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María José Llergo, en persona, utiliza los óles como síes. Su arte, su camino, es también pura afirmación.

María José Llergo en su nuevo videoclip, ‘Me miras pero no me ves’
María José Llergo en su nuevo videoclip, ‘Me miras pero no me ves’.

publicado
2019-05-30 06:00

“Teníamos como normal que nuestras madres y abuelas pudieran con todo. Les quitamos sus historias y no nos inmutamos”, escribe María Sánchez en Tierra de mujeres. Las que piensan que no merece la pena que su voz se escuche, de puro majada en el mortero de las vidas públicas, políticas, de los hombres. Las que han tenido siempre mucho por hacer y poco que decir.

“Pues ya ves, aquí, hijo”.

Rodeadas por el vacío que encuentran quienes solo se asoman esperando encontrar vacío. Hasta un coño impronunciable, en décadas, de cumplir expectativas de otros.

Pienso en un sonajero, el que llevaba en el mandil Catalina Muñoz Arranz cuando la sacaron de su casa para fusilarla porque decían en Cevico de la Torre que había lavado ropa de su marido con manchas de sangre de un falangista. Decían, figúrese, que hasta iba a manifestaciones y daba vivas a Rusia.

Un grupo de arqueólogos encontraron en una fosa cal, sus huesos y el sonajero —rosa, amarillo, azul, rojo— que pertenecía, seguramente, a su hijo más pequeño, Martín, de nueve meses entonces. Pertenece, porque vive. Tiene 83 años y vive en Cevico junto a otras apenas 400 personas. En casa, asegura, nunca se habló de Catalina para no despertar malos recuerdos.

Ni un juguete, ni la ropa de su marido o sus reales o imaginarias vivas a Rusia es lo que hace que Catalina existiera, que exista. Me acuerdo de su historia y la veo en lo nuevo de María José Llergo. Las miro y las veo, por saboteadas que me sean sus primeras personas. Porque igual que Catalina no era una madre de pueblo, María Sánchez no es una pastora que escribe y vive en el campo ni Llergo una flamenca moderna en un sello avispado.


“Si la voz de la tierra late en el tiempo
están quemando la hierba de tu recuerdo”

La prisa creciente y un ego cada vez más demandante —los hombres, sin casito, somos capaces de inventar ideologías de género o montar partidos que justifican lo que le pasó a Catalina por meterse donde no la llamaban— han facilitado que pasemos por encima de ellas. Que, con suerte, las leamos por encima o escuchemos pensando en nuestras cosas. Que las miremos pero no las veamos.

Escucho y veo y recibo palmas de la mano hacia arriba, agua, arado, raíces. Vida. Labradoras del Sacromonte, a Val del Omar. Y rosas con espinas y siete serpientes. Hoces afiladas.

María José, en persona, utiliza los óles como síes. Su arte, su camino, es también pura afirmación.

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