La huelga general del 14D de 1988, una de las grandes rarezas en la dura década de los años 80

En los dos años que siguieron al 14 de diciembre de 1988, CCOO y UGT obtuvieron una serie de ‘conquistas’ que, a nivel sindical, han de calificarse como históricas. Parciales, sí; temporales, también.

Huelga General 14D
Huelga general en Madrid del 14 de diciembre de 1988 Jose Hinojosa

Es historiador.


publicado
2018-12-14 11:15:00

La historia del movimiento obrero a nivel internacional, y España no es una excepción, no deja de ser un relato de derrota tras derrota. Pocas victorias se conocen. El 14D de 1988 se constituyó en una de las grandes rarezas a nivel no solo nacional sino europeo en la dura década de los años 80. Recordemos cómo tres años antes los obreros británicos terminaron siendo aplastados por el gobierno neoliberal de Margaret Thatcher.

Desconocemos si los dirigentes sindicales de las Comisiones Obreras (CCOO) y la Unión General de Trabajadores (UGT) eran conscientes del impacto internacional que tendría el 14D, pero sí estamos seguros de que entendieron la enorme responsabilidad que tenían sobre sí tras la inédita acumulación de fuerzas y la simpatía social que tejieron en torno a sus organizaciones.

¿Cómo gestionaron aquel éxito hoy imposible de repetir? Probablemente, a corto plazo, tal escenario les condujo a la errónea sensación de tener al Ejecutivo contras las cuerdas, derrotado, abierto a la negociación e incluso dispuesto a realizar cesiones. Los sindicatos apostaron por la negociación, abandonando la presión y la movilización.

¿Por qué desecharon la posibilidad de convocar una segunda huelga general en las siguientes semanas en cuanto constataron que el Gobierno no solo no se iba a mover de su posición, sino sobre todo cuando comprobaron que habían sido ninguneados tal como se evidenció con el denominado “Pacto de San Valentín” que contó con el apoyo de la oposición política, la clase dominante, medios de comunicación y la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE)? ¿Por qué tal aversión al conflicto? ¿Acaso la huelga general no había conseguido que el Plan de Empleo Juvenil (PEJ) se retirara aunque fuera a regañadientes? ¿Cuántas otras victorias habían obtenido los sindicatos mediante la negociación? ¿No previeron que mediante el clásico juego de despachos y conspiraciones perderían, más rápida o lentamente, el apoyo y la confianza social depositada en ellos? ¿Triunfó el clásico tacticismo sindical siempre proclive al acuerdo?

En los dos años que siguieron al 14D, las CCOO y la UGT obtuvieron una serie de ‘conquistas’ que, a nivel sindical, han de calificarse como históricas. Parciales, sí; temporales, también. Consiguieron la ampliación de la cobertura a los desempleados, la capacidad de negociación colectiva de los funcionarios públicos, el nacimiento de las pensiones no contributivas… Ahí está el verdadero ‘giro social’ del Ejecutivo socialista. No fue cesión. Sin el ‘recuerdo’ del 14D no hubieran sido ni siquiera imaginables tales avances.

Poco duró aquello. Hasta el punto de que, para principios de los años 90, se acusó a aquel limitado ‘giro social’ de todas las desgracias que se sucedieron en la corta como intensa crisis económica de aquellos años.

No acaban aquí los herencias, indirectas o directas, atribuibles al 14D. La huelga general posibilitó, facilitó y condujo a la no fácil transición de la unidad de acción a la unidad sindical entre la UGT y las CCOO y que se materializó con la Propuesta Sindical Prioritaria (PSP). Estamos ante un hecho histórico central para explicar la evolución del sindicalismo contemporáneo español en adelante.

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Concentración frente al Corte Ingles de la calle Preciados en Madrid el 14 de diciembre de 1988 Jose Hinojosa

Lo cierto es que gracias a esta estrategia sindical moderada y acomodaticia —que, o bien, no quiso, o bien, no se atrevió, a tensar más la cuerda del conflicto social, pero que renunció de facto a seguir presionando desde las calles y los centros del trabajo al Gobierno a pesar del Éxito (en mayúsculas) de la huelga general— no solo permitió al Ejecutivo sobrevivir al 14D, sino que le posibilitó rearmarse y aprender tales lecciones aprendidas de cara a futuros episodios similares.

Hasta aquí pueden atribuirse los éxitos correlativos del 14D. No son pocos.

Con todo parece plausible argumentar que los sindicatos no explotaron las potencialidades y energías acumuladas en los meses, semanas y días que antecedieron del que, sin duda, se ha convertido en uno de los hechos más relevantes de la historia de España durante el último tercio del siglo XX.

Los mitos y leyendas en torno a la huelga general, que todavía perduran hoy, seguro que saldrán a la luz, como cada año, en este próximo trigésimo aniversario. Lo que nos conduce a última reflexión: las direcciones de las CCOO y la UGT siguen en la senda de su habitual discurso político-sindical cortoplacista a través de una “política de conmemoración” amable y no conflictiva. Ojalá pudiéramos decir algo diferente. Pero la triste realidad es que, para ellos, cada 14D se ha convertido en una conmemoración, como cada primero de mayo, una especie de ritual.

Siempre con sus manidos recursos dirigidos a reclamar la “contemporaneidad” de aquellas reivindicaciones entorno al 14D, pero sin hacer tanto un ejercicio crítico sobre su papel en el antes como el durante, sino sobre todo en el después de aquella fecha. ¿Por qué? ¿Tan complicado se les hace entender que el 14D, antes que una manifestación estrictamente sindical, se transformó en una contestación social de carácter interclasista? ¿Por qué no reivindicar aquella fecha de cara a revitalizar un discurso de clase con el objeto de observar, analizar y debatir qué ha sido del conjunto de los trabajadores?

El 14D no solo debería ser una fecha de conmemoración y recuerdo; sino de reivindicación de lo que significó aquel conflicto. Aunque solo fuera para que las futuras generaciones obreras no lo olviden. Enmarcado el 14D dentro de tal santoral laico, nada nos debe extrañar, tal como ha denunciado Daniel Bernabé, que la izquierda se haya autosituado en la trampa de la diversidad dejando de lado algo tan fundamental para su propia supervivencia: la centralidad del conflicto capital-trabajo.

Movimiento obrero
Diciembre de 1988: la huelga que lo paró todo

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