Música
Jeanette, la voz intrusa

En 1971, “Soy rebelde” se convirtió en el himno oficioso de una generación que adoptó a Jeanette como símbolo de un deseo instalado a escalpelo en el subconsciente de la memoria colectiva.

Jeanette
La cantante Jeanette en los 70.

publicado
2019-07-06 06:00

Fue hace medio siglo cuando en la España yeyé surgió la figura aniñada de una adolescente londinense con apenas 16 años. Su grupo, Pic-Nic; y la canción que difuminó el verano del amor español, “Cállate niña”. Bajo su canto tierno se encontraba una nana mortuoria, a mayor gloria de un icono pop que, poco después, comenzó a labrarse una trayectoria guadianesca pero imprescindible para entender el cambio emocional de una sociedad española estigmatizada por cuarenta años de falsos brotes de libertad mediática al grito de “¡A por las suecas!”.

Mientras el sueño hippy español transcendía bajo conexiones flamencas y pijipis de Cadaqués, la semilla original de la generación del free love se diluía bajo la paranoia de los crímenes perpetrados por la familia Manson. La muerte prematura de los sítares al viento taponó una corriente que, en España, llegó a brotes y mutilada.

El optimismo sesgado se recrudeció en la endogamia castellana de un variopinto surtido de cantautores protesta, psicodelia folk, canción melódica edulcorada, gitanos vanguardistas, reciclados del pop anglosajón y estereotipos arraigados a la España cañí. En medio de la jungla imperante, Jeanette hizo de 1971 el año de “Soy rebelde”. La que era una simple variación, gloriosa, de “Cállate niña” no solo se aupó rápidamente a los posiciones regias de las listas de ventas, sino que se convirtió en himno oficioso de una generación que adoptó a Jeanette como símbolo de un deseo instalado a escalpelo en el subconsciente de la memoria colectiva.

Más de cuatro décadas después, ¿quién no es capaz de reproducir sin el menor peligro de olvido pasajero la letra de esta canción? Compuesta por Manuel Alejandro, el compositor jerezano zurcía letras que, bajo el filtro vocal de Jeanette, se transformaban en engañosos cantos de sirena achampañados.


Este himno expone una curiosidad en toda su dimensión: siendo británica, el grado de ternura que alcanzaba era tan espectral que su deje inglés metamorfoseaba en susurro fantasmagórico francés. La peculiaridad de su naturaleza vocal, nacida de una dicción extraña y pronunciación a trompicones, hizo del accidente fonético su mejor arma para colarse como una intrusa atemorizada por las costumbres de una sociedad tallada a golpe de represión.

A diferencia del “Rebelde sin causa”, de Elia Kazan, en cada palabra almidonada por Jeanette sí latía un corazón atado a una necesidad por hacerse oír.

Finalmente, “Soy rebelde”, aparte de su número 1 en ventas, acabó siendo versionada en francés, inglés, italiano. Incluso en chino y japonés. 

A pesar de su gran impacto y simbolismo, “Soy rebelde” estuvo a punto de no verse engalanada con la voz de Jeanette. Así como ella reconocía en una de sus contadas entrevistas, publicada por La Razón en 2012: “Es verdad. La canción no me gustó. No tiene nada que ver conmigo, decía, no la voy a cantar. Sí, fui rebelde: estuve un mes peleando con la casa de discos, hasta que me cansé.  Ganaron ellos y tenían razón. Aspiro a ser perfecta, pero a veces me equivoco. Me he equivocado muchas veces”. 

Más allá de estar siempre atada a las convenciones de imagen que las compañías discográficas diseñaban para ella, en sus primeros años Jeannette consiguió evadir las limitaciones que esto suponía. No en vano, bajo su aparente dulzura de gominola, la ternura hipnótica irradiada trascendía como metáfora de la inocencia coartada bajo el yugo del franquismo.

A pesar de las ventas millonarias de “Soy rebelde”, Jeanette hizo honor al título y no se amoldó a los resortes de una industria musical que, únicamente, era capaz de aprovechar su carisma a cuentagotas. Que su primer lp en solitario no llegara hasta bien entrados los años 70 dice mucho de su inadaptación con sus diferentes sellos discográficos, aunque en ello también tuvo mucho que ver el fracaso inicial de “Porque te vas”, en 1974.

Cuando parecía que la carrera de Jeanette había tocado fondo, se obró el milagro por medio de Carlos Saura, que escogió su tema para la banda sonora de “Cría cuervos”. El film, de 1976, acabó siendo premiado en Cannes, lo que proporcionó segunda vida a uno de los hitos en la carrera de la británica.


Más de seis millones de ventas se pudieron constatar de la resurrección de una canción que definía la versatilidad de Jeanette para jugar con los fonemas, acelerar estrofas, ralentizarlas, y el más difícil todavía: armar un hito de tristeza azul a lomos de un ritmo circense.

Que el éxito brutal de “Porque te vas” se produjera bajo la alianza de Carlos Saura respondía a un designio del destino. Las buenas costumbres de la familia española “de bien” eran puestas en tela de juicio a través de escenas demoledoras saurianas; falsamente, edulcoradas bajo una voz infantil que traduce ingenuidad en latigazo emocional.

El furor mediático causado por el single revivió la esperanza de verla debutar en largo. Deseo cumplido en 1977, bajo una producción que, a tenor de los cuatro millones de ventas en Francia del single, la llevaron a grabar al otro lado de los Pirineos. El resultado, Todo es nuevo. Pero, a pesar de la inversión realizada, una producción de altos vuelos y un botín de cortes para el recuerdo, su ópera prima en largo no consiguió cambiar su imagen de chica para singles.

El juicio del tiempo no ha hecho más que reevaluar el gran valor de un trabajo cosido con nanas adolescentes sobre la pérdida, como en “Canción para Ana”, y producciones a lo Gainsbourg, tal como en “El amor toca el violín”. Fragilidad de celofán, ataviada por un corrillo de amores platónicos precipitados al fondo del olvido.

Hasta cuatro años tuvo que esperar para rehacerse de este fracaso, por medio de Corazón de poeta (1981). De nuevo, se hacen presentes las reminiscencias de la chanson francesa en la instrumentación o en melodías como la que florece en “El muchacho de los ojos tristes”, una de las joyas de un trabajo jalonado con algunas de sus canciones más carismáticas y representativas de sus poderes.

En este sentido, no hay ejemplo más representativo que “Un día es un día”, como un trago largo de ABBA con somníferos. Todo un arsenal de arreglos plañideros, ahogados en brillantina melancólica. Menos sutil es “Frente a frente”, oráculo de este nuevo despegue en su carrera, en lo comercial, el paradigma de traducir sensiblería en tragedia, en lo que Jeanette era insuperable.


En años posteriores, su aura se fue apagando poco a poco entre curiosas, y aparatosas, incursiones en la saudade carioca y el electropop. Tiempos en los que su presencia había sido ya totalmente tapiada bajo el peso de la Movida Madrileña.

Tanto tiempo después, su rastro no ha dejado de ser recuperado una y otra vez. Curiosamente, su eco ha llegado a voces masculinas pop sin pudor por desnudar sus emociones, como Guille Milkyway, Paco Tamarit y Antonio Galvañ. Pero también a Albert Pla, Enrique Bunbury, La Bien Querida y Cathy Claret, el reverso luminoso de Jeanette. Pruebas que enfatizan la perdurabilidad de lo insólito como remedio más eficaz contra la mediocridad.

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