Opinión
Lobo Antunes o la anáfora infinita
El fallecimiento de António Lobo Antunes en Lisboa, la ciudad amada, ha dejado a sus lectores unos instantes en suspenso, desamparados. Tenía 83 años y una obra novelística que sobrepasa la treintena de títulos, además de sus libros de crónicas y sus artículos. La obra permanece. Y, sin embargo, sentimos la pérdida de un amigo extraño al que nos gustaría agradecer el regalo de una escritura que nos ha acompañado durante años. Una escritura tan singular, osada, crítica y envolvente que lo convierte en uno de los grandes escritores europeos de la segunda mitad del siglo XX. Desde Memória de elefante (1979) hasta O Tamanho do Mundo (2022), su última novela, el autor portugués nunca cedió en su empeño de máximos literarios.
En su conjunto, la obra de Lobo Antunes conforma un único texto polifónico y fragmentado: “locuras estructuradas”, decía él. Descompone la estructura clásica de la novela y la reorganiza de un modo radicalmente personal. Hizo de la anáfora el eje de su escritura: los recuerdos regresan y las frases vuelven con ligeras variaciones, como si la memoria insistiera en los mismos núcleos de la experiencia. La voz lúcida, crítica y, a la vez, desolada de sus primeros libros crece y se multiplica hasta convertirse en murmullos, rumores, ecos de los muertos; voces indistintas que se difuminan y vuelven en un ritornello incesante que va de la guerra colonial al trauma, del fascismo salazarista a los años inmediatos al 25 de abril, de lo íntimo a lo colectivo, de la infancia a la muerte.
Pocos narradores se han adentrado en la fragilidad humana, la soledad o la senectud con la compasión y la belleza propias de la escritura de Lobo Antunes, que deja al lector conmovido
Ese procedimiento, quizás desconcertante en una primera lectura, termina creando un ritmo casi musical en el que la repetición y la variación funcionan como principios organizadores del relato. En ese sentido, su obra dialoga con las grandes tradiciones de la novela europea del siglo XX. No es difícil advertir la huella de William Faulkner en la multiplicación de perspectivas y en la descomposición del tiempo narrativo, o de Louis-Ferdinand Céline en la cadencia oral y quebrada de su prosa. Pero Lobo Antunes nunca fue un epígono de nadie: su escritura, profundamente ligada a la historia portuguesa reciente, acabó configurando un universo literario pleno y propio.
Pocos narradores se han adentrado en la fragilidad humana, la soledad o la senectud con la compasión y la belleza propias de la escritura de Lobo Antunes, que deja al lector conmovido en novelas como Sobre los ríos que van (2010). En ella, el frágil hilo de la memoria del anciano protagonista, que yace en un hospital de Lisboa, adquiere total preponderancia. El ir y venir de los médicos, los sueros, el dolor físico, se desvanecen, mientras emergen con fuerza obsesiva y anafórica los recuerdos, la patria de la infancia: el enfermo deja de ser el señor Antunes para volver a ser Antoninho, y la aldea, la casa familiar, el nacimiento del Mondego, los padres, los abuelos, la vegetación, los animales o el tío suicida reaparecen como presencias vivas que acompañan al anciano en los últimos días de su vida.
En tiempos tan fieramente belicosos como los presentes, se hace urgente la lectura de ‘En el culo del mundo, porque no solo nos coloca ante el primitivismo cruel de la guerra, sino también ante la absoluta soledad que se adhiere a los supervivientes’
Por otro lado, también pocos autores han sabido contar de forma tan subjetiva y, al mismo tiempo, tan veraz la guerra colonial de Angola. Él, como tantos jóvenes portugueses, la vivió directamente durante los años en los que estuvo destinado como médico de campaña en distintas guarniciones del Este de Angola. Y supo narrarla con una intensidad extraordinaria, elevando la experiencia personal y transformándola en materia literaria y colectiva. Si bien la presencia de la guerra de Angola y de la política colonial salazarista son constantes en su obra, el conflicto ocupa un lugar central en dos novelas: En el culo del mundo (1979) y Esplendor de Portugal (1997). En tiempos tan fieramente belicosos como los presentes, se hace urgente la lectura de En el culo del mundo, porque no solo nos coloca ante el primitivismo cruel de la guerra, sino también ante la absoluta soledad que, como una pátina persistente, se adhiere a los supervivientes para no abandonarlos nunca.
En realidad, es a Portugal, a su país, al que Lobo Antunes abre en canal. Se asoma con una lucidez dolorosa y con la sensibilidad exquisita de los amantes, utilizando no un escalpelo sino una lengua aterciopelada y rítmica con la que extrae la complejidad y la inocencia de los seres humanos que lo habitan, que es como decir, de todos nosotros.
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