Opinión
Todos los caminos hacia Palestina encuentran una frontera

Sería fácil contar esta historia como la de una iniciativa que fracasó porque no consiguió alcanzar Palestina. Pero medirla únicamente por el destino al que no pudo llegar sería perder de vista lo esencial: personas procedentes de distintos lugares decidieron organizarse, recorrer juntas miles de kilómetros y desafiar las barreras políticas que separan a los pueblos de Palestina.
Marcha Global a Gaza - 17
Integrantes de la Marcha Global a Gaza bloqueados en un control de carretera en Egipto. La movilización pacífica internacional de miles de activistas de más de 50 países intentó llegar caminando hasta el paso fronterizo de Rafah desde Egipto en junio de 2025, para exigir el fin del bloqueo y la entrega de ayuda humanitaria. Álvaro Minguito
29 ago 2026 05:30

A finales de julio, una caravana internacional salió de Bosnia y Herzegovina con un propósito tan sencillo de explicar como difícil de realizar: llegar por tierra hasta Palestina. El recorrido comenzó en Sarajevo, pasó por Srebrenica y continuó atravesando los Balcanes y Turquía. Personas procedentes de distintos países decidieron recorrer juntas miles de kilómetros para convertir la solidaridad con Palestina en algo más que palabras: movimiento, encuentro y organización.

Pero la caravana no llegó a su destino. Cuando intentaba continuar hacia Irak, quedó bloqueada en el paso de Ibrahim Khalil. Después de varios días de espera y sin conseguir una vía para seguir avanzando, sus participantes decidieron poner fin al viaje y regresar.

Sería fácil contar esta historia como la de una iniciativa que fracasó porque no consiguió alcanzar Palestina. Pero medirla únicamente por el destino al que no pudo llegar sería perder de vista lo esencial: personas procedentes de distintos lugares decidieron organizarse, recorrer juntas miles de kilómetros y desafiar las barreras políticas que separan a los pueblos de Palestina. Y es precisamente cuando la solidaridad deja de ser una declaración y se convierte en movimiento cuando aparecen con mayor claridad los intereses y las relaciones de poder que pretenden contenerla.

El imperialismo no pertenece al pasado

No es la primera vez. Una y otra vez, caravanas, marchas y flotillas intentan abrir caminos hacia Palestina y diferentes autoridades intentan cerrarlos. Esas barreras forman parte de una región atravesada durante décadas por ocupaciones, guerras, bases militares e intervenciones extranjeras que han fragmentado países, condicionado gobiernos y convertido territorios enteros en escenarios de disputa entre potencias.

Libia es uno de los ejemplos más evidentes. En 2011, la OTAN intervino militarmente en un conflicto interno y utilizó la superioridad militar de las potencias occidentales para determinar desde fuera el desenlace político del país. Al margen de cualquier valoración sobre el gobierno de Muamar Gadafi, el futuro de Libia correspondía decidirlo al pueblo libio, no a las potencias extranjeras mediante una intervención militar. Quince años después, el país continúa profundamente fragmentado y sometido a múltiples injerencias externas.

En mayo de 2026, esa realidad volvió a cruzarse con uno de los caminos hacia Palestina. La Global Sumud Land atravesó el norte de África con cientos de participantes de numerosas nacionalidades y vehículos cargados con ayuda destinada a Gaza. Después de recorrer miles de kilómetros, su avance fue bloqueado en Libia. Era la segunda vez que se impedía continuar a la caravana. El 24 de mayo, diez de sus integrantes acudieron a negociar el paso con las autoridades de facto del este del país y terminaron detenidos.

Cuando una caravana intenta hoy recorrer esta región hacia Palestina, atraviesa las consecuencias acumuladas de décadas de intervenciones extranjeras, ocupaciones y relaciones de dependencia

Quince años después de que potencias extranjeras se atribuyeran el derecho de intervenir militarmente en Libia, una iniciativa civil que pretendía atravesar el país en solidaridad con Palestina quedaba atrapada en una geografía marcada por aquella fragmentación.

Irak cuenta otra parte de la misma historia. En 2003, Estados Unidos y sus aliados invadieron un país soberano y utilizaron su superioridad militar para imponer desde fuera un cambio político cuyas consecuencias continúan hasta hoy. No es necesario idealizar el gobierno de Saddam Hussein para defender un principio elemental: el futuro político de Irak correspondía decidirlo al pueblo iraquí, no a Washington y sus aliados mediante una invasión y una ocupación militar. El Estado fue profundamente desarticulado y el país entró en años de violencia, divisiones e injerencias extranjeras que todavía pesan sobre su realidad política.

Cuando una caravana intenta hoy recorrer esta región hacia Palestina, por tanto, no atraviesa simplemente un mapa compuesto por Estados y fronteras. Atraviesa también las consecuencias acumuladas de décadas de intervenciones extranjeras, ocupaciones y relaciones de dependencia. El imperialismo no pertenece al pasado. Ha cambiado sus discursos y justificaciones, pero continúa arrogándose el derecho de intervenir sobre otros pueblos y condicionar su futuro.

Palestina, en el centro de esa geografía

El proyecto colonial sionista no puede entenderse separado del respaldo político, económico y militar de las principales potencias occidentales, especialmente Estados Unidos. Tampoco puede ignorarse su capacidad para presionar a los gobiernos de la región cuando la movilización popular intenta romper el aislamiento impuesto al pueblo palestino.

En junio de 2025 tuvimos un ejemplo particularmente explícito. Miles de personas procedentes de decenas de países viajaron a Egipto para participar en la Marcha Global a Gaza y caminar hacia Rafah. El entonces ministro israelí de Defensa, Israel Katz, exigió públicamente a las autoridades egipcias que impidieran que los participantes alcanzaran la frontera. Las autoridades egipcias bloquearon la movilización y detuvieron y deportaron a numerosos participantes.

