Santiago Motorizado y la música que habla sobre lo colectivo en medio del individualismo

El líder de El Mató a un Policía Motorizado ha pasado por España con su proyecto en solitario. Reflexiona sobre la música, la precariedad y el individualismo. Defender a la banda, dice, es también una forma de resistencia.
Santiago Motorizado
Santiago Barrionuevo, también conocido como Santi, Chango o Santiago Motorizado, líder del grupo argentino Él Mató a un Policía Motorizado.
3 mar 2026 06:00

Hay canciones que sobreviven a su propia época, que atraviesan cualquier batalla tecnológica y cultural, que narran la derrota sin dramatismo y el deseo sin grandilocuencia, y que se instalaron como hitos del siglo XXI. Cuando suenan los primeros acordes de El Mató a un Policía Motorizado no hay nostalgia, sino una forma particular de estar en el mundo. 

Lo que empezó en La Plata como un gesto entre cinco amigos que buscaban un nombre para su banda, inspirado en una película de serie B de 1987, terminó convirtiéndose en uno de los proyectos más influyentes del rock independiente argentino. Pero su llegada a un público más amplio no fue inmediata, fue un proceso lento.

“Todo fue pasando muy de a poco desde el comienzo”, dice Santiago Barrionuevo, también conocido como Santi, Chango o Santiago Motorizado, líder de la banda, cantante solista, bajista y productor. “Primero me animé a escribir mis primeras canciones con recursos mínimos. Ese fue el gran paso: animarme a mostrar la intimidad de una melodía y una letra hechas por mí. Después de eso, la timidez empezó a irse”.

Esa timidez inicial —esa torpeza que todavía reivindica— es también una ética. En una industria que acelera, que exige presencia constante y rentabilidad emocional, El Mató creció a contrapelo. El segundo disco, Navidad de Reserva (2005), consolidó un lenguaje propio. “Ahí encontramos algo más definido, más consolidado”, cuenta. No era solo un sonido: era una forma de decir.

Dos décadas después, y con nueve álbumes encima, esa lengua común sigue funcionando como refugio generacional. “Hay un lenguaje para El Mató, algo que siento cuando escribo y que puede representar a todos los chicos”. No habla de universalidad sino de pertenencia, de un nosotros que se reconoce en pequeñas escenas, en barrios, en viajes que casi siempre son imaginarios.

Mientras la banda se afirmaba y comenzó a llenar de fanáticos cualquier sitio desde desde La dinastía Scorpio (2013) en adelante, Santiago empezó a desplazarse. Compuso la música para la reedición de Okupas en 2021 —una serie argentina que entendió a una generación sin caer en moralismos— y produjo a otros artistas, como Amaia. De hecho, en España, mucha gente ha escuchado la línea “dime que vendrás a ver conmigo el concierto de los motorizados, y disfrutarás ese momento, no tendrá final” dentro de la canción “Quedará En Nuestra Mente”. Para el músico argentino,  componer con Amaia fue algo completamente nuevo. “Nunca antes había estado frente a alguien tratando de ser creativo en vivo y en directo”, dice Santiago.

“Explorar y aprender me hizo darme cuenta de lo poco que sé, de lo infinito de todo, por eso siempre estoy en ese movimiento hacia lo nuevo, siempre listo para la aventura”, cuenta Santiago Motorizado

Ese aprendizaje tiene algo de exposición, habla de salir del propio código, aceptar el riesgo de no saber. “Explorar y aprender me hizo darme cuenta de lo poco que sé, de lo infinito de todo, por eso siempre estoy en ese movimiento hacia lo nuevo, siempre listo para la aventura”, cuenta, mientras parece moverse sin parar, buscando excusas para empezar recorridos distintos, probar, jugar y ver qué pasa.

El proyecto en solitario nació también desde esa necesidad de movimiento. Al principio era una reacción casi física al volumen de la banda. “Cuando empecé a tocar solo era literal: yo con una guitarra acústica. Era un momento de El Mató bastante ruidoso y tenía la pulsión de hacer algo más tranquilo”. Con los años, las fronteras se volvieron menos rígidas y hasta encontraron un punto de unión. “Hoy el verdadero motor es estar siempre en movimiento: explorando y viajando. Es una excusa para no detenerme”.

No detenerse es político. Frente a un presente dominado por algoritmos, playlists y carreras individuales, sostener una banda durante más de veinte años es una anomalía. Por eso mismo Santiago cuenta que “las bandas van muriendo en el mundo; el individualismo reinante las está liquidando de a poco. Pero yo tengo una banda, muy buena, y la disfruto muchísimo”.

En esa frase hay algo más que romanticismo, una defensa del trabajo colectivo en un ecosistema cultural que premia la autosuficiencia y la competencia constante. Mientras el mercado impulsa la figura del artista omnipresente, El Mató insiste en un en un crecimiento grupal, en la negociación interna y en el tiempo compartido.

Su nuevo EP, Retorno, con el que ha girado por España en febrero, profundiza otra zona, con canciones más lentas, más concentradas en la voz, en escenas cotidianas donde la ironía asoma con libertad: “Ey, nena, vamos a ver esa película, soy tan fanático del director de esa película”, canta en “Amor en el cine”. “En el proyecto solista me voy para cualquier lado. Le pongo más humor”, dice el cantante. Si en El Mató el centro es la unidad, aquí la búsqueda es más íntima.

En las conversaciones con él, La Plata aparece como punto de partida inevitable. “Uno nunca entiende bien qué te da tu ciudad, pero es obvio que eso está ahí. La Plata es un pueblo grande: uno crece sin la ambición de la gran ciudad, y eso me gusta”. Hoy vive en Buenos Aires y reconoce que el ritmo de la capital le inyecta una urgencia que antes no tenía. “Sé que es malo, pero también entiendo que quizás repercute en mi creatividad. Siempre es cuestión de encontrar el equilibrio. Me gusta decirlo en voz alta, pero me cuesta llegar a ese lugar”.

Viajar, paradójicamente, lo aquieta. Este año tocará por primera vez en Japón como solista. Su sueño es tocar aunque sea una vez en los cinco continentes. “Yo me libero de muchas cosas cuando viajo. Ver la conexión con mis canciones en personas que crecieron en lugares tan diferentes es increíble. Hay algo en mi neurosis que se desactiva cuando estoy lejos de casa, y soy un poco más feliz”.

Mirando atrás, no encuentra rupturas sino continuidad obstinada. “La mayoría de las cosas siguen igual. Ahora soy un poco menos tímido, pero igual de torpe. Sigo enamorado de la música. Explorar y aprender en el camino me hizo dar cuenta de lo poco que sé, de lo infinito de todo”, dice.

Esa persistencia explica por qué sus canciones no envejecen, no hablan de moda ni de una escena cerrada, sino que hablan sobre cómo atravesar la precariedad afectiva, la incertidumbre económica y el paso del tiempo con intensidad. En un presente saturado de estímulos y carreras fugaces, la obra de Santiago Motorizado —con la banda o como solista— insiste en moverse sin convertirse en mercancía pura. Su música habla sobre lo colectivo en medio del individualismo.

Y tal vez ahí radique su gesto más radical: seguir enamorado de la música y darle tiempo, sin convertirla en un contenido que desaparece de forma rápida y fugaz.

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