Opinión
Modos de resistir

John Berger dibujaba constantemente. Lo hacía porque es la huella física y manual de un deseo de que las cosas sigan importando, de que el mundo merezca ser mirado con lentitud y compasión.
Artista
5 nov 2026 06:00

Hace más de 50 años, John Berger nos sorprendió al recortar con un cúter una reproducción del cuadro Venus y Marte de Botticelli. Era un sábado de 1972 y así comenzaba el primer capítulo de su serie Modos de ver, emitido en la BBC. Sabía muy bien qué hacer para provocar al espectador. Ofendió a críticos de arte y académicos con un programa nunca antes visto, cuya agudeza para revelar las ideologías que esconden las imágenes marcó a generaciones. Medio siglo después, la policía arrestó a dos jóvenes activistas del colectivo ecologista Futuro Vegetal por pegar sus manos a los marcos de La maja desnuda y La maja vestida de Goya junto al mensaje pintado con aerosol “+1,5º” en el Museo del Prado en Madrid. Al igual que Berger, su mensaje es urgente y la sacralidad del arte queda en cuestión. Aunque las obras de Goya estuvieran a salvo, atacarlas causa una indignación visceral mucho mayor que el colapso civilizatorio.

Estoy en un vagón de metro y todos miramos el móvil. Las imágenes nos impactan a tal velocidad que estamos narcotizados, desconectados. Levanto la cabeza e imagino qué opinaría John Berger al respecto si le preguntara. Estoy seguro de que frenaría mi moralina apocalíptica de inmediato. Sabía que el antídoto contra el no hay alternativa y la desesperanza es levantar la vista y cruzar una palabra o un gesto con el desconocido. “Cuando alguien expresa un deseo o una esperanza, anima a la gente a buscar y extraer el deseo que llevan dentro... Es contagioso”, dijo en una de sus últimas entrevistas. Su humanismo era contagioso. Le veo cruzar una mirada con el desconocido sentado a nuestro lado, mientras dibuja caras y detalles fugaces de la gente del vagón en una libreta.

Como artista, siento una gran deuda con él. Me influyeron, entre muchas cosas, sus ideas del tiempo en las obras de arte, su manera tan orgánica de hacer implícito lo político, o su sentido crítico sin olvidar el misterio y lo eterno del arte. John Berger dibujaba constantemente. Lo hacía porque es la huella física y manual de un deseo de que las cosas sigan importando, de que el mundo merezca ser mirado con lentitud y compasión. Al abrir mi ejemplar de Sobre el dibujo (GG, 2011), donde se publicó uno de los esbozos que hizo del rostro de su padre cuando este falleció, se puede leer en una frase subrayada con insistencia, que hoy me resuena con gran urgencia, “un dibujo supone un reto a la desaparición”. En nuestro mundo hiperacelerado, donde las lógicas del mercado nos llevan a la amnesia crónica, detenernos a dibujar supone resistir, una invitación a pausar y entrar en su tiempo. Berger dijo que “un dibujo cuestiona sin prisa la apariencia de un suceso y, al hacerlo, nos recuerda que las apariencias son siempre una construcción con una historia”.

Ahora que celebramos sus cien años, con la inteligencia artificial que intenta automatizar nuestra imaginación, leer a John Berger es vital. Berger, contador de historias como el Esopo de Velázquez; el Berger poeta, pintor, dramaturgo…

Que no desaparezca nunca.

Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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