Literatura
Sergio del Molino: "La literatura no puede aspirar a ser un motor de cambio social"

Lucía Tolosa entrevista a Sergio del Molino, juntaletras y autor de ‘’La mirada de los peces’’.

SergioMolino
@luciadeluna

publicado
2018-05-25 09:06

Prácticamente todos recordamos un amor que nos caló hasta los huesos, un amigo que nos marcó, y un profesor que nos cambió la forma de ver la vida. Para Sergio del Molino (Madrid, 1979), ese maestro fue Antonio Aramayona. El escritor zaragozano vuelve al ruedo, tras el éxito de ‘’La España Vacía’’, con su libro: ‘’La mirada de los peces’’. En él, nos descubre al carismático docente que le impartió filosofía, un conocido activista político que creía firmemente en la educación pública, el laicismo y el derecho a la muerte digna. Antonio es el hombre que confió en el talento de Sergio, el que le animó a escribir y le transmitió un respeto casi religioso por la palabra escrita. También es el hombre que le llama en 2016 para anunciar la irrevocable decisión de suicidarse y el deseo de que Sergio participe en el documental que grabará el periodista Jon Sistiaga sobre su muerte.

El autor usa este dramático suceso como punto de partida para construir una novela que orbita en torno al excéntrico Aramayona, pero que representa mucho más que un simple retrato humano. La peculiar obra, publicada por Penguin Random House Group, dibuja una maravillosa estampa generacional de la España de los 90 y abre ventanas de reflexión que nos tocan a todos: el sentimiento de culpa, los complicados años de la adolescencia, la noción de la muerte, y las luces y sombras del sistema educativo.

Decía Rosa Montero que todo libro es lo que su escritor es. ¿Qué representa para ti ‘’La mirada de los peces’’?
 Hay un fondo de verdad en esa frase. Al fin y al cabo, toda literatura que nos llega tiene un componente autobiográfico muy fuerte. Pero no estoy tan seguro de que un libro sea lo que su autor es. Esa frase será cierta en la medida en que cada uno quiera. Hay muchos escritores que utilizan los libros para ocultarse, como hacía Francisco Umbral. Él usaba una frase de Valle Inclán que venía a decir: ‘’usted lo que tiene que hacer es construirse una máscara’’. Esto tiene que ver con una decisión personal, responde a una opción estética. Yo no reflexiono mucho sobre los libros antes de escribirlos. Soy un escritor bastante intuitivo, no sé muy bien lo que estoy haciendo cuando lo estoy haciendo.

‘’La mirada de los peces’’ es un libro que necesitaba escribir, y que nace como respuesta directa a un dilema y a una situación que se me plantea en un momento dado con la llamada de mi profesor Antonio Aramayona. Es una historia que llevaba madurando mucho tiempo en mi cabeza, y me confirma la sensación de que yo empiezo a escribir los libros mucho antes de ponerme a escribirlos. No sé si es una novela, pero yo la vendo como tal. Digamos que es un tipo de novela que mezcla crónica, confesión, diario... En ella incluyo un montón de recursos y géneros narrativos para hilarlos todos en un propósito, que es la literatura que a mí me interesa como lector y como escritor.

Hay una constante en tu obra, que vuelve a repetirse en este libro, y es el interés por lo que ya no existe, por lo que ya murió.
Me atrae muchísimo la estela que dejan las cosas al irse. Puede ser algo totalmente irracional, o quizá una pulsión tanafóbica. Realmente no lo sé. Lo que persigo en esta novela son los trazos de algo que ya no existe, pero que un día presencié y pasó por mis manos. En ‘’La Mirada de los peces’’ hablo de un pasado vivo, es un pasado en el que aparecen conflictos que siguen vivos. Escribo de ausencias, pero son ausencias que han pasado por mi vida y condicionan la persona que soy ahora.

¿Escribes para mantener vivas esas ausencias?
No, porque no creo que la literatura tenga esa capacidad. Lo que pasa es que a mí me sorprende y me inquieta muchísimo ver que han desaparecido algunas cosas que he tenido en mis manos. Son cosas que he vivido y han estado conmigo, y de pronto ya no están. Quizá escribo sobre ellas para entender su desaparición, o para intentar acomodarme a su ausencia. Hay algo íntimo ahí, algo irracional que no sé muy bien definir...pero me atrae mucho no sólo lo que no existe, sino todo lo que no observa la gente.

Siempre me ha pasado esto. Cuando trabajaba en una redacción de periódico, estaba muy acostumbrado al desprecio de los jefes. Yo sabía que tenía que proponer una batería de veinte temas, porque me iban a tumbar diecinueve. Proponía temas que generalmente no interesaban a nadie. Tengo una vocación por echar la mirada a todo aquello que parece que no importa, a la pequeña historia.

