‘Heliotropo’, la excursión mágica de Vainica Doble

La montaña rusa de sensaciones propagada por las canciones cosidas en Heliotropo, el segundo disco largo de Vainica Doble, es imparable.

Vainica Doble Heliotropo
Vainica Doble

publicado
2018-07-13 06:00:00

Hace ya medio siglo que Gloria Van Aerssen y Carmen Santonja decidieron firmar canciones juntas bajo el nombre, inspirado por su querido amigo Iván Zulueta, de Vainica Doble. Entre sus múltiples atentados contra la superficialidad, su primera metamorfosis fue un hechizo constante de pop embrujado. De Cervantes a sus paralelismos con los cómics de ciencia ficción de Josep Mª Beà, de Juan Ramón Jiménez al pop soleado del San Francisco hippie, labraron un conjunto de estribillos imposibles, donde el acervo clásico era pervertido en rock ácido y los cantos gregorianos dialogaban de tú a tú a con Pink Floyd.

El atrevimiento suicida surgía por mera reacción espontánea. Sensación perfectamente dibujada en su primer single, La bruja / Un metro cuadrado (1970), presentación oficial donde ya demarraban del resto del pelotón con distancia considerable.

Su álbum de debut, Vainica Doble (1971), confirmó la singularidad de cada uno de su actos. Pop de alta graduación donde la huella barroca de Pepe Nieto en los arreglos era compatible con la lisergia sci-fi de “Guru zakun Kin Kon”.

Las propiedades únicas de su puesta de largo podrían haber sido su pico, pero, a pesar de sus vaivenes con las discográficas y su condición de pioneras —hecho siempre penado por la miopía del entorno correspondiente—, tuvieron arrestos para prorrogar el milagro con Heliotropo (1973), un caudal de inspiración para los ideólogos de la Movida, con Carlos Berlanga y “El Zurdo” como exponentes más lúcidos. Y cuyo eco, recogido desde las mismas playas de San Sebastián, donde Carmen vivió de niña durante la Guerra Civil, avivó la inspiración de La Buena Vida, Le Mans y Family. Y la enredadera de Heliotropo no ha dejado de ramificarse en grupos como Gente Joven, Sagrado Corazón de Jesús o Manu Ferrón.

“De este disco aprendí que la ternura no es ñoñería, porque la primera no está reñida con el ingenio, al contrario que la segunda”, explica para El Salto este último. “Que el ingenio, consustancial al genio —no el de la lámpara ni el del mal humor, el de las ideas geniales—, puesto al servicio de la escritura de canciones, a la opinión crítica y al lado gracioso de las cosas hace progresar al mundo, lo llena de cosas nuevas, a menudo inesperadas y casi siempre extraordinarias. Y dejé de entender de qué hablamos cuando hablamos de modernidad. Y me hice más creyente y menos crédulo. Y así sigo”.

Otro de los abducidos por la magia de Heliotropo fue Abel Hernández —Migala, Emak Bakia, El Hijo— que en 2012 me explicaba que “cuando escribo una canción como ‘Exteriorización del cuerpo astral’ quizá en cierto momento dude de su pomposidad, barroquismo y rebuscamiento pero entonces pienso en canciones de ellas y me digo que es un buen camino. Es como que su legado a mí me diera más que una forma concreta, una carta de libertad”.

Solo desde esta libertad es posible cocinar armonías azules como “Habanera del primer amor”, cuya instrumentación no convencía a Gloria y Carmen, algo con lo que Antonio Galvañ, Parade, no está precisamente de acuerdo: “Una canción que quizá es el ‘éxito’ por el que las conoce la mayoría del público”, comenta para El Salto. “Una canción muy cursi para ellas, que estuvieron a punto de no incluir si no hubiera sido por la insistencia de Caballero Bonald. A mí me parece una puerta de entrada preciosa para Vainica, de hecho fue mi puerta de entrada”.


