Opinión
Antes de saber quién era Gloria Steinem

Gloria Steinem, fallecida el miércoles 2 de septiembre a los 92 años, entendió muy pronto que cambiar la conversación pública también era una forma de hacer política.
Gloria Steinem
Gloria Steinem, conversando con simpatizantes en Women Together Arizona Summit, celebrada en el sindicato local de carpinteros de Phoenix, Arizona, en 2016. Foto: Gage Skidmore.

La primera vez que vi a Gloria Steinem no fue en un libro. Fue en The L Word.

Yo estaba en la universidad y todavía medíamos el tiempo por temporadas descargadas, discos duros compartidos y capítulos que alguien traía en un pendrive. Para muchas de nosotras, The L Word no era solo una serie: era una ventana. Allí aprendimos que existían otras formas de vivir, de desear y también de discutir. Y un día, en medio del funeral del padre de Bette Porter, apareció una mujer de pelo blanco impecable interpretándose a sí misma. Jenny preguntó quién era Gloria Steinem. Yo también. Lo curioso es que llegué al feminismo por ese camino torcido. No primero por los ensayos, ni por una profesora brillante, ni por una genealogía ordenada. Llegué porque una ficción decidió sentar en la misma mesa a unas lesbianas de Los Ángeles y a una de las mujeres que había cambiado la historia del feminismo estadounidense. Años después entendí lo que aquella escena estaba haciendo. Entonces solo me pareció que aquella señora tenía una autoridad extraña: hablaba poco y todo el mundo la escuchaba.

Gloria Steinem ha muerto el 2 de septiembre a los 92 años y llevo días pensando en aquella primera impresión. En cómo algunas mujeres aparecen en tu vida mucho antes de que sepas colocarlas en la historia. Steinem fue periodista antes que icono. Esa parte me interesa especialmente porque, con el tiempo, su rostro terminó eclipsando su oficio. Antes de convertirse en una de las voces del movimiento de liberación de las mujeres, ya estaba escribiendo sobre el poder, el trabajo y los cuerpos de las mujeres en redacciones que apenas las dejaban firmar otra cosa que moda o sociedad. Entendió muy pronto que cambiar la conversación pública también era una forma de hacer política.

Steinem fue una figura enorme porque abrió puertas, no porque tuviera siempre razón. Las mujeres que vinieron después pudieron cuestionarla porque antes alguien había conseguido que aquellas conversaciones existieran en público

Luego llegó Ms., el derecho al aborto, las campañas, las giras interminables por Estados Unidos y una vida dedicada a convencer a medio país de que las mujeres no eran una minoría. Lo consiguió muchas veces y fracasó otras tantas, porque también es verdad que el feminismo que representó Steinem tuvo límites. Fue criticado, con razón, por mujeres negras, por lesbianas, por feministas socialistas que señalaban el enorme punto ciego de hablar de “todas las mujeres” desde una experiencia blanca y de clase media. Esa discusión no empequeñece su legado; lo vuelve más interesante. Las genealogías sirven precisamente para eso: para heredar, discutir y corregir. Me da un poco de pereza la tendencia a convertir a las feministas en estampitas cuando mueren. Como si el mejor homenaje fuera borrar las contradicciones. Steinem fue una figura enorme porque abrió puertas, no porque tuviera siempre razón. Las mujeres que vinieron después pudieron cuestionarla porque antes alguien había conseguido que aquellas conversaciones existieran en público.

Quizá por eso sigo volviendo a The L Word. Vista hoy, la serie también tiene un montón de costuras: era blanca, bastante rica y sorprendentemente estrecha para hablar de diversidad, pero hizo algo fundamental para mi generación. Nos enseñó que las lesbianas podían ser protagonistas y que el feminismo no era una reliquia de los años 70, sino una conversación viva. Hay una escena, después del funeral, en la que las protagonistas empiezan a hablar de hombres, lesbianismo y feminismo delante de Gloria Steinem. Una le confiesa que lleva años queriendo acostarse con ella. Otra se disculpa por decir que le gustan los penes. Steinem se ríe y responde que a ella también le gustan los hombres. No era una frase brillante. Era algo mejor: una mujer de otra generación desactivando la idea de que el feminismo necesitaba policías. A veces pensamos que la historia se transmite de manera ordenada. Primero lees a Simone de Beauvoir, luego a Kate Millett, después a Judith Butler. La realidad rara vez funciona así. A veces descubres antes a Shane que a Gloria Steinem. A veces una serie de televisión te lleva, años después, a una biblioteca. Y a veces entiendes retrospectivamente que aquella mujer que apareció cinco minutos en la pantalla llevaba décadas ensanchando el mundo en el que tú ya habías crecido.

No recuerdo cuándo leí por primera vez a Gloria Steinem. Sí recuerdo perfectamente cuándo la vi, y me gusta pensar que esa también es una forma válida de construir una genealogía feminista: desordenada, pop, llena de atajos y de casualidades. Ninguna llegamos igual a las mujeres que estuvieron antes. Lo importante es que, cuando por fin las encontramos, descubrimos que llevaban mucho tiempo esperándonos.

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