¿Por qué tal interés en temas marginales?
En ese interés hay una postura muy de Walter Benjamin. Él decía que el pasado nos importa en la medida en que afecta al presente. Aunque sean temas marginales, me parece que son significativos porque revelan algo del hoy. En ese sentido, yo suelo escribir de ausencias, pero de ausencias muy reveladoras. Son ausencias que tienen una gran capacidad evocadora para entender el aquí y el ahora, nos explican mucho de nuestra realidad. No es un ayer muerto. Es algo que ha desaparecido pero no está muerto, y de hecho reverbera. Lo que busco es esa reverberación en el presente. En ‘’La España Vacía’’ lo hice también: buscaba narrar la forma en la que esa presencia fantasmal nos condiciona, para ver cómo esa memoria moldea el ahora.

La culpa es el gran motor de buena parte de mi literatura

Mezclas constantemente el pasado con el presente. ¿Cómo condiciona eso la narración?
La condiciona totalmente, porque la estructura está hecha en torno a ese juego de dos planos temporales. El plan que yo me hago de escritura tiene en cuenta esos dos planos, se centra en cómo interactúan y cómo juegan entre ellos. Al mezclar ambos tiempos, los dilemas que se manifiestan en el presente condicionan la escritura del relato.
  
A la hora de confrontar el pasado con el presente, estás confrontando al Sergio adolescente con el Sergio adulto. ¿Existe un conflicto entre ambos?
Siendo realistas, no puede haber un conflicto, porque estamos en planos desiguales. Hay uno vivo y otro muerto, y eso hace que el primero juegue con ventaja. En el caso hipotético de que pudiesen encontrarse, creo que mi yo adolescente despreciaría profundamente lo que soy ahora. Me reprocharía absolutamente todo, no aprobaría nada de mi vida actual. Desde mi yo presente, hay cierta condescendencia y cierto paternalismo hacia el Sergio adolescente. No puedo evitar verme a mí mismo como si fuera mi propio hijo. Es una actitud muy odiosa, intento edulcorarla en el libro, pero no puedo evitar un juicio constante del adulto al niño. Que conste que se trata de un juicio benévolo, en el que no hay arrepentimiento. Soy consciente de que la adolescencia es fundamentalmente una etapa idiota que transita en ese limbo que separa la infancia de la adultez. Es una etapa que tiene que vivirse con idiotez, y parte de crecer consiste en distanciarte de ella y apreciarla. Si tú no ves lo idiota que has sido, igual es porque sigues siendo el mismo idiota.

De tu libro han dicho que es ‘’un retrato de la adolescencia y la culpa’’, ‘’una reivindicación de la educación pública’’ e incluso ‘’una defensa de la muerte digna’’. Sin embargo, yo lo que veo es una novela que habla sobre las primeras veces. Primeros amores, primeras decepciones, primeras fascinaciones...
Sin duda. Es una novela sobre el descubrimiento y el despertar, ése es el hilo conductor. De todos modos, yo no considero que mi papel sea el de contradecir a los lectores y decidir cuál es la lectura correcta. Cuando uno publica un libro, tiene que resignarse a que cada lector lo interprete como quiera. Pero debo decir que me hace mucha ilusión que menciones lo de las primeras veces porque así lo concebí, para mí es fundamental ese aspecto. Mi pareja lo definió así cuando lo estaba escribiendo: ‘’un libro sobre el despertar’’. Es un libro de tránsito, iniciático en muchos sentidos. Luego tiene otras ramificaciones, pero lo fundamental es ese despertar. Por eso está la figura de Antonio, que actúa como catalizador. Él tiene un rol de despertador, porque se dedica a sacar a un niño del ambiente cerrado y ajeno al mundo en el que se encuentra. El niño está situado en un lugar en el que no encaja, en el que no se siente a gusto.

El entorno descrito, el barrio de San José, aparece como un lugar terriblemente hostil. ¿Esto responde a una realidad objetiva o a una exageración dramática?
Las ciudades y las vivencias nunca existen por sí mismas, sino por la mirada que se arroja sobre ellas. Es algo muy subjetivo. Cuando uno hace literatura, puede disminuir o exagerar las cosas. Lo que yo retrato no son tanto las ciudades en sí, sino cómo me he sentido ante ellas. A partir de ahí es cuando pueden aparecer como lugares infernales o maravillosos.

Lo que sí puedo asegurar es que muchos lectores se han sentido concernidos por lo que describo. También es cierto que otros han venido a decirme que no se ven reconocidos en lo que cuento, pero éstos han sido minoritarios. La mayoría de la gente que ha leído la novela me comenta que reconoce lo desagradable del entorno descrito, ese clima desapacible del que hablo. Pero bueno, yo creo que la identificación tiene que ver con una cuestión generacional y quizá con el hecho de compartir una disposición de ánimo muy parecida a la mía.

¿En literatura, el paisaje representa una proyección del estado de ánimo del autor?
El paisaje siempre constituye una proyección del estado de ánimo del personaje. El paisaje se relaciona con el narrador y los personajes de una forma dialéctica que puede contradecirles o estar en armonía con ellos. Con eso es con lo que juego. A mí no me interesa tanto el barrio de San José, de hecho como territorio me da igual. A mí me interesa como construcción literaria. Me interesa centrarme en cómo ese barrio refleja lo huraño y la incomodidad de un adolescente ante el mundo, el aislamiento y la soledad que siente un personaje frente al mundo. Y el mundo tiene la forma del barrio de San José porque, en ese momento concreto, es lo que veo.