Música
Óscar Mulero: “A València le ha costado mucho quitarse el estigma de los años 90”

El techno reactivo del veterano dj y productor Óscar Mulero cumple 30 años. Un buen momento para hablar con él de su música, de las drogas, de la Ruta valenciana y de sus referentes femeninos del género musical que nació en Detroit.

Óscar Mulero, en una sesión en Japón
Óscar Mulero, en una sesión en Japón. Foto de Tomo Sugawara.

publicado
2019-03-24 06:00

La casualidad quiso que, por estas fechas, hace 30 años estuviera poniendo música en un bar de Moncloa, en Madrid. Ahí llegó de rebote, a un garito de cuyo nombre ya no se acuerda, con la intención de ahorrar dinero y comprarse una moto. Pero cuando Óscar Mulero por fin la tuvo, se dio cuenta de que se le habían quedado las manos pegadas a los vinilos. Hace treinta años todavía era pronto para sentirse disckjockey de facto aunque en su fuero interno los beats le marcaban el camino directo hacia la escena musical.

Todo llegaría, pero antes, estudiaría una FP, trabajaría en un taller de coches y tocaría el bajo en una banda de rock. Después, el Waveform Transmission Vol.3 de Jeff Mills —con quien compartiría cartel años después en el Sónar— y tantos otros vinilos y cintas de casete con olor industrial harían el resto.

Treinta años es el tiempo que le ha costado mezclar pasión y profesión al veterano creador. Más sencillo, casi natural, fue el paso de pinchar discos a directamente crearlos, producirlos de la nada. “Llega un momento en el que no solo quieres poner música de otros en tus sesiones. Es como si, de repente, en tu maleta dejas de encontrar lo que te apetecería pinchar”, reconoce a El Salto.

Dicho y hecho: cambió el asfalto de Madrid por el mar de Gijón y se puso a crear, a producir. A seguir alimentándose de nuevos proyectos que le han hecho mantenerse haciendo equilibrios subido a los platos de la estrecha escena techno española, hasta llegar a ser uno de los maestros del género a escala mundial. “Que un movimiento tan underground como en el que trabajo haya interesado a tanta gente legitima por derecho propio su posición dentro de la música, y esto es algo que hace una década era impensable”.

Dio la casualidad de que ese 1989 en el que Mulero trasteaba con discos en un discopub madrileño fue el año en el que los Stone Roses y los Happy Mondays actuaron a altas horas de la madrugada en la discoteca Barraca, una de las paradas obligatorias de la Ruta del Bacalao. “Me atrae mucho lo que ocurría en València a finales de los años70 y durante los 80, con el new wave y el afterpunk. Me hubiera encantado tener diez años más y haber estado allí para ver a bandas que me siguen gustando hoy en día y que actuaron en esas discotecas. En cambio, la época de los 90 es algo que no me interesa de València porque confundió mucho. Ha costado muchísimo quitarse el estigma de lo que pasó allí en los 90 a nivel musical”.

Mulero habla del poco contenido de esa década y de lo decepcionante que fue para él: “Me extrañaba cómo podía haber un cambio tan grande, porque en los 90 también había buena música para poner. Al menos, lo que yo entiendo como buena música. Es algo que no llego a entender, con todo lo bueno que pasó por València en los años 80”.

¿Y quién tuvo la culpa? En cierto modo, los pinchadiscos del momento, opina. En las discotecas valencianas desde finales de los 70 los djs acaparaban toda la atención de las salas de fiesta y sus sesiones podían llegar a durar hasta diez horas: todo lo contrario al formato tipo boiler room de hoy que apenas dura entre 60 y 90 minutos y en los que, según el músico, no da tiempo a entender a la persona que pincha los discos.

Pero no solo de mala música murió la ruta. La demonización de la fiesta no solo se cebó con las discotecas de la carretera de El Saler. Drogas, accidentes, redadas, peleas, son conceptos que se asociaron, a veces falsamente, a esas noches valencianas. “Creo que es hipócrita lo que se marcaron los medios de comunicación. Por supuesto, está esa parte, pero nunca le dieron importancia a la musical. Si hablamos de que la música está relacionada con las drogas, seguramente no es ni la electrónica ni los años 90 el primer momento. Piensa en Woodstock y en lo que hacía la gente, y de qué forma disfrutaba la música. Ahí también tienes música asociada a drogas, pero la forma en la que lo trataron las televisiones fue totalmente distinta”. El verano del amor y la adicción a la heroína de la escena jazz de los años 50 siempre fueron contados mucho más bonito que las noches discotequeras de los 80 en Spook, ACTV o Chocolate.

¿Existe una relación directa entre la música que se baila o escucha y la clase de droga que se consume? Mulero se moja: “No lo creo. Cada persona decide qué utilizar como modo de escape. Alguien se quiere evadir y puede irse a ver fútbol y a emborracharse cada día a vinos. Para mí es un debate que no va mucho más allá. Puede ser la droga acompañando la música o puede ser el vino acompañando al fútbol. No comparto la opinión de que la música electrónica es la idónea para escuchar si tomo drogas. Puede ser electrónica o cualquier tipo de música. No, yo no creo que la electrónica sea una música que favorezca el consumo de droga. La música está asociada a la droga tanto como el alcohol a otros entornos de socialización. ¿Cuánta gente ve el fútbol borracha hoy en día?”.

