Catalunya
Catalunya, la conjura de los necios

Puigdemont pone freno a una República catalana que solo puede reconocer el PP

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Ilustración de Joan-Cesc Joan-Cesc
SOCIÓLOGO EN CIERNES. COLUMNISTA Y COORDINADOR EN NUEVA REVOLUCIÓN
11 oct 2017 16:00

"La diferencia entre un valiente y un cobarde, es que un cobarde se lo piensa dos veces antes de saltar a la jaula con un león. El valiente simplemente no sabe lo que es un león. Sólo cree que lo sabe."

Charles Bukowski


"La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados."

Groucho Marx


Olvidaba Pablo Casado y con el gran parte del independentismo catalán que Carles Puigdemont no es Luis Companys, nada queda hoy de la política arrojada y ciertamente inconsciente del pasado siglo y les guste más o menos a ciertos sectores del Govern, el pragmatismo electoral que reina en nuestros tiempos apenas deja espacio en la realidad política actual para aventuras constituyentes por justas y necesarias que estas puedan resultar. En los apenas ocho segundos de vida de la III República de Catalunya se esconde una adaptación independentista de la tragedia de Hamlet, un drama en donde la traición, la venganza y la corrupción moral entre partidos, se vuelve transversal entre España y Catalunya para dar como resultado principal un pastiche de la habitual traición de la clase burguesa al sentir de las calles.  

Pese a que nadie puede acusar a Puigdemont de no tener un perfil claramente independentista aún cuando Convergencia Democrática de Cataluña era tan sólo un partido nacionalista, el principal rasgo con el que deberíamos identificar al presidente de la Generalidad, es con el del más profundo liberalismo europeo. En ningún momento pareció pasarse por la cabeza de Junts pel Sí el conseguir la independencia de Catalunya tras una amarga ruptura con España y Europa, la táctica del Govern consistía simplemente en aguantar el pulso al estado durante todo el tiempo posible y ayer, dejando en diferido la declaración de independencia de Catalunya, se lograba desde la Generalidad un último respiro cuando el brazo del procés ya parecía rozar el suelo. Consciente de que la proclamación de la República catalana carecía de sentido sin el reconocimiento de la comunidad internacional, en el último momento, Carles Puigdemont decidió virar en lo que hasta ahora había sido una política de gestos dentro del soberanismo, para aplicando la razón en lugar de la pasión, desplazar la iniciativa y con ello la presión a Moncloa.

Tan solo el Gobierno de España tiene a esta hora el poder de hacer viable una República catalana en suspensión

Sin una salida clara más allá del conflicto directo con el Estado español y por ende con la Unión Europea, el Govern renunciaba ayer a la oportunidad histórica de proclamar un estado catalán independiente, y acongojado ante la posible virulencia del castigo de los mercados, hacía finalmente un llamamiento al diálogo con el gobierno español, esta vez desde una clara posición de debilidad. Buscaba con ello Puigdemont una reacción torpe y desproporcionada de un Partido Popular al que la ambigüedad del Govern lo encontraba a pie cambiado entre una Europa expectante y un nicho de voto muy exaltado dentro del nacionalismo español. Pero no surgió efecto.

Si bien nadie puede culpar al presidente de la Generalidad por intentar desde una posición de clara debilidad poner al gobierno español contra las cuerdas, el sentimiento que queda en el conjunto del indenpendentismo es el de la traición, el de la cobardía frente a lo que muchos consideraban, en gran parte fruto de la propia propaganda de los partidos, su destino común como pueblo. Aquellos que quisieron ver en el procés una revolución de clase donde no la había, quienes creyeron ver en Carles Puigdemont y en la antigua  Convergencia algo muy alejado de Mariano Rajoy y el Partido Popular, ayer sin duda se sintieron traicionados ante el pragmatismo burgués. 
Puigdemont ha sido consciente en todo momento que la CUP y el independentismo de clase no era un aliado a largo plazo, el acuerdo con la Candidatura de Unidad Popular del republicanismo anticapitalista, al igual que la frustrada declaración de independencia del  10 de octubre, suponían para el Govern un mero instrumento en  una hoja de ruta en la que la concepción del designio popular en nada se parecía a la que la sinceridad del independentismo revolucionario le otorgaba.

Quizás a la CUP se le olvidó el panorama de la corrupción en Catalunya, las actuaciones de los Mossos d'Esquadra contra toda expectativa de cambio social en su país o el rostro del liberalismo más salvaje enmarcado en su propia burguesía, quizás, simplemente un verdadero independentista no podía desaprovechar una oportunidad para ejercer su autodeterminación, aunque la traición se sintiese en el pecho. Fuese fruto de la traición o de la típica mezcla de ilusión e ingenuidad ante las oportunidades para la independencia de las minorías occidentales, la falta de intensidad por un sueño común entre las diferentes familias políticas del independentismo catalán, ha provocado que a la Moncloa le baste con el inmovilismo. 

