Canciones como disparos

La música de Violeta Parra fue como un disparo. Esas canciones tenían unos acordes de acero, firmes y sin tonterías. Las palabras eran como balas.

Violeta Parra en el estudio
Violeta Parra grabando una canción.

publicado
2017-09-15 08:00:00

Tengo un recuerdo muy vivo de cuando escuché por primera vez a Violeta Parra. Fue en 2005, en un trayecto en autobús que me llevaba desde Murcia a Mojácar pasando por un montón de pueblos con nombre curioso. Huércal, Overa, Cuevas de Almanzora, Vera, Garrucha. Mi favorito era Olula del Río.

Siempre pensé que aquel nombre daba para una canción. O incluso para un grupo de música. El trío del río y las Olulas. Olula del Rey. Olulas in the night. Y así ad infinitum. Aunque mi trayecto acababa en Mojácar, donde por entonces vivía y trabajaba en un hotel, siempre que podía me escapaba a Aguamarga, otro pueblo cercano. Allí, con una amiga que trabajaba en un restaurante, inventábamos nombres de grupos basados en pueblos de Almería.

Pero aquel día especial, con la sien apoyada en el cristal de la ventana y sintiendo las vibraciones del motor del autobús, algo nuevo ocurrió. Mis habituales divagaciones mentales sobre la toponimia almeriense o el origen de Walt Disney quedaron apartadas o más bien barridas de mi cabeza como por obra de un tsunami.

El cochambroso reproductor de mp3 que llevaba conmigo empezó a lanzar bits y mirando el paisaje seco y amarillo escuché “Puerto Montt está temblando”, “El diablo en el Paraíso”, “Arriba quemando el sol”. La música de Violeta Parra fue como un disparo.

Esas canciones tenían unos acordes de acero, firmes y sin tonterías. Las palabras eran como balas. Aquello me mató, pero en plan bien. Era como si siempre hubiera estado esperando ese momento. Y mientras el autobús avanzaba por la carretera, lo que salía por mis auriculares iba dibujando cosas en mi cabeza, que yo a su vez colocaba sobre aquel desierto al otro lado de la ventana. Parecía que todo estuviera sucediendo allí mismo.

De las canciones de Violeta Parra me gusta tanto lo que suena como lo que no suena. Y su forma de cantar, en plan yo canto esto ahora mismo o me muero o te mato. ¿Cómo se puede hacer tanto con tan poco?

Para mí, en eso mismo consiste la magia de la música. Es como en el cómic. Un dibujo demasiado realista puede transmitir mucho menos que una caricatura más sencilla y esquemática.

Me gustan mucho los discos de Violeta Parra, y también la crudeza. Hace que sus canciones suenen atemporales, como si en lugar de estar sentada en un estudio grabando te estuviera cantando a viva voz desde lo alto de una montaña. Qué bien que ella no tuvo, como Nick Drake, un productor que le llenase el segundo disco de arreglos y pistas de bajo y batería para, supuestamente, no aburrir al público. Aquella producción no obró ningún milagro de ventas ni de crítica y lo peor de todo es que entristeció al pobre Nick, que para su siguiente trabajo ya avisó que quería algo más austero y sencillo.

Un tiempo después de aquel trayecto en autobús, escribí varias canciones que luego incluiría en mi primer disco en solitario en 2008. Años más tarde grabé un disco de versiones llamado Gramola para el que me atreví a versionar el “Volver a los 17” de Violeta Parra. Fue la única versión del disco a la que no pude cambiar ni un acorde, ni un nada. La hice exactamente igual a la original y sintiéndome muy pardilla.

Es lo que tiene la música como la de Violeta. Es salvaje, valiente y poética, tiene un orden, pero no intenta adaptarse al mundo, más bien reclama que tú la sigas a ella, y como dice en “Volver a los 17”: “(...) lo que puede el sentimiento no lo ha podido el saber, ni el más claro parecer, ni el más sabio pensamiento, todo lo puede el momento, cual mago condescendiente (...)”.

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