Música
‘Graceland’, el disco con el que Paul Simon rompió el boicot a la Sudáfrica del apartheid, cumple 40 años
Corre el año 1984 y Paul Simon atraviesa un profundo bache personal y profesional: su amistad con Art Garfunkel anda bajo mínimos, la relación sentimental con Carrie Fisher ha acabado como el rosario de la aurora y su último disco, Hearts & Bones, ha resultado un fracaso. Casi nadie recuerda a estas alturas al artista que, junto a Garfunkel, acumulaba éxito tras éxito durante los años 60 y primeros 70.
En ese momento cuando el músico anda lamiéndose las heridas, alguien le pasa una casete pirata titulada Accordion Jive Hits Vol. II, de la banda sudafricana The Boyoyo Boys. El sonido que arroja la cinta le vuela la cabeza y llama a su discográfica preguntando si conocen a alguien en Sudáfrica, pues quiere viajar allí y profundizar en los ritmos que acaba de descubrir. Solo hay un “pequeño” problema: diferentes organismos internacionales, entre ellos la ONU, mantienen un llamamiento al boicot cultural al país, que ha implantado un brutal régimen de apartheid contra la población negra.
Simon decide consultar a su amigo Harry Belafonte, músico y actor de origen antillano que se ha convertido en esos años en una figura fundamental de la lucha por los derechos civiles. A Belafonte le parece bien la propuesta, pero le aconseja que hable primero con el Congreso Nacional Africano (CNA), principal fuerza de oposición al régimen y cuyo presidente, Oliver Tambo, ha hecho un llamamiento a la comunidad internacional para que boicotee todos los productos de consumo sudafricanos.
No parece que a Simon le convencieran demasiado los consejos de su amigo y, alegando que no le movían “motivos políticos sino la música”, vuela a Johannesburgo en febrero de 1985 junto a su ingeniero de sonido, Roy Halee. Allí se lanza, de manera un tanto espontánea, sin letras ni estructuras preconcebidas, a colaborar con músicos locales en los estudiosOvation. Tras su regreso a Estados Unidos, Simon y su equipo revisarán todo lo grabado, transformando aquellas improvisaciones en una orfebrería de sonidos que combina folk, rock y pop con raíces sudafricanas como el township jive y el mbaqanga. Además, añade influencias del zydeco originario de los pantanos de Luisiana y sonidos latinos y caribeños. Pero, sobre todo, genera un espacio de juegos y experimentación compartido con músicos sudafricanos como Ladysmith Black Mambazo, grupo coral que pone sus voces en “Homeless” y “Diamonds on the Soles of Her Shoes”; Ray Phiri, que aporta sus arreglos de guitarra en “Crazy Love, Vol. II” y “Under African Skies”; Bakithi Kumalo, que da rienda suelta a sus líneas de bajo en “You Can Call Me Al” y “Graceland”; los propios Boyoyo Boys cuyos ritmos sirven de base para “Gumboots”; General M. D. Shirinda and the Gaza Sisters en “I Know What I Know” o Tao Ea Matsekha como responsable del ritmo de “The Boy in the Bubble”.
El álbum se publica el 25 de agosto de 1986 con gran éxito de crítica a nivel mundial: obtiene cinco discos de platino en Estados Unidos, gana dos Grammy, entre ellos el de disco del año, y alcanza el número uno en hasta ocho listas mundiales de éxitos… pero Simon deja también sembrado el conflicto al haberse saltado el boicot cultural que venían promoviendo la ONU y el CNA.
Boicot al apartheid
Aunque en la ONU se venía instando ya desde los años 50 a presionar a Sudáfrica, el primer llamamiento formal de la Asamblea General para suspender intercambios culturales con el país se aprobó el 2 de diciembre de 1968 con la Resolución 2396, en cuyo artículo 12 se solicitaba que todos los Estados suspendieran “los intercambios culturales, educativos, deportivos y de otra índole” con el régimen racista y con las organizaciones o instituciones de Sudáfrica. Más tarde, la Resolución 35/206 de diciembre de 1980 formalizó y consolidó ese boicot académico y cultural. En ese contexto, muchos artistas comienzan a adoptar una postura más firme y política frente al apartheid: es el momento de “It’s Wrong” de Stevie Wonder, “Biko” de Peter Gabriel o la bailable “(Free) Nelson Mandela” de Jerry Dammers y sus Specials —reconveridos ahora a The Special AKA—; también del nacimiento de United Artists Against Apartheid, la agrupación de músicos, fundamentalmente anglosajones, que, plantando cara a la política oficial de Reagan y Tatcher —apoyos fundamentales en ese momento del Gobierno afrikáner— inicia una intensa campaña contra quienes deciden tocar en Sudáfrica. No en vano, The Beach Boys, Elton John, Julio Iglesias, Cher o Queen han venido actuando para un público segregado en Sun City, el lujoso complejo hotelero con casino situado a 58 kilómetros de Pretoria.
