Opinión
La renta básica como instrumento republicano‑socialista para una sociedad libre

Una persona es libre cuando no depende de que un jefe, un casero, un acreedor o una autoridad “se porte bien” con ella para vivir.

Presidente de la Red Renta Básica

10 jun 2026 07:45

La renta básica (RB), una asignación pública individual e incondicional, se acostumbra a debatir como si fuera una herramienta puramente técnica, centrando la atención en cuánto cuesta, cómo se financia o qué efectos tendría sobre el empleo. Son preguntas importantes, sin duda, pero dejan fuera una cuestión tan o más importante que las anteriores, la justicia de la propuesta o, dicho de una forma más extensa, la de qué tipo de libertad protege y qué relaciones de poder transforma.

A nosotros nos interesa una veterana tradición de pensamiento político: el republicanismo. Frente a una idea de libertad entendida solo como ausencia de interferencia que predica una cierta tradición liberal (así, los esclavos no interferidos por un esclavista benévolo son libres), el republicanismo ha planteado históricamente una exigencia mayor. Una persona es libre cuando no vive sometida al poder arbitrario de otra, ni de hecho ni de posibilidad. Es decir, cuando no depende de que un jefe, un casero, un acreedor o una autoridad “se porte bien” con ella para vivir sin la mera posibilidad de la arbitrariedad.

Cuando la supervivencia depende de no contrariar a quien controla salario, vivienda o crédito, la libertad se vuelve frágil —si es que aún merece el nombre de libertad

Esta idea de libertad como no-dominación cambia mucho el debate. Una persona puede no sufrir una amenaza explícita y, aun así, estar profundamente condicionada cada día por una relación de dependencia. Esa falta de libertad no siempre se presenta como coerción visible, pero organiza decisiones cotidianas, desde aceptar un empleo precario hasta no denunciar abusos, pasando por renunciar a tiempo de cuidados, aplazar una formación o callar en el trabajo por miedo a perder ingresos o a otras represalias. Por tanto, cuando la supervivencia depende de no contrariar a quien controla salario, vivienda o crédito, porque estas posiciones ejercen una interferencia no controlada por quien depende de ellas, la libertad se vuelve frágil —si es que aún merece el nombre de libertad.

Es desde esta perspectiva que la RB puede entenderse como algo más que una política contra la pobreza. Puede ser una institución que reduce vulnerabilidad material y, con ello, limita formas de dominación presentes en la vida social y laboral. No elimina por sí sola la desigualdad, ni la explotación, ni la dominación, pero sí puede cambiar el punto de partida desde el que se negocia la vida. Dicho de forma sencilla: dota a las personas del poder para decir “no” ante situaciones que sin RB dicen “sí”. No necesariamente “no al empleo”, como a veces caricaturiza el debate, sino “no” a determinadas condiciones. No a empleos aceptados solo por urgencia extrema. No a formas de subordinación sostenidas por el miedo a quedarse sin ingresos. Y también “sí” a otras posibilidades, como buscar un mejor empleo, formarse, reorganizar tiempos de cuidado, participar más en la vida comunitaria o en la acción colectiva.

Quien acepta algo por necesidad no lo hace libremente. Es vieja la distinción entre necesidad y libertad. Ahora bien, el republicanismo clásico vinculó la libertad con la independencia material, pero lo hizo en contextos históricos muy distintos de los actuales. En sociedades capitalistas donde la propiedad está fuertemente concentrada y el trabajo asalariado estructura la vida de la mayoría, esa intuición necesita ser reformulada. Y ahí es donde entra el socialismo. No como añadido ornamental, sino como marco que permite pensar cómo cambian la dependencia y la dominación bajo el capitalismo moderno.

Desde esa actualización republicano-socialista, la dominación no es solo una relación personal, sino también estructural. Aunque una persona cambie de empresa, sigue dependiendo de encontrar algún empleador en un sistema donde los medios de producción están concentrados. La subordinación no desaparece al cambiar de sitio; se reproduce en el marco general de las reglas del juego de la forma de producir capitalista. La libertad doble que tiene toda persona que depende de un salario, la inmensa mayoría de nuestra sociedad, deja mucho que desear: la libertad de ser explotados por el empresario que elija va unida a la libertad de pasar hambre si no se elige a ninguno. Otra vez: necesidad no es libertad.

Una RB que tenga sentido desde la perspectiva republicano-socialista exige fiscalidad progresiva, servicios públicos universales robustos, y una limitación de la riqueza

Desde esta perspectiva, la RB no se valora únicamente porque aumente ingresos de las capas de la sociedad no estrictamente ricas, sino porque puede reducir esa dependencia estructural y ampliar la autonomía real de la ciudadanía. No sustituye a los sindicatos, ni a la regulación laboral, ni a los servicios públicos, ni a una agenda más amplia de democratización económica. Pero permite reforzar tanto la capacidad de salida (abandonar situaciones intolerables) como la capacidad de voz (negociar, protestar, participar sin tanto miedo).

Y aquí se debe realizar una precisión fundamental, porque no cualquier RB produce ese efecto. La misma etiqueta puede cubrir diseños políticamente opuestos. Ejemplos de opuestos son la RB que estamos defendiendo y la que defiende el economista ultraneoliberal Charles Murray. Una RB puede formar parte de un proyecto orientado a ampliar derechos y autonomía material, pero también puede convertirse en una coartada para recortar servicios públicos y trasladar más riesgos al individuo. Si se presenta como sustituto de sanidad, educación, cuidados o vivienda públicos, puede aumentar la dependencia del mercado en lugar de reducirla. En ese caso, la RB funciona como un cheque para comprar por cuenta propia lo que antes era un derecho social. Por eso importan tanto la financiación como el encaje institucional.

Desde una perspectiva republicano-socialista, una RB que tenga sentido desde la perspectiva republicano-socialista exige fiscalidad progresiva, servicios públicos universales robustos, una limitación a la riqueza y a la renta máximas, protección laboral y límites a la captura privada de los beneficios. Sin ese marco, corre el riesgo de actuar como parche que compensa daños sin alterar las relaciones de poder que los producen.

La pregunta relevante, entonces, no es solo si la RB funciona, sino para qué proyecto de sociedad se diseña. ¿Busca ampliar la libertad de la ciudadanía? ¿O gestionar la precariedad de manera más barata mientras se debilitan las garantías colectivas? Planteada así, por tanto, la discusión deja de ser solo presupuestaria y se convierte en una discusión sobre libertad, trabajo (asalariado, de cuidados y voluntario), propiedad y democracia. Y eso es precisamente lo que la hace tan políticamente interesante. Porque obliga a decidir si queremos una sociedad donde la gente sobreviva como pueda, o una sociedad donde exista una base material suficiente para vivir con más dignidad, más voz y menos miedo.

Julen Bollain es Doctor en Estudios sobre Desarrollo, es investigador en Mondragon Unibertsitatea. Su trabajo se centra en el análisis de políticas públicas, la renta básica y las desigualdades sociales, combinando investigación académica y divulgación.

Daniel Raventós es Doctor en Economía, profesor titular de la Universidad de Barcelona. Es presidente de la Red Renta Básica (www.redrentabasica.org) y editor de la revista política internacional Sin Permiso (www.sinpermiso.info).

Renta básica
Dolo Medina: “La renta básica nos permitiría reducir la jornada o decir no a condiciones de explotación”
La socióloga y defensora de la renta básica universal Dolo Medina es una de las coordinadoras del libro ‘Quan convé seguem cadenas’, que recoge diversas perspectivas sobre qué supondría aplicar esta política en Catalunya.

Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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