Una pieza perfecta

El último trabajo, hasta la fecha, del músico madrileño se llama Perfect Peace. “Este disco tiene un concepto musical alejado de lo físico o visceral”, explica. Suena introspectivo, iluminado de oscuro, más libre, más minimal y menos Autechre. Lo define como un viaje de 17 canciones imaginadas para resonar en otros lugares más recónditos que no sean los bafles de un club a las tres de la mañana.

Como si quisiera guardarse un rato la careta de dj de techno que pincha desde finales de los 80. “El disco da mucho más de sí porque hay más armonías, más intimismo”. Más Mulero. Porque, aunque piensa que la misión del dj no ha variado mucho —esto va de comunicar con la música, dice, de hacer bailar pero también de hacer pensar—, las canciones no solo tienen un lado físico. Hay música más allá del baile, aunque es consciente de que los derroteros del panorama musical actual transitan por otros lugares.

Porque, realmente, ¿el techno sigue gustando entre los jóvenes?: “Creo que siempre hay un cambio generacional con todo. En los años 90 a la gente joven le interesaba mucho más; ahora, en cambio, les atraen más los ritmos urbanos. Es algo que va cambiando”.

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Los jóvenes de hoy quieren bailar, mover la cadera de una forma que quizá no estaba contemplada en la revolución de la música electrónica que empezó hace dos décadas. “Es muy difícil crear un nuevo estilo de música de baile. El techno es un poco esclavo de ciertos patrones que lo convierten en la música de baile que es. El que se hace hoy, por ejemplo, es muy repetitivo, muy cíclico y con muy pocos elementos, el mismo que se hacía en el año 94”. Lo que sí evolucionan son las herramientas; cambian los estudios y la forma de tratar los sonidos, pero la base sigue siendo la misma: “No hay nadie que pueda crear un nuevo estilo de música dentro del techno porque para que lo sea tiene que mantener esos matices que lo hacen ser techno”.

Detroit, techno, propaganda

Tuvo algo de visionario aquel álbum de Mulero de 2012 al que llamó Black Propaganda. Su corte número cuatro, “Disinformation”, se anticipaba al fenómeno actual de las fake news. Se veía venir, cuenta. “Internet tiene una gran responsabilidad. ¿Cómo se recibe la información? ¿Cómo lo hacen las generaciones jóvenes? Solo con publicar algo en una red social puedes causar una gran repercusión. Por ejemplo, hay siete perfiles en redes sociales con mi nombre y ninguno es el mío real. Es como si cualquiera pudiera suplantar una personalidad y hacerse pasar por otro alguien”.


El mundo que le rodea permea sus composiciones: “Entiendo que la música, de cualquier estilo, puede ser un elemento reivindicativo. Puedes provocar ciertas reacciones o puedes utilizarla en cierto sentido hacia algo”. Incluso en un género que es mucho menos hermético de lo que parece.

Decía Óscar Mulero en otra entrevista que el techno no debería ser tan amable. Esa frase podría explicar por qué nace en Detroit. “Todo lo que ocurre alrededor influye en tu música y va aportando matices. Tu estado de ánimo o lo que está pasando en tu ciudad te lleva a apretar unas teclas u otras”. La literatura o el cine, como la música, dan cuenta de esas épocas oscuras que pasaron sus autores. Desde Lorca hasta Kanye West.

El género que practica nació, como tantos otros, marcado por la clase social y el color de la piel de los creadores. Detroit es su capital y cuna de algunos de sus grandes ideólogos —biblia, o Roland TR-909 en mano, de la que por cierto solo se comercializaron 10.000 ejemplares— como Juan Atkins, Kevin Saunderson o Derrick May. Los tres se conocieron en el instituto de Belleville, una barriada burguesa de la periferia en donde eran casi los únicos negros del lugar.

También se puede pintar Detroit como el paradigma de la distopía capitalista que pasó de ser la capital mundial del motor a la urbe con la mayor bancarrota de la historia de Estados Unidos, de la que huyeron más de un millón de personas en 60 años. Detroit como ciudad fallida o quebrada en la que su propia historia está explicada en el sonido del género que nació allí. Futurista, frío, grave y a 140 bpm. Aquel primer techno sonaba, según el propio Derrick May, “como si George Clinton y Kraftwerk quedaran atrapados en un ascensor”.

La escena ha dado muchas vueltas desde que los tres de Belleville se inventaran un género al que llamaron techno en honor a la literatura futurista de Alvin Toffler. “Ahora cada vez hay más mujeres y es fácil compartir cartel con ellas, lo cual es algo normal, yo no veo ni diálogo ni debate porque para mí puede tocar una guitarra o un sinte igual de bien un hombre como una mujer”. Dos de las que mejor desmasculinizan la escena para Mulero: la austriaca Electric Indigo y la rusa Dasha Rush.

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