobre el que apenas soy capaz de balbucear alguna idea consistente. 

Veo puntos de vista contrarios y me parecen razonables. Veo puntos de vista afines y me parecen simples. Me es difícil afirmar algo con contundencia. Envidio ‒y no‒ a la gente que es capaz de hacerlo. Y sin embargo, pese a todo esto, es curioso que nunca me haya detenido a pensar sobre el propio ejercicio de pensar, hasta que el libro de Amador Fernández-Savater, La batalla del pensamiento, me ha obligado a ello. Estaba tan cerca de mí, que no lo había visto.

Durante su lectura me han surgido varias ideas, algunas de ellas completamente nuevas para mí, mientras que otras han entroncado con reflexiones que ya venía rumiando, alargándolas o contribuyendo a ellas. El libro hace esto: da pie a profundizar, desestabilizar y enriquecer los propios planteamientos al poner de relieve los procesos de pensamiento que los posibilitan y dar pistas acerca de cómo insertarlos en esta complicada vida en común. 

La apuesta es clara: pensar no es inocuo. No solo no es un proceso separado de la realidad, sino que está tan pegado a ella que lo reflexionado ejerce cierto nivel de influencia sobre la misma. El movimiento del pensar produce un movimiento en el mundo, no un movimiento equivalente, no un cambio a voluntad, pero sí el inicio de algo. Un ligero, breve y milimétrico desplazamiento, pero desplazamiento al fin y al cabo. 

Como dice Amador, a veces hablamos para “los ya convencidos”, y creo que esto es lo que sucede cuando se da por sentado que “la culpa es del sistema”

Se puede pensar en soledad, pero no es de esto de lo que habla Amador. Dice: “amigo es cualquiera con el que se piensa la vida” y “conspirar es respirar juntos”. Si pensar es mover el mundo, y la amistad es encontrarse para pensar, entonces la amistad es transformadora. Una manera de apropiarse de la realidad. ¿Y no es cierto que muchas veces sentimos con las amistades que el mundo es nuestro? ¿Que no nos para nadie? ¿Que esa es la vida verdadera y no la obligada? 

Suele decirse que las amistades son la familia elegida, con el fin de oponerla a la familia no elegida, biológica y convencional, pero esta posibilidad de elección no es una simple característica contrapuesta, sino una de sus propiedades fundamentales. En este elegir hay un pensar sin el cual no hay amistad y una amistad sin la cual no hay pensar.

Amador plantea múltiples ámbitos en los que pensar es una imperiosa necesidad ‒educación, adolescencia, extrema derecha, ruido mediático, cambio climático...‒, pero lejos de proponerlo como un ejercicio de elevación intelectual, o pura razón, se esfuerza por mostrar las desviaciones y dificultades con las que se encuentra. El mito progre del pensamiento como un ejercicio elevado e inherentemente liberador no sirve aquí. 

A veces, los circuitos son tan estrechos que no permiten la aparición de algo nuevo, los decálogos están tan definidos que cuesta salirse de ellos. Para que pensar sea transformador necesita reunir una serie de condiciones todavía por descubrir. El libro propone algunas imprescindibles: abrir espacios, ocupar el tiempo, poner el oído, abandonar opiniones previas, no anticipar lo que el proceso tiene que decirnos… Para pensar necesitamos realizar pequeñas o grandes modificaciones sobre nuestros días, y tal vez sean estas modificaciones las que nos liberan, independientemente de las conclusiones. De ahí el nombre del libro La batalla del pensamiento. Nada de ideas superiores o bálsamos intelectuales. Quien quiera paz mental, no la encontrará aquí.

El libro empieza contando la historia de un joven, hijo de madre migrante, que entra en crisis de salud mental en el contexto escolar. Sin ser el tema central, el malestar sobrevuela muchos de los capítulos, una cuestión que se toma y se deja, pero nunca se aparta del todo, lo cual me invita a llevar la reivindicación del pensar al terreno del sufrimiento. Aquí es donde varias de las ideas de Amador conectan y se ponen a charlar con algunas de las reflexiones que he venido desarrollando estos últimos años. Una de ellas es que los marcos de comprensión de la salud mental han protocolizado el conocimiento, predeterminando lo que vamos a pensar sobre nuestros padecimientos, y limitando, así, las posibilidades de decir algo que no esté ya dicho.

El modelo de la salud mental nos ha llevado a confundir conceptos con realidades, por ejemplo, haciéndonos considerar que la depresión, o la ansiedad, son algo que existe como tal, en lugar de conglomerados únicos y variables de experiencias subjetivas a las cuales llamamos “depresión” o “ansiedad” por convención social. Esto no significa que se trate necesariamente de modelos erróneos, ni de conceptos inútiles, sino de que bloquean las reflexiones que podríamos tener en aquellas áreas en las que la experiencia de sufrimiento tiene poco que ver con lo individual, neuroquímico o psicológico. En el marco de la salud mental encontramos un conocimiento ya establecido, no un lugar en el que producirlo por nuestra cuenta, un dolor con sitio en el mundo, no una pieza que lo moviliza. Si la crisis de vivienda produce depresiones, parece que ya está todo dicho acerca de cómo el mercado inmobiliario afecta a nuestra cabeza. La palabra depresión contiene todo lo necesario, toda la realidad que necesitamos. Hay un “cierre de sentido” como dice Amador. Pero si algo hemos aprendido en todos estos años es que lo objetivo no abarca toda la realidad del dolor. Pensar es, precisamente, hurgar en lo subjetivo, desplegar todo un campo de sentidos en lugar de cerrarlo.

