Madre con carrito
David F. Sabadell Una madre en una calle de Madrid.
Trabajadora social
8 ene 2026 05:00

Uno de los argumentos más repetidos cuando se habla de “problemas sociales” es el de la pirámide poblacional invertida: pocos nacimientos, una población cada vez más envejecida y un futuro incierto para el relevo generacional y las pensiones. El debate suele plantearse en términos económicos, apelando al miedo a la inviabilidad del sistema. 

Pero en este planteamiento se esconde una cuestión de fondo profundamente sesgada: se da por hecho que la solución pasa por las mujeres. Por su deseo —o no— de ser madres, por el número de hijos que decidan tener. Es un micromachismo estructural, tan normalizado que pasa desapercibido: se señala a las mujeres como responsables de un problema social colectivo. Vayamos al fondo de la cuestión. 

¿El problema actual es que las mujeres no desean ser madres? No. 

El problema es cómo la sociedad mira, trata y sostiene la maternidad, pretendiendo mantener un rol tradicional dentro de una estructura patriarcal que ya no responde a la realidad. 

La pregunta no es si las mujeres quieren o no ser madres. La verdadera pregunta es qué tipo de sociedad estamos dispuestos a construir para que la maternidad no sea un riesgo personal, sino una responsabilidad compartida

La maternidad está cambiando. Y el mundo ya no puede esperar madres abnegadas que sostengan el sistema a costa de su salud, su carrera y su vida personal. Muchas mujeres tienen menos hijos —o no los tienen— no por falta de deseo, sino por coherencia y responsabilidad ante un contexto que lo dificulta claramente. Sueldos precarios, la imposibilidad real de acceder a una vivienda, el retraso en la emancipación por la exigencia de una formación cada vez más prolongada, la falta de escuelas infantiles públicas de 0 a 3 años, las escasas medidas de conciliación en las empresas y para las autónomas y, sobre todo, una corresponsabilidad todavía insuficiente dentro de los hogares, configuran un escenario que condiciona profundamente las decisiones reproductivas. 

Todo ello tiene un impacto directo en la salud mental. Los estudios sobre maternidad y bienestar psicológico lo señalan con claridad: el coste emocional de ser madre en la sociedad actual es alto, y recae mayoritariamente sobre las mujeres. 

Por eso, quizá ha llegado el momento de cambiar el foco del debate. 

No es que las mujeres no quieran ser madres. 

Es que la sociedad no invita a serlo. 

Si realmente queremos hablar de relevo generacional, la conversación no puede seguir girando en torno al deseo individual de las mujeres, sino en torno a la responsabilidad colectiva. Necesitamos medidas estructurales, cambios reales y una escucha activa de lo que las mujeres llevan años diciendo. 

Porque la pregunta no es si las mujeres quieren o no ser madres. 

La verdadera pregunta es qué tipo de sociedad estamos dispuestos a construir para que la maternidad no sea un riesgo personal, sino una responsabilidad compartida. 

Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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