Democracia Not Found
15M. Imagen de Joan CG

Miembro del Instituto DM


publicado
2019-06-12 12:38

Mira la herida para no olvidarla
                                 Eunice Odio



Aunque su poso es fuerte en la historia de España, hasta bien entrado 2015 el término “municipalismo” era un desconocido para el gran público. Habitual en el horizonte libertario y el ecologismo social, el concepto tenía cierta difusión en algunas experiencias locales y en el margen izquierdo del mundo intelectual. Pero no mucho más. En aquel contexto el municipalismo funcionaba como una alternativa política que pretendía romper con un capitalismo cada vez más desarrollista y voraz. Siguiendo a Murray Bookchin, el proyecto municipalista buscaba la disolución del Estado en entidades de proximidad controladas por asambleas populares. Ecología, autogobierno, economía y cooperación debían articularse como un todo a escala municipal, sobre estructuras locales basadas en principios anticapitalistas, radicalmente democráticos y ambientalmente sostenibles. Para lograr tales objetivos sería necesario contar con un movimiento popular sólido, capaz de construir alianzas confederales entre distintas municipalidades. Como veremos, la política española contemporánea elaboraría su propia traducción del término.

El municipalismo irrumpió en la España del “cambio” impulsado por la ola del 15M y el nacimiento de Podemos, y lo hizo con un programa que buscaba poner en práctica una agenda política de combate-lucha contra la especulación y la corrupción, derecho a la vivienda, auditorías de la deuda municipal, participación y socialización del poder, redistribución social de la riqueza, etc... En este sentido, el libroLa apuesta municipalista (Traficantes de Sueños, 2014) desempeñó un importante papel en el proceso de difusión del municipalismo: como catalizador de ideas, promovió numerosas discusiones y anticipó en buena media las debilidades de la democracia local española. La obra permitía esbozar las contradicciones del asalto institucional y los límites a los que habrían de enfrentarse las agrupaciones locales. Los ejemplos históricos de Provos, Kabouters y Verdes mostraban las Escila y Caribdis de toda aventura institucional: las tentaciones “realistas” de los nuevos partidos, su rápida adaptación al orden y los problemas de organización en relación con las bases militantes y los movimientos sociales -volveremos más adelante a ello.

Más allá de las ideas iniciales, el significado de “municipalismo” corrió parejo al ciclo institucional, difuminando progresivamente sus contornos más subversivos y convirtiéndose en un lugar común -incluso PP y PSOE terminarían por declararse “municipalistas”-. A raíz de la entrada de las “candidaturas del cambio” en varios ayuntamientos, la expresión acabaría asumiendo sentidos bien distintos. A veces opuestos. Y es que poco tiene que ver el gobierno de los “buenos gestores” (o el “gobierno para todos”) con entrar en conflicto con las élites de la ciudad o la región para arrancar derechos sociales. En la práctica, y en toda su diversidad, el municipalismo se convirtió en el buque insignia de la nueva política en el ámbito local. Fue una apuesta “monstruosa” que unificó en buena parte del Estado a todos los que se oponían a una forma de gobierno corrupta y lesiva para las mayorías sociales. La vieja alianza representada por las familias políticas del Régimen del 78 -a izquierda y derecha- y los promotores económicos de la burbuja inmobiliaria. Algunos han preferido llamarlo neocaciquismo más que neoliberalismo.

Aquello no fue ninguna Arcadia, como toda práctica democrática, los procesos de confluencia albergaron contradicciones e incluso antagonismos

Desde un punto de vista global, las apuestas municipales más virtuosas en términos de pluralidad, movilización y arraigo en el territorio lograron mejores resultados en 2015. Hicieron confluir -en una alquimia inestable, eso sí- a todo lo que se situaba a la izquierda del PSOE. No era extraño ver en las asambleas que preparaban las candidaturas a activistas sociales, militantes de la izquierda radical, miembros de los Círculos de Podemos, ciudadanxs curiosxs y al tejido asociativo local. Múltiples trayectorias se cruzaban y tejían así proyectos alternativos de ciudad.

Ahora bien, aquello no fue ninguna Arcadia: como toda práctica democrática, los procesos de confluencia albergaron contradicciones e incluso antagonismos -el caso madrileño se revelaría paradigmático en este sentido-. No obstante, el viento soplaba a favor y favorecía los consensos: a lomos de una crisis de representación, en la estela de una ola de movilizaciones y con herramientas políticas novedosas, la empresa se presentaba exitosa. Las campañas en las grandes ciudades eran masivas y la nueva política “reventaba” las televisiones con sus discursos. En 2019 el panorama ha sido bien distinto.


