Padre Ángel: “Aunque seamos curas, deberíamos poder disfrutar de una familia”

Conversamos con el Padre Ángel,  sacerdote católico y fundador de la ONG Mensajeros de la Paz.

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SOCIÓLOGO EN CIERNES. COLUMNISTA Y COORDINADOR EN NUEVA REVOLUCIÓN

publicado
2018-01-03 09:05:00

¿Tiene cabida el mensaje de la iglesia en la sociedad actual?

Depende de a qué mensaje nos refiramos. ¿El de creer en un Dios? Pese a los avances de la ciencia, esa creencia sigue siendo imprescindible para la mayor parte de los habitantes del planeta. Por creer nada se pierde, y el ser humano tiene tanto derecho a la trascendencia como a tener los pies en la tierra y negarlo todo. Tal vez los mensajes que sí pierden cabida en nuevos contextos sean los otros, los que hemos ido construyendo para rodear a Dios de normas. En el rito del bautismo, por ejemplo, todavía viene escrito que el cura debe exorcizar al niño. ¿De verdad pensamos que un recién nacido tiene algún pecado encima? Eso es ridículo y ofensivo, pero durante siglos nos hemos creído muy listos y hemos colocado nuestras interpretaciones en textos de doctrina, en lugar de obedecer aquel sencillo mensaje de Jesús: ama. Sé feliz. Nunca te niegues a sentarte con alguien y escucharle tomando un café. Pero nos hemos acostumbrado a tener siempre algo prejuzgado. Hay algunos a los que lo que les gusta es maldecir, pero para mí la Iglesia significa lo contrario: la convicción de que hemos nacido para bendecirnos, apoyarnos, acompañarnos, ser hermanos.

¿Qué diferencia a la iglesia de San Antón de otras iglesias?

Que está abierta las 24 horas del día, lo que significa que sus servicios siempre están disponibles. En el plano religioso, en San Antón no excluimos a nadie de los rituales. Puedes seguir la misa con tu mascota. Y si ese animal de compañía puede irse bendecido, ¿cómo no vamos a bendecir a dos personas que se quieren? Por eso en S. Antón bautizamos a hijos de parejas homosexuales. El que maldice o los manda al infierno en sus homilías o en sus escritos, ese no tiene sentido común. Ni misericordia. Por otro lado, la mayor diferencia -lo que convierte San Antón en un templo especial- es que nuestra labor no se reduce a los oficios religiosos solo, sino a atender a quienes acuden a nosotros pidiendo auxilio. San Antón es un refugio donde cualquiera puede tomar el desayuno, usar el aseo, conectarse a la wifi y sentarse a descansar gratuita y libremente. Por eso ha acabado siendo un punto de encuentro de personas sin hogar. Pero tampoco esta iglesia se queda en ofrecer comida y manta, sino que nuestro mayor valor es que ofrecemos confianza. Que nos sentamos a escuchar. Que en nuestras mesitas redondas nos miramos a los ojos, y esas personas que se habían quedado sin autoestima, recuperan el interés en sí mismas. Siempre necesitamos que alguien nos cuide para poder cuidarnos a nosotros mismos.

¿Comprende a las personas que se definen como católicos no practicantes?

Precisamente porque soy creyente, les comprendo. La capacidad de creer desarrolla también la de entender a los demás; la de empatizar. Siempre digo de broma que les tengo más miedo a los ateos que a los practicantes, en el sentido de que me suele pasar que descubro en los que a mi alrededor se llaman descreídos, una capacidad enorme de creer en los demás. Tal vez no en Dios, pero sí en los otros. Y para mí es exactamente lo mismo, como siempre dice nuestro actual Papa. Nos estamos quedando sin vocaciones sacerdotales, por ejemplo, pero no sin personas creyentes. Todavía los niños juegan creyéndose los juegos. Los mayores se enamoran porque se creen al otro. Y cuando nos pasa algo malo, sepamos rezar o no, todos esperamos que alguien interceda por nosotros y nos ayude a salir de esa situación. Yo trabajo, en Mensajeros de la Paz, con muchas personas que no pertenecen, por elección, a ninguna religión, pero se deleitan ayudando a otras personas. Los cooperantes son los misioneros del siglo XXI, y a eso me refiero con que tenemos que tener miedo a los que dicen que no creen: a veces son los que más creen en los hombres. Por la misma razón, no me puede parecer una incoherencia ni nada de eso que alguien crea en Dios, pero “no practique”. ¿A qué llamamos practicar? La misa del domingo está superada. La superó Santa Teresa cuando encontró a Dios entre los cacharros de la vida cotidiana. Unamuno, hace menos tiempo, escribía que se puede no parar de rezar sin pisar una iglesia en todo el día. Que rezamos cuando hablamos con alguien sin juzgar. Cuando miramos la naturaleza y descubrimos que algo fuerte nos une a ella. Todo lo que nos ilumina es una manera de rezar. Y como dice el refrán, es mejor estar en el bar pensando en la iglesia, que en la iglesia pensando en el bar.

