Adelantamos un fragmento del nuevo libro de Jaume Asens, Gaza después de Auschwitz. La rebelión de la conciencia: memoria y resistencia en tiempos de genocidio, que se publica en castellano la editorial Finestres y en catalán con la editorial Manifest. A caballo entre el análisis geopolítico y la memoria personal, Jaume Asens publica este nuevo ensayo cuando se cumplen tres años del inicio del genocidio contra el pueblo gazatí por parte de Israel.
Nunca estuve en Gaza. Nunca crucé sus fronteras selladas, jamás respiré el aire denso de sus calles bombardeadas, ni tampoco escuché de cerca el zumbido de los drones que sobrevuelan la franja como buitres. Y, sin embargo, Gaza se instaló en mi conciencia, como una inquietud creciente que no terminaba de encajar. Con el tiempo entendí que ese malestar era un despertar de la conciencia ética.
Salir de la zona de confort y ponerse en el lugar del otro no es una tarea sencilla pero “nada es más humano que sentir que el sufrimiento del otro nos pertenece”, escribió Albert Camus. Ese sufrimiento llegaba a través de imágenes que atravesaban cualquier distancia: hospitales, escuelas, cementerios o columnas enteras de desplazados caminando sin destino. Los cuerpos esqueléticos de niños evocaban inevitablemente las fotografías más estremecedoras de los campos de concentración nazis.
Gaza entraba por la pantalla con ese tipo de imágenes descarnadas y volvía una y otra vez como otra pregunta: ¿cómo se podía seguir viviendo con normalidad mientras la vida allí se extinguía a diario?
Entre todas aquellas imágenes, hubo una que me persiguió durante semanas, y me hizo pensar en el poema Si esto es un hombre, de Primo Levi; concretamente, en el momento en que se pregunta qué queda de un ser humano cuando es obligado a vivir en unas condiciones concebidas para destruir todo lo que lo hace humano. Un hombre esquelético que parecía estar ya más allá de la muerte. Con el cráneo rasurado cubierto de costras purulentas, la piel tenía un tono grisáceo que viraba a azul en los labios y los párpados. Su rostro, desencajado, había quedado reducido a una especie de máscara sin relieve, casi plana: un armazón óseo visible y frágil, sostenido por un cuello descarnado. Caminaba lentamente, como si solo la inadvertida inercia de antaño lo mantuviera todavía en movimiento. Su mirada translúcida, atónita, conservaba una expresión de terror congelado en el tiempo. Parecía querer decir algo, pero se perdía en el vacío. Gaza entraba por la pantalla con ese tipo de imágenes descarnadas y volvía una y otra vez como otra pregunta: ¿cómo se podía seguir viviendo con normalidad mientras la vida allí se extinguía a diario?
Llegaba también a través de las voces de personas a las que nunca había conocido personalmente, pero que terminaron formando parte de mi vida cotidiana. Una de ellas, la periodista y poeta Fatma Hassona. Durante meses documentó la destrucción de Gaza sabiendo que cada imagen podía ser la última. El 15 de abril de 2025 recibió una noticia extraordinaria: el documental Put Your Soul on Your Hand and Walk acababa de ser seleccionado en el Festival de Cannes. “¿Nos aceptarías la invitación?”, le preguntaron. Fatma respondió que sí, con una única condición: poder regresar después a Gaza. Nunca tuvo esa oportunidad. Al día siguiente, murió junto con varios miembros de su familia. Tiempo antes había escrito unas palabras que hoy resultan difíciles de olvidar: “Quiero una muerte estruendosa. / No quiero ser solo un número más. / Quiero un legado que perdure, / una historia que el tiempo no pueda enterrar”. Su asesinato me golpeó como si hubiese perdido a alguien cercano. En Gaza, ejercer el periodismo se había convertido en una condena anticipada. Tras ella llegaron muchos otros. Y, con sus muertes, se cernía ominosamente una sombra cada vez más espesa sobre Europa.