Sin embargo, el enfoque de la salud mental no es el único capaz de producir estos cierres. Hay otras formas de confundir conceptos con realidades y de dar respuestas de antemano, y creo que, en ocasiones, sucede en los ámbitos críticos. Ya no es ningún secreto: el capitalismo duele, la precariedad produce ansiedad, el machismo traumatiza, el genocidio indigna, el precio de la vivienda es asfixiante… Pero la idea de que este tipo de circunstancias sociales producen malestar no debería funcionar como el final de la reflexión, sino como su punto de partida. El hecho de que sea un cierre de sentido con el que estemos de acuerdo no debería ser motivo para acomodarnos a él, porque el problema no son las conclusiones a las que llegamos ‒que pueden ser perfectamente ciertas‒, sino cómo llegamos a ellas y qué hacemos con ellas una vez las constatamos. Como dice Amador, a veces hablamos para “los ya convencidos”, y creo que esto es lo que sucede cuando se da por sentado que “la culpa es del sistema”, sin pararnos a observar qué parte de la experiencia de sufrimiento tiene su origen en tal sistema, qué parte no, qué relación concreta y subjetiva tiene lo social con nuestro malestar, qué sucede con los malestares que no están producidos por las circunstancias políticas, cómo vivimos y sufrimos el contexto, etc. Y es ahí, precisamente, donde el pensar continúa y pueden aparecer las brechas que los eslóganes estaban tapando.

El malestar es una experiencia compleja, múltiple y que puede tomar infinitas formas. Una presencia constante e íntimamente entrelazada con nuestra existencia

La politización del malestar puede llevar a la movilización, a un estado de preocupación o a una indignación profunda. Pero esto solo es posible si previamente hemos escuchado en lo que duele algo más que una queja y nos hemos aproximado a las circunstancias desde “una búsqueda, un proceso, una exploración”. Es decir, si nos hemos parado a pensar, interrumpiendo la cotidianidad. Y entonces sí: las víctimas de la dana se organizan en Valencia, las del cáncer de mama lo hacen en Andalucía, las aulas de un instituto organizan un debate, se habla de Palestina o Líbano, las personas sepultadas por la precariedad se ponen en huelga, la vivienda se convierte en un problema, la crisis climática nos interpela… La extrema derecha se salta ese paso, no politiza pensando sino prescribiendo y les sirve porque solo necesitan ruido y votos. Amador cita a Deleuze: “La izquierda es lo que necesita que la gente piense”. Queremos algo más ambicioso. La politización del malestar no debe hacerse a través de consignas, sino a través de una reflexión que haga nuestras las vivencias, los daños y las lecturas. No nos bastan el ruido y los votos. Queremos que lo político sea cosa de todo el mundo.

El malestar es una experiencia compleja, múltiple y que puede tomar infinitas formas. Una presencia constante e íntimamente entrelazada con nuestra existencia. Pienso en el dolor como un elemento constitutivo de la vida, una de las columnas vertebrales de nuestra forma de estar en el mundo. No es una enfermedad, sino una realidad viva, como el deseo, como la necesidad de sobrevivir, como la muerte o el hambre, y por eso siempre se guarda una parte irreductible, una que jamás podremos conocer con certeza, medir con exactitud, ni controlar a voluntad. 

Nunca estará todo dicho sobre la aflicción, nunca se podrá poner número a su intensidad, predecir su comportamiento, ni limitar su multiplicidad. La investigación científica no puede conquistar todo lo que implica y conlleva. La parte irreductible impide el funcionamiento perfecto de los protocolos; hace que duela, incluso cuando queremos que deje de hacerlo. Pero también atesora un pequeño territorio de libertad, una zona de nuestra forma de vivir que el poder no puede descubrir, describir ni invadir. Es imposible gobernar sobre una herida. 

En La batalla del pensamiento hay un constante esfuerzo por aceptar este carácter irreductible de los problemas a los que nos enfrentamos, pero no como argumento a favor de dejar de pensar, sino precisamente a favor de hacerlo más que nunca. A más complejidad, más necesidad de reflexión, más conversación, más apertura. En algún lugar he dicho que deberíamos reivindicar el derecho a que se reconozca la parte irreductible de nuestros malestares. Ahora puedo añadir que, si nos arrebatan esta irreductibilidad, nos arrebatan la posibilidad de pensarlos. 

Pensamiento
Amador Fernández-Savater
“No cambiamos porque nos expliquen lo que está bien, cambiamos cuando algo toca el deseo”
Este 'filósofo pirata' madrileño ha publicado 'La batalla del pensamiento', un compendio de ideas, reflexiones y textos de agitación que recorren los últimos años de militancias y conspiraciones (en positivo).
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