Marjane Satrapi

Marjane Satrapi, la mujer que dibujó la libertad

La muerte de Marjane Satrapi deja una sensación extraña. No solo desaparece una autora fundamental del cómic contemporáneo. Desaparece una de las artistas que mejor entendió que la representación es siempre un campo de batalla.
4 jun 2026 13:45 | Actualizado: 4 jun 2026 15:20

Antes de entrar en Irán, muchas de nosotras entramos en Marjane Satrapi.

No conocíamos muy bien las calles de Teherán, ni la historia de la revolución de 1979, ni las contradicciones de una sociedad que había pasado de una dictadura respaldada por Occidente a una república islámica donde las libertades individuales se estrechaban cada vez más. Lo que conocíamos era a una niña que discutía con sus profesores, que escuchaba música a escondidas, que soñaba con convertirse en profeta y que intentaba encontrar su lugar en un mundo que parecía empeñado en decidir por ella quién debía ser. Quizá por eso la muerte de Marjane Satrapi deja una sensación extraña. No solo desaparece una autora fundamental del cómic contemporáneo. Desaparece una de las artistas que mejor entendió que la representación es siempre un campo de batalla.

Durante décadas, Irán ha sido contado desde fuera. Por gobiernos, por periodistas, por expertos en geopolítica, por analistas que reducían un país de millones de habitantes a una serie de titulares sobre el petróleo, el programa nuclear o el fundamentalismo religioso. Satrapi hizo algo mucho más sencillo y mucho más revolucionario: devolvió los nombres propios allí donde otros solo veían masas anónimas.

Lo que Satrapi puso sobre la mesa no fue una explicación del mundo, sino una experiencia situada. Y precisamente por eso alcanzó una dimensión universal

Su gran hallazgo no fue explicar Irán. Fue humanizarlo.

Cuando Persépolis apareció a comienzos de siglo, muchos lectores occidentales descubrieron algo que debería haber sido obvio desde el principio: que las mujeres iraníes no eran un símbolo. No eran una categoría abstracta sobre la que discutir en tertulias o despachos. Eran personas concretas, con deseos, contradicciones, miedos y formas de resistencia propias. Lo que Satrapi puso sobre la mesa no fue una explicación del mundo, sino una experiencia situada. Y precisamente por eso alcanzó una dimensión universal. En tiempos en los que todo parece exigir posicionamientos inmediatos y relatos simplificados, resulta llamativo recordar hasta qué punto Satrapi desconfió siempre de las simplificaciones. Desconfiaba del régimen iraní, pero también de la mirada orientalista que convertía a Irán en una caricatura. Desconfiaba de quienes hablaban en nombre de las mujeres iraníes sin escucharlas. Desconfiaba de las imágenes demasiado limpias, demasiado cómodas, demasiado fáciles.

El cómic le permitió moverse entre géneros, entre registros, entre lenguas y territorios. Le permitió hablar de política sin convertirse en propagandista. Hablar del dolor sin convertirlo en mercancía. Hablar del exilio sin caer en la nostalgia

Tal vez por eso eligió el dibujo. El blanco y negro de sus viñetas nunca fue una simplificación de la realidad. Era, paradójicamente, una forma de devolverle complejidad. Allí donde la fotografía podía convertirse en espectáculo, el dibujo obligaba a detenerse. Allí donde la imagen informativa consumía el sufrimiento ajeno a velocidad de vértigo, la viñeta recuperaba el tiempo de la observación y de la memoria. No es casual que una autora obsesionada con la libertad terminara encontrando en el cómic su herramienta principal. El cómic le permitió moverse entre géneros, entre registros, entre lenguas y territorios. Le permitió hablar de política sin convertirse en propagandista. Hablar del dolor sin convertirlo en mercancía. Hablar del exilio sin caer en la nostalgia. Porque si hay una experiencia que atraviesa toda su obra es precisamente la del desarraigo.

Satrapi perteneció a esa generación que descubrió que abandonar un país no significa dejarlo atrás. El exilio aparece en sus libros como una herida, pero también como una condición desde la que mirar. La distancia le permitió observar Irán de otra manera, pero también observar Europa. Sus obras nunca fueron únicamente una crítica a la República Islámica. Fueron también una reflexión sobre las dificultades de pertenecer, sobre la identidad como algo inestable, sobre la sensación de estar siempre entre dos lugares. Quizá por eso sus libros han encontrado lectoras tan distintas entre sí. Porque en el fondo hablan de algo que va mucho más allá de una geografía concreta. Hablan de la búsqueda de un hogar cuando los discursos políticos, religiosos o nacionales intentan imponernos una identidad única.

A menudo se recuerda a Satrapi por Persépolis. Es inevitable. Pocas obras han tenido un impacto semejante en la cultura contemporánea. Pero limitarla a ese libro sería injusto. Ahí están también las mujeres que conversan en Bordados, compartiendo secretos y frustraciones lejos de la mirada masculina. Ahí está la melancolía de Pollo con ciruelas. Ahí está su trabajo posterior en el cine. Y ahí están sus intervenciones públicas en defensa de las protestas de las mujeres iraníes durante los últimos años. Satrapi nunca dejó de entender el arte como una forma de intervención en el mundo.

En una época en la que la neutralidad se presenta a menudo como una virtud, ella eligió tomar partido. No desde la consigna ni desde el panfleto, sino desde algo mucho más difícil: la complejidad. Recordándonos una y otra vez que los seres humanos son siempre más contradictorios que las etiquetas con las que intentamos clasificarlos. Pienso en esto mientras releo algunas de sus páginas. En cómo logró que una historia profundamente personal se convirtiera en patrimonio colectivo. En cómo transformó recuerdos familiares en memoria política. En cómo consiguió que millones de lectores entendieran que la libertad no es una abstracción solemne, sino una suma de gestos cotidianos: una canción escuchada a escondidas, una conversación prohibida, una prenda de ropa elegida contra la norma, una palabra pronunciada cuando el silencio parece más seguro. Marjane Satrapi dedicó su vida a dibujar esas pequeñas formas de resistencia. Ahora que ha muerto, queda su obra. Y queda también la lección que atraviesa todas sus páginas: que frente a quienes pretenden reducir el mundo a consignas, fronteras o estereotipos, contar una vida concreta sigue siendo una de las formas más poderosas de defender la libertad.

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