Recuerdo con nitidez el 21 de octubre de 2025 en el Parlamento Europeo. Se debatía sobre las amenazas sufridas por un periodista italiano, Sigfrido Ranucci. Escuchaba las intervenciones —el tono grave, las palabras medidas, la liturgia solemne de la condena— y, sin embargo, no lograba apartar de mi mente a los centenares de periodistas palestinos asesinados desde octubre de 2023. En aquel hemiciclo no habíamos dedicado ni un solo minuto a esas víctimas. Ni una declaración. Nada.
Pedí la palabra. Con los ojos dilatados para abarcar con la mirada a cuantos me acompañaban en aquella sesión, dije algo que llevaba meses ardiendo en mis entrañas:
—Mientras aquí nos indignamos (con razón) por unas amenazas en Roma, callamos ante el mayor asesinato masivo de periodistas de la historia contemporánea. Reporteros, camarógrafos, mujeres y hombres que mostraban al mundo lo que otros querían ocultar. Muchos murieron junto a sus familias, en sus casas, claramente identificados como periodistas.
En aquel hemiciclo, incluso las palabras parecían avanzar río arriba. Las cosas muertas son arrastradas por la corriente. Yo me sentía vivo por ir a contracorriente de aquel hemiciclo.
Gaza no solo era bombardeada. Estaba siendo apartada del marco de lo visible.
—Esto tiene que ver con nosotros —añadí—. Porque la mitad de las bombas que caen allí son europeas. Porque ningún medio europeo puede entrar en Gaza: Israel no quiere testigos. Y porque cuando se asesina a esos periodistas, se nos priva también de nuestro derecho a saber la verdad.
Gaza no solo era bombardeada. Estaba siendo apartada del marco de lo visible. No por falta de imágenes, sino por la negativa a asumir plenamente lo que esas imágenes significaban.
Esa orfandad la percibí desde el inicio. En una de las primeras sesiones a las que asistí como eurodiputado, varios familiares de víctimas israelíes se encontraban en la tribuna de invitados del hemiciclo. Todo el Parlamento se puso en pie. Yo también. Aplaudimos largamente y dirigimos la mirada hacia ellos, intentando transmitirles algo parecido al consuelo o al reconocimiento. El momento fue solemne, unánime. Se forjó, sin necesidad de explicarlo, una comunidad moral alrededor de su dolor. Y era legítimo hacerlo.
Cuando una víctima ha sido envilecida y deshumanizada hasta tal extremo, el duelo se vuelve imposible
Lo insoportable fue constatar que aquella escena nunca se produjo con las víctimas palestinas. Nunca vimos en tribuna a madres de Gaza, médicos palestinos o familiares de niños asesinados recibiendo el mismo reconocimiento. Nunca el hemiciclo entero se levantó para las grandes víctimas de este conflicto.
Ellos encarnaban a los “otros”. A los “nadies”, los “hijos de nadie”, como escribió Eduardo Galeano. Cuando una víctima ha sido envilecida y deshumanizada hasta tal extremo, el duelo se vuelve imposible.
Aquel día pedí también la palabra:
—Hoy, como ayer, se oye un silencio atronador: el de la bancada de la derecha y la extrema derecha. ¿Qué pasa con las miles de madres, de niños y niñas, asesinados en Gaza? ¿Son «cucarachas», como dice el Gobierno fundamentalista de Netanyahu, o “potenciales terroristas”, como ha dicho una eurodiputada de la derecha?
Y continué:
—Esas víctimas les molestan porque interrumpen el relato que necesitan sostener. Es verdad: no conocemos sus nombres y apellidos como conocemos los de las víctimas israelíes. Pero los tienen. También tienen rostro, familia, memoria. Y nos señalan con el dedo acusador. Porque sí, los asesinó el régimen de Netanyahu, pero con ayuda económica, militar y política de Europa.
