Opinión
Ideas que solo caben en noches interminables
Del grito que irrumpe en medio de la noche tememos a la noche misma, envolviéndolo. La noche que no se disipa tras el grito. Eso es lo que nos estremece.
La noche es un “arquetipo de procedencia” para el ser humano. Íntimamente, heredamos la certeza de que, extinguido el mundo, todo regresará a su noche original. En cuanto arquetipo, la noche también circunda nuestros pensamientos. Lo hace bajo ese mismo influjo ancestral, extremo. Cuando todavía es demasiado pronto, cuando aún es dudoso que un pensamiento pueda ser considerado como tal, la razón persigue luciérnagas en nuestra noche interior. En el otro extremo, noche es también el desierto (mentado por Michel Foucault, con Blanchot en el horizonte) en donde el pensamiento termina siendo proyectado; afuera. Pensamos desde y hacia una noche.
Sobre cualquier idea expresada pesa la sospecha de no ser más que los restos procesados de algo mucho más intenso y complejo; algo indecible, pero que intentamos nombrar para arrancárselo a la noche de nuestro pensamiento. Como si lo expresado, cuando se trata de “resoluciones”, no contuviese más que los ecos de aquello que realmente lo desencadenó.
En la apertura de su recopilación de escritos titulada Sobre el dibujo (GG, 2011), en un artículo titulado “Dibujo al natural”, encontramos una anotación reveladora sobre un abocetado que John Berger realiza frente a su modelo: “Vi y reconocí unos hechos anatómicos bastante comunes, pero el caso es que también los sentí físicamente, como si, en cierto modo, mi sistema nervioso habitara también su cuerpo [el cuerpo del modelo]”. La subordinación visual que une a los dos cuerpos no es la convencional. Quien ejerce como modelo efectivo de la observación es el propio dibujante; no al revés. El cuerpo del modelo no es más que un tamiz que filtra y retiene determinadas sensaciones, para devolvérselas, a quien realmente las siente, envueltas en la noche de un cuerpo extraño. Lo que termina figurando sobre el papel es el sueño que un pensador ha hecho soñar al mundo que tiene frente a sí. Lo mismo en el dibujo que en el ensayo.
Entre los artículos recogidos en aquella recopilación de escritos sobre el dibujo se encuentra, también, otro texto breve cuya profundidad se agranda a la vista de esta “perspectiva inversa”. Recoge el momento en que Berger quiso dibujar al natural el cuerpo de su padre recién fallecido (recuerdo que el fotógrafo almeriense Manuel Falces tuvo ese mismo impulso, pero sirviéndose de la herramienta que en él equivalía al dibujo: la fotografía). Otro tanto ocurre con los dibujos que Berger realizó de Beverly, su última esposa y madre de su hijo Yves, tras fallecer esta. Lo relatan Berger e Yves en Rondó para Beverly (Alfaguara, 2015). Creo que la razón última de la elegía desdoblada en palabras y dibujos que el libro nos ofrece se encuentra en estas pocas líneas del propio Berger: “Hay muchos niveles de conocimiento y, muchas veces, el conocimiento en sus niveles más profundos no tiene cabida en las palabras o en los pensamientos”.
Admiro la “trazabilidad nocturna” del pensamiento de Berger.
Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.
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