Nada queda hoy de la política arrojada y ciertamente inconsciente del pasado siglo y les guste más o menos a ciertos sectores del Govern, el pragmatismo electoral que reina en nuestros tiempos apenas deja espacio en la política actual para aventuras constituyentes por justas y necesarias que estas puedan resultar

El mismo Partido Popular que utilizó el recurso al Estatut de Cataluña para llegar a la Moncloa e hizo de la catalanofobia su principal arma electoral tras el cese del terrorismo de ETA, necesitó tiempo para comprender que tras las reacciones internacionales a la violencia desproporcionada ejercida por el Estado español durante el referéndum del 1 de octubre, la reacción del gobierno español debía pasar por un cierto inmovilismo. Una actitud, en la que por otra parte nuestro presidente Mariano Rajoy es ciertamente un experto. En medio de un exaltado nacionalismo español en las calles y puntuales ataques fascistas por parte de una España; todavía minoritaria, pero que comienza peligrosamente a perder el estigma fruto de la Guerra Civil, el Partido Popular ha decidido no renunciar a su particular DUI, esa que el autoritarismo y la sacra defensa de la Unidad de España le proporciona tras cada consulta con las urnas. No contemplan en el gobierno de España renunciar a los pilares del régimen del 78, esos mismos que cimentan una estructura de poder que ha logrado tapar la corrupción de la Gürtel, asignarnos paulatinamente el papel de lugar vacacional en la arena internacional o instaurar la precariedad como norma para amplios sectores sociales de nuestro país.

El Partido Popular alude ante el desafío independentista a un marco legal que no ha dudado en saltarse siempre que ha sido oportuno, para haciendo uso de la maquinaria estatal, sortear la acción de la justicia. El partido de los discos duros de Bárcenas, las sustituciones de jueces o las zancadillas a las comisiones parlamentarias, busca aparecer ahora ante la opinión pública; apoyado en una prensa especialmente sumisa, como una figura incorruptible ante un independentismo que a todas luces ha sido señalado como el enemigo interno de cara a las siguientes legislaturas. 

El camino que Junts pel Sí​ y gran parte del independentismo en Catalunya ha encarado para lograr su independencia, sin duda ha incumplido la legalidad española, la ha incumplido del mismo modo que Rosa Parks lo hizo al sentarse en la parte trasera de aquel autobús en Montgomery o la comunidad negra cuando desafiaba la legalidad del apartheid. Del mismo modo que Carles Puigdemont no es Luis Companys, tampoco en nada se asemeja a Nelson Mandela, es en el deseo de ejercer el voto del pueblo catalán y su expresión pacífica para lograrlo, en donde todos; especialmente la izquierda, debiera buscar la solución a esta crisis.

Fruto de la traición o de la típica mezcla de ilusión e ingenuidad ante las oportunidades para la independencia de las minorías occidentales, la falta de intensidad por un sueño común entre las diferentes familias políticas del independentismo catalán, ha provocado que a la Moncloa le baste con el inmovilismo

Resulta más necesario que nunca replantearse nuestra concepción de Estado y para ello, una izquierda estancada entre el inmovilismo de la nueva política y el miedo al cambio de los viejos dinosaurios de nuestro parlamento, debe asumir la responsabilidad que el momento le reclama, no podemos permitirnos dejar en manos de quienes están dispuestos a hacer cálculos electorales con el nacionalismo español más rancio, la construcción de nuestros futuros marcos de convivencia. La izquierda en España y en Catalunya, debe buscar una alternativa a un proyecto; el del Govern, que de no fructificar deberá aparcarse para no terminar suponiendo una mera cortina de humo frente a la desigualdad social o la corrupción en el estado. 

Tan solo el Gobierno de España tiene a esta hora el poder de hacer viable una República catalana en suspensión. Sí el deseo ya presente en algunos medios de comunicación de humillar y someter al independentismo en Catalunya le gana la partida al pragmatismo, no podemos descartar la reactivación de la DUI, no ya apoyada en las razones de peso del Govern, sino en la ventaja de encontrar un rival ciertamente incompetente en Moncloa. Una realidad a tenor de los últimos acontecimientos poco probable, y que solo tendría cabida en la indecente lógica del cuanto peor, mejor. 

Texto: Daniel Seijo | Ilustración: Joan-Cesc

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4 Comentarios
Culquiera 17:18 13/10/2017

"...ante el desafío independentista a un marco legal que no a dudado..." Ese no ha dudado es con "h". Un saludo

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Daniel Seijo 23:39 13/10/2017

Mea culpa, las prisas del directo. Muchas gracias :)

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#902 17:09 13/10/2017

No ha dudado es con "h".

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Daniel Seijo 23:39 13/10/2017

Solucionado, muchas gracias

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