Sobra la misma, el malabarista pop Paco Tamarit nos expone los efectos emocionales que pueden conllevar el contacto directo ante una canción de las Vainica. “Se para el tiempo cuando empiezan a sonar esa flauta, esa guitarra, esos bongos... En casi todos los conciertos que hago como Serpentina o San Francisco acabo interpretando ‘La Habanera…’ y cuando termina es tal el terremoto emocional que llevo encima, que no consigo encontrar nada apropiado para continuar y tengo que despedirme. La llevo tan dentro de mí que no requiere ensayos ni revisiones. Siempre me apetece hacerla, a no ser que esté mi hija Bárbara, que no puede oír una frase sin ponerse a llorar. No es una canción muy definitoria de Vainica Doble, pero aún así es la que siempre recomiendo a quien quiere meterse de lleno en su mundo. Y es que todo el mundo hemos tenido un primer amor, una primera pulsión sexual resuelta con sentimientos extraños. Todo el mundo nos sentimos atrapados en una vida que empezó sin darnos cuenta y acabará sin habernos dado ninguna explicación. Esa fugacidad, ese paso inexorable del tiempo y ese cariño por las cosas insignificantes representan la columna vertebral de esta canción absolutamente emocionante”.

La montaña rusa de sensaciones propagada por las canciones cosidas en Heliotropo es imparable: de “Habanera del primer amor” a “Coplas del iconoclasta enamorado”. “En mi opinión, esta última es su mejor canción”, comenta Antonio Galvañ. “Totalmente redonda en cuanto a música y letra. Ay, qué letra. El hombre que por amor lo destruye todo. Pero lejos de ser dramática, lo fabuloso de ella es que lo dice de forma casi cómica, y el efecto es demoledor. Una cosa que ellas han hecho mejor que nadie en el pop español”.

El humor teñido en ironía atroz fue una de las tantas características enjaretadas en un libro de estilo donde su amor por la naturaleza emergía en “Agáchate, que te pierdes”, un desesperado canto ecologista contra los despropósitos de la modernización sufridas por las ciudades en la España de los años 60. Arponazos rebañados en caramelo con los que también atacaban la condición de una sociedad que “nos impone sus condiciones. Fundamentalmente, estamos condicionados y, naturalmente, ahora con hijos incorporados. Y no hay ocasiones de ir a Hawaii”.

Letras de tal contundencia son las que habitan en “Ay, quién fuera a Hawai”, el reverso del cariño profundo que nutre cada centímetro de “Elegía al jardín de mi abuela, con una dedicatoria y un suspiro”, de una dulzura subyugante y donde los recuerdos de la niñez jamás fueron tan fabulosamente materializados como en tan sentida evocación, enfatizada con la presencia de la “Dedicatoria” de Schumann, que Gloria canta como si recordara el día en que su vida se cruzó con la de Carmen en la cancha de baloncesto del patio universitario de Madrid.

En contadas ocasiones, los misterios de la empatía a través de experiencias ajenas a nuestras vidas contarán con semejante caudal de cepos como en esta demostración de sensibilidad extrema. “‘Elegía al jardín de mi abuela, con una dedicatoria y un suspiro’ es mi canción favorita de Heliotropo y de todo el repertorio de Vainica Doble”, reconoce Antonio Galvañ. “Y mira que hay para elegir. Desde que la escuché por primera vez me pareció que me hablaba a mí, que hablaba de mí. Esa vuelta a la infancia, los primos juntos en el jardín y la tía tocando el piano se antojan tan cercanos que no puedo desligar la canción de mi propia vida. La he tocado varias veces en directo y, en una de ellas, una mujer mayor se me acercó y me dijo: ‘yo estaba allí, en ese jardín con ella’. Que vivan Vainica Doble. Siempre”.

2 Comentarios
Joxerra 8:49 13/7/2018

Gracias por el artículo. Vainica Doble han marcado una época, nos han emocionado y son irrepetibles. Gora Vainica!

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Salyana 8:01 13/7/2018

Que vivan por siempre! Gracias

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