¿Debe la iglesia quedarse en la caridad o resulta necesario luchar para erradicar las causas que producen la desigualdad?

Yo diría que lo segundo, pero lo diría hablando de cualquier organismo que se dedique a temas humanitarios, no sólo la Iglesia. De hecho, por ejemplo, el mío no forma parte de la Iglesia: Mensajeros de la Paz es una ONG laica. Lo es por muchas razones, la primera de ellas porque el cardenal Tarancón me lo recomendó. Entre las otras, destacaría que, de alguna manera, siempre tuve la sensación de que la cooperación la tenemos que ejercer como ciudadanos, no como curas. Al margen de nuestras vocaciones, profesiones, situaciones, creencias… todos somos ciudadanos, y problemas como el de la desigualdad nos conciernen, porque son problemas sociales. Responsabilidad de todos. Por otro lado, para mí esta pregunta tiene un matiz a aclarar: ¿de qué hablamos cuando hablamos de caridad? ¿Por qué la caridad tiene tantos detractores? Creo que no hay consenso, y que por eso a muchos nos critican muchas veces, con eso de que desde el asistencialismo no se enseña a nadie a pescar. Esas sentencias suelen salir de despachos insonorizados, desde los que no se entiende la urgencia de cada caso. A una persona que duerme en la calle y está clínicamente desnutrida, no la puedes pedir que busque un trabajo mañana. Tendrá que esperar a pasado mañana, cuando se le pongan mejor la cara y el alma. Hoy lo importante es que coma y que se sienta querida. A mí la caridad me fascina, porque caridad es hacer un regalo. Dar sin esperar vueltas. Mientras que la justicia es dar a cada uno lo que le corresponde. Si solamente fuésemos justos, no existirían las pensiones. Los derechos humanos muchas veces se han creado para salvarnos de nuestra propia justicia. Para tener derecho a la excepción, porque somos personas y no máquinas. Por esa misma razón, todo el Tercer Sector sabe que la caridad no es la solución y que, sí, hay que ir a por las causas. ¿Y cuál es la forma más eficaz de luchar contra el sistema? Desde dentro. Los políticos son los que tienen el poder y las herramientas para generar cambios. Pero nosotros, que les votamos, tenemos que pedírselos. Si no les exigimos nada a los que nos gobiernan; si no salimos a la calle a quejarnos; si no somos capaces de mirar a las personas necesitadas de nuestra propia ciudad y hablar por ellas… entonces no sirve la política y tampoco ejercemos nuestra ciudadanía.

Hay muchísimas cosas por las que la Iglesia debe pedir perdón todavía

¿Qué le diría a todos aquellos que tienen serias dudas sobre la gestión de los fondos destinados a Cáritas?

Aunque Mensajeros como ONG se beneficia de las subvenciones del IRPF destinadas a fines sociales, no de las de la Iglesia, yo siempre animo a todo el mundo a marcar ambas casillas en la Declaración de la Renta. Las dos equis son compatibles, y me parece cínico quien no reconoce que la Iglesia lleva siglos desempeñando una enorme labor social. Cáritas cuenta con el mismo portal de transparencia que cumplimos otras organizaciones que, desde el mundo laico, pertenecemos a la coordinadora de oenegés de España.

Suele decir que sus mayores críticas le llegan de algunos de sus compañeros sacerdotes ¿Resulta complicado cambiar los métodos y la estructura de poder en la iglesia?

Las críticas vienen por épocas y no me sorprenden, porque soy consciente de a qué institución pertenezco. Es cierto que los de dentro me han criticado y llamado la atención, por ejemplo, por bautizar a hijos de homosexuales. Cuando vienen dos que se quieren, sean chicos o chicas y te piden la bendición, ¿cómo se la voy a negar? Hay algunos curas a los que les gusta maldecir y esos sí son malas personas. Ya lo he dicho antes: yo me hice cura para bendecir y alegrar. Nadie me puede quitar el bendecir. Sin embargo, no puedo unirles en matrimonio, porque iría en contra de las normas de la Iglesia. Todo el mundo, a fin de cuentas, tiene en su puesto de trabajo una serie de restricciones, protocolos y códigos que tiene que respetar por encima de su opinión. Esas restricciones, métodos, estructuras, desde luego que cuesta cambiarlas. Al menos siendo un simple cura. Si fuera obispo, cardenal… Entonces tendría más responsabilidad, pero imagino que también más poder.