Restauración

Si en 2015 la “ventana de oportunidad” parecía abrirse de par en par para las fuerzas del cambio, en 2019 hemos vivido un cierre restaurador de las expectativas desplegadas por el ciclo 15M. El protagonista en esta nueva fase ha sido, sin duda, el PSOE de Pedro Sánchez, que en poco más de un año ha convertido a Podemos en un elemento político cada vez más marginal -por méritos propios, dicho sea de paso-. Primero haciendo de él una pieza subalterna, después robándole toda iniciativa y relegándolo al espacio de la antigua Izquierda Unida. Con apenas organización y fracturado, el partido morado se ha comportado como un boxeador sonado. Pero lo que noqueó al “espacio del cambio” del todo fueron las elecciones del 28A, agitadas por el fantasma de la extrema derecha y el voto útil. El triunfo del PSOE achicó las posibilidades electorales de las izquierdas. Algo que no ha dejado de afectar a todo el horizonte municipalista en los resultados del 26M. Sin embargo, y yendo más allá de las jugadas dentro de la partitocracia made in 78, el municipalismo arrastra numerosos problemas desde su primer impulso.

Males que tienen que ver con el proceso de institucionalización de las candidaturas, con su incapacidad para promover cambios materiales y su debilidad para organizar un espacio político propio

Lo cierto es que las candidaturas municipalistas han sufrido un varapalo tan fuerte que muchas de ellas han quedado directamente desintegradas o sin representación. Si en 2015 el municipalismo parecía una hidra con múltiples cabezas -Madrid, Barcelona, a Coruña, Ferrol o Cádiz-, obteniendo representantes en muchas ciudades medianas y pequeñas, en 2019 poco queda del monstruo mitológico. Por supuesto, el mapa es tan abigarrado y plural que habría que examinar cada plataforma política para elaborar diagnósticos específicos -más adelante hablaremos de la región madrileña-, pero hay ciertos males endémicos a la nueva política declinada en clave municipalista. Males que tienen que ver con el proceso de institucionalización de las candidaturas, con su incapacidad para promover cambios materiales y su debilidad para organizar un espacio político propio. En algunos casos estos problemas se arrastran desde la conformación de las confluencias, en otros fueron apareciendo poco después de las elecciones, agravándose al calor de la conflictiva descomposición territorial de Podemos.

Para el municipalismo de base entrar en las instituciones no era la meta, sino sólo un momento dentro de un proceso de lucha más amplio. Una lucha que requería organización, presencia barrial y asambleas con mecanismos democráticos de control para sostenerse. Sin embargo, la entrada en las instituciones produce -de manera casi automática- un momento de delegación y distensión que puede acabar traduciéndose en una parálisis momentánea -cuando no total-. Si la situación se deja a su propia inercia, los ayuntamientos y las posiciones institucionales absorben toda la atención de las candidaturas, relegando la política de movimiento y la creación de alianzas a un lugar alejado de la agenda cotidiana. Lo habitual es que, si no hay contrapesos, los cargos se autonomicen y cumplan su papel como nueva clase política. ¿Qué se pierde en este proceso? Toda tensión transformadora, los vínculos con las realidades movilizadas que pueden ayudar a materializar un programa de justicia social, la capacidad para generar solidaridades en el propio territorio y ampliar el proyecto.

Más allá de que los representantes sean firmes en sus compromisos políticos o acaben revelándose como unos oportunistas, sin contrapoderes el destino de toda iniciativa política es la moderación o la incapacidad para incidir de manera transformadora en el ámbito local. Lo más sencillo es que los programas se los lleve el viento y que la imposibilidad de desplegar políticas que mejoren la vida de las personas acabe pasando factura -algo así sucedió el 26M con acento de barrio y clase-. Sin implantación local y pendientes únicamente de la política de plenos y mociones, el estilo de gobierno del municipalismo hegemónico ha sido moderado, poco conflictivo, una versión up to date del socialismo patrio -con rostros nuevos y gestos más actuales-. Por supuesto, el mapa de candidaturas es tremendamente heterogéneo y hay excepciones. Aunque no todas para bien. En este sentido, el caso madrileño merece una mención por lo tormentoso y problemático del mismo, también porque permite medir aciertos, errores y líneas de antagonismo que, más allá de premuras electorales, merece la pena considerar para el tiempo que viene.


