Opinión
Contra la neutralidad estética: Hammershøi y el repliegue burgués
La obra de Vilhelm Hammershøi se nos ofrece como una promesa de calma. Habitaciones vacías, paredes grises, una mujer de espaldas, una puerta entreabierta que no conduce a nada. En tiempos de saturación visual, de ruido permanente, de catástrofe convertida en scroll, estos cuadros parecen ofrecer algo valioso: descanso, pero esa calma no es neutra. Y hoy, más que nunca, conviene preguntarse a quién sirve ese silencio. La exposición de Hammershøi en el Museo Thyssen-Bornemisza insiste en una lectura habitual: la del pintor del recogimiento, de la introspección, de la belleza austera. Una belleza sin relato, sin conflicto, sin historia. Justamente ahí —en esa supuesta pureza— está el problema, porque Hammershøi no pinta el vacío: pinta un mundo del que el conflicto ha sido expulsado.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX, mientras Europa se industrializa, se agudizan las desigualdades sociales y se consolida el proyecto imperial, Hammershøi decide mirar hacia dentro. Literalmente. Ninguna fábrica, ninguna calle, ningún cuerpo colectivo entra en sus cuadros. Solo habitaciones ordenadas, silenciosas, cerradas sobre sí mismas. No es una evasión ingenua. Es una forma de naturalizar el repliegue. El interior burgués aparece como espacio autosuficiente, como si el mundo pudiera quedar fuera sin consecuencias. Hoy, cuando el hogar vuelve a presentarse como solución —al malestar, al miedo, a la precariedad— esos interiores adquieren una resonancia inquietante. La casa como refugio, sí, pero también como dispositivo de despolitización. La pregunta no es qué falta en esos cuadros, sino qué ha sido deliberadamente excluido.
En muchas de sus pinturas aparece una figura de mujer, casi siempre de espaldas. No mira al espectador. No actúa. No habla. Su función parece ser la de garantizar la quietud del espacio. No es protagonista ni sujeto: es soporte. Leídas desde hoy, esas figuras condensan una violencia sutil. No la violencia explícita del daño, sino la de la asignación de un lugar: el de quien cuida, ordena, calla. El de quien mantiene la armonía doméstica mientras todo lo demás queda fuera de plano. No hace falta subrayar la lectura feminista: el silencio tiene género, y el arte también participa de su reparto.
Toda estética se define también por aquello que decide no mostrar. En ese sentido, Hammershøi es profundamente contemporáneo
Toda estética se define también por aquello que decide no mostrar. En ese sentido, Hammershøi es profundamente contemporáneo. Su obra dialoga incómodamente con un presente en el que asistimos a guerras retransmitidas en directo, genocidios negados por las instituciones culturales, crisis ecológicas convertidas en paisaje de fondo. Frente a ese contexto, la pregunta no es si Hammershøi “habla” del mundo, sino qué nos enseña su negativa a hacerlo. ¿Qué sensibilidad se nos propone cuando la violencia se vuelve insoportable? ¿La retirada? ¿La contención? ¿El silencio como valor estético?
El problema no es el pintor. El problema es qué hacemos hoy con ese legado.
El relato institucional que acompaña la exposición insiste en la experiencia individual, casi terapéutica, del espectador. Contemplación, pausa, intimidad. Creo que esa propuesta encaja demasiado bien con una época que ha hecho del aislamiento una norma y de la cultura un calmante. El museo, en este contexto, no aparece como espacio de fricción, sino como cámara de neutralización. La obra de Hammershøi es presentada sin conflicto, sin contexto, sin preguntas incómodas. Convertida en refugio estético para una Europa que prefiere cerrar puertas antes que mirar de frente su propia violencia. No se trata de pedirle a Hammershøi lo que no quiso pintar, se trata de no convertir su silencio en una virtud universal.
Leída desde el presente, la obra de Hammershøi no ofrece consuelo. Ofrece una advertencia, porque cuando el arte insiste en cerrar puertas, no siempre está protegiendo algo frágil
Tal vez la clave esté ahí. Hammershøi no pinta el silencio como carencia, sino como posibilidad. La posibilidad de no mirar, de no escuchar, de no implicarse. Ese privilegio —el de poder permitirse el silencio— sigue siendo hoy profundamente desigual. Mientras unos cuerpos no pueden dejar de estar expuestos, otros encuentran en el repliegue una forma de elegancia. Mientras unos gritan para sobrevivir, otros celebran la calma como si fuera un valor en sí mismo. Leída desde el presente, la obra de Hammershøi no ofrece consuelo. Ofrece una advertencia, porque cuando el arte insiste en cerrar puertas, no siempre está protegiendo algo frágil. A veces, simplemente, está ayudando a no ver.
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