¿Corrompe en ocasiones la cercanía al poder el trabajo de la iglesia?

La cercanía al poder corrompe siempre. Aunque no nos demos cuenta. En mayor o menor medida… pero el poder siempre corrompe al ser humano. Por eso los curas que queremos parecernos al Papa Francisco (ese modelo de cura villero, con olor a oveja, que vive de la misma manera que los pobres de su comunidad…); que aplaudimos que estas navidades haya prohibido el marisco en las cenas, preferimos ejercer de “contrapoder”. Pero hay un poder al que yo no he querido renunciar nunca, que es el poder de la comunicación. Si hago entrevistas, si salgo en la tele, es porque me apasiona tratar de ser lo que nos llamamos en nuestra ONG: un mensajero de la paz. Descubrí muy pronto que, para sembrar paz, hay que hablar de ella. Que, para mejorar nuestra sociedad o cualquier institución, tenemos que denunciar lo que la corrompe. Yo he llegado a enviar mensajes rotundos en sobres cerrados. Uno fue el que mandé al ministro de Menores de época de Adolfo Suárez, en el que metí unas bellotas que había visto que era lo que comían los menores internados en esos centros que parecían cárceles. El segundo fue un sobre con condones que le mandé a Suquía, cuando criticaba las campañas del Gobierno que promovían el uso del preservativo. Se los mandé para que se enterara de lo que es un condón. Ningún pecado. Y tengo que decir que en ambas ocasiones se lo tomaron bien y quisieron dialogar.

¿Resulta un deber cristiano rebelarse ante las injusticias?

El Papa Francisco promueve la cultura del encuentro. Tomarnos un café. Tocarnos, acariciarnos, besarnos. Yo siempre hablo de que tenemos que querer y dejarnos querer. Pero, de nuevo, esto no lo digo como cristiano ni dirigido a los cristianos, sino como si leyera un manual de supervivencia humana. Por ética, por ciudadanía, por humanidad, deberíamos solidarizarnos con los que nos necesitan. Quizá si intentáramos de verdad vivir así, sin atacar a los demás, cuidándonos, amándonos en vez de armándonos, desaparecerían del planeta muchas violencias que ahora mismo nos rodean y avergüenzan. Ojalá aprendamos en algún siglo a combatir las injusticias sonriendo. A rebelarnos sin sangre y sin bombas… En realidad, ese tipo de revoluciones existen, pero no las escuchamos. Pasan inadvertidas. 

Es mejor estar en el bar pensando en la iglesia, que en la iglesia pensando en el bar

Teniendo en cuenta la actuación de la Unión Europea en sus fronteras ¿Considera merecido el Premio Princesa de Asturias que le ha sido otorgado recientemente a esta comunidad política?

Mensajeros de la Paz lleva en las fronteras europeas desde los últimos meses de 2015. Demasiado tiempo, y sin embargo la situación no mejora. Cada vez que piso uno de los campos de refugiados en los que estamos trabajando, me dan ganas de llorar. Y si me dejan un micrófono, digo que es una vergüenza lo que Europa está haciendo con esta crisis de refugiados. Es cierto que nuestros países también están en crisis. Es cierto que en España nosotros mismos, en Mensajeros, tenemos que empujar a miles de familias para que salgan de situaciones de desventaja tremendas. Pero el sufrimiento aquí no es el mismo que en un campo de refugiados. Aquí se pueden hacer cosas. Allí, lo único que se les permite es ir volviéndose locos. En la última Cumbre de la UE, solo algunos representantes reafirmaron la solidaridad. El resto habló, sin cortarse, de eliminar las cuotas. Eliminar eso que no han llegado a cumplir. No nos merecemos un premio: lo único que hemos hecho es convertir el proceso de acogida en una pesadilla más larga, cara y cruel.

¿Debe la Iglesia abrir sus puertas a las mujeres para ejercer el sacerdocio?

Siempre lo he defendido, y estoy seguro de que el Papa Francisco lo tiene en algún lugar de su agenda. Pero no tengo mucha confianza en llegar a verlo. Creo que, lamentablemente, es una de las cuentas que la Iglesia Católica va a seguir aplazando.