Tormentas madrileñas

Puede resultar paradójico, pero tanto Más Madrid como el Partido Popular coincidieron en dos de sus promesas electorales estrella para el nuevo curso político: desalojar el Centro Social La Ingobernable y aprobar la Operación Chamartín. Algo que en 2015 hubiese parecido impensable se tornaba trágicamente real. Manuela Carmena, que había llegado al ayuntamiento madrileño de la mano de Ahora Madrid, con un programa participado por los movimientos sociales de la ciudad, se revelaba como el gran caballo de Troya del cambio. La legislatura había mostrado ya el conservadurismo de la alcaldesa, pero su ruptura con Ahora Madrid para fundar un nuevo partido -de la mano de Íñigo Errejón- cortó cualquier atadura con el proyecto anterior. Concejalías de empresa, desalojos y pelotazos han formado parte del menú propuesto por Más Madrid. En lugar de promover una política valiente de vivienda, frenar las grandes operaciones urbanísticas o intentar contener la desigualdad, Carmena ha intentado vender como positiva -con grandes dosis de marketing- una gestión tibia en transformaciones que ha dado la espalda a las clases populares.

Visto lo visto, los barrios y distritos del sur no han perdonado: la abstención creció en Puente de Vallecas, Usera y Villaverde. Todo ello consecuencia de una política concentrada en las clases medias del centro y el abandono de las periferias. Al final lo que ha representado el gobierno de Carmena es algo muy parecido al PSOE: gestualidad progre y un blanqueamiento del programa político de las élites del ladrillo. Una huida perpetua de cualquier conflicto y el abandono de las luchas sociales que abrieron camino a su carrera política. El caso de vivienda es sangrante, el ayuntamiento no ha sido capaz de velar por los derechos habitacionales de la ciudadanía más golpeada por la crisis, tampoco ha mostrado el mayor interés en ello -las declaraciones de la alcaldesa al respecto han sido, cuanto menos, poco empáticas en numerosas ocasiones-. La emancipación de Carmena y su cúpula de afines quebró el proyecto Ahora Madrid, que finalmente quedó sin desarrollo territorial, con un programa reducido a papel mojado y renunciando a cualquier medida que tocase mínimamente la estructura económico-política de la metrópoli.

Carmena no ha podido reeditar la alcaldía, pero las apuestas más radicales surgidas de Ahora Madrid, agrupadas en torno a Madrid en Pie Municipalista (La Bancada, Anticapitalistas e IU), tampoco pudieron entrar en el consistorio. Probablemente era necesario un proceso de maduración política lejos de las prisas que imponen las campañas, un trabajo de militancia y de coordinación que no sólo conectase con movimientos sociales y clases populares, sino que tuviese capacidad para rehacer -de manera colectiva- una agenda política enfocada en el Madrid precario. Rehacer ese programa y establecer nuevas hipótesis requiere de un debate orgánico y estratégico profundo, algo que el ciclo institucional ha tendido a bloquear y que implica un salto cualitativo de los repertorios clásicos del “cambio”. No sólo “volver a las calles”, sino construir una red e infraestructuras que permita lugares de encuentro, cooperación y aprendizaje. Y todo ello precisa de tiempo, visiones compartidas y recursos. Resta como tarea para un momento en el que la desigualdad dibuja fronteras cada vez más violentas en la ciudad.

Desde una perspectiva más amplia, la deflagración de Podemos en la Comunidad de Madrid ha sido otro proceso que ha impactado en el municipalismo de la región. Resulta sintomático, cuando no irónico, que a estas alturas del partido -cinco años después del primer Vistalegre- se hable de una Secretaría de Círculos en la formación morada. Fue justamente la negativa a distribuir el poder y el cesarismo de Podemos lo que impidió un mínimo de desarrollo territorial. Algo que difícilmente podrá solucionarse ahora. Los conflictos entre las facciones hegemónicas -el pablismo y el errejonismo- y su descomposición acelerada no ha dejado de reflejarse en los territorios madrileños, quebrando candidaturas o haciendo proliferar nuevos espacios -Más Madrid, Podemos, IU Madrid en Pie- que han entrado en una lógica clásica de partidos, muy alejada de lo que fueran las candidaturas de 2015 en su capacidad de agregación. Hay múltiples ejemplos: Móstoles, San Fernando de Henares, Velilla de San Antonio, Valdemoro, Alcalá de Henares, Getafe, Tres Cantos, Pinto, etc. Son pocos los espacios resilientes a la debacle electoral del municipalismo.


¿Qué hacer con el municipalismo?

Más allá de Madrid, la deforestación del ecosistema municipalista ha sido casi total. Cádiz se sostiene como excepción, Barcelona baila sobre el alambre. Málaga, Córdoba, Iruña o Terrassa han perdido representación en sus municipios. En cualquier caso, antes de dejarnos seducir por las imágenes del ocaso de un ciclo -algo que tampoco hay que negar-, conviene intentar esbozar algunos aprendizajes desde el municipalismo autónomo. Para empezar, muchas candidaturas no han podido mantener un equilibrio entre sus posiciones institucionales y las tareas de construcción de un espacio político propio. No era sencillo, pues la institución requiere un tiempo diferente del que precisa la organización colectiva y, sin estructuras previas o con estructuras precarias, el proceso de institucionalización puede acabar fagocitando cualquier iniciativa que piense más allá del ayuntamiento. Pero sin intervenir activamente en el tejido social y movilizado -que es lo que permite establecer complicidades o acuerdos- resulta difícil ser audaz, desobedecer o aplicar el programa político cuando se gobierna -o salir reforzado cuando se está en la oposición.