Judith Butler escribió que toda sociedad configura una «jerarquía de lo llorable»: vidas consideradas plenamente humanas y dignas de duelo, y otras expulsadas fuera del marco del reconocimiento
Aquel silencio selectivo me afectó más de lo que esperaba. No era simplemente una ausencia de palabras. Era una frontera moral. Delimitaba quién hacía suya la denuncia de aquellos crímenes y quién se lavaba las manos.
Judith Butler escribió que toda sociedad configura una «jerarquía de lo llorable»: vidas consideradas plenamente humanas y dignas de duelo, y otras expulsadas fuera del marco del reconocimiento. Gaza lo hacía visible con una crudeza insoportable.
Las víctimas israelíes aparecían individualizadas. Las palestinas, en cambio, eran absorbidas por la abstracción estadística: “daños colaterales”, “cifras”, “bajas”. Mientras el sufrimiento israelí recibía portadas, el palestino —mucho más masivo, crónico y estructural— quedaba invisibilizado, cuando no criminalizado.
La diferencia no era solo mediática. Las víctimas israelíes pertenecían a la población de un Estado que arrasaba Gaza con apoyo occidental. Las palestinas pertenecían precisamente al pueblo sometido a esa devastación. Y, sin embargo, era su sufrimiento el que aparecía despojado de rostro, contexto y reconocimiento.
Gaza me interpelaba desde la distancia. Cada imagen y cada testimonio dejaron una herida abierta que me fue vinculando emocionalmente a ese lugar
El dolor nunca circula de forma neutral. Necesita medios de comunicación, discursos y relaciones de poder que determinen qué vidas pueden conmovernos y cuáles desaparecen sin alterar el orden del mundo.
Estaba en Bruselas y no podía dejar de pensar que, en cierto modo, se estaba reproduciendo una vieja escena colonial: durante el exterminio del Congo únicamente ocupaban el espacio público las lágrimas por los colonos belgas muertos, mientras millones de congoleños quedaban fuera del marco humano, reducidos a un murmullo lejano, a una cifra más entre el ruido de fondo del imperio. Europa se conmovía por el sufrimiento del ocupante, pero no por la destrucción sistemática del pueblo ocupado.
Ese silencio ante las víctimas palestinas me devolvió a otro más antiguo. Cuando era joven, dudaba de si tenía derecho a hablar de Palestina. No solo porque nunca hubiera vivido de cerca aquel sufrimiento, sino porque pertenecía precisamente a ese mundo poscolonial protegido que lo causaba. Europa no era un espectador inocente. Financiaba, armaba, justificaba y normalizaba la ocupación, el apartheid y el genocidio. Pero quizá, precisamente por ello, ahí empezaba también la responsabilidad: en señalar no solo el crimen, sino la sociedad que lo hace posible y participa de él mientras sigue imaginándose a sí misma como civilizada.
Gaza me interpelaba desde la distancia. Cada imagen y cada testimonio dejaron una herida abierta que me fue vinculando emocionalmente a ese lugar. Tal vez eso sea la solidaridad: no apropiarse del dolor ajeno, pero permitir que nos atraviese. Dejar de ser espectadores resignados de la crueldad. La mayor victoria del ocupante consiste precisamente en lograr que aceptemos lo inaceptable como inevitable. La resistencia palestina nace de la negativa a conceder esa victoria.
Pienso a menudo en esa obstinación por la vida que persiste incluso allí donde todo parece devastado: niños jugando entre ruinas, madres cuidando de los suyos, familias tratando de reconstruir una rutina imposible bajo las bombas. No es una esperanza ingenua ni luminosa. Es una forma áspera y frágil de resistencia cotidiana que termina interpelándonos y nos obliga a no resignarnos.
Si Gaza había sido la pregunta que me desvelaba, Cisjordania sería el aprendizaje que acabaría por transformarme. Entre ambos territorios no existe una continuidad geográfica, pero sí moral y política. Allí entendí —como escribió Raja Shehadeh— que la ocupación puede llegar a robarte incluso la posibilidad de imaginar el futuro. Y que, aun así, la vida insiste.
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