El resultado, sin embargo, se repite: las iniciativas populares son bloqueadas mucho antes de alcanzar Palestina mientras el cerco impuesto al pueblo palestino permanece intacto

Lo ocurrido en Libia, Egipto y ahora en el camino de la caravana procedente de Bosnia plantea una pregunta que va más allá de cada puesto fronterizo: ¿a qué intereses terminan sirviendo unas autoridades que cierran el paso a quienes intentan romper el aislamiento de Gaza y acercarse a Palestina? No siempre conocemos las presiones y negociaciones que preceden a cada decisión. El resultado, sin embargo, se repite: las iniciativas populares son bloqueadas mucho antes de alcanzar Palestina mientras el cerco impuesto al pueblo palestino permanece intacto.

No hace falta buscar órdenes secretas detrás de cada frontera para reconocer la injerencia imperialista y sionista en la región. Está presente en las ocupaciones y las bases militares, en las alianzas y dependencias políticas y en la capacidad de ejercer presión sobre los gobiernos. Nada de esto elimina la responsabilidad de las autoridades locales. Quienes reprimen, detienen o impiden el paso a una movilización toman sus propias decisiones y deben responder por ellas.

Estas caravanas dejan además al descubierto una contradicción difícil de ignorar. Las fronteras que parecen infranqueables cuando quienes pretenden atravesarlas son personas que llevan solidaridad y ayuda hacia Palestina llevan décadas siendo atravesadas por ejércitos extranjeros. Estados Unidos y sus aliados pudieron cruzarlas para invadir Irak. La OTAN pudo intervenir militarmente en Libia. Potencias extranjeras mantienen tropas y bases militares en distintos puntos de la región. “Israel” atraviesa las fronteras de sus vecinos con sus aviones y sus bombas.

La cuestión, entonces, no es simplemente que existan fronteras, sino quién tiene poder para atravesarlas, quién puede ordenar que se cierren y quién pretende decidir qué movimientos de los pueblos son permitidos. Pero quedarse ahí sería contar solamente la mitad de la historia.

La determinación de la gente

Mientras unos levantan barreras, otros siguen buscando caminos. La Global Sumud Land fue bloqueada y varios de sus participantes fueron encarcelados. La Marcha Global no consiguió alcanzar Rafah. Y, sin embargo, pocos meses después otra caravana salió desde Bosnia buscando una ruta diferente hacia Palestina. Antes hubo otras caravanas, marchas y flotillas. Habrá más. Cada camino cerrado parece alimentar la determinación de abrir el siguiente.

Cada iniciativa crea redes, conecta organizaciones, acumula experiencia y convierte a personas que quizá nunca se habían encontrado en compañeras de un mismo camino

Esa insistencia es una de las expresiones más poderosas de la solidaridad con Palestina. Personas que no comparten nacionalidad, lengua, religión ni historia están aprendiendo a organizarse juntas. Unas parten desde el Magreb; otras desde los Balcanes; otras se encuentran en puertos europeos para intentar llegar por mar. Cada iniciativa crea redes, conecta organizaciones, acumula experiencia y convierte a personas que quizá nunca se habían encontrado en compañeras de un mismo camino. Palestina está creando vínculos allí donde las fronteras pretenden imponer separación.

Durante demasiado tiempo se ha intentado convencer a los pueblos de que sus horizontes terminan en las fronteras de sus respectivos Estados y que aquello que sucede al otro lado pertenece siempre a otra sociedad, a otro conflicto, a otra historia. La solidaridad con Palestina está rompiendo también esa frontera invisible. Desde Bosnia hasta el Magreb, desde las ciudades europeas hasta Asia Occidental, personas muy diferentes están descubriendo que pueden reconocerse en una causa común y actuar colectivamente.

Porque cuando la solidaridad se organiza deja de ser solamente un sentimiento. Se convierte en capacidad colectiva. Deja relaciones que permanecen después de que una caravana regrese, organizaciones que han aprendido a trabajar juntas, experiencias que pasan de una iniciativa a la siguiente y personas que han descubierto que no tienen por qué limitarse a observar los acontecimientos desde lejos.

Continuar el camino para abrir el siguiente

Sería un error medir estas caravanas únicamente preguntando si consiguieron llegar físicamente a Palestina. Cada recorrido deja algo detrás. Cada bloqueo revela los intereses que sostienen determinadas fronteras. Cada intento conecta a personas que antes estaban separadas. Y cada nueva iniciativa demuestra que los pueblos se niegan a aceptar el papel de espectadores que se les ha reservado.

Las potencias imperialistas tienen ejércitos, bases militares, gobiernos aliados y una enorme capacidad para intervenir sobre la región. El proyecto sionista cuenta con el respaldo de algunas de las mayores potencias del mundo. Sería ingenuo minimizar ese poder. Pero tampoco es omnipotente. Frente a él existe otra fuerza: la de los pueblos cuando se reconocen, se encuentran y se organizan.

Cada camino interrumpido ha dejado personas dispuestas a abrir el siguiente

La caravana que salió de Bosnia no consiguió llegar a Palestina. La Global Sumud Land tampoco consiguió completar su camino hacia Gaza. La Marcha Global no alcanzó Rafah. Pero cada camino interrumpido ha dejado personas dispuestas a abrir el siguiente.

Quizá esa sea la historia verdaderamente importante. No la de unas fronteras capaces de detener a los pueblos, sino la de unos pueblos que, pese a las guerras, la fragmentación y las injerencias, siguen negándose a permanecer separados. Porque las fronteras pueden cerrar un camino. La organización popular siempre puede buscar otro.

Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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