Sin embargo, incluso cuando se ha tenido un entorno social más o menos afín, tampoco se ha podido desplegar un diálogo más orgánico para socializar estrategias políticas o establecer proyectos comunes. Quizá este sea uno de los problemas centrales de estos años: la dificultad para hacer que dinámicas propias de los movimientos sociales tengan un vínculo formal con realidades políticas -cuyo origen no es sino el mismo- en un ritmo más o menos virtuoso. Al no lograrlo, las demandas más radicales del ciclo 15M no han podido sobrevivir en el ámbito institucional. Y cuando hablamos de ritmos virtuosos no nos referimos a lealtades ciegas, al revés, hablamos de conflictividad y contrapoder, se trata de intentar quebrar las inercias institucionales para confrontar con las élites. Como construir un espacio organizado y en movimiento es una de las tareas pendientes que deja el ciclo a la imaginación política por venir, ya sin tantas prisas. No dejará de haber oportunidades en un momento en que los conflictos urbanos se multiplican al calor de la burbuja del alquiler, última vuelta de tuerca del modelo financiero-inmobiliario español.

Uno de los problemas centrales de estos años: la dificultad para hacer que dinámicas propias de los movimientos sociales tengan un vínculo formal con realidades políticas en un ritmo más o menos virtuoso

Por otra parte, no se ha atendido demasiado a la construcción de infraestructuras populares -como Centros Sociales- que pudieran servir de espacios de agregación y mezcla de experiencias. Espacios que funcionasen como lugares de formación de una cultura política post-15M, formasen relevos y socializasen conocimientos y habilidades más allá de las vías trilladas por los partidos clásicos. Sucede lo mismo con los medios de comunicación. Obviando las redes y cierto marketing muy difundido durante estos años, el no disponer de medios propios para poder intervenir en la esfera de la opinión pública ha terminado pasando factura. Y es que sin una voz reconocible en un entorno local siempre se depende de la mirada de otros que tienen sus propios intereses. Sin un medio resulta complicado transformar patrones culturales y opiniones, también divulgar las propias posiciones cuando las coyunturas se tornan hostiles. Al final, por falta de recursos, de tiempo y de personas, también por errores estratégicos, qué duda cabe, lo que más se ha descuidado ha sido la construcción de la propia autonomía.

La entrada del municipalismo en las instituciones hace cuatro años fue algo excepcional. Para reeditar algo similar hacía falta producir -de nuevo- condiciones excepcionales. No ha podido ser. El municipalismo ha fallado allí donde obtuvo crédito tras el 15M y la emergencia de Podemos: en las clases populares, que han vuelto a la abstención o han optado por el voto útil al PSOE. No hay duda de que el municipalismo ha mejorado la participación democrática y saneado las cuentas de muchos consistorios. También ha buscado remunicipalizar los servicios privatizados -si bien de manera limitada- y en algunos lugares ha conseguido un clima de libertades mayor que el existente durante los gobiernos del régimen del 78. Algunos municipios trataron de fomentar el cooperativismo y la economía social con resultados ambivalentes. Pero no fue suficiente. El problema es que ni la agenda contra la deuda, ni la lucha por la vivienda ni el reparto de la riqueza pudo abordarse de manera estructural. Tampoco la exclusión social o el racismo. Al final los cambios han acabado revelándose más superficiales que reales. Y ello no ha dejado de penalizar.

Hay que perseverar en la paciencia rebelde de quienes lo quieren todo

Está claro que la política que viene -en un contexto social cada vez más polarizado- no podrá parecerse a lo que acabamos de vivir, con un horizonte demasiado eclipsado por las clases medias. Aquello que una vez fue el municipalismo tendrá que reorganizarse: ya sea en la oposición, en espacios de movimiento o de sindicalismo social. El feminismo, la lucha por la vivienda y la necesidad de plantar cara a la derechización que padecen España y Europa marcan rutas e hipótesis posibles. Toca regresar a los cuarteles de verano -pero de otra manera-. Ahora se conocen bien los límites institucionales, los errores y los problemas principales que ha traído este ciclo político. Pueden dimensionarse mejor las apuestas y los retos. No hay que esperar ningún nuevo gran acontecimiento: nadie nos regalará nada y tenemos que volver a debatir, encontrarnos y dialogar desde una coyuntura bien distinta. Hay que perseverar en la paciencia rebelde de quienes lo quieren todo.











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