Paul Simon no se encuentra solo y su postura es apoyada por algunos músicos sudafricanos que le agradecen el hecho de haber dado visibilidad a una cultura menospreciada y reprimida por el régimen
Simon, aunque instalado en una arista diferente del conflicto, tampoco escapará a la controversia y es incluido en la lista negra de Naciones Unidas por haber ignorado el boicot. Frente al revuelo causado por su viaje, afirmaría que “personalmente, siento que estoy con los músicos, con los artistas. No pedí el permiso del CNA. No le pedí permiso a Buthelezi [líder zulú y fundador del partido Inkatha], o a Desmond Tutu [clérigo sudafricano destacado en su lucha contra el apartheid y premio Nobel de la Paz en 1984], o al gobierno de Pretoria; y a decir verdad, tengo la sensación de que cuando hay poder, a izquierda o derecha, los artistas siempre acaban jodidos”. Simon no se encuentra solo y su postura es apoyada por algunos músicos sudafricanos que le agradecen el hecho de haber dado visibilidad a una cultura menospreciada y reprimida por el régimen: para Joseph Shabalala, de Ladysmith Black Mambazo, el boicot no hacía “más que añadir otra capa de opresión a los músicos sudafricanos”, mientras que Ray Phiri declaró que “la música es como una religión: une a las personas y ayuda a encontrar soluciones a los problemas. Y este álbum lo logró”.
Por su parte, Hugh Masekela y Miriam Makeba, en el exilio en ese momento y nada sospechosos de transigir con el Gobierno afrikáner, expresaron igualmente su satisfacción: “La música de los sudafricanos negros se encontraba hasta entonces en un limbo, sin posibilidad de avanzar debido a las restricciones”. En su opinión, esta experiencia habría servido para ponerla en el mapa.
El Congreso Nacional Africano se mantuvo firme en su rechazo al músico por no haberles consultado previamente la idea de viajar al país, y muchos activistas contra el apartheid extenderían la protesta a los conciertos de la gira posterior
En todo caso, el CNA se mantuvo firme en su rechazo al músico por no haberles consultado previamente la idea de viajar al país, y muchos activistas contra el apartheid extenderían la protesta a los conciertos de la gira posterior. Y cuando el espectáculo llegó al Royal Albert Hall, a las puertas se encontraban figuras destacadas como Dammers, Paul Weller o Billy Bragg denunciando la actitud del estadounidense: “Me dolía ser parte de eso porque soy un fan de Paul Simon, pero estaba en el lado equivocado del debate pese a sus buenas intenciones”.
De nada sirvió que Simon no se quedase personalmente con ninguna ganancia de la gira; en su lugar, donó su parte dividiéndola en tres: un tercio a una organización benéfica contra el apartheid, otro tercio al United Negro College Fund y el último tercio a diversas organizaciones benéficas de las ciudades donde actuaron. Tampoco faltaron las críticas por parte de otros músicos sudafricanos que hablaban de apropiación cultural: Jonas Gwangwa, trombonista sudafricano y una de las principales figuras de Amandla, el grupo cultural del CNA, afirmaría que Simon no era sino “otro hombre blanco” que había “descubierto a mi gente”. Para el etnomusicólogo Andrew Tracey, el álbum no era “más que otro ejemplo de un hombre negro ayudando a un hombre blanco a realizar su trabajo”.
Lo cierto es que Graceland impulsó el prestigio de los músicos sudafricanos que participaron en el disco o en la gira posterior: Masekela, Makeba o Tao Ea Matsekha verían cómo sus carreras se relanzaban, pero sin duda el mayor éxito lo obtuvieron los Ladysmith Black Mambazo, cuyas armonías vocales cautivaron a un público entregado. Liderado por Joseph Shabalala, el grupo alcanzó el éxito mundial tras el álbum y su aparición en Saturday Night Live en mayo de 1986, llegando a colaborar con Michael Jackson en Moonwalker.
El CNA seguiría considerando esencial el boicot cultural, pero el debate también hizo mella en sus posturas, que decidió flexibilizar: los artistas que deseaban viajar a Sudáfrica o colaborar con artistas sudafricanos negros debían someterse a su aprobación —requisito que Paul Simon había incumplido en 1984—, y así estudiar cada caso en particular. Barbara Masekela, secretaria de cultura de la organización, justificó la decisión: “Las puertas del saber y de la cultura tienen que abrirse... Todos los tesoros culturales de la humanidad deben estar al alcance de todos mediante el libre intercambio de ideas y el contacto con otras tierras”. Y el partido levantaría su veto al músico en 1987.
Reconciliación
Pero si se necesitaba un gesto definitivo de reconciliación entre las partes, este vino de la mano de Nelson Mandela, quien tras su salida de prisión invitó a Paul Simon a Sudáfrica en 1992. Ya con el beneplácito del CNA, el músico ofreció un concierto histórico que agotó entradas en el Ellis Park de Johannesburgo. La visita constituyó un gesto que, de hecho, puso fin al boicot cultural internacional contra el país y Mandela reconoció públicamente el papel que el álbum había desempeñado extendiendo internacionalmente la cultura sudafricana negra y, por consiguiente, haciendo su parte para acabar con el apartheid.
Graceland no es, en sentido estricto, un álbum de denuncia o un manifiesto antiapartheid y evidentemente está surcado por importantes contradicciones, pero, aunque todavía hoy, 40 años después de su lanzamiento, es difícil de cuantificar en qué medida ayudó a la caída del régimen de Pretoria, su éxito colaboró indudablemente a poner el foco en la música sudafricana y en la existencia de unos artistas locales superlativos. Qué duda cabe que la controversia generada a su alrededor ayudó a extender el debate acerca de la descarnada situación que atravesaba la población negra